Archivo | septiembre, 2011

Un oasis en Pere Garau

26 Sep
  • Cien viviendas sociales construidas en los años 30 resisten entre la modernidad

  • Arca reclama su protección

Nadie diría a priori que en medio de Pere Garau se esconde algo así. Ciento dos casas, cada una con su patio trasero y su cisterna. Un oasis lleno de árboles en medio de una barriada de edificios altos. Y tampoco diría que estas viviendas cuentan, a través de sus paredes, una de las historias más bellas de Palma, la de una sociedad sin ánimo de lucro que levantó en los años 30 un centenar de viviendas baratas para la clase obrera de la ciudad. Las llamaron Ses Cent Cases y hoy, ochenta años después, allí siguen, dignas, hermosas y fuertes como robles -no tienen ni una sola grieta-. Pero nada garantiza su pervivencia en las próximas décadas -si un promotor comprara los solares y quisiera derribarlas, podría hacerlo-, por lo que la Asociació per a la Revitalització dels Centres Antics (ARCA) reclama su protección.

Rafel, en la puerta de su casa (Reportaje gráfico: Jordi Avellà)

Rafael Vanrell no estaba predestinado a entrar en esta historia, pero los miedos de un señor de Sóller le metieron de lleno en ella. O mejor dicho a su padre y después a él. Todo empezó en 1924, con la visita de Mestre Jaume, el cartero de Els Hostalets, al taller de confección de zapatos de Antoni Vanrell, situado en la carretera de Inca. Su misión era encontrar a alguien que, a razón de dos pesetas semanales, quisiera ingresar como socio en la Sociedad Cooperativa Constructora de Ses Cases Barates, la entidad que iba levantar las cien casas de Pere Garau. La recompensa iba a ser -así se lo explicó el cartero a Antoni Vanrell- la posesión de una de esas viviendas cuando las obras hubieran terminado.

Vamos, una bicoca. Tanto, que el señor de Sóller había llegado a la conclusión de que era totalmente imposible que le dieran una casa por tan sólo dos pesetas a la semana y abandonó el proyecto. Era necesario, entonces, encontrarle un sustituto. Y ese sustituto fue Antoni Vanrell, que dijo que sí.

«Los encargados de localizar socios para la cooperativa eran los carteros, porque en aquella época entraban en todas las viviendas y tenían contacto directo con la gente», explica Rafael desde el salón de su casa, que no es otra que una de Ses Cent Cases -la que su padre consiguió como miembro de la cooperativa-. Sentimental y nostálgico, Rafael -que ahora tiene 90 años y trabajó durante muchos años en Calzados Gorila- conserva toda la documentación relativa a este proyecto pionero en Palma, lo que se traduce en fotografías antiguas, publicaciones en revistas y prensa y auténticas joyas de papel, como la del libro donde, semana a semana, el senyor Pou –así le llamaban– sellaba el pago de las cuotas de los miembros de la cooperativa. Cada miembro tenía una de estas libretas, en cuya portada estaba anotado su número de socio. La familia de Rafael tenía el 57.

Hoy en día resulta extraño que una decena de hombres de la sociedad mallorquina decidiera por su cuenta y riesgo y sin esperar ningún beneficio económico a cambio viajar a Madrid para pedir al Gobierno -entonces corrían los tiempos de Alfonso XIII- que subvencionara la construcción de viviendas baratas para gente humilde. Pero así fue. «No querían señores, querían trabajadores», explica Rafael. De hecho, la cooperativa tenía reglas estrictas al respecto: los socios y futuros propietarios no podían tener unos ingresos de más de 8.000 pesetas, de las que el 75% debía proceder del salario o pensión.

Libro de cupones con el que se controlaba el pago de la 'hipoteca'

Con el visto bueno de Madrid y un préstamo bancario inicial, La Redención del Hogar –así era como se llamaba la cooperativa- empezó las obras de las casas, casi una treintena de bloques de marés que constaban de planta baja y primer piso –a razón de cuatro viviendas por edificio- y estaban situados entre las calles Arquebisbe Aspàreg, Adrià Ferrà y Bartomeu Torres. Las casas se construyeron en tres parcelas compradas a los propietarios de la possessió de Son Coc, que hoy ya no existe -en las fotografías puede verse como Ses Cent Cases, hoy rodeadas de asfalto y edificios, estaban circundadas de campos de almendros-. Los trabajos no acabarían hasta 1934.

Una vez terminadas las casas, llegó el momento de asignarlas. La Junta Directiva de la cooperativa hizo la convocatoria y una multitud se agolpó frente a los nuevos edificios. Dos niños, que eran hijos de cooperativistas, hicieron de manos inocentes, sacando del bombo los números premiados. A la familia Vanrell le tocó una planta baja situada en la calle Pere Llobera.

Pero ni Antoni ni su mujer, Catalina, llegaron a residir nunca en ella. Aunque en teoría no se podía hacer, los padres de Rafael alquilaron la vivienda a un tercero, bajo la promesa de que cuando su hijo se casara sería para él. Y así ocurrió: Rafael y Magdalena se trasladaron a la casa de Pere Llobera en 1941. «Compramos muebles de color negro y forramos las paredes de papel oscuro, tal y como era moda en la época», cuenta Rafael sin perder un solo detalle. También instalaron en el recibidor un antiguo reloj de péndulo -ya era antiguo entonces- que hoy, casi 70 años después, sigue dando las horas sin que haya sido necesario repararlo ni una sola vez.

Sociedad impulsora de la cooperativa de Ses Cent Cases

Rafael y Magdalena, que murió hace un año y medio, siguieron pagando las dos pesetas semanales hasta 1961, año en que la construcción de las obras estuvo por fin sufragada. A esta cantidad se añadían otras 30 pesetas en concepto de alquiler mientras la vivienda aún no era suya, con las que la cooperativa abonaba las cuotas del préstamo. Con todo, los residentes de Ses Cent Cases tardaron 37 años en pagar las casas, un tiempo que se alargó más de lo previsto con el cambio de la Segunda República -que subvencionaba el proyecto- a la dictadura de Franco. Durante todo ese tiempo, los inquilinos estuvieron totalmente exentos del pago de impuestos, de acuerdo con la Ley de Casas Baratas. Las viviendas no fueron enteramente suyas hasta 1980.

Muchos regímenes políticos han pasado ante los ojos de Rafael, que tras una reciente operación de cataratas se protege la vista con unas modernas gafas de sol. Pero el tiempo no le ha maltratado, a juzgar por un envidiable estado de salud a sus noventa años -por poner un par de ejemplos, aún conduce y se dedica a leer a Unamuno-. La receta: dos dientes de ajo en ayunas y dos largos paseos diarios. Gracias a ella, sigue custodiando una de las historias más bellas de la ciudad.

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/09/26/baleares/1317028095.html

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El retiro d’en Miquel des Forn

24 Sep
  • El emblemático panadero de Sa Calatrava prepara su jubilación

  • El comercio lleva abierto sin interrupción desde 1565

  • Confecciona sus famosos ‘cremadillos’, ‘panades’ y ensaimadas con un horno moruno de leña

Miquel Ferragut Cirer se pagó el viaje a Sudamérica haciendo de panadero en alta mar. Cuando el barco se inclinaba hacia un lado, horneaba del otro. Y cuando volvía a torcer, pues viceversa. Corría el año 1913 y el periplo no duró mucho tiempo. En 1914, Miquel ya estaba de vuelta en Mallorca. «Llegó a la conclusión de que tal y como tenía que ganarse la vida en Sudamérica, también podía hacerlo en Mallorca; al final, no hizo fortuna ni en Sudamérica ni en Mallorca».

Miquel frente a su establecimiento

Quien habla es su nieto, Miquel Pujol Ferragut, más conocido como en Miquel des Forn. Regenta uno de los locales más históricos y emblemáticos de Palma, el mismo que su abuelo –el de las Américas– le legó a su madre y luego a él: Can Miquel, el Forn de Sa Pelleteria. Ahora,tras 47 años levantándose a las cinco de la mañana –tiene 64– y trabajando de lunes a lunes, proyecta su retirada: «Cuando se me acabe el contrato del local, a otra cosa mariposa». ¿Cuánto falta para su jubilación? Eso no lo aclara. «No sé lo que haré mañana ni si estaré vivo», zanja misterioso.

Can Miquel lleva abierto de manera ininterrumpida desde 1565, aunque inicialmente se llamaba Forn d’en Reixach. En su interior guarda un tesoro: un horno moruno de medio arco y tres metros de diámetro que aún hoy sigue funcionando a la perfección. A las cinco y media de la mañana, Miquel prende en el centro varios troncos de leña. Luego, coloca las brasas en el extremo izquierdo y hornea en el derecho. Enciende la bombilla, abre la compuerta y empuja la bandeja con una pala larguísima, una labor en la que se turna con Nieves, su empleada. El resultado son los cremadillos, las panades, las coques y las ensaimadas que hacen las delicias de media Palma –y de medio colegio de Montesión–.

Son las nueve de la mañana y Miquel –camiseta negra con restos de harina espolvoreada y delantal hasta las rodillas– recibe a este periódico. Él ya lleva unas cuantas horas en marcha: se ha levantado de madrugada y ya tiene el mostrador bien lleno. «Llevo 48 años haciéndolo todos los días y estoy cansado». Ninguno de sus tres hijos quiere seguir el negocio.

Los famosos cremadillos

Los tiempos han cambiado, por mucho que los años parezcan no pasar para el Forn de Sa Pelleteria. Atravesar su puerta de madera es como viajar en el tiempo: dentro prácticamente todo se ha mantenido como en 1914, año en que el abuelo Miquel se hizo cargo de la panadería.Atrás quedan múltiples anécdotas y la transformación de un barrio que ha pasado de estar degradado a valer una fortuna. «Si lo llego a saber, lo compro cuando no valía nada y me hago multimillonario», bromea. Y repasa, nostálgico, todos los personajes emblemáticos del barrio que hoy ya no están, como Pedro Pescador o Madò Àngela. «Soy uno de los que más tiempo lleva aquí».

A las diez y media, el ir y venir de clientela es ya muy considerable. Estudiantes, arqueólogos, taxistas y también políticos. El dilema: empanada de carne o de pollo.

Y entonces suena el teléfono. La llamada procede de uno de los hoteles de lujo de la ciudad. Resulta que el ministro de Economía de China –nada más y nada menos– quiere una ensaimada. Para ya. «Lo arreglaré». Miquel cuelga, coge por banda a un amigo taxista que pasaba por allí y lo manda rumbo a la Bonanova. Mientras, otro amigo, se introduce en la rebotica y sale con una botella: «¡Qué bien saben las empanadas con vino!»

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/09/14/baleares/1315987543.html

El último habitante de la Costa des Teatre

24 Sep
  • Joan Canals regenta la única caseta que sigue abierta

  • Cort las recuperó para demolerlas pero Arca pide su conservación

«Aquí lo único que quedan son las ratas». La Costa des Teatre es una sucesión de persianas bajadas y grafitis. Aunque es uno de los lugares más transitados de la ciudad -por su importante función a la hora de comunicar la parte alta del casco antiguo con la baja, es también uno de los más abandonados. Además, esconde una realidad poco conocida: la de cinco casetas de madera construidas hace 150 años por el Ayuntamiento con el objetivo de alquilarlas y conseguir ingresos para sus maltrechas finanzas.

La última caseta abierta: La loza mallorquina (Foto: ARCA)

A día de hoy, sólo una permanece abierta: la de Joan Canals, el último habitante de la cuesta. El resto de tenderos se fue cuando el Ayuntamiento les indemnizó por dejar de explotarlas. En «tres meses» iba a derruirlas, explica Joan. De eso hace cinco años.

Ya en aquel momento, la Asociación para la Revitalización de los Centros Antiguos (Arca) reclamó la protección de las casetas, así como su rehabilitación, al entender que tienen un valor histórico muy importante y también un potencial turístico que a día de hoy -ante su degradación y teniendo en cuenta su emplazamiento privilegiado- está desaprovechado. Hace pocas semanas, la entidad volvió a insistir en sus reivindicaciones y propuso que las casetas de madera se reformen y alojen tiendas de artesanía, librerías de viejo y una oficina de información turística, entre otras posibilidades.

Todas ellas son de propiedad municipal. Su construcción se remonta al año 1876 y tuvo el objetivo de «aumentar los fondos públicos y al mismo tiempo disimular la mala alineación de la cuesta», según escribió Mateu Zaforteza Musoles -que fue el alcalde de Palma durante la Guerra Civil- en su obra La ciudad de Mallorca. Pocos años antes -concretamente en 1851-, el Ayuntamiento había arreglado la cuesta para facilitar el tránsito de las pesadas mercancías entre la Plaça del Mercat, antigua sede del mercado, y la Plaça Major, su nuevo emplazamiento en aquel momento, dándole su aspecto actual.

¿Por qué de madera?

Los arquitectos municipales eligieron como material para construir las casetas la madera, algo nada común en el Mediterráneo. ¿Por qué? Pues porque debían levantarse sobre un gran aljibe del siglo XVIII, cuya función había sido la de combatir posibles incendios en el Teatro Principal, entonces Teatre de les Comèdies, que ardió dos veces en aquella época, una de ellas por dejar una vela encendida en el escenario tras una representación. La presencia del aljibe impedía la instalación de cimientos profundos y pesados, por lo que se optó por la madera. Para las cubiertas del techo, se eligió el zinc.

Las casetas tienen, pues, el suelo hueco, algo totalmente perceptible cuando se entra en ellas y la madera cruje bajo los pies. En La Loza Mallorquina, la tienda de Joan Canals, existe un gran sótano en el que sus padres -que ya la alquilaban- almacenaban las greixoneres y los platos que vendían.

Hoy, la antigua tienda de loza es un local de souvenirs, donde se puede encontrar desde un vestido de folclórica a un siurell, pasando por imanes de neveras, grandes conchas de mar y cestos de paja.

Casetas cerradas (Foto: ARCA)

«Yo vengo por aquí desde que tenía la edad de María», dice Joan señalando a su nieta. «Hace 30 o 40 años el Ayuntamiento ya insinuó que quitaría las casetas y en aquel momento mis padres tuvieron un disgusto», añade. Hoy, Joan espera con ansia que Cort le confirme el pago de la indemnización por dejar de utilizar la caseta, por la que su familia ha pagado religiosamente el alquiler durante 68 años y en cuyas paredes los souvenirs cuelgan sin dejar apenas un centímetro libre. Sin embargo, en su caso -no en el de otros inquilinos-, no tendrá que abandonar el negocio: más allá del espacio robado a la calle en 1876, la tienda continúa en los bajos del edificio colindante. Y este espacio es de su propiedad.

Cuando la ex alcaldesa de Palma Catalina Cirer (PP) indemnizó a los inquilinos de las casetas, su intención era demolerlas y ensanchar las escaleras. También había otros intereses, como los de los propietarios de los edificios colindantes, que de esta manera habrían podido tener un acceso a sus viviendas distinto al de la calle de Can Berga, que es el que utilizan en la actualidad. Sin embargo, finalmente, el proyecto quedó paralizado y Aina Calvo tampoco movió ficha.

Si Joan Canals no aceptó en aquel momento fue porque no estuvo de acuerdo con el precio que le ofrecieron. Tras una negociación -justiprecio mediante-, llegó a un acuerdo con el Ayuntamiento. Aún espera el dinero.

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/09/20/baleares/1316504655.html

A todo gas contra la marginación

24 Sep
  • El párroco de Sa Indioteria impulsó hace 30 años un proyecto para combatir la delincuencia

  • Hoy sus ‘discípulos’ siguen formando con éxito a jóvenes y niños

Tomeu Suau es toda una institución en Sa Indioteria. Toda una institución que se pasea por la barriada con una señora Yamaha. Lo primero que cabría esperar de un párroco es que utilizara una scooter normal y corriente. Y él lo hizo. Pero la cosa se acabó cuando sus chicos le regalaron una pedazo de moto.

El tamaño del vehículo es proporcional al cariño que le tienen en el barrio los centenares de personas que han pasado por sus manos, ya sea a través del club de esplai de la parroquia, del centro de inserción laboral o de la granja-escuela. A sus espaldas, tiene un proyecto de tres décadas de duración con el que ha contribuido en gran medida a erradicar la delincuencia y la marginación en esta barriada de Palma. «Esto hace 30 años era el equivalente a Son Gotleu, un barrio con inmigración de lugares muy diversos –gente que vino a trabajar al Polígono de Son Castelló– en el que los nuevos residentes entraron en conflicto con los que vivían en el núcleo antiguo y donde también había mucha delincuencia y droga».

Tomeu Suau frente a la Cooperativa Jovent (Reportaje gráfico: Jordi Avellà)

Hoy, Tomeu Suau está ya retirado de su labor socioeducativa, pero su legado perdura en cinco entidades muy activas, perfectamente organizadas y que ya traspasan las fronteras de Sa Indioteria: el Club d’Esplai Jovent, la Granja Jovent, la Cooperativa Jovent, la Oficina de inserción social y laboral y el Club de la Tercera Edad de Sa Indioteria. «Yo no soy nadie, sólo vengo a tomar café y doy algunas ideas», asegura, modesto, durante el recorrido por cada uno de los lugares que él ha creado o contribuido a crear.

La visita empieza en la granja-escuela, pero, realmente, esta historia tiene su principio en otro lugar: en la parroquia, situada en el núcleo antiguo de Sa Indioteria. Allí, hace exactamente 31 años –corría el año 1980–, Tomeu Suau abrió un club de actividades para niños y jóvenes que iba a cambiar de raíz la historia del barrio. Eran los años duros de Sa Indioteria y aquel proyecto, que pretendía alejar a los chicos de la droga y la delincuencia, le costó a Tomeu una moto quemada y una paliza. Sin embargo, a pesar de las dificultades, finalmente lo consiguió: al segundo año ya había 60 monitores y 400 niños haciendo teatro, manualidades y dibujo, entre otras muchas actividades. «Si conoces al niño que vive en una casa, difícilmente le romperás el cristal», explica a modo de ejemplo el rector, quien también precisa que «los más pequeños no entienden de diferencias entre mallorquines, forasteros y extranjeros».

Granja Jovent

El club de esplai fue la primera piedra de un gran castillo que aún hoy sigue creciendo y que se financia gracias a ayudas de entidades públicas y privadas –que por otra parte nunca son suficientes–. La filosofía ya estaba clara desde un principio: se trata de fomentar la integración a través de los niños. Tal vez sus efectos no sean inmediatos, pero en 10 o 15 años ya se empiezan a ver. El club, que ahora está dirigido por Maria Antònia Bosch, pone en contacto a niños de distintas culturas y también a sus padres. Además, les forma en la adquisición de aficiones y hábitos saludables. Y, sobre todo, crea una red, un «nido» –así lo denomina él– que les siga protegiendo cuando dejen su hogar paterno.

De hecho, las personas que hoy se hacen cargo de los centros impulsados por el sacerdote son en su mayoría niños y jóvenes que pasaron por el club de esplai. La granja-escuela, por ejemplo, es propiedad de cinco de estos chicos –hoy ya adultos–, que se asociaron en una cooperativa, alquilaron una antigua possessió –Son Moll– y dedicaron cuatro años de su vida a arreglarla sin apenas cobrar. «Tenían un techo en el que vivir y yo les daba cuatro o cinco mil pesetas a cada uno para que pasaran el mes», explica el párroco.

De eso hace casi 14 años –se puso en marcha en 1998– y a día de hoy ya han pasado por la granja 14.000 niños, ya sea mediante visitas escolares o mediante los cursos de verano, que proporcionan a los trabajadores del polígono un lugar donde dejar a sus hijos en vacaciones. También acuden semanalmente pequeños con minusvalías. Los niños aprenden a cuidar a los animales y a preparar pan y panades, entre otras muchas actividades.

Son Moll es un oasis en medio del tráfico y la actividad industrial: es un reducto de paz que linda, de un lado, con la autopista de Inca y, del otro, con el polígono. También se encuentra en pleno corredor verde de Palma, uno de esos proyectos que nunca terminan de ver la luz y que está llamado a unir con un gran parque la Plaza de España con Sa Indioteria –el ex concejal socialista Francisco Donate, fallecido el año pasado, estuvo a punto de conseguirlo pero la crisis finalmente se lo impidió–. Muy cerca del bullicio de los coches, Gavardí, Jovent y Platero, dos caballos y un asno, pastan en un cercado. Hoy no hay niños para observarlos, pero a partir de noviembre será un no parar.

Alumnos del centro de formación ocupacional Cooperativa Jovent

Pero la primera cooperativa impulsada por Tomeu Suau fue otra, nacida en 1984 y que acabaría desembocando en un proyecto innovador, exitoso y envidiado en Alemania y Francia. Se trata de la Cooperativa Jovent, un centro que da formación a jóvenes con riesgo de exclusión y luego, en la medida de lo posible, les proporciona un empleo en una empresa. A día de hoy, se imparten diez talleres distintos (mecánica, chapa, fontanería y electricidad, entre otros) y hay 70 personas en lista de espera. La clave del éxito: hacer a los jóvenes responsables de su formación –acuden al centro porque ellos así lo desean– y crear un ambiente acogedor.

La experiencia de Tomeu Suau en Sa Indioteria podría marcar el camino para otras barriadas con problemas: «Con cuatro o cinco monitores se puede cambiar Son Gotleu, tal vez tardaríamos diez años, pero al final tendríamos un barrio unido».

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/09/22/baleares/1316677632.html

http://www.youtube.com/watch?v=MSEHMIYXK0Y&feature=player_embedded

«Bendita la hora en que me vine a Son Gotleu»

18 Sep
  • Los comerciantes defienden a capa y espada el barrio y trabajan por la integración

  • Pimeco pide más seguridad y limpieza

«¿Pero cómo quieres que sea chapado en oro, mujer, si sólo vale un euro?». Juana vende bisutería en su tienda multiprecio de la calle Tomàs Rul·lan, en el corazón de Son Gotleu. En el interior del local, Helen elige anillos y lápices de labios, mientras su hijo Jeremiah, de unos cuatro años, da golpes a diestro y siniestro con un matamoscas naranja fosforescente. El debate sobre la materia prima de las sortijas genera un divertido choque cultural entre la dueña, que es española, y la clienta, procedente de Nigeria. «Llevo 28 años trabajando aquí y me llevo bien con todo el mundo», afirma Juana, una férrea defensora del barrio tal y como es: «Bendita la hora en que me vine a Son Gotleu, se está dando una mala imagen que no se ajusta con la realidad».

Juana y Sandra frente a la tienda de la primera (Reportaje gráfico: Jordi Avellà)

Mateo Isern, alcalde de Palma, acaba de pasar en comitiva por la calle hace tan sólo unos minutos, en su primera visita al barrio desde que fue investido –saliendo así al paso de las críticas por no haber pisado todavía esta zona de la ciudad tras el estallido de violencia de finales del pasado mes de agosto–. A todo el que se ha parado a hablar con él, le ha prometido que «la semana que viene» impulsará un «paquete de medidas» para mejorar la limpieza, la seguridad y la convivencia en esta barriada palmesana, coincidiendo con las reivindicaciones que hace tan sólo dos días le planteó la patronal del pequeño comercio Pimeco –que se ha adherido recientemente a una asociación de comerciantes y empresarios en el barrio–.

La presencia del alcalde en Son Gotleu genera reacciones contrapuestas. Desde las críticas de Juana, que dice que ha pasado «deprisa y corriendo» a las alabanzas de Sambou, ciudadano senegalés que regenta un colmado en la misma calle Tomàs Rul·lan: «Es muy positivo que haya venido, tiene que saber lo que pasa aquí».

Sambou, que abrió su tienda hace dos años y trabaja de sol a sol para pagarse la hipoteca, asegura que el estallido de violencia del mes de agosto ha «dañado» injustamente la imagen del barrio. Las cosas no son fáciles, admite, pero la integración «no es cosa de un momento». «Luchamos a diario», defiende, al tiempo que resalta que con la «pobreza y el paro» que hay en la barriada es normal que se produzcan estallidos de violencia: «El perro que tiene hambre muerde».

Sin embargo, a pesar de todo, –así lo resalta Sambou– la normalidad ha vuelto al barrio cuando se cumplen quince días de la muerte del nigeriano Efosa Okosun, que fue lo que desencadenó la revuelta. «Esto no es el Bronx», insiste Rosario, frente al mostrador de su panadería. Y en eso coinciden todos y cada uno de los comerciantes consultados por este periódico. «Se está exagerando un montón, este es un lugar normal y corriente», reafirma Juana, a quien le duele en el alma la «imagen que se está dando» –de hecho, se le saltan las lágrimas–. «Parece que nos hayamos olvidado de que nosotros también fuimos emigrantes, yo he criado aquí a mis hijos y cuando salgo cada día a las nueve y media de la noche nunca temo por mi seguridad», añade.

Isern durante su visita a Son Gotleu

Juana es, desde luego, un ejemplo de integración. Los hijos de Sandra, la nigeriana que regenta el comercio de al lado –una curiosa mezcla entre locutorio y peluquería– saltan constantemente de una tienda a otra. Y ella los cuida cuando su madre no puede. «Estoy muy feliz con el vecindario», resalta Sandra, con un vestido estampado hasta los pies, una gran pulsera de plata en la muñeca y un pañuelo cubriéndole toda la cabeza. En el exterior de su local, un pintoresco cartel anuncia los servicios de peluquería, mostrando a un africano –gafas de sol incluidas– pasando la máquina sobre la cabeza de un compatriota, todo ello bajo el cartel VIP cut [corte VIP]. En el interior, un escudo del Madrid preside la sala. «Sí, sí, hala Madrid», dice Sandra.

Pese a su tendencia al optimismo, los comerciantes también admiten que económicamente las cosas no van bien, aunque eso no es una novedad, teniendo en cuenta la crisis económica. Si el estallido violento de agosto ha contribuido aún más a empeorar la situación, en eso no hay unanimidad. Según el comunicado que Pimeco remitió a los medios el pasado martes, «los enfrentamientos étnicos de las últimas semanas» han provocado que los comerciantes de Son Gotleu sufran «pérdidas y complicaciones». Según otros pequeños empresarios de la zona, sin embargo, la situación es la misma de los últimos meses y tiene que ver pura y simplemente con la crisis económica.

La patronal del pequeño comercio, que ayer por la tarde se reunió con Isern para analizar la situación en Son Gotleu, puso de manifiesto en su escrito que la barriada sufre «problemas por lo que se refiere a seguridad, limpieza y legalidad». En este sentido, reclamó que se «intensifique la presencia de fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado», así como la «instalación de cámaras en las zonas más conflictivas del barrio».

Rosario y Sambou

En lo que sí hay consenso total es en que hace falta una mayor limpieza. «Emaya pasa cada cuatro días», explica Rosario, que al igual que todos los comerciantes consultados tiene que barrer cada mañana su trozo de acera.

Del mismo modo, también existe una preocupación generalizada sobre la reubicación en Son Gotleu de familias procedentes de Son Banya. Hay quien dice que «van a venir a vivir 400», una rumorología que lleva a Pimeco a pedir al Ayuntamiento que «dé respuesta a las dudas de los comerciantes sobre el número de ex residentes de Son Banya reubicados durante el último lustro». «Como traigan a más familias, esto sí que va a ser un gueto», sentencia Rosario.

Sin noticias de la cantera de Génova

13 Sep
  • Matthias Kuhn la compró hace nueve años pero aún no tiene ningún proyecto para ella

  • Los vecinos reclaman que se le dé un uso público: aparcamientos o un centro deportivo

Corre el año 1945. Un centenar de obreros se deja la piel arrancando la piedra a la montaña. Trabajan a destajo: la jornada laboral empieza a las seis de la mañana y no acaba hasta las ocho de la tarde. Cada día extraen 2.000 toneladas de piedra, que se transportan en tren hasta la ensenada de Porto Pi. La locomotora y los vagones descienden por la montaña y cruzan la carretera de Andratx mediante un alto puente de tres arcadas.

La cantera en 1955

La cantera de Génova, hermana pequeña de la de Establiments, proporcionó durante más de una década el material necesario para construir el Dique del Oeste. Hoy, es un solar abandonado con un importante impacto paisajístico –los trabajos de rehabilitación de finales de los 90 sólo cubrieron la mitad de la montaña amputada– y no hay ninguna certeza sobre su futuro. Hace casi diez años, se habló de construir en ella un aparcamiento para residentes, un equipamiento deportivo e, incluso, una pista de esquí. Nada se ha materializado. Y los vecinos de Génova tienen en su barriada unos terrenos inservibles que, eso sí, al menos son aprovechados por los escaladores y los ciclistas de montaña para hacer deporte.

«Es un solar enorme situado en la entrada de Génova y que tiene muchas posibilidades», explica Gaspar Pujol, presidente de la Asociación de Vecinos de Génova. «Nosotros reivindicamos que se construya en él un aparcamiento, aunque por su tipología urbanística también podría albergar instalaciones deportivas o de ocio», abunda. Y añade: «Es una pena tenerlo allí sin hacer nada».

¿De quién son los terrenos? En la actualidad, pertenecen al empresario alemán Matthias Kuhn, propietario de la inmobiliaria Kuhn and Partner, quien los consiguió tras hacer la puja más alta en una subasta. Se los compró a la Autoridad Portuaria de Baleares, que era su propietaria desde los años 40, momento en que decidió expropiarlos, precisamente, para garantizar los trabajos de extracción de piedra que debían proporcionar el material para construir el Dique del Oeste –una obra entendida de interés general–. En el año 2002 –y después de que la cantera llevara décadas abandonada–, decidió venderlos al mejor postor. Los vecinos vieron, en aquel momento, una oportunidad para dar una utilidad pública al solar, y le pidieron al Ayuntamiento que lo comprara. Sin embargo, la administración municipal tan sólo ofreció 1.000 euros por encima del precio de salida, con lo que su oferta fue rápidamente descartada.

La cantera en 1998, durante la rehabilitación

Fue también en esta subasta cuando un promotor presentó un curioso proyecto para construir una pista de esquí de nieve artificial. No hace falta decir que la iniciativa nunca vio la luz.

En cuanto al proyecto de Matthias Kuhn para la antigua cantera, tampoco está claro a día de hoy. Este diario se puso en contacto con los servicios jurídicos de Kuhn and Partner, quienes no pudieron especificar qué utilidad tienen pensado darle al solar. El problema principal reside en el hecho de que el Plan General de Ordenación Urbana de Palma (PGOU) no especifica los usos de estos terrenos. «Hemos mantenido alguna reunión con técnicos del Ayuntamiento para ver qué se podía hacer, quizás podríamos darle una utilidad pública mediante un uso deportivo de alto rendimiento», fue todo lo que pudieron aclarar.

Más allá de su futuro, la cantera de Génova también habla del pasado y de la historia de Palma, de los años posteriores a la Guerra Civil y de cómo la ciudad le fue ganando terreno al mar en su imparable crecimiento y en su particular visión del progreso de la época –que alejó de las casas un mar que entonces no se valoraba como ahora–.

El tren que trasladaba la piedra desde la cantera hasta Porto Pi cruza la carretera de Andratx por un puente (1955)

La construcción del Dique del Oeste se inició en 1942 y duró hasta 1961 –en principio, los trabajos debían terminar en 1956 pero un gran temporal de levante rompió el dique y retrasó su inauguración hasta 1961–. Paralelamente, se trazó una pequeña carretera que debía unir el nuevo dique con el centro de Palma, a la que se bautizó como Carretera de S’Enllaç y que fue el germen de lo que hoy se conoce como Paseo Marítimo. Su construcción data de 1950 y se llevó a cabo ganando terreno al mar, aunque en aquel momento no era tan grande como ahora: sólo ocupaba la mitad del paseo actual –de hecho, el puente del Hotel Mediterráneo cruzaba toda la carretera y llegaba a una piscina situada junto al mar–. Luego, en 1972, llegaría la ampliación definitiva.

La tribu igbo vota por la paz

13 Sep
  • Es una de las tres comunidades nigerianas que residen en Palma

  • Celebra una votación para elegir a la nueva junta directiva de su asociación

Cruzas el umbral y ya estás en África. Por los altavoces suena música tradicional nigeriana y entre el auditorio no hay una sola persona de raza blanca –sólo los periodistas desentonan–. El colorido y la variedad de indumentarias es espectacular: los llamativos trajes tradicionales se mezclan con americanas de raya diplomática, camisas multicolor, zapatos de vestir con mucho betún y gafas de sol. Y hace mucho calor.

Momento de la reunión

El horario también es africano:los trámites se dilatan en la calurosa tarde palmesana. «¿A qué hora vais a terminar?», pregunta Alfred Miralles, párroco de Sant Sebastià y anfitrión de la reunión, que se celebra en una sala de su iglesia y que ha empezado a las cuatro. «A las nueve», responde Stanley Onyia, líder de la comunidad.  E inquiere intrigado:«¿Es demasiado?».

Los nigerianos igbo de Palma –son los miembros de una de las tres tribus con más implantación en el país y cuya religión es habitualmente la católica– celebraron ayer elecciones para elegir a la junta directiva de su asociación, la Igbo Progressive Association (IPA). El ganador por abrumadora mayoría –101 votos de 102– fue Emeka Okafor, quien hizo un llamamiento a la concordia. «Quiero luchar por la paz, la unidad y la integración de la tribu igbo», aseguró a este periódico, en un buen castellano, poco antes de ser elegido.

Lo que hacen o dejan de hacer los nigerianos está de gran actualidad tras la muerte en misteriosas circunstancias de uno de sus compatriotas en Son Gotleu, un hecho que generó un estallido de violencia en la barriada hace dos semanas. Estas circunstancias sobrevolaban ayer la reunión, aunque lo cierto es que nada tenían que ver con ella directamente.

El conflicto era otro: el enfrentamiento entre el fundador de la entidad, Stanley Onyia, y el díscolo William Ajuluchukwu, que celebró por su cuenta unas elecciones alternativas el pasado fin de semana en Son Gotleu. En la reunión de ayer, el comité electoral incluyó en las listas la candidatura de Ajuluchukwu, en un intento de integración. Sin embargo, ninguno de sus miembros acudió a la parroquia de Sant Sebastià, con lo que finalmente el ambiente fue muy tranquilo y pacífico –eso sí, una persona registraba todas las bolsas que entraban en la sala, para garantizar que no hubiera ningún objeto peligroso–. En consecuencia, Ajuluchukwu –cuya asociación alternativa cuenta con una cincuentena de personas frente al centenar de la oficialista– consiguió tan solo un voto.

«Todos sabemos que existen dificultades, pero la única solución es la unidad», señaló Alfred Miralles ante un abarrotado auditorio, en el que por otra parte tan sólo había dos mujeres –sólo las solteras pueden ser miembros, mientras que las casadas tienen su propia asociación–. «No hay nada peor para el pueblo nigeriano que más división, debemos ser capaces de practicar el perdón, la comprensión y la paz», prosiguió el párroco, que hizo un llamamiento a la integración de las dos asociaciones y avisó que, de lo contrario, no podrán volver a reunirse en la parroquia. «O todos o ninguno», avisó Miralles, que se granó un sonoro aplauso cuando pidió que se constituya una asociación «respetable, capaz de ser escuchada por las instituciones y que demuestre que los igbos son gente que ha venido a Mallorca a integrarse y trabajar y no a generar problemas».

Uno de los momentos culminantes fue cuando el párroco hizo entrar a los dos policías nacionales que custodiaban la puerta –su misión era intervenir en caso de que hubiera algún tipo de conflicto– y los colocó de cara al auditorio. «Les he pedido que vengan para que vean que ustedes quieren la paz y el diálogo», aseguró Miralles, que preguntó a los asistentes si estaban «dispuestos a respetar el orden». «¡¡¡Sí!!!», fue la unánime respuesta. «Quiero que la policía escuche de su boca este compromiso de luchar por la paz», añadió, en unas palabras que, inevitablemente, llevaban a pensar en los recientes conflictos en Son Gotleu.

El ambiente de ayer nada tenía que ver con el del estallido de violencia tras la muerte de Efosa Okosun: se respiraba tranquilidad y concordia. De hecho, el auditorio recibió de manera muy festiva a los candidatos cuando estos subieron al estrado.

Con un llamativo birrete rojo y una túnica decorada con coronas medievales doradas, Stanley Onyia insiste ante la prensa: «No somos gente violenta».