El barrio por el que Errol y Ava ya no pasearían

2 Sep
  • La parte baja de El Terreno cada vez se degrada más

  • Los ‘afters’ han sustituido a los comercios y pubs de tiempos pasados

A nadie le sorprendería si, de repente, una bola de ramas secas atravesara la calle y un hombre silbara, medio escondido en la sombra, una melodía de Ennio Morricone. El barrio de El Terreno –en pleno ponent palmesano– cada día es más el far west. Las persianas cerradas y los carteles de se vende se cuentan por decenas. Y lo que un día fueron las casas de veraneo de las clases altas palmesanas, hoy son destartalados edificios que se caen a trozos, con after hours en sus bajos que nada tienen que ver con los bares elegantes que hace más de medio siglo frecuentaron Errol Flynn y Ava Gardner.

En medio de la calle Joan Miró, se alza solitario el Bar Michel, un enclave que con el paso de los años ha ido adquiriendo solera en la zona. Siguiendo con la analogía, no sería descabellado considerarlo el saloon del polvoriento poblado. Y si el bar es el saloon, Eugenio sería sin lugar a dudas el sheriff, aunque él ya tiene otro apodo: en el barrio es conocido como El Teniente.

«En esta calle no verás un solo chorizo, me encargo yo personalmente». Eugenio es el conserje del edificio sobre el que reposa el bar Michel, que debe su nombre a un propietario lejano al que ya han reemplazado unos cuantos. Amador, que aguantó en el puesto durante más de una década, lo dejó hace dos años, harto de las amenazas de los clientes de los afters.

La Polilla, Caché, La Hiedra, El Trago loco… Hoy los únicos locales abiertos en la parte baja de El Terreno –la comprendida entre las calles Joan Miró y Robert Graves, de un lado, y Correos y la gasolinera de Son Armadans, del otro– son prácticamente los afters, lugares de copas abiertos hasta la mañana que, cuando dan por concluida la jornada, arrojan a la calle a una clientela conflictiva, gente tambaleante con la que se cruzan las señoras de toda la vida del barrio, generando todo un choque cultural.

Poco queda de los comercios que, hace años, hicieron de este lugar un barrio. El colmado Can Rafael, la droguería, el estanco, la peluquería Picornell, la zapatería, la verdulería de Alberto, la sucursal de Foto Cine Casa Planas –que hoy es un descampado–, el quiosco Sa Premsa, la floristería… Todos ellos han echado el candado. Por no hablar de los bares y pubs que también imprimieron carácter a la zona en los 80 y 90 y de los que el Joe’s y el Mínims son tan sólo dos ejemplos. Entre decenas y decenas de persianas metálicas cerradas, sólo sobreviven, en este tramo de Joan Miró, una farmacia, una peluquería y varios locales de Kebabs, además del bar Michel, claro.

«Aquí hay edificios que son auténticas joyas», asegura la cocinera del bar, Trini, de metro noventa y voz grave, mientras señala la casa de enfrente. «Villa Cornelia, 1917», puede leerse en lo alto. Justo al lado, los obreros cortan baldosas con estridentes discos en un edificio de nueva planta, que en su parte de atrás esconde otra joya: «La capilla de la casa del obispo anglicano». Así lo explica Jesús, anciano del lugar con otra historia a sus espaldas: nació en 1936 en Ondarroa (Vizcaya), después de que su madre huyera de Mallorca tras el desembarco de Porto Cristo. Un año más tarde, regresó a la isla y fue inscrito en el registro, motivo por el cual en su DNI figura como mallorquín nacido en 1937. «Esto no es ni la sombra de lo que fue; no es que sea decadente, es que está destrozado», afirma en referencia a El Terreno.

«Olvidémoslo, ya hace demasiados años que esto no es lo que era». Quien habla ahora es otra de las instituciones del barrio, el peluquero-poeta –hoy ya jubilado– Xavier Abraham. Revitalizar la zona es casi una misión imposible, explica, teniendo en cuenta que el Plan de Rehabilitación Integral (Peri) del Ayuntamiento ha caído en el olvido y que la empinada cuesta de la Pedrera –sin un solo escalón– es una barrera para que los vecinos del Paseo Marítimo suban a hacer sus recados. «Nadie se anima a abrir nuevas tiendas», afirma Xavier,  ante al mostrador de la farmacia de JoanParera.

Justo enfrente, una oficina de la Banca March y un edificio nuevo ocupan el espacio de lo que fue la majestuosa mansión Parietti, la casa del ingeniero que construyó la carretera de Sa Calobra. Un buen día, cuando ya llevaba años abandonada, las maquinas la borraron de la faz de la tierra con una bola de hierro. Lo peor estaba por llegar.

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