El último habitante de la Costa des Teatre

24 Sep
  • Joan Canals regenta la única caseta que sigue abierta

  • Cort las recuperó para demolerlas pero Arca pide su conservación

«Aquí lo único que quedan son las ratas». La Costa des Teatre es una sucesión de persianas bajadas y grafitis. Aunque es uno de los lugares más transitados de la ciudad -por su importante función a la hora de comunicar la parte alta del casco antiguo con la baja, es también uno de los más abandonados. Además, esconde una realidad poco conocida: la de cinco casetas de madera construidas hace 150 años por el Ayuntamiento con el objetivo de alquilarlas y conseguir ingresos para sus maltrechas finanzas.

La última caseta abierta: La loza mallorquina (Foto: ARCA)

A día de hoy, sólo una permanece abierta: la de Joan Canals, el último habitante de la cuesta. El resto de tenderos se fue cuando el Ayuntamiento les indemnizó por dejar de explotarlas. En «tres meses» iba a derruirlas, explica Joan. De eso hace cinco años.

Ya en aquel momento, la Asociación para la Revitalización de los Centros Antiguos (Arca) reclamó la protección de las casetas, así como su rehabilitación, al entender que tienen un valor histórico muy importante y también un potencial turístico que a día de hoy -ante su degradación y teniendo en cuenta su emplazamiento privilegiado- está desaprovechado. Hace pocas semanas, la entidad volvió a insistir en sus reivindicaciones y propuso que las casetas de madera se reformen y alojen tiendas de artesanía, librerías de viejo y una oficina de información turística, entre otras posibilidades.

Todas ellas son de propiedad municipal. Su construcción se remonta al año 1876 y tuvo el objetivo de «aumentar los fondos públicos y al mismo tiempo disimular la mala alineación de la cuesta», según escribió Mateu Zaforteza Musoles -que fue el alcalde de Palma durante la Guerra Civil- en su obra La ciudad de Mallorca. Pocos años antes -concretamente en 1851-, el Ayuntamiento había arreglado la cuesta para facilitar el tránsito de las pesadas mercancías entre la Plaça del Mercat, antigua sede del mercado, y la Plaça Major, su nuevo emplazamiento en aquel momento, dándole su aspecto actual.

¿Por qué de madera?

Los arquitectos municipales eligieron como material para construir las casetas la madera, algo nada común en el Mediterráneo. ¿Por qué? Pues porque debían levantarse sobre un gran aljibe del siglo XVIII, cuya función había sido la de combatir posibles incendios en el Teatro Principal, entonces Teatre de les Comèdies, que ardió dos veces en aquella época, una de ellas por dejar una vela encendida en el escenario tras una representación. La presencia del aljibe impedía la instalación de cimientos profundos y pesados, por lo que se optó por la madera. Para las cubiertas del techo, se eligió el zinc.

Las casetas tienen, pues, el suelo hueco, algo totalmente perceptible cuando se entra en ellas y la madera cruje bajo los pies. En La Loza Mallorquina, la tienda de Joan Canals, existe un gran sótano en el que sus padres -que ya la alquilaban- almacenaban las greixoneres y los platos que vendían.

Hoy, la antigua tienda de loza es un local de souvenirs, donde se puede encontrar desde un vestido de folclórica a un siurell, pasando por imanes de neveras, grandes conchas de mar y cestos de paja.

Casetas cerradas (Foto: ARCA)

«Yo vengo por aquí desde que tenía la edad de María», dice Joan señalando a su nieta. «Hace 30 o 40 años el Ayuntamiento ya insinuó que quitaría las casetas y en aquel momento mis padres tuvieron un disgusto», añade. Hoy, Joan espera con ansia que Cort le confirme el pago de la indemnización por dejar de utilizar la caseta, por la que su familia ha pagado religiosamente el alquiler durante 68 años y en cuyas paredes los souvenirs cuelgan sin dejar apenas un centímetro libre. Sin embargo, en su caso -no en el de otros inquilinos-, no tendrá que abandonar el negocio: más allá del espacio robado a la calle en 1876, la tienda continúa en los bajos del edificio colindante. Y este espacio es de su propiedad.

Cuando la ex alcaldesa de Palma Catalina Cirer (PP) indemnizó a los inquilinos de las casetas, su intención era demolerlas y ensanchar las escaleras. También había otros intereses, como los de los propietarios de los edificios colindantes, que de esta manera habrían podido tener un acceso a sus viviendas distinto al de la calle de Can Berga, que es el que utilizan en la actualidad. Sin embargo, finalmente, el proyecto quedó paralizado y Aina Calvo tampoco movió ficha.

Si Joan Canals no aceptó en aquel momento fue porque no estuvo de acuerdo con el precio que le ofrecieron. Tras una negociación -justiprecio mediante-, llegó a un acuerdo con el Ayuntamiento. Aún espera el dinero.

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/09/20/baleares/1316504655.html

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