Archivo | agosto, 2011

Tensión en la colmena

30 Ago
  • Los vecinos alertan del incremento de la delincuencia en los edificios Pullman, a raíz del asesinato de un joven
  • Un millar de personas se hacina en pisos de 30 metros cuadrados

«¡Ya sale por la tele!». El grito procede de uno de los balcones del edificio. Los hay a centenares y en este se ve a una mujer morena sacando medio cuerpo por encima de la barandilla. En un momento, el lugar se queda vacío y ya sólo se ve a la gente corriendo, buscando un bar donde ver las noticias.

En los edificios Pullman ayer no se hablaba de otra cosa. El hallazgo de un joven degollado en uno de los pisos estaba en boca de todos. Y la desconfianza en los ojos de muchos.

«Aquí todo el mundo sabe, pero casi nadie dice nada», asegura un cliente de un bar de la zona, en referencia al incremento de la delincuencia en el barrio. Comprobarlo no cuesta demasiado. Nada más salir del local, tres vecinos instalados bajo una sombrilla se niegan a hablar. «¿No entiendes lo que te decimos?», aseguran amenazantes ante la insistencia de la periodista.

Mejor moverse, pues. Al alzar los ojos, el panorama es impresionante. Una mole de ocho pisos muestra a quien la observa un balcón tras otro, cada uno distinto al que le precede. Los hay cubiertos con vidrieras; los hay que no. Los hay con ropa tendida; los hay que no. Los hay con toldo; los hay que no. Y lo mejor: cada uno pertenece a un piso diferente.

No en vano los llaman edificios colmena, término que se utiliza habitualmente en referencia a hoteles reconvertidos en viviendas sin cambiar su distribución interior, que es lo que son los Pullman, situados en el corazón de la barriada palmesana de Cala Major. Se calcula que en la zona -que cuenta con ocho edificios de este tipo, entre los Pullman, los Panamá, el Deyá y el Randa- vive más de un millar de personas, hacinadas en pisos de entre 25 y 35 metros cuadrados.

Los Pullman se construyeron en las décadas de los años 60 y 70, época dorada del turismo en Cala Major, un barrio en el que la población se ha duplicado en la última década y donde destaca enormemente el porcentaje de residentes extranjeros: casi la mitad lo son y sólo una cuarta parte de los vecinos ha nacido en Mallorca. Estos ocho edificios fueron aparthoteles hasta que años más tarde, ya durante la decadencia turística de la zona -que empezó en los 80-, alguien tuvo la genial idea de reconvertirlos en viviendas normales y corrientes, provocando un problema social que no sólo dura hoy en día sino que cada vez va a más. O por lo menos así lo aseguran algunos vecinos.

«Esto es peor que Son Banya», dice Juan. A los pies de los Pullman, un grupo de jóvenes se presta amablemente a hablar con este periódico. Completan la cuadrilla Noemí y un chico muy delgado, al que apodan Chisquito, así como dos muchachos más, de cresta moldeada con gomina y gafas de sol de aviador. Juan lo tiene claro: los conflictos no paran de crecer en el barrio. Y lo ocurrido el sábado viene a confirmarlo. «Es lo más fuerte que he visto aquí», afirma uno de ellos.

De noche, muchos vecinos se refugian en sus apartamentos, ante los gritos que se oyen abajo. Las peleas abundan y las botellas vacías, utilizadas como arma arrojadiza, vuelan muy a menudo. La presencia de la policía es frecuente, muchas veces a causa de problemas familiares en algunos de los pisos.

Al hacinamiento de personas se suman otros muchos factores que son un caldo de cultivo para la degradación de la zona. Uno de ellos es la presencia de espacios comunes sin salida, en los que se acumula la suciedad y que se convierten en lugares de reunión discretos, perfectos para los trapicheos. Algunos se han convertido en aparcamientos, algo que ha dificultado que los propietarios de las viviendas accedan a ceder estos espacios al Ayuntamiento de Palma, con el objetivo de controlarlos, limpiarlos -ahora no puede pasar el camión de Emaya, porque es privado- y comunicarlos entre sí, evitando que se conviertan en culs de sac.

Esta era una de las medidas que incorporaba el Plan Especial de Reforma Integral (Peri) aprobado por el Ayuntamiento de Catalina Cirer y que aún hoy no se ha puesto en marcha. En un principio -así lo especificaba el plan en su aprobación inicial, de 2004- se debían derribar estos ocho edificios y sustituirlos por inmuebles con una densidad de viviendas mucho menor sólo iban a tener cinco plantas. Sin embargo, finalmente, las protestas de los vecinos y también el elevado coste de la operación hicieron desistir al Ayuntamiento, que se conformó con diseñar una Área de Rehabilitación Integral (ARI) que incorporaba la creación de espacios libres públicos, así como instrumentos para aumentar la seguridad y la limpieza en la zona.

Al igual que sucede con Corea, los proyectos del Ayuntamiento para los Pullman se han sucedido uno tras otro sin que ninguno haya acabado por ver la luz. En 2006, el entonces concejal de Urbanismo, Javier Rodrigo de Santos, anunciaba que el plan se paraba hasta 2008, a la espera de recibir ayudas del Gobierno central. Aina Calvo, alcaldesa socialista entre 2007 y mayo de 2011, nunca lo desarrolló. Y difícilmente lo hará ahora el equipo del popular Mateu Isern, ahogado por la crisis económica.

A los pies de los Pullman, el informativo ya ha terminado y Juan regresa del bar, llevando a cuestas a Chisquito.

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Corea: el cuento de nunca acabar

29 Ago
  • Isern frena el proyecto de rehabilitación a largo plazo de Calvo

  • Estudia un nuevo plan contando con la «iniciativa privada»

  • Cirer ya quiso derribar el barrio pero fracasó

«El día que nos rebelemos, aquí no entra ni la poli». A algunos vecinos de Corea no les ha sentado muy bien que el Ayuntamiento de Palma se plantee derribar el barrio para construir nuevas viviendas. «¿Y luego qué? ¿Nos envían a Son Banya otra vez?».

Pero como las opiniones siempre son dispares, no faltan los residentes que sí quieren una intervención radical en esta degradada zona de la capital balear, construida entre 1954 y 1955 y en la que viven 568 familias. Habla Mónica, madre de una niña de seis años: «Que lo tiren, esto de noche parece el Bronx».

Y en medio de todos los puntos de vista, los nuevos planes de Cort para la barriada recuerdan a la ciudadanía que hace más de diez años que se plantean soluciones para Corea –una de las primeras es del Ibavi y data de 2000– sin que, de momento, gobierno tras gobierno –y cambio de siglas tras cambio de siglas–, se haya llegado a una solución definitiva con el máximo consenso. «Ya tienen lo que querían, nuestros votos». Ante esta situación, el campo está abonado para el descrédito de la política.

Mateo Isern, actual alcalde de Palma, se presentó a las elecciones prometiendo dar marcha atrás al proyecto de rehabilitación integral de su rival, la entonces alcaldesa Aina Calvo (PSOE), y derribar Corea, un foco de insalubridad y conflictos sociales.

Hoy, su teniente de alcalde de Urbanismo, Jesús Valls, estudia, ya sobre el terreno, la situación. Y se plantea, básicamente, dos opciones: no hacer “nada”, de un lado, o buscar una solución en colaboración con la «iniciativa privada», del otro, según aseguró a este periódico. Esta última alternativa supondría la construcción de «un barrio nuevo» que diera «luz» a la zona.

Y para Valls, la polémica actuación emprendida durante el mandato de Catalina Cirer (PP) en Sa Gerreria «sería ideal», ya que combinó iniciativa privada con asistencia social, si bien también deja claro que aquel proyecto contó con una importante inyección de dinero público, algo que ahora, teniendo en cuenta la situación crítica de las arcas municipales, no se podría hacer. El proyecto en Sa Gerreria también fue ampliamente criticado por algunos sectores, al suponer la destrucción de 14 calles del trazado histórico del casco antiguo.

«Lo que han hecho hasta ahora es sólo un lavado de cara y, además, carísimo». Las tesis de Mónica –en referencia al plan de rehabilitación de Calvo– van en la línea de lo que Valls plantea. La falta de dinero es el argumento que el teniente de alcalde esgrime para descartar la posibilidad de continuar con el proyecto de Aina Calvo, que según dijo, tiene un coste de «más de 40 millones de euros», un plazo de ejecución muy largo y, además, «es tan sólo una mano de pintura que no solventa el problema social de la zona» y que lo «eterniza».

La oposición, por su parte, desmiente estas cifras. Tanto PSIB como PSM-IV-ExM consideran que están «hinchadas» y dejan el coste en «24 millones » y el plazo de ejecución en «ocho años». Además, la coalición econacionalista defiende que el proyecto anterior garantizaba la ausencia de especulación urbanística –un promotor privado siempre querrá obtener un beneficio–, así como la permanencia en las viviendas de las personas que viven en ellas actualmente. Valls responde que, teniendo en cuenta la crisis, difícilmente llegarán las ayudas del Estado con las que los partidos del anterior gobierno municipal cuentan a la hora de hacer cálculos.

En un destartalado bordillo del barrio, un peculiar grupo compuesto por El Nano, Ariza, El Boca, El Cheíto y La Peluca –apodos todos ellos reales– poco sabe de las cifras que plantean unos y otros, si bien sí tiene claro que «este terreno vale un pastón» y que «al final nos desalojarán a todos y no nos van a dar el dinero que corresponde». Junto a ellos, un veterano con aspecto de patriarca critica a los vecinos por permitir que los espacios comunes estén tan sucios, poniendo así sobre la mesa uno de los principales problemas de Corea: el hecho de que estos patios interiores sean privados y, por lo tanto, no entre a limpiarlos el camión de Emaya, amontonándose la basura.

El patriarca lleva, dicho sea de paso, medio bigote izquierdo afeitado y, al mismo tiempo, media barba derecha rasurada. ¿Por qué? Por una promesa: si su mujer se queda embarazada, su rostro volverá a recuperar un aspecto homogéneo.

La degradación de Corea se ha ido incrementando a marchas forzadas en la última década, coincidiendo –es sólo uno de tantos factores– con la llegada al lugar de 20 familias desalojadas de Son Banya. Catalina Cirer (2003-2007) ya quiso demoler el barrio, pero al final tuvo que dejar desierto el concurso con el que pretendía encontrar a un constructor privado para el proyecto, tal y como ahora baraja Isern. Gabriel Oliver, promotor de Sa Gerreria, era quien tenía más papeletas para hacerse cargo de la iniciativa.

En cuanto al proyecto de Calvo, por el momento ya ha dado algunos frutos a los que Isern no dará marcha atrás, por estar adjudicados y en obras: la rehabilitación de dos edificios –en los que semejorará la accesibilidad y se reducirá el número de viviendas– y la demolición de otro más, en cuyo subsuelo se construirá un parking. Laidea era emprender actuaciones similares en el resto de edificios hasta rehabilitarlos todos. Y a medida que se fuera produciendo un relevo generacional, facilitar la llegada a la zona de parejas jóvenes, ajenas a la marginación actual.

¿Y qué dicen los arquitectos? El Colegio respalda la opción de la rehabilitación frente a la de la demolición. Técnicos consultados por este periódico destacan, además, los valores del proyecto que dio origen a Corea, antes de que el barrio se degradara.

Se trata de una iniciativa que tomó como referencia el racionalismo y que fue pionera en su momento, al construir viviendas teniendo en cuenta una densidad y unos espacios públicos sostenibles. El contraste con el resto de edificios de la zona, mucho más altos y con aceras reducidas, es muy visible.

Pon la mesa, que vienen 200

27 Ago
  • Zaqueo alimenta cada día a personas sin recursos

  • Se han duplicado en un año y medio y cada vez hay más gente ‘corriente’

Cada persona es un palito. Y los palitos están en un papel. Desde hace un año y medio, Paco apunta cada día 200 palitos, el doble de lo que antes era habitual.

El comedor social de la Plaza Mercadal, situado en el corazón del barrio palmesano de Sa Gerreria, cada vez tiene más usuarios. El colectivo marginal ha dejado de ser, poco a poco, el único beneficiario del centro para dar paso también a familias corrientes, golpeadas por la crisis y el paro.

Quien haya circulado en coche o a pie desde Cort hacia las Avenidas a las cinco de la tarde lo habrá visto. Cada día se forma una larga cola en las puertas del comedor, gestionado por la entidad Zaqueo y por Paco Sans, histórico activista en la ayuda a los más necesitados. Hay, por supuesto, personas sin techo y toxicómanos. Pero cada vez se ven más camisas bien planchadas.

¿Quieres carne o pescado? Es la única pregunta que les hace Paco Sans a los que guardan turno. No apunta sus datos, ni tiene en cuenta su clase social, su situación familiar o sus adicciones –en caso de que las tengan–. Lo único que cuenta es no tener qué llevarse a la boca.

Bueno, eso y también mantener un mínimo decoro en la vestimenta. «De romano no entras», le dice cariñosamente a Emilio, un joven que aguarda en la puerta sin camiseta y mostrando varios piercings en el pecho. «Me lo llevo a casa», responde él, tras darle recuerdos para la familia. Entonces, Paco se introduce en la puerta y le entrega una bolsa de plástico anudada, en la que se intuye una lata fría de un refresco edulcorado. Dentro va una ración de pescado y arroz. «Venga, cuídate», le dice mientras le acaricia cariñosamente el cogote.

Zaqueo da comida –desayuno y cena– a personas necesitadas de Palma desde hace 14 años. Y lo hace cada día sin excepción: los 365 del año. Para esta entidad no hay Navidades, ni Semana Santa ni verano en los que descansar, habiéndose convertido de esta manera en todo un referente en la red asistencial de la capital.

Sin embargo, no por ello recibe cuantiosas ayudas de las instituciones públicas baleares. La entidad funciona, básicamente, gracias a las aportaciones de voluntarios que, de manera desinteresada, proporcionan comida y ayudan a distribuirla. Y también gracias a las aportaciones de comida del Banco de Alimentos y la Unión Europea, así como de empresas y restaurantes. Los Servicios Sociales del Consell prestan únicamente una cantidad económica y un monitor para que la entidad pueda alojar cada noche a una quincena de personas en este mismo local, dándoles así un lugar alternativo a la calle donde dormir.

Joan se acerca a la puerta del comedor a las seis menos cuarto de la tarde, con una camisa a rayas blancas y azules perfectamente limpia y planchada. Nadie diría que necesita acudir a un lugar así, pero la realidad es que sí que lo precisa. A sus 60 años no trabaja y la ayuda que le da el Estado, de 385 euros, no le es suficiente para vivir. Como él, son muchos los que se acercan y que no se ajustan al prototipo de persona que, inicialmente, uno pensaría que precisa de estos servicios.

A su lado, Luis, con su joven rostro marcado por la droga, se fuma un purito: «Aquí por lo menos comemos algo, si no tendríamos que robar».

La misión del padre Patrick

26 Ago
  • Es el primer sacerdote africano en Mallorca

  • Llegó en enero con el objetivo de encargarse de los fieles católicos nigerianos

Hubo un tiempo en que la Iglesia mandaba sacerdotes a evangelizar el mundo desconocido. Hombres blancos que, con sus hábitos, se internaban en un entorno extraño y muchas veces hostil. Hoy, cada vez son más los religiosos que hacen el camino de vuelta. Africanos y latinoamericanos que viajan a Europa –un mundo igualmente distinto al suyo– y se aventuran en los países de sus primigenios predicadores, en una curiosa carambola histórica.

Patrick Ndubisi es uno de ellos. Su piel oscura le confiere inevitablemente un gran exotismo. «No soy el primer hombre negro que llega a Mallorca», asegura, abriendo ampliamente los brazos. Y, evidentemente, no lo es. Pero sí es el primer sacerdote africano que pisa la isla con la misión de hacerse cargo de la fe de sus compatriotas. Y eso sí que llama la atención.

Él es de Nigeria. O, más concretamente, de Enugu, un pequeño estado situado en el este del país. Allí es donde se concentra la mayor parte de población católica, cuyos fieles representan el 40% del total de habitantes –los musulmanes son el 50% y viven sobre todo en el norte–. Poco podía imaginarse Patrick, a sus 32 años y desde su Nigeria natal, que acabaría viviendo en una tranquila isla del Mediterráneo.

Pero así fue. Un buen día, su obispo le dijo que tenía una misión: viajar a Mallorca y hacerse cargo de los católicos nigerianos de la isla. Patrick llegó al archipiélago el 22 de enero de este año, hace tan sólo siete meses. Y va a quedarse por un largo tiempo: cinco años. Puede que más.

La presencia del sacerdote fue, de hecho, una petición del Obispado de Mallorca, a la que se avino la Iglesia de Nigeria. Desde hacía años, los fieles nigerianos se concentraban en la iglesia de Sant Sebastià, en la barriada de Es Fortí, con lo que cada vez se hizo más evidente que hacía falta un religioso que comprendiera su idioma y sus necesidades. El párroco de Sant Sebastià, Alfred Miralles, trasladó esta necesidad a la Iglesia de Mallorca, que a su vez cursó la solicitud.

El Obispado le buscó a Patrick el mejor lugar donde podía vivir: la parroquia de Corpus Christi, situada en Son Gotleu. No en vano, en esta barriada palmesana hay un 41% de población extranjera, de la que el 70% es africana –sobre todo procedente de Nigeria, Senegal y Ghana–. Además, en la cercana iglesia de San José Obrero, donde Patrick da misa todos los domingos, se concentra buena parte de la comunidad católica nigeriana –el otro punto de reunión es la ya mencionada parroquia de Sant Sebastià–.

¿Y cuántos nigerianos católicos hay en Son Gotleu y en Palma en general? Eso es lo que está intentando averiguar Patrick. Desde que llegó a Mallorca, esa es una de sus misiones: localizar a todos los fieles con el objetivo de conocer sus necesidades y ayudarles lo mejor posible. Por el momento, sabe que existen 150. Pero «hay muchos más», afirma.

Su segunda misión es aprender castellano. Cada mañana, se desplaza hasta el Estudio General Luliano para seguir mejorando su conocimiento del idioma. En cinco años, Patrick está convencido de que llegará a dominar el español y el catalán. También quiere perfeccionar su francés, para así poder comunicarse con los senegaleses y otros ciudadanos africanos francófonos. Por el momento, se comunica principalmente en inglés, idioma en el que da las misas.

En Nigeria se hablan 510 lenguas distintas –sí, 510–, pero la oficial es la inglesa, al entenderse que aglutina a toda la población. Nigeria fue colonia británica y de ahí que la lengua habitual en la educación y las transacciones comerciales sea el inglés. Sin embargo, en las partes más rurales del país este idioma apenas se conoce.

De hecho, cuando se baja del altar, Patrick utiliza otras dos lenguas, de uso más popular: el igbo y el yoruba. La primera de ellas se habla en el este del país, mientras que la segunda es propia del sur. Ambas zonas son las de residencia mayoritaria de católicos. En cambio, en el norte, lugar de mayoría musulmana, se utiliza el hausa, idioma que Patrick desconoce.

¿Y de qué hablan? Patrick proporciona, sobre todo, orientación espiritual a sus fieles, aunque también les echa una mano a la hora de afrontar su exilio en Mallorca. La cultura nigeriana –y africana en general– es muy distinta a la europea –y mallorquina en particular–. En especial, cambia la concepción de la colectividad y el individuo. Los africanos, explica Patrick, ponen el acento en la familia y la comunidad, algo que en occidente cada vez sucede menos. 

«El contacto en África es muchomás cercano», asegura el sacerdote, que también indica que en el continente vecino «la colectividad es lo que da sentido» a la existencia de las personas. Cuando se le pregunta sobre la integración de los nigerianos entre los mallorquines es claro: los mayores no lo hacen demasiado. Pero es sólo cuestión de años: los niños van a la escuela, hablan catalán y castellano y están ya totalmente arraigados.


Bazares al por mayor

24 Ago
  • El comercio chino mayorista ya tiene diez naves industriales en Son Castelló y también se ha establecido en Son Fuster e Inca
  • Pimeco denuncia que algunos venden a particulares de manera ilegal

Las cajas de cartón llegan hasta el techo de uralita y los estrechos pasillos no tienen fin. Si hay un sitio en Palma donde se puede encontrar desde un enchufe hasta un hula-hop, pasando por un perro de porcelana, un paraguas o un biombo estampado de vaca, este es sin duda cualquiera de los múltiples grandes bazares que se han instalado en los polígonos industriales de la capital balear. Son naves de venta al por mayor y no paran de crecer en número. Además, también venden al detalle, lo que ha disparado las alarmas en el comercio convencional.

Sólo en Son Castelló, ya hay una decena de estos macrobazares, que también tienen presencia en Son Fuster, Son Valentí, Son Güells y el polígono de Inca. Los primeros se establecieron hace unos cinco años, pero en los últimos meses han incrementado su implantación a causa de la crisis. Ante las dificultades económicas, los dueños de estos negocios no han dudado en reinventarse y en convertir sus naves industriales en tiendas donde un particular puede obtener cualquier tipo de objeto a un precio muy ventajoso.

Hasta ahí, todo perfecto. Pero, ¿es legal? Pimeco, la patronal del pequeño comercio, denunció hace varios meses a siete comercios de este tipo por ofrecer venta al detalle –es decir a particulares– sobrepasando las dimensiones máximas permitidas. Según explicó ayer a este periódico Bernat Coll, presidente de la entidad, un establecimiento de más de 700 metros cuadrados no puede ofrecer productos a personas individuales, algo que según su punto de vista se está incumpliendo. Además, la patronal del pequeño comercio también reclama una inspección de trabajo en estas naves industriales, al entender que algunos empleados podrían no estar afiliados a la Seguridad Social. Los establecimientos denunciados siguen abiertos y se encuentran en Son Fuster, Playa de Palma, Ciudad Jardín e Inca.

Por el momento, Pimeco no ha localizado irregularidades en el Polígono de Son Castelló, el lugar que concentra el mayor número de estos comercios. En la calle 16 de julio, se encuentra el más antiguo de ellos:Gran Luxor. Por su parte, en Gran Vía Asima número cinco se asienta Idea Fantástica S.L., una nave industrial en la que puede encontrarse absolutamente de todo. «Vendemos al detalle, pero es totalmente legal», garantiza una empleada, que también aclara que hay un precio para mayorista y otro para particulares. Efectivamente, por sus interminables pasillos se pasean ciudadanos normales y corrientes a la búsqueda de productos a buen precio. Al mismo tiempo, otras personas recorren el lugar con carros llenos hasta arriba. «Mínimo, 10 euros», reza un cartel nada más entrar.

«Cada uno enfoca su negocio como quiere y si es legal, bien hecho está». Quien habla ahora es Toni Yoh, presidente de los empresarios chinos, que atendió ayer a este periódico en uno de sus negocios, el conocido restaurante Gran Dragón. Según su percepción, el comerciante chino «cada vez está más concienciado» de que debe cumplir la ley y lo hace «lo mejor posible». Si se ofrecen buenos precios, insiste, no es porque se vulneren las normas, sino gracias al espíritu de sacrificio –afirma que los chinos son «trabajadores y ahorradores»– y a la pericia a la hora de elegir las rutas comerciales más ventajosas.

Porque, ¿de dónde viene la mercancía? Basta pasearse por una de estas naves para comprobarlo. Made in China, dice en las cajas de cartón. Aunque lo cierto es que, después de abandonar el continente asiático, todas ellas van a parar a Madrid, lugar desde el cual vuelven a ser vendidas, esta vez ya sí con destino a Palma. Todas las naves de la capital balear tienen «los mismos proveedores», aseguran sus responsables. «El contacto con los importadores hace que podamos ofrecer un precio mejor que nadie», sostiene Yoh. ¿Y la calidad? El presidente de la patronal china dice que es «buena»; Bernat Coll, de Pimeco, que es «dudosa».

En lo que sí coinciden ambos, sin embargo, es en destacar la falsedad de las «leyendas urbanas» que señalan que los comercios chinos están exentos de pagar impuestos. Toni Yoh va incluso más lejos y amenaza con llevar ante la Justicia a cualquiera que vuelva a cuestionar la honorabilidad de estos comerciantes: «Se nos acusa constantemente con el dedo como si fuéramos delincuentes y ya estamos cansados».

Controlando un gran número de naves industriales, la comunidad china se hace con un escalón más de la producción y ensancha su campo de miras. Hoy, sus clientes mayoristas no sólo son chinos que regentan bazares, sino mallorquines con tiendas de souvenirs y africanos que venden en mercadillos.

40 años sin agua dulce

23 Ago
  • La piscina de S’Aigo Dolça sigue degradándose sin plan de rehabilitación a la vista

  • Allí se formaron nadadores olímpicos

El agua se cambiaba cada dos días y estaba tan fría que a los nadadores se les ponían los dedos morados. Tomàs era el encargado de vaciar la piscina, limpiarla con un cepillo y llenarla de nuevo con el agua que brotaba de un pozo cercano, el mismo que daba nombre –y se lo da todavía– a toda la zona: S’Aigo Dolça. Eran otros tiempos y entonces no se cuestionaba la conveniencia de tirar cada 48 horas 1.000 metros cúbicos al mar. De la desinfección con cloro, simplemente, ni se había oído hablar.

Viendo el aspecto actual de la piscina de S’Aigo Dolça, cuesta creer que este fuera el lugar donde aprendieron a nadar varias generaciones de niños palmesanos y, aún más, que en sus calles se forjaran deportistas olímpicos. Hoy en día, tras cuarenta años de abandono total, la maleza se ha apoderado del recinto y las baldosas de la piscina están rotas y recubiertas de graffities. Por no hablar de la basura que se amontona por todas partes.

Sin embargo, así fue. Una observación más atenta revela que se trata de una piscina de grandes dimensiones. Todavía hoy son visibles sus cinco calles, prolongándose a lo largo de 33 metros, y su enorme profundidad: entre cuatro y cinco metros en su parte más honda, en la que se zambullían expertos saltadores desde lo alto de un trampolín. En su parte más superficial –de un metro–, los niños más pequeños aprendían a nadar, según explicó ayer a este periódico Mateu Cañellas, miembro del equipo del Club Natación Palma durante los años sesenta.

La piscina, inaugurada en 1941, fue todo un referente durante 30 años, hasta que el Club Natación Palma la abandonó en los años 70 para instalarse en Son Hugo, la primera alberca cubierta con que contó la capital balear. De aquello ya hace 40 años y las autoridades siguen sin saber qué hacer con las antiguas instalaciones, tapiadas recientemente para evitar que fueran ocupadas por mendigos.

¿No podría aprovecharse este patrimonio para algo?Es lo que se preguntan los vecinos de El Terreno y Son Armandans, que han visto como los proyectos municipales de reconstrucción –el solar es propiedad del Ayuntamiento– pasaban de largo, uno tras otro, sin llegarse a materializar nunca. El último, en el marco de un proyecto mucho más ambicioso: el Plan Especial de Rehabilitación Integral de El Terreno, alumbrado por el equipo de Catalina Cirer (PP) y que finalmente fue aplazado. La socialista Aina Calvo lo paralizó por falta de presupuesto y tres cuartos de lo mismo –a juzgar por las fuentes municipales consultadas ayer por este periódico– va a pasar con el gobierno del popular Mateu Isern.

«Vamos a seguir batallando para que la rehabilitación de la piscina sea una realidad», asegura Àngel Domènech, presidente de la asociación vecinal de El Terreno. Cirer tenía previsto que el solar albergara un equipamiento deportivo para estas dos barriadas, que en la actualidad no cuentan con ninguna oferta pública de esta clase.

«Sería todo un revulsivo para la zona», asegura Domènech, que reclama el derecho de los vecinos de El Terreno ySon Armadans a tener «un barrio digno y habitable». La piscina se halla justo al final de la cuesta de S’Aigo Dolça, frente a clubes de top less y muy cerca también de la destartalada escalera que une esta zona con la calle Joan Miró. Un parking colindante da acceso a los aledaños de la piscina, llenos de restos de botellón y de basura.

Si el proyecto viera la luz, la piscina tal vez volvería a ser un referente en la zona. Explica Mateu Cañellas que S’Aigo Dolça fue mucho más que un centro deportivo: era un auténtico núcleo social. Y no sólo de esta área de la capital balear, sino de la ciudad entera. En sus gradas y en su bar se reunía gente de todas las edades. Y las fiestas de agosto eran todo un acontecimiento, a lo largo del cual cien nadadores competían para ver quien nadaba más rápido cien metros.

La piscina también acogió campeonatos de España y encuentros internacionales, en los que destacaron varios nadadores locales. Sin embargo, a medida que fueron pasando los años, los mallorquines se fueron quedando atrás. El motivo: el resto de lugares tenían piscinas cubiertas, mientras que en Palma sólo se podía entrenar los meses de verano. Toda una desventaja. De ahí que el Club se trasladara a la nueva piscina de Son Hugo en los años 70, unas instalaciones que tiempo más tarde serían sustituidas por las actuales.

El responsable de gran parte del éxito de S’Aigo Dolça fue el matrimonio compuesto por Rafael Escalas y Linita Bestard, padres de los hermanos Escalas, dos nadadores que cosecharon importantes éxitos deportivos y que también aprendieron a nadar en esta piscina. Rafael dirigía los cursillos gracias a los cuales muchos niños de Palma aprendieron a nadar y desarrollaron una gran afición por la natación.

Hoy, la que un día fuera una  luminosa piscina está rodeada de altos hoteles que le roban los rayos solares. Trayendo ecos del pasado, todavía están en pie las gradas donde hace décadas pudieron presenciarse vibrantes carreras. El agua dulce a diez grados de temperatura –que en realidad era salobre– no volverá, pero tal vez sí el espíritu deportivo.