Archivo | febrero, 2012

El mercado congelado en el tiempo

28 Feb
  • El Mercat des Tenis lleva siete años cerrado pero se conserva en perfecto estado, a la espera de un comprador
  • Cada semana un operario lo limpia y lo mantiene
  • La crisis y sus grandes dimensiones complican la venta

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Como el soltero que espera tener una noche de suerte, él se viste con sus mejores galas cada semana. Limpieza general, revisión de los detalles y todos los recursos a punto. Pero nada. La oportunidad nunca termina de llegar.

El Mercat des Tenis lleva siete años cerrado. Siete años en venta, a la espera de un comprador difícil de encontrar. No sólo es la crisis –que también–. Es sobre todo la dificultad de encontrar a alguien que quiera hacerse con todo de un golpe. No vale con un par o tres de paradas. Eso no sirve. Es el todo o nada. Y claro, la cosa está complicada, más con los tiempos que corren.

Pero los propietarios –es un mercado privado– no tiran la toalla. Cada miércoles a las cinco de la tarde, limpian el local y lo dejan como una patena. Puntuales como un reloj, pagan todas las tasas; los permisos están operativos; el pago de suministros, al día; y por las rendijas no se cuela ni un solo insecto. No sea que el día menos pensado se presente el comprador y les pille en un renuncio. No, tiene que estar todo perfecto y preparado. Y vaya si lo está.

Juan limpia el mercado como cada semana (Fotos: Jordi Avellà)

«Tienes que acostumbrarte para no volverte loco». Juan es el encargado de limpiar el mercado y controlar su mantenimiento cada semana. Ya lo hacía durante los últimos cinco años en que estuvo en funcionamiento. Luego, una vez cerró, continuó con su labor. «Son muchas horas de soledad».

Como las míticas estaciones de tren fantasmas –lugar recurrente en el cine de súper héroes y ciencia ficción–, el mercado se ha quedado congelado en el tiempo, con todos los objetos tal y como estaban el último día en que abrió. Los carros se encadenan en tres renglones, las paradas conservan intactos sus aparadores y sus letreros –todos verdes, todos iguales– y las cámaras frigoríficas parece que aún estuvieran funcionando.

En uno de los puestos, una botella de cava «brut reserva» espera a ser descorchada. Hay tupperwares vacíos apilados en los estantes. Y botes con clavo, albahaca, orégano y colorante alimenticio. En algunos, incluso puede leerse el precio: «Almendra molida (1/4), 450 pesetas».

Pero aquí, al contrario que en las estaciones fantasma donde se esconde el asesino, no hay polvo, cadáveres ni fluorescentes a punto de fundirse. Juan es el guardián de la memoria del mercado y lo mantiene todo en perfecto estado. Tanto, que da la impresión de que fuera a abrir al día siguiente. Tal cual.

Interior intacto de una de las paradas

«Ha habido muchos intentos de venderlo, pero nunca se ha conseguido». Quien habla ahora es José Martínez, antiguo encargado del mercado y propietario a día de hoy de una frutería en su parte exterior. Durante 22 años trabajó en el interior del establecimiento, de 56 paradas.

El mercado abrió sus puertas en 1978 y cerró después de una década entera de malas ventas, conflictos y quiebra en cadena de los puestos. En la actualidad, está en manos de una veintena de propietarios.

Esta circunstancia –el hecho de que haya tantos dueños– complica la venta, ya que el eventual comprador tendría que ponerse de acuerdo con todos ellos. A ello se suma la enorme superficie del local, así como la necesidad de adquirir todo el conjunto en caso de querer impulsar alguna iniciativa empresarial. «Tendría que ser una gran superficie de alimentación o algo por el estilo», aventura José.

Juan rasca en el suelo una mancha de humedad y deja las baldosas relucientes. En el techo, los ultrasonidos alejan a las cucarachas. Una balanza electrónica –llave incluida– espera a que alguien pese un kilo de algo. Pero tampoco será hoy.

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El Born volverá a desembocar en el mar

20 Feb
  • La Autoritat Portuària prolongará el paseo hasta el Moll Vell y levantará un edificio con un mirador

  • El desaparecido paseo de la Riba ya permitía llegar al puerto

Probablemente era lo que le faltaba: un colofón marino. Y no porque no lo tuviera en el pasado, que lo tuvo. El recorrido que transcurre por el Passeig del Born y Antoni Maura volverá a desembocar en el mar, tal y como ya lo hacía hasta los años 60 mediante el emblemático Passeig de la Riba. No será lo mismo –son otros tiempos y el proyecto actual no puede compararse en magnitud y naturaleza con aquél– pero el espíritu tal vez se le parezca.

Gráfico de JAVC

El proyecto existe desde hace años y lo que va a empezar a ejecutarse ahora no es más que una  parte de un conjunto más ambicioso. Se trata de eliminar varias zonas de aparcamientos del Moll Vell para permitir que el paseante pueda seguir caminando una vez atraviese el Passeig Sagrera. El itinerario finalizará en un edificio con una gran escalinata, a través de la cual se accederá a un mirador situado en su azotea. El Ayuntamiento de Palma dio el pasado martes la licencia de demolición que permitirá la construcción de este nuevo inmueble, que se levantará en el espacio que hoy ocupa el restaurante La Lubina, cerrado desde hace años, así como varios edificios anexos más.

El Passeig de la Riba ha dejado para el recuerdo idílicas imágenes –como la que esta página reproduce en su parte inferior– que muestran un elegante bulevar flanqueado por vallas de hierro forjado y cuyo punto final era un bello faro, insignia de la Autoritat Portuària y que hoy sigue existiendo –fue trasladado pieza a pieza– al final del nuevo espigón.Aquel paseo, que tuvo su época de esplendor a principios del siglo XX, era toda una institución para los palmesanos de la época, que podían iniciar su caminata en el Born y culminarla al final del espigón, donde se situaba el faro, que actuaba como meta u objetivo. Esta figura, que aún existe en otras ciudades mediterráneas comoTarragona –allí, el paseo dominical termina en el Balcó del Mediterrani y se denomina popularmente anar a tocar ferro–, desapareció con la ampliación del puerto y con la desaparición del bulevar de la Riba. Hoy, el paseante se topa con la estatua de Ramon Llull o, como mucho, con los jardines situados junto al muelle y allí se termina todo.

Lugar por el que transcurrirá el paseo (Jordi Avellà)

No es una recreación

Fuentes de la Autoritat Portuària de Balears, organismo responsable del proyecto, desmienten que, tal y como se ha asegurado en algunos ámbitos, se pretenda recrear el antigo paseo de la Riba. El proyecto es «otra cosa», pero en cualquier caso sí que permite dar una continuidad al Born a través del muelle y llegar al mar, funciones que, en cualquier caso, sí desempeñaba el emblemático bulevar del siglo pasado.

La construcción del nuevo paseo y del edificio es la segunda fase de un proyecto de la Autoritat Portuària de Balears cuyo objetivo es abrir una pequeña parte de sus dependencias a la ciudadanía sin perder, por ello, la actividad portuaria.

La primera fase culminará este verano con el traslado de las oficinas de la Autoritat Portuària al nuevo edificio de cristal cuya construcción está ya muy avanzada. El inmueble histórico, prácticamente gemelo al de la Capitanía Marítima, se dedicará a exposiciones, archivo y salas de conferencias, pasando a estar de esta manera mucho más abierto a la ciudadanía.

Antiguo paseo de La Riba

En cuanto a la tercera fase, para la que aún no hay fecha de ejecución y que, además, está aún en fase de borrador, consiste en la reurbanización de la zona que hoy ya tiene un uso público –por donde transita el carril bici y el lugar donde desembarcan cada año los Reyes Magos–. Del mismo modo que la segunda fase, persigue facilitar los usos urbanos de la zona.

Tanto esta última etapa como la primera se llevan a cabo con financiación propia de la Autoritat Portuària, mientras que la segunda se impulsa mediante un concurso público, ganado por la empresa Amarres Deportivos S.L. en noviembre de 2010.

Además, existe un proyecto mucho más amplio y ambicioso que a día de hoy no se plantea para abrir todos los muelles comerciales a la ciudad.

Palma pierde la casa del inquisidor

19 Feb
  • El Govern vende por 1,7 millones la sede del Santo Oficio durante el siglo XVI
  • La compró hace 25 años pero la abandonó y ahora es demasiado caro rehabilitarla
  • Tiene un gran valor histórico y arquitectónico

En el jardín hay tanta hiedra que en cualquier momento podría aparecer Mowgli atravesando el patio agarrado de una liana. Normal, la vegetación lleva décadas campando a sus anchas, invadiéndolo todo e impidiendo, ni siquiera, ver el suelo.

Es una de las estampas de Can Fàbregues, casal histórico del centro de Palma, y objeto constante de proyectos que nunca vieron la luz –museo, biblioteca y sede de una dirección general, entre muchos otros–. Veinticinco años después de su adquisición por parte del Govern a bajo precio, la administración balear lo pone ahora en venta, al ser su rehabilitación demasiado costosa –el inmueble está en un estado ruinoso–. Si se hace efectiva la enajenación, Palma perderá uno de sus edificios con más historia, sede de la inquisición durante casi un siglo y joya arquitectónica al aglutinar estilos que van del gótico al neoclasicismo.

El patio de Can Fàbregues (Fotos: Pep Vicens)

Un respiradero protegido con una reja oscura despierta rápidamente la imaginación. ¿Sería el calabozo de un judío acusado de herejía? Quién sabe, el casal, al que se accede desde la calle Convent de Sant Francesc, atesora tanta historia como cascotes y restos de material de obra hay ahora en su interior. Según explica Bartomeu Bestard, cronista de Palma, el Santo Oficio de la Inquisición se trasladó a lo que es hoy Can Fàbregues a finales del siglo XV, después de haber ocupado durante unos pocos años las Torres del Temple.

El edificio, que en aquella época era conocido como Llonjeta de l’inquisidor Gual –en referencia a Pere Gual–, fue la sede del Santo Oficio durante una época de intensa actividad inquisitorial, sobre todo a raíz de los procesos abiertos contra judíos –los Reyes Católicos obligaron a todos los judíos a convertirse al catolicismo en 1492, mediante el Edicto de Granada–. En este período, prosigue Bestard, se llevaron a cabo las primeras condenas a muerte, aunque en la mayor parte de los casos no se ejecutaron, ya que el reo consiguió huir. En su lugar, los inquisidores solían quemar un muñeco de trapo.

Cabezal abandonado en el piso de arriba

Las paredes de Can Fàbregues, de tierra prensada y yeso, atesoran esa historia, aunque por poco tiempo en caso de que se venda –el precio de salida es de 1,7 millones– y el nuevo propietario alegue la ruina económica del inmueble, algo probable. De ser así –tal y como está pasando con otros edificios del casco antiguo–, sólo habrá que conservar la fachada.

El Govern tuvo, desde luego, su oportunidad de evitarlo. En 25 años, sólo hubo un intento infructuoso de rehabilitación en 1992, que llenó el edificio de puntales –de hecho, sus habitaciones son auténticas selvas de varas de hierro– y sólo logró rehacer el tejado. Desde entonces, los gobiernos autonómicos de uno y otro color se han sucedido sin ser capaces de aportar una solución para el casal señorial, que se ha ido deteriorando a marchas forzadas –los techos están hundidos y las vigas, en muy mal estado–. Josep Massot, de la asociación conservacionista ARCA, calificó ayer de ‘deplorable’ este olvido institucional. Para conservar su interior, pidió al Govern un sistema de venta –con un precio más bajo– que obligue al nuevo propietario a conservarlo.

Y Andrea venció a Goliat

16 Feb
  • A sus ocho años padece arteritis de Takayasu, una enfermedad muy rara

«¿Podemos tener esperanza?» Iliana se giró y pronunció la pregunta con rabia, dolor e indignación. Y eso que no se dirigía a una persona cualquiera. Detrás de ella se sentaba Letizia Ortiz, la princesa de Asturias, que la escuchaba atentamente. Aquel grito le salió de las entrañas. Su hija, Andrea, con tan sólo cinco años, tenía obstruidas las arterias y tomaba diez medicamentos diarios que limitaban su crecimiento. Padecía una enfermedad muy rara para la que no se conocía cura y su futuro era totalmente incierto. «¿Podemos tener esperanza?».

Dos años más tarde, la esperanza llamó a la puerta de Iliana. Después de meses de búsqueda, dio con un médico de Estados Unidos que podía intervenir a su hija. Aunque contaba con el visto bueno del servicio de pediatría de la sanidad pública balear, Iliana se fue para allá sin certezas. Al final todo salió bien. Mejor que bien. Andrea pasó de estar postrada en una silla de ruedas –y con una amenaza certera de perder las piernas– a corretear en el colegio y tomar clases de ballet. Pasó de ser una niña enferma a una niña normal y corriente.

Andrea (izquierda y abajo), junto a su familia

La historia de Andrea es la de una niña con arteritis de Takayasu, una enfermedad muy rara que sólo afecta a cuatro personas en toda España; la historia de Iliana es la de una madre que removió –y remueve– cielo y tierra para darle un futuro a su hija. Tras descubrir que la niña estaba enferma, decidió fundar la Associació Balear d’Infants amb Malalties Rares (Abaimar). Hoy, la entidad tiene 50 miembros, todos con enfermedades distintas –no hay dos iguales– e Iliana se ha convertido en una abanderada en la lucha contra estas dolencias. Fue esta condición la que la llevó hasta Letizia Ortiz, en una sesión extraordinaria convocada en el Senado con motivo del primer Día Mundial de las Enfermedades Raras, presidida, precisamente, por la princesa de Asturias.

De aquello hace ya tres años. Hoy, a dos semanas de volver a celebrar el día mundial –es el 29 de febrero–,  la situación de Andrea es radicalmente distinta a la que Iliana relató en el Senado. La arteria artificial que el doctor Criado le implantó en una operación de ocho horas lo ha cambiado todo. «Ella aún no se lo cree, disfruta mucho más de la vida», relata su madre. Saca todo sobresalientes y exprime cada momento. De los controles médicos diarios ha pasado a revisiones rutinarias cada tres meses.

Pero no todo el mundo tiene tanta suerte. Las personas que padecen enfermedades raras y sus familias se enfrentan a diario con un muro de incomprensión, desconocimiento y trabas burocráticas. La fuerza nunca está del lado de las minorías, y eso las familias que sufren dolencias poco comunes lo saben sobradamente. «No hay referentes ni tampoco medicación», explica Iliana, que tuvo que peregrinar durante ocho meses por decenas de consultas médicas hasta dar con lo que le ocurría a su hija. Los síntomas eran inconexos y los doctores le decían a menudo que no pasaba nada. Cuando estaba a punto de concluir que eran imaginaciones suyas, un médico oyó un ruido extraño en el corazón de Andrea. Y ahí empezó todo.

Iliana Capllonch, durante la presentación del libro 'Podemos tener esperanza'

«Tenemos que luchar 70 veces más que una familia normal», relata Iliana. En su caso, la cosa se complicó aún más cuando a su hija mayor, en pleno estallido de la crisis de Andrea, le detectaron una diabetes. «¿Por qué? ¿Qué he hecho mal?», se preguntó en aquel momento Iliana, tal y como relató en presencia de la princesa de Asturias. Sin embargo, sacó fuerzas de donde aparentemente no las había.

Iliana y su marido, Javier Barba, siguen enfrentándose a grandes dificultades para sacar hacia adelante a sus hijas, pero su experiencia es sin lugar a dudas un referente para muchas otras familias que padecen situaciones similares. Es por ello que ambos escribieron el libro Podemos tener esperanza, en el que también participaron las dos niñas y la pediatra que atendió a la pequeña en Son Espases. En él, los autores relatan su experiencia y dan consejos a otras personas y familias en su situación.

«Si no hablamos, no nos podemos ayudar», relata Iliana, que invita a las familias a luchar y nunca darse por vencidas. Pese al dolor y las enormes dificultades, los niños con enfermedades raras acaban dando una lección vital a sus padres: «Son especiales, son nuestros

El hotel fantasma del edificio Firestone

15 Feb
  • El proyecto de un establecimiento de cuatro estrellas está parado por la crisis

Para bien o para mal, es una de las estampas de la ciudad. Sus cristales pintados de blanco –repletos de carteles encolados– y sus oxidadas persianas –bajadas desde hace demasiado tiempo– forman ya parte del paisaje urbano. El edificio Firestone lleva abandonado tantos años que para muchos –los más jóvenes– ya nació vacío. Sin embargo, hay proyectos para que deje de estarlo. Si la crisis lo permite, claro.

El edificio Firestone, en la calle Ramón y Cajal (Fotos: Cati Cladera)

La noticia apareció en los periódicos en 2004: el edificio Firestone, abandonado desde principios de los años noventa, iba a convertirse en un hotel urbano de cuatro estrellas –de cuatro estrellas superior, para ser más exactos–. Sin embargo, el tiempo fue pasando y aquel proyecto no llegó a materializarse. Hoy, ocho años más tarde, los ciudadanos se preguntan qué fue de aquella iniciativa.

Este periódico se puso en contacto con el propietario del inmueble, el hotelero Antoni Horrach, quien afirmó que el proyecto está paralizado. En un primer momento, condicionó la construcción del nuevo establecimiento –aprovechando el edificio existente, que sólo es de planta baja– a la consolidación de su cadena (HM Hotels). Luego, fue la crisis económica la que impidió el desarrollo de la iniciativa. Y este es el estado actual de las cosas.

Horrach, cuyo activo más importante es el HM Jaime III, situado en el Passeig Mallorca, no renuncia a levantar el hotel, pero en cualquier caso no llevará a cabo la iniciativa «a corto plazo». «Lo haremos, seguro, pero no ahora», aseguró en declaraciones a este diario.

El edificio Firestone, situado en una zona privilegiada de la ciudad –está en la calle Ramón y Cajal y muy cerca del Passeig Mallorca– pertenece a la familia de Horrach desde hace décadas. Lo compraron a la marca Firestone y luego, durante un tiempo, lo siguieron explotando como taller de mecánica y de reparación y reposición de neumáticos. Luego, el establecimiento cerró y desde entonces ha permanecido así –sólo lo utilizan como almacén y guardamuebles–.

Antoni Horrach, propietario del edificio

A la familia no le han faltado ofertas para alquilarlo o comprarlo. Cadenas de supermercados y otras empresas se han interesado por el jugoso local, que abarca 10.000 metros cuadrados. Pero los Horrach siempre se lo han reservado.

Sin embargo, tener un edificio vacío conlleva sus inconvenientes. En todo este tiempo –como cabría esperar–, se han producido varios intentos de indigentes y okupas por entrar en el inmueble, algo que siempre ha sido atajado por la policía, según relatan los vecinos. Además, las paredes están repletas de carteles y pintadas, un hecho que no contribuye a dar, precisamente, una buena imagen a la zona.

La pregunta es ahora ¿por cuánto tiempo más? La situación económica no invita precisamente al optimismo.

La luz de Galileo entra en la Seu

9 Feb
  • El sol se filtra por el rosetón y se proyecta en la pared de enfrente en las inmediaciones del solsticio de invierno
  • Las fechas culminantes son el 11/11 y el 2/2
  • A partir de mediados de febrero el fenómeno va desapareciendo y no vuelve hasta el otoño

Contrariamente a lo que cree la mayoría, el sol no siempre sale exactamente por el este. En invierno, el astro rey se asoma entre el levante y el sur. Y cuando se pone –en una trayectoria circular y más o menos simétrica–, también se orienta hacia el más cálido de los puntos cardinales. Es un fenómeno geométrico y científico, pero en Palma también tiene algo de arquitectónico. Durante unas cuantas semanas del año –en las inmediaciones del solsticio de invierno–, los rayos del sol naciente inciden de manera perfecta sobre uno de los rosetones de la Catedral, dando lugar a un espectáculo de luz que cada vez tiene más seguidores. Una exhibición que habla de matemáticas, religión, tumbas y reyes, y que durante  estos días toca a su fin.

Proyección del rosetón en el interior de la Seu (Foto: Mariona Cerdó)

Quien quiera verlo sin esperar al próximo otoño –el fenómeno empieza a mediados de noviembre y acaba a principios de febrero–, debe dirigirse cuanto antes a la Seu a las ocho de la mañana de un día soleado. Nada más entrar, podrá observar cómo un haz multicolor se proyecta sobre los pilares y los arcos ojivales de la nave central. Entonces sabrá que la función acaba de comenzar. Poco a poco, el juego de luces –es decir, los rayos del sol filtrados por los cristales policromados e incidiendo sobre las paredes– irá desplazándose hacia el centro de la iglesia, hasta quedar justo debajo del segundo de los rosetones.

Galileo Galilei defendió las teorías de Copérnico y se enfrentó a la Iglesia, empeñada en que la Tierra era el centro del Universo. Paradojas de la vida, el espectáculo que acogen cada año las cristianas paredes de la Seu es en cierta forma una prueba del heliocentrismo,  ya que se rige por los movimientos de rotación y translación del planeta, así como una muestra de la inclinación del globo terrestre, que es la responsable de las estaciones y de que el sol salga y se ponga por distintos puntos en función del momento del año.

Gráfico: J. A. Vaca Cerezo

La proyección multicolor es también una de las maneras que tiene la Societat Balear de Matemàtiques (SBM-XEIX) de acercar la geometría, la astronomía y la ciencia en general a la población. Son dos de sus miembros, Daniel Ruiz Aguilera y Josep Lluís Pol Llompart, quienes, a través de su estudio Els efectes de la llum solar a la Seu de Mallorca, han popularizado el fenómeno.

¿Por qué se produce? Básicamente, porque el templo está perfectamente orientado hacia la salida del sol en el solsticio de invierno, que cae entre los días 21 y 22 de diciembre. Había una posibilidad entre 360 de que fuera así, lo que lleva a pensar a estos dos matemáticos que no se trata de una casualidad. A principios del siglo XIV, Jaume II hizo levantar la Capilla Real, el lugar donde iba a instalar su sepultura y el germen de la Catedral. No es descabellado pensar que los constructores la orientaran hacia el lugar donde sale el sol en las fechas próximas a Navidad, ya que para los católicos «Dios es la luz». Décadas más tarde, cuando obispo Antoni de Galiana mandó levantar la nave y los dos rosetones, el conjunto se habría construido de acuerdo a esta disposición inicial.

El sol entra por un rosetón y sale por otro en el solsticio de invierno (Foto: Josep Ll. Pol)

Es por ello que en las fechas próximas a Navidad, la luz entra de manera perfecta por uno de los rosetones y sale por el otro, un fenómeno espectacular que puede observarse desde el Baluard de Sant Pere y que genera la ilusión de que hay un incendio en el interior de la Seu. Luego, en los días 11/11 y 2/2 –simétricos respecto al solsticio– y en sus fechas cercanas, la luz se proyecta bajo el otro rosetón, dando lugar a lo que se conoce como el «espectáculo del ocho» –los dos círculos, uno debajo del otro, recuerdan al número ocho–. Esta última figura es la que toca a su fin en estos días. A partir de ahora, la proyección de luz irá bajando y alejándose cada vez más del segundo rosetón, hasta situarse, durante la primavera y el verano, en el suelo.

Con sus 11,3 metros de diámetro, 24 triángulos equiláteros y 1.116 piezas de cristal, el rosetón principal de la Seu es uno de los más grandes de la Cristiandad –sólo le supera el de Notre Dame, en París–. También es un reloj de sol que marca la hora y la estación del año. Y desde hace algunos años, una puerta de entrada a las matemáticas y la historia.

Léalo en elmundo.es

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/02/08/baleares/1328688568.html 

Palma también se peina ‘a lo afro’

5 Feb
  • Benedicta regenta desde hace ocho años una peluquería nigeriana

  • Tiene clientes de todas las nacionalidades

«Pero, Benedicta, ¿dónde está tu pelo?». La pregunta genera un gran revuelo en la peluquería. La propietaria ha concedido una entrevista a un periódico –este periódico– y no luce peinado alguno. Fallo. Pero está en el lugar adecuado para solucionarlo. Sin pensárselo dos veces, agarra una peluca de la pared –una «peluca bonita»–, se la coloca en un abrir y cerrar de ojos, se peina con energía frente al espejo y se gira sonriendo a la cámara: «Así mejor, ¿no?».

La peluquería Ebony (Fotos: Cati Cladera)

Benedicta nació en Nigeria, pero hace trece años decidió mudarse a Palma. Al llegar a la isla no lo dudó un instante: sería peluquera, al igual que en su país. Dicho y hecho, abrió un salón de belleza en las desiertas Galerías Velázquez, a las que aporta colorido, algo de movimiento e intercambio cultural. El comercio se llama Ebony, lleva abierto ocho años y, por suerte, nunca la falta trabajo. Ni siquiera ahora, con la crisis.

La suya es, obviamente, una peluquería nigeriana, con los productos y complementos necesarios para peinar a una clientela de pelos rizados, encrespados y rebeldes. Pero, sin embargo, poco a poco el público se ha ido ampliando hasta abarcar a gente de todas las nacionalidades. Lo que más abunda, en cualquier caso, son las dominicanas, ecuatorianas, peruanas, colombianas y –obvio– nigerianas.

«Glycerine oil». Los estantes de productos de belleza no tienen fin. Apilados unos junto a los otros, todos tienen en común a una persona de raza negra en el exterior de la caja. Benedicta los pide por internet a Estados Unidos y Francia –tardan de dos a tres semanas en llegar– y tienen mil y una finalidades:sirven para alisar, dar brillo, formar rastas y teñir el pelo, entre otras muchas funciones. También hay aceites corporales y otros productos de belleza.

Benedicta peina a una clienta

«Nuestro pelo es muy fuerte, muy rizado», explica la peluquera, que a la llegada de este periódico está ocupada cardando el cabello a una clienta –es decir desenredándolo, separándolo y peinándolo–. En muchas ocasiones, sin embargo, las africanas –o las mujeres de origen africano– optan por llevar el pelo muy corto y hacerse extensiones o ponerse peluca. La utilización de cabelleras ajenas, al contrario que en la cultura occidental, no es una práctica reservada al teatro, las drag-queens o las medidas de emergencia ante una enfermedad –como la pérdida de cabello por un tratamiento contra el cáncer–, sino que está incorporada con total normalidad a la vida cotidiana. De ahí que Benedicta, ante la presencia de este diario –y ante el comentario de una amiga–, decida colocarse una peluca como quien no quiere la cosa. «Me quité el pelo hace dos días y mucha gente entra y no me reconoce», explica entre risas y gesticulando de manera muy enérgica con las manos.

Victoria, una niña con pocos meses de vida, duerme en un rincón de la tienda. Benedicta tiene cuatro hijos, de los que Victoria es la pequeña. «Con ella he cerrado la fábrica», asegura risueña. Quería una niña –los tres anteriores son varones– y ya la tiene. Ahora se terminó.

En el otro extremo de la peluquería está otro de sus hijos, tranquilamente sentado. Suyos son los garabatos azules –a bolígrafo– que decoran una de las sillas blancas del establecimiento. Se trata de un amplio local con suelo de parquet y paredes recubiertas con botes, pelucas y largos mechones de pelo. Estos últimos merecen una descripción detallada. Rubios, morenos, lisos y rizados, los hay tanto sintéticos como naturales. Y se nota la diferencia. No sólo en el tacto, sino –por lo visto–, en la calidad. Unas extensiones de cabello natural pueden durar de cinco a siete años –hay que recolocarlas cada tres meses–, mientras que las artificiales se tienen que poner nuevas cada vez.

La peluquera muestra unas pelucas a una clienta

Pero una cabellera natural es toda una inversión. Cien gramos de pelo auténtico cuestan entre 50 y 140 euros. Los tipos de cabello más solicitados son los rizados y los platino. Estos últimos –el color es natural– son los más caros: 140 euros. Al palparlos, uno no puede evitar pensar qué chica habrá decidido renunciar a su melena por cobrar unos euros. Imposible saberlo, porque a Benedicta se los traen de Madrid.

Es sin lugar a dudas un buen local. Y el volumen de trabajo, que oscila según el día, le permite a esta peluquera pagar el alquiler, los impuestos y las declaraciones de la renta, que no es poco. Junto a Benedicta, trabajan en la peluquería tres de sus siete hermanos –el resto se quedó en África– y la tienda tiene un indiscutible aire familiar y de barrio.

También tiene un aroma muy étcinco, claro. Al llegar a la peluquería, varios nigerianos miran un álbum de fotos que parece ser el recuerdo de un gran festejo. Al intentar tomarles fotografías, huyen por la vistosa puerta naranja. La televisión, que reproduce videoclips de los años 80 y 90 (We are the world, we are the children, Sacrifice, Everything I do, I do it for you) no hace más que completar el pintoresco conjunto, en el que tampoco hay que pasar por alto el aparador, literalmente forrado de centenares de pequeñas fotografías de peinados.

¿África o Palma? Tal vez ninguna de las dos. O las dos a la vez.