El Punjab vive en el Camp Redó

8 Sep
  • El templo sij de Palma tiene 300 fieles

  • Los ritos mezclan hinduismo e islamismo

  • Las mujeres tienen la misma consideración que los hombres

Un sij nunca se corta el pelo. Lo deja crecer desde la infancia y lo anuda en un gran y característico turbante. Un sij nunca se afeita la barba. Un sij siempre tiene el mismo apellido: Singh (león). Y una sij siempre se apellida Kuar (princesa). Un sij no suele comer carne. Un sij siempre tiene la puerta abierta para los seguidores de otras religiones.

El sijismo, a medio camino entre el hinduismo y el islamismo, es la quinta religión con más adeptos del mundo (23 millones). La mayor parte de ellos vive en el Punjab, una región del noroeste de la India, aunque muchos han emigrado. Sobre todo a Inglaterra, pero también a otras partes de Europa. En Mallorca, hay una comunidad de 300 personas.

Muchos palmesanos los habrán visto por las calles de la ciudad, con sus característicos turbantes, que en el caso de los niños cubren un moño anudado en la parte superior de la cabeza. Sin embargo, pocos saben que cada fin de semana, en una estrecha calle del Camp Redó –la calle Albacete–, los sijs se reúnen para celebrar sus ritos durante horas. Allí tienen un templo, con una gran sala para rezar y un comedor anexo, donde se sirve cocina vegetariana de manera gratuita a todo el que se pase por allí, sea de la religión que sea. En el recibidor del templo, los fieles tienen una pica donde lavarse los pies y una gran estantería donde depositar los zapatos. Antes de entrar hay que cubrirse la cabeza con un pañuelo, en señal de respeto.

Jasbir Singh y Baljinder Singh son quienes ejercen de guías cuando EL MUNDO/El Día de Baleares llega al templo. Zapatos fuera, pañuelo en la cabeza y para dentro. En la sala, un centenar de personas –las mujeres a la izquierda y los hombres a la derecha– siguen al sacerdote, que se sitúa sobre el altar, ataviado con pantalones y túnica blancos y un turbante azul eléctrico. En una mano, luce un moderno reloj digital; en la otra, el tradicional brazalete de hierro, que recuerda a todos los sijs que deben obrar bien. A su derecha, las sagradas escrituras, que tienen 1.430 páginas, reposan bajo un templete dorado, frente a un hombre que agita un plumero blanco; a su izquierda, tres músicos tocan instrumentos tradicionales. Hoy ha fallado el intérprete de sitar, explica Baljinder.

Pese a los preceptos del sijismo, hoy en día son pocos los fieles que no se cortan el pelo –y la barba–. Sólo los sacerdotes y los niños siguen envolviendo sus cabellos en el tradicional turbante, al igual que lo hacía Kip, el inolvidable rastreador de minas de El paciente inglés.

El sijismo no es una religión especialmente estricta y sus seguidores se caracterizan por un carácter abierto y emprendedor –no en vano, Jasbir es el propietario del restaurante indio de la calle Blanquerna y Baljinder tiene una empresa que limpia hoteles en S’Arenal–. Más allá de la prohibición de beber alcohol, no hay restricciones alimentarias, pese a que es habitual el vegeterianismo –así sucede en el templo de la calle Albacete, donde nunca se cocina carne–. Tal vez por todo ello, el Punjab sea uno de los estados más avanzados de la India.

En el comedor del su templo palmesano –al igual que sucede en todos los demás, empezando por el famoso Templo Dorado del Punjab–, los hombres, las mujeres y los niños se sientan con las piernas cruzadas en dos alfombras muy estrechas, colocadas de manera longitudinal a las paredes. «Aquí no hay castas, todos somos iguales y nos sentamos en el mismo sitio», explica con orgullo Baljinder. De hecho, el sijismo nació a finales del siglo XV como un movimiento de contestación al sistema hindú de castas y también en un intento de aunar lo mejor de hinduismo e islamismo.

Además, para los sijs la mujer tiene la misma consideración que el hombre. «Por eso las llamamos kuar (princesa), porque son iguales que nosotros o, incluso, superiores», aclara Baljinder. De hecho, no es extraño ver en el comedor del templo a un hombre sirviendo a una mujer, puesto que las labores de la cocina no están destinadas exclusivamente a ellas, tal y como sí sucede en otras religiones.

Como en toda religión, los ritos del domingo en la calle Albacete son todo un acontecimiento social. «Primero comemos y luego rezamos», aclara Baljinder.

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2 comentarios to “El Punjab vive en el Camp Redó”

  1. Hindienmallorca 7 marzo, 2012 a 22:44 #

    Estaría encantado de paticipar en alguna de sus celebraciones. Un saludo.

    • marionaforteza 8 marzo, 2012 a 11:44 #

      Pues si te pasas por allí no tendrás ningún problema, son muy hospitalarios! Las celebraciones son los fines de semana.

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