Archivo | enero, 2012

Talentos de ida pero no de vuelta

27 Ene
  • Miles de jóvenes con posibilidades abandonan Baleares en busca de perspectivas laborales mejores

  • En cuatro años, 5.000 residentes se han ido a vivir al extranjero

 Se llama Manuel Luna, pero investiga el sol. Y no en un sitio cualquiera. Estudió la carrera de Física en la Universitat de les Illes Balears (UIB) y sus pasos le acabaron llevando hasta Washington D.C. y la NASA. Allí hace modelos matemáticos y simulaciones sobre el comportamiento de las protuberancias solares, que son el origen de la mayoría de las erupciones del astro rey. El pasado domingo se produjo una de estas emisiones, dirigida hacia la Tierra.

Manuel Luna estudió en la UIB y trabaja en la NASA

566 kilómetros más al norte vive Carlos Palenzuela. También físico;también hijo de la UIB. «Cuando miramos al cielo todo lo que vemos proviene de la radiación electromagnética (la luz visible, los rayos X, los infrarrojos…), pero también se generan otro tipo de ondas: las gravitacionales», asegura con pasión a la hora de explicar su trabajo, que en líneas generales consiste en investigar mediante simulaciones numéricas las radiaciones que se producen en las colisiones de agujeros negros y estrellas de neutrones. Lo hace en Toronto (Canadá), a miles de kilómetros de la isla donde nació: Mallorca.

Son tan sólo dos ejemplos de jóvenes cerebros fugados de las islas. Brillantes científicos formados en Baleares que están prestando sus servicios y proporcionando su talento a otro país. Ambos querrían regresar a Mallorca, pero no pueden. «Me gustaría volver con unas opciones dignas», afirma Manuel. «En general, un científico no quiere hacerse rico, pero tampoco malvivir toda su vida», añade Carlos.

Las cifras son claras. Desde que empezó la crisis, casi 5.000 baleares se han marchado al extranjero. Son datos del censo electoral de españoles residentes en el extranjero (Cera). Obviamente, no todos son científicos fugados, pero la inmensa mayoría sí son jóvenes de 25 a 35 años con un alto nivel académico. Así lo asegura en un reciente informe Adecco, entidad internacional experta en recursos humanos.

¿Qué es lo que ocurre? Todas las fuentes consultadas por este diario coinciden: el apoyo que se da en España a la investigación es muy deficiente. Y Baleares no es una excepción. Por mucho que la UIB se empeñe en atraer científicos de otros países y promocionar la investigación, si las políticas públicas no ayudan poco se puede hacer.

Carlos Palenzuela investiga ondas gravitacionales en Toronto

Así se desprende del testimonio de Carles Bona, catedrático de la UIB e investigador. «Los grupos españoles están en primera línea internacional en caché y prestigio», explica. Sin embargo, en España «no se les da ningún tratamiento especial». Una muestra muy significativa de este fenómeno es lo que ocurre con las becas Ramón y Cajal. Una comisión totalmente ajena a las universidades, explica Bona, es quien selecciona a unos candidatos que luego, en muchas ocasiones, no interesan a los propios centros. Es así como en estos momentos hay dos centenares de plazas vacantes que podrían estar siendo ocupadas por científicos españoles que pululan por el mundo y que sí que son del gusto de las universidades. Todo un despropósito y un contrasentido.

Y si no que se lo digan a Carlos Palenzuela, que recientemente publicó una investigación en la prestigiosa revista Science –un hito en su carrera– y ni con esas logró regresar a España en unas condiciones laborales dignas. La UIB lo quería de vuelta, pero nada. «Un joven que termina el doctorado en España le da 20 vueltas a cualquier otro, ya que aquí se dedican cuatro años y no tres a la tesis», abunda Bona. Es por ello que «es muy fácil» que salgan al extranjero. Volver ya es otra historia.

Y tres cuartos de lo mismo ocurre con la medicina. «Baleares es sin duda una de las cinco comunidades más deficitarias en investigación oncológica [contra el cáncer], cuando es la segunda causa de muerte en España». Quien habla ahora es Javier Martín Broto, presidente del Grupo Especializado en Investigación de Sarcomas (Geis). La investigación médica en las islas está en «precario» y dedicarse a ella es una «heroicidad», añade.

Avatâra Ayuso es coreógrafa y bailarina en Dresden (Alemania)

Pero no todos los cerebros fugados proceden del mundo de la ciencia. También los hay de las artes. Avatâra Ayuso, coreógrafa y bailarina formada en el Conservatorio de Palma, acaba de ser nombrada Joven Artista de Sajonia 2012 y prepara varias coreografías desde la ciudad alemana de Dresden (una de ellas es una coproducción entre Los Teatros delCanal de Madrid y el European Center for the Arts Dresden). «¡Ojalá pudiera volver!», afirma. Sin embargo, no le surgen muchas posibilidades de mostrar su trabajo en las islas.

El talento es riqueza, pero no todo el mundo lo tiene claro. Manuel Luna regala una última frase para la reflexión: «En muchos países la investigación es causa y no sólo efecto de la riqueza y yo me pregunto por qué un lugar tan pragmático como Estados Unidos tiene una grandísima inversión pública en este campo».

Léalo en El Mundo / El día de Baleares  http://www.elmundo.es/elmundo/2012/01/27/baleares/1327650314.html

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La guerra del oro

25 Ene
  • Las tiendas de empeños colocan ‘cazaclientes’ en la competencia para arrebatarles las ventas

  • Ya hay al menos 80 sólo en la capital

«¿Cómo puedo abrir una tienda de compraventa de oro?». Está en los foros de Internet. Está en la calle. El oro es la gran bicoca en tiempos de crisis y los comerciantes oportunistas –muchos de ellos sin apenas conocimientos de joyería– se lanzan desesperados hacia él. De un tiempo a esta parte, los locales donde se pueden empeñar piezas del preciado metal han proliferado como setas por la capital balear –al menos ochenta en tan sólo dos años–, a la caza de unos clientes que, en la mayoría de los casos, acaban malvendiendo sus joyas a un precio mucho más bajo de lo que marca el mercado. El motivo, obviamente, la necesidad. Y la causa final, la crisis.

Tienda de 'compro oro' en el casco antiguo (Fotos: Pep Vicens)

«Usureros». Muy enfadado tenía que estar quien decidió escribir esta palabra con espray plateado en el cartel de una joyería de la calle de Sant Francesc, especializada en compraventa de oro. Su propietario, un francés llamado Daniel, insiste en que él es «honrado» y que, al contrario que sus competidores, no truca las balanzas –a la hora de pesar las piezas– ni promete precios desorbitados que luego no puede cumplir. «Antes de cada venta consulto la bolsa», asegura, con su móvil en la mano, al tiempo que mira cómo están las cotizaciones.

Pero no todo el mundo está de acuerdo. Los comerciantes del oro se acusan los unos a los otros de estafadores, al tiempo que se lanzan a la Policía cada vez que se encuentran a comisionistas robándoles clientes en la puerta. Porque eso es lo que está ocurriendo, sobre todo en las inmediaciones de Sant Francesc: varias personas se plantan cerca de una casa de empeños y al cliente que va a entrar le ofrecen el oro y el moro –nunca mejor dicho– por cambiarse al local de al lado. Luego, se quedan con la diferencia y el comerciante acaba cobrando el mismo precio. Un importe, por otra parte, muy alejado del que aparece en la bolsa.

¿Y por qué Sant Francesc? Básicamente, porque allí es donde está el Monte de Piedad de Sa Nostra, el lugar donde se pueden pedir préstamos dejando las joyas en depósito y en cuya puerta también se colocan los comisionistas. Este suele ser el trato más ventajoso para los clientes, que, sin embargo, acaban muchas veces por caer en las redes de las tiendas de compraventa, tan necesitados como están de dinero rápido.

Con todo, a la Policía Nacional se le está generando un volumen de trabajo –es decir, de denuncias– ingente en los últimos meses. Y no es un campo fácil, ya que es complicado demostrar a quién pertenecen los comisionistas. La tienda de Daniel, Partouche, acumula ya varias multas por colocar a captadores de clientes en las puertas de otros comercios. «No es verdad que vayan de nuestra parte», insiste este joyero, quien afirma ser gemólogo y tener 20 años de experiencia en el campo.

Instrumentos para comprobar la autenticidad del oro

No se necesita tanta formación para abrir una tienda de compraventa de oro –muchas de ellas son, de hecho, franquicias de este negocio como podrían serlo de cualquier otra cosa–. Sólo una puerta blindada, una caja fuerte y ciertos conocimientos e instrumentos para comprobar la autenticidad del oro. Son estas herramientas las que, el día del reportaje –ayer–, sirven a Daniel para desechar la vistosa cruz que una mujer le acaba de traer para empeñar: «Es chapada en oro, no se la puedo comprar».

Lo que hace es, en primer lugar, rascar la superficie de la joya sobre una piedra rectangular en la que el metal queda marcado. Luego, saca un pequeño bote con un pincel adherido al tapón y unta el líquido sobre la marca. Si desaparece no es oro; si permanece, sí. Finalmente, se pesa y se fija un precio. Dependiendo de la tienda, el resultado de la balanza –en teoría homologado– puede variar bastante.

La otra cara del negocio –más allá del cliente o de la tienda intermediaria– es el inversor. Ante la escasa estabilidad de las propiedades inmobiliarias o de las acciones, las personas que buscan colocar cantidades grandes de dinero se inclinan últimamente por el oro, cuyo precio oscila muy poco. Según kitko.com, la página web que muestra los precios en tiempo real, un kilo de oro de 24 quilates está a 41.257,38 euros, lo que coloca el gramo en 41,2 euros. Y las casas de empeño suelen ofrecer cantidades que, cuando son reales, rondan los 25 euros.

Como dice un experimentado comerciante turco del casco antiguo, «el oro es sucio». Proverbio para tiempos canallas.

Al rescate de la memoria de la electricidad

21 Ene
  • Endesa recupera la historia de la energía en Baleares a través de las vivencias de sus jubilados

  • Les mandó una carta en noviembre y ya se ha entrevistado con una treintena

  • Tiene un archivo de 15.000 imágenes

Hoy en día no nos imaginamos a un operario de electricidad yendo a reparar una avería en bicicleta, vestido con el mono de rigor y cargando en el hombro una larga escalera. Pero así era hace décadas, cuando el tráfico y la laxitud del tiempo lo permitían. ¿Cómo lo sabemos? Pues porque un veterano trabajador de Gesa, la empresa de gas y electricidad de Baleares a la que hoy se conoce como Endesa, solía explicarlo. Y los que oyeron su historia, de cómo se desplazaba por la ciudad tranquilamente con su silencioso vehículo de dos ruedas –puede que silbando, podemos ponerle toda la imaginación que queramos–, todavía la cuentan hoy. Pero no siempre es suficiente. La transmisión oral se acaba perdiendo en el viento. Y Endesa quiere evitarlo.

Enrique Gallango, jubilado de Endesa, contempla un manómetro del siglo XIX (Fotos: Cati Cladera)

La compañía eléctrica ha puesto en marcha la campaña Cent vint anys de llum precisamente con este objetivo: que la memoria energética de Baleares no se pierda. El pasado mes de noviembre, el departamento de comunicación envió una carta a todos sus jubilados invitándoles a contar sus vivencias, así como a aportar –ya fuera mediante una donación o fotografías– los objetos que conservaran de su etapa como trabajadores. Desde entonces, el responsable del Fondo Histórico de la empresa, Miquel Marín, ya se ha entrevistado con una treintena de estos jubilados y ha recopilado numerosa información. En las próximas semanas espera seguir recogiendo testimonios.

El día del reportaje es el turno de Enrique Gallango, que fue director de distribución y comercial de Gesa hasta el año 2002. Se ha desplazado hasta la sede de la compañía con un cuadro que contiene la placa madre del ordenador que controló la distribución eléctrica en Sant Joan de Déu entre 1975 y 1982. No es el único tesoro tecnológico que tiene en sus manos. También conserva una muestra del cable del enlace entre Mallorca y Menorca, instalado en 1975 y que fue el primero del mundo en utilizar la corriente alterna.

Construcción de la primera central eléctrica de Palma, en Can Pere Antoni (Archivo Endesa)

Puede sonar muy técnico, pero es que las compañías eléctricas fueron las responsables de la llegada de la modernidad a Baleares. El crecimiento económico llegó, paralelamente, con el turismo y la electricidad –dos caras de la misma moneda–. Además, no hay que olvidar que, hasta los años 50, Gesa fue quien trajo los electrodomésticos a las Islas, puesto que era la encargada de venderlos.

La campaña Cent vint anys de llum se llama así porque la electrificación de Baleares empezó en 1892, con la puesta en marcha de distintas centrales distribuidas por todos los municipios. Fue un proceso tardío que arrancó en Menorca (1892) y que luego se extendió a Mallorca (1903) y Eivissa (1907). Las distintas empresas –llegó a haber 59 sociedades distintas– se fueron uniendo poco a poco, un proceso que se aceleró con la fusión de las dos compañías de mayor antigüedad: la Sociedad de Alumbrado por Gas y La Palma de Mallorca. De aquella época de dispersión hoy tan sólo queda un resto: la empresa Eléctrica Sollerense, la única que no fue absorbida y que aún conserva su independencia –así lo relata a este diario JoanMayans, corresponsable del proyecto–. La primera central eléctrica de esta sociedad aprovechaba la fuerza del salto de agua de Sa Costera y sus restos se pueden visitar en el recorrido de una popular excursión por la Serra.

Contador prepago de finales del siglo XIX (había que introducir una moneda para obtener gas)

El trabajo de recuperación de la historia empezó hace diez años con la constitución del Fondo Histórico de la compañía en las Islas, hoy integrado en la Fundación Endesa. En este tiempo, la empresa ha recogido y sistematizado cantidades ingentes de información y objetos: a día de hoy, el fondo tiene 15.000 imágenes, 8.000 volúmenes, 15.000 levantamientos topográficos, 3.000 objetos, 12.000 unidades documentales.Con el testimonio de sus jubilados, Endesa espera obtener las piezas que faltan para completar el puzle.

Seis meses de ‘okupación’

20 Ene
  • El casal de Sa Foneta monta charlas y talleres y da cabida a una veintena de entidades

  • Estaba abandonado desde 2007

Desde el tejado de sus nobles cuatro plantas se vislumbran, con la claridad que dan las alturas, los edificios de La Caixa, el Santander y Es Crèdit. Tal vez por aquello de que al enemigo hay que tenerlo controlado, un grupo  de jóvenes –algunos procedentes del movimiento 15-M– decidió el pasado verano ocupar este edificio, situado en el número diez de la Plaza de España y abandonado desde 2007. El pasado viernes se cumplieron seis meses de la acción, cuyo objetivo es la puesta en marcha de un centro cultural alternativo y autogestionado. Lo llamaron Sa Foneta.

Fachada del edificio, situado en la Plaza de España (Reportaje gráfico: Jordi Avellà)

Cualquiera que tenga interés puede entrar a verlo y comprobar las actividades que se ofrecen. La visita no le dejará indiferente. Cuatro plantas enormes distribuidas alrededor de un patio en las que, como si acabara de producirse un bombardeo, las ventanas se abren al exterior desnudas, sin marcos ni cristales, permitiendo que se cuele toda la humedad del invierno palmesano. Las baldosas hidráulicas y los restos de papel pintado –así como la escalera de piedra, las puertas de madera tallada y las ventanas con cristales de colores– hablan del pasado señorial de un edificio construido hace 110 años bajo la influencia innegable del modernismo.

«Dr. Brusotto», reza un cartel colgado de una puerta del primer piso. Donde un día estuvo la consulta médica, hoy se han habilitado varias aulas para acoger proyecciones y debates –tienen prevista, próximamente, la visita del diputado andaluz Juan Manuel Sánchez Gordillo–.

Sala de lectura

En la misma planta también hay una biblioteca que resultaría acogedora si no fuera por el frío. Los libros se organizan en estanterías bajo pósters de Van Gogh. Y los mullidos sofás invitan a la lectura.

La idea de la ocupación surgió durante los primeros meses del verano. No es complicado imaginar a los indignados contemplando el edificio abandonado durante las guardias nocturnas en la Plaza de Islandia. La amenaza de un desalojo ya planeaba desde hacía días sobre el campamento y el traslado –obviamente ilegal– se llevó a cabo de manera casi natural, aunque no se atribuye al movimiento 15-M. La disolución del campamento se produjo el día 4 de julio y tan sólo nueve días después se consolidaba la ocupación.

El edificio, de 2.300 metros cuadrados, pertenece a la inmobiliaria Solvia Development, propiedad del Banc de Sabadell. La empresa abandonó el edificio después de verse incapacitada para terminar las obras de rehablitación. Este periódico se puso en contacto con el departamento de comunicación de la entidad bancaria, que aseguró que tiene denunciada la ocupación en los Tribunales y que está esperando sentencia. Los ocupantes de la casa aseguran que no han recibido ninguna notificación y que tampoco hay quejas vecinales, por lo que creen que no es previsible un próximo desalojo.

Sala de lectura

Los responsables de la ocupación son reacios a aclarar cuántas personas viven en el edificio. Aseguran que reside en él un «grupo motor» que se encarga de la vigilancia del inmueble así como de los trabajos para acondicionar el centro cultural. Cuando este periódico llega al casal, dos personas trabajan en unas vigas de madera y otra más rehabilita la puerta del garaje que da al Convent dels Caputxins. Del patio se han retirado kilos y kilos de escombros que la empresa constructora fue apilando durante las obras. «Queremos romper el estereotipo del okupa, nosotros estamos aquí para trabajar y construir algo», asegura Robert, uno de sus responsables.

La distribución se ha hecho de acuerdo con los consejos de un arquitecto, que confirmó el buen estado del edificio pero, a la vez, recomendó que los espacios con más gente se situaran en las primeras plantas. Así, la veintena de entidades que cuenta con un local (Anima Naturalis, Maulets, Ecoaldeas…), la Oficina de okupación –asesora sobre cómo ocupar un edificio y lleva al día los aspectos legales de Sa Foneta– y el gimnasio se sitúan en la planta baja. La Universidad libre –donde se hacen proyecciones y debates– y la biblioteca, por su parte, están en el primer piso.

En cuanto al segundo, allí se ubican las clases de yoga, las asambleas y el aula abierta, donde se imparten clases de alemán, catalán, inglés, italiano y talleres de fontanería, electricidad y rehabilitación. También hay una habitación donde se puede dejar o coger ropa usada. Un piso más arriba, se sitúa la sala de exposiciones y el estudio de arte. En esta planta vivió el filólogo y lingüista menorquín Francesc de Borja Moll. En la azotea, se preparan la puesta en marcha de una televisión pirata y cursos de fotografía.

Refugio, probablemente de la Guerra Civil

Borja Moll no es la única sorpresa histórica del edificio. Sus actuales ocupantes descubrieron también un túnel de 15 metros que muy probablemente fuera un refugio antiaéreo de la Guerra Civil. Todavía quedan los rodillos de porcelana que sostenían el cable eléctrico y un pasillo tapiado podría conducir a la plaza.

Sa Foneta aspira a construir una oferta alternativa desde fuera del sistema, a imagen y semejanza de otras casas ocupadas europeas, que han llegado a convertirse, incluso, en reclamos turísticos. ¿Se consolidará esta primera propuesta de envergadura en Palma?

Web de Sa Foneta: http://www.youtube.com/watch?v=nRj4CaGEXMg&feature=related

El Montepío deja su casa

15 Ene
  • La entidad centenaria abandona el local que ocupa desde 1930 porque no puede pagar el alquiler

  • Se traslada a la calle Caro

Biel Pujades tiene 97 años y es el rey del dominó. Cada tarde acude al Montepío de Santa Catalina para encontrarse con sus amigos y ejercitarse con las fichas negras y blancas –que, como es sabido, hay que colocar sobre la mesa con contundencia y un sonoro golpe–. A partir del próximo mes de febrero, sin embargo, tendrá que encaminar sus pasos a otro lugar: el Montepío, el club social cataliner por antonomasia, deja la que ha sido su casa durante los últimos 81 años –en la calle Fàbrica– y se muda a un nuevo local en la calle Caro.

Interior del local del Montepío en la calle Fàbrica (Reportaje gráfico: Alberto Vera)

Adiós a las baldosas de cuadros blancos y negros; adiós a las columnas de hierro que llegan hasta un techo altísimo de vigas de madera; adiós a la barra del bar demasiado elevada; adiós a los muebles de madera; adiós a los fluorescentes colgantes y a los ventiladores. Pero también hola a unos nuevos tiempos. El Montepío deja el lugar donde tiene sus raíces, pero no desaparece. Así lo recalca su Ejecutiva, que el pasado jueves consiguió el visto bueno de sus socios para continuar en un nuevo local. Los miembros de la asociación tendrán que hacer un pequeño esfuerzo para empezar de nuevo y poder pagar el alquiler durante los primeros meses.

Porque ése ha sido el problema: el Montepío deja el local de la calle Fàbrica porque no puede hacer frente a unas elevadas mensualidades. Hasta ahora las había costeado gracias a las subvenciones del Consell de Mallorca, pero los impagos de la institución –que se remontan a hace más de un año– le impiden continuar. La Ejecutiva no culpa al Consell –se hace cargo de que hay dificultades económicas y de que son muchas las asociaciones y entidades que están sufriendo–, lo que no significa que no vaya a seguir necesitando apoyo económico de la Administración para poder seguir con su labor social en el barrio:es un importante centro de reunión en el que cada tarde se congregan decenas de mayores para bailar, cantar, jugar a cartas o ver los partidos del Mallorca.

Grupo de 'ball de bot' frente al edificio del Montepío

«Cuando alguien tarda tres o cuatro días en venir le llamamos por teléfono o vamos a su casa para saber si está bien». Llorenç Sabater, presidente de la asociación, explica que el Montepío es una familia. Y no es difícil comprobarlo. Cuando este periódico visita la histórica sede de la entidad, se encuentra con dos grandes mesas redondas de personas mayores –todos los socios superan los 70 años– debatiendo y jugando animadamente a pinacle y burro. «Más tarde empezaremos con el truc», explica el secretario del club, Pedro Palmer. «Queremos continuar para no perder la amistad y no romper esta hermandad; y sin un local sabemos que se desharía», añade.

¿Y de dónde le viene el nombre de Montepío? La explicación se encuentra en su origen. El Montepío de Previsión del Arrabal –este era su nombre completo– nació en el año 1894 con el objetivo de proporcionar una asistencia sanitaria a sus socios, que eran mayoritariamente pescadores, obreros, zapateros y cordeleros. Tal y como hace hoy en día la Seguridad Social, el Montepío –al igual que otras muchas entidades similares– proporcionaba a sus miembros un médico de cabecera, una comadrona, un practicante y hasta una sepultura.

La entidad, que inicialmente tuvo su local en la calle Cerdà y después en Can Ripoll, vivió tiempos de gran esplendor durante las primeras décadas del siglo XX, momento en el que llegó a tener más de 1.000 socios. Sin embargo, con la llegada de las prestaciones sociales dejó de tener sentido tal y como fue concebida inicialmente. Poco a poco se fue consolidando como un centro de reunión donde los socios llevaban a cabo distintas actividades, como el canto en una coral o el ball de bot. El bar también desarrollaba una importante función aglutinadora.

Llorenç Sabater, presidente de la entidad

Y si no que se lo digan a Pedro Palmer, que conoció a su mujer en el Montepío hace casi seis décadas. Como tantos otros, se acercó al local atraído por sus actividades (se cantaba zarzuela, se bailaba ball de bot y se hacía también teatro o comèdia), así como por ser un lugar de reunión en el barrio. Ella era la hija de los responsables del bar.

«Entonces no era como ahora, en casa no había nada que hacer y la gente buscaba un lugar donde estar con los demás», explica. «Los hombres, después de trabajar, solían estar en el café hasta la hora de cenar», abunda. Y en cierta manera, el Montepío sigue siendo eso: un reducto de otros tiempos donde los hombres se reúnen por la tarde. Unos hombres que ahora ya superan los 70. «No tenemos gente joven».El cambio de tendencia se institucionalizó en 1996, cuando el Montepío pasó a llamarse oficialmente Asociación Cultural Arrabal de Santa Catalina. Desde entonces, funciona a efectos prácticos como una asociación de la tercera edad, a la que el Consell proporciona actividades de ocio (baile de salón, gimnasia, danzas del mundo…).

Acta fundacional del Montepío (1894)

«Déjalo, total habrá que descolgarlo en un momento u otro». Pedro contesta así a este diario cuando intenta devolver a su lugar un cuadro al que ha sacado una fotografía. La entidad se llevará todos los muebles que pueda –tienen ocho décadas y contienen documentación de 117 años–. «Nos los llevaremos a la calle Caro y estaremos allí Dios sabe hasta cuándo», finaliza Llorenç.

Un futuro para Son Bonet desde sus cenizas

13 Ene
  • La Fundación Aeronàutica Mallorquina quiere que el aeródromo vuelva a ser un centro social, con piscina, campo de fútbol y biblioteca
  • También proyecta abrir un museo, con centenares de fotos antiguas, sobre la influencia de la aviación en el turismo de la isla

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El motor asustaba a los caballos. Bajo esta premisa tan sencilla se esconde el origen del aeródromo de Son Bonet. Las primeras exhibiciones de vuelo de Mallorca se celebraban en el hipódromo de Son Sunyer, situado muy cerca de lo que es hoy un popular centro comercial marratxiner. Pero el estruendo era demasiado exagerado para unos equinos acostumbrados a la calma de los años 20. Así que decidieron trasladar todo el tinglado a unos terrenos donde los ingenieros del Ejército hacían sus prácticas.

La historia del aeródromo arranca aquí y en las décadas siguientes habría de dar momentos de gloria a la aviación mallorquina. Su evolución está íntimamente ligada, primero, a la Guerra Civil y, luego, al boom turístico y habla también de la constitución de un auténtico núcleo social que fue mucho más allá de la aviación en sí –muchos niños aprendieron a nadar o a jugar a fútbol en sus piscinas y campos–. Hoy, las instalaciones están medio abandonadas y nada queda de todo aquello que un día fue esplendoroso, una situación que ha llevado a la Fundación Aeronáutica Mallorquina (FAM) a idear un proyecto de rehabilitación y desarrollo que devuelva el aeródromo al pueblo de Marratxí y a la isla de Mallorca, tal y como fue hasta los años 90.

La culpa de que Son Bonet llegara tan lejos la tuvo, además de los caballos, un aviador catalán llamado Manolo Colomer. Fue él quien trajo a la Isla los vuelos turísticos, ideados para que los mallorquines pudieran pasearse por su bella troposfera. Los nombres de los afortunados se publicaban en los periódicos de la época –El Día, La Almudaina, El Correo de Mallorca…– y la excursión era, por motivos obvios, toda una experiencia. Los vuelos turísticos de Colomer empezaron en Son Sunyer y poco después se trasladaron a Son Sant Joan, que estaba demasiado alejado e incomunicado. Fue entonces cuando el Ejército dio su visto bueno para utilizar Son Bonet, donde los mallorquines podían llegar en tranvía y tren. Con estas actividades y el nacimiento, en 1932, del Aeroclub de Baleares, se consolida la afición a la aviación en la isla.

Miquel Buades, presidente de la Fundación Aeronáutica Mallorquina (Jordi Avellà)

“El aeródromo de Son Bonet atraviesa uno de los peores momentos de su historia, con una bajada de tráfico cercana al 50%”. Quien habla es Miquel Buades, presidente de la FAM e impulsor del proyecto de rehabilitación del aeródromo. Su idea, desarrollada de manera extensa en dos documentos, prevé la puesta en marcha de equipamientos deportivos (piscina, pistas de tenis, campo de fútbol…), una biblioteca para los residentes de Marratxí, instalaciones aeronáuticas y un museo de la aviación mallorquina. Este último tendría el objetivo de “aunar la aeronáutica con la evolución turística de Mallorca, de manera que se dé a conocer el cambio cultural y social que este medio de transporte trajo a la isla”, asegura el informe de la FAM.

Porque Son Bonet no sólo fue un aeródromo con finalidades lúdicas, sino que, tras la Guerra Civil, fue también aeropuerto comercial, mientras Son Sant Joan siguió en manos militares. De aquella época quedan imágenes como las del regreso de Robert Graves tras el conflicto bélico o la descarga mediante carros de caballos de los equipajes. Pero todo se acabó con la llegada de los reactores, demasiado grandes para una pista tan modesta como la de Son Bonet. Fue en 1960.

Buades viajó hace meses a Madrid con el entonces delegado del Gobierno, Ramon Socías, y consiguió del presidente de Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea (Aena), propietaria del aeródromo, el permiso para utilizar uno de los edificios como museo. La única condición fue que el Govern y el Ayuntamiento de Marratxí actuaran como interlocutores. Ambas instituciones están decididas a impulsar el proyecto y Buades espera que pronto haya buenas noticias.

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/01/13/baleares/1326441941.html

La matrona del módulo 8

11 Ene
  • Aurora es una jubilada que de forma voluntaria da charlas de anticoncepción y prevención a las presas de la cárcel de Palma

Es momento para el tiempo libre y las presas se entretienen jugando a cartas, coloreando dibujos y charlando en los bancos, las unas sentadas, las otras tumbadas sobre los muslos de sus compañeras. De repente se arma un buen alboroto: alguien ha entrado en la sala.

La escena se repite desde hace 14 años, a razón de una o dos veces por semana. Aurora recoge su identificación en el primer control, deja el móvil y las llaves del coche en una pequeña taquilla, atraviesa una docena de puertas blindadas, recorre varios patios de cemento y gravilla y entonces, al final del camino, entra en el módulo 8, provocando un gran bullicio. Las mujeres se levantan para recibirla, la abrazan y le comentan las últimas novedades.

Aurora resuelve las dudas de las presas (Reportaje gráfico: Jordi Avellà)

Ella es la matrona de las mujeres de la cárcel de Palma, una labor que lleva haciendo de manera voluntaria desde hace 14 años. En los inicios, cuando las embarazadas residían aún en la prisión, las preparaba para el parto, las acompañaba al ginecólogo e, incluso, las atendía el día del alumbramiento; hoy, sin embargo, con la apertura de la Unidad de Madres en un centro diferente, su labor es básicamente educativa. Aurora resuelve dudas y da charlas sobre métodos anticonceptivos, prevención de enfermedades de transmisión sexual y menopausia, entre otras cuestiones. Después de tanto tiempo, se ha convertido en toda una institución en la cárcel.

«Una persona privada de libertad debe tener las mismas prestaciones que todo el mundo», considera esta matrona jubilada hace ya una década, cuya complicidad con las presas se basa en una relación de respeto mutuo en que las muestras de afecto no están proscritas. «No tengo por qué despreciarlas», asegura, al tiempo que deja claro que, cuando habla con ellas, siempre se centra en asuntos relacionados con su profesión: «Lo que hayan hecho no es asunto mío, ni lo pregunto ni me importa». En 14 años, ha llegado a conocer a tres generaciones de presas de una misma familia.

«Aurora, te voy a cantar una canción». Quien habla ahora es Sonia –todos los nombres de las presas son figurados–, una joven rubia oxigenada con piercings en los labios y un desparpajo especial. Moviendo el cuerpo al ritmo de las palmas, recita una letra que bien podría ser el rap de la anticoncepción, cantando las alabanzas y utilidades del preservativo. Irreproducible por no ser apta para menores de edad, la canción es desternillante. «¿A que mola?», «¿es tuya?», «la aprendí por ahí».

Aurora atiende a un total de 130 mujeres, a las que se suman una veintena más de la Unidad de Madres, a la que también acude para hacer preparación al parto. Su labor en la cárcel varía según el día: a veces da charlas en el auditorio, otras responde a dudas individuales y otras pasa consulta con el ginecólogo, en la enfermería de la prisión.

Aurora posa frente al módulo 8 de la cárcel

La oportunidad se la brindaron cuando sólo le faltaban cuatro años para jubilarse. Le ofrecieron ejercer de comadrona de la prisión a cambio de reducirle algunas horas de su jornada laboral, un reto que aceptó. Luego, cuando tocó el momento del retiro, estaba tan a gusto que decidió continuar.

El día del reportaje las presas se han reunido en una aula que hay al otro lado del patio para plantearle sus dudas. Rosalva, calzada con unas llamativas pantuflas rosa peluche, quiere saber qué riesgo tiene de padecer cáncer de útero, ya que su hermana está teniendo problemas relacionados con esta patología. Alba, por su parte, le pide una charla sobre métodos anticonceptivos, al tiempo que le muestra una hoja en la que se explican las conductas de riesgo para contraer el VIH.

«Tú y yo tenemos que hablar», le dice, ya a la salida, Aurora a Carmen, cuando esta última le dice que quiere volver a ser madre. Ya tiene un hijo, del que la separaron cuando ingresó en prisión.

A día de hoy, las presas ingresan en la Unidad de Madres cuando están embarazadas de entre 20 y 30 semanas. Allí pasan todo el proceso, con las visitas al centro de salud que sean necesarias y luego el parto en el hospital correspondiente. El niño crece con ellas hasta que tiene tres o cuatro años, aunque lo más común es que en ese tiempo ya hayan salido de la prisión.

Aurora quiere seguir desarrollando su labor durante muchos años, aunque también espera que algún día surja el sucesor: «¡A ver si alguien se anima!».