El arte de envolver para enviar a cualquier rincón

4 Feb
  • La Expeditiva lleva 110 años haciendo paquetes junto a Correos

  • Ha embalado capós de coche, urnas funerarias, huevos y motos

¿A quién recurre un turista que acaba de encapricharse de dos grandes tinajas de barro y quiere enviarlas a su casa, en Australia? Parece una misión imposible, pero no. Palma cuenta con una tienda especializada en embalajes y envíos a cualquier parte del mundo. Se llama La Expeditiva y da igual cuál sea la naturaleza del objeto a mandar: su responsable, Pepa Miralles, se lo toma como un reto y pone todo su empeño en que el paquete llegue en perfecto estado a su destino. Sea lo que sea. Vaya a donde vaya.

Rollos de papel burbuja y papel de embalar (Fotos: Pep Vicens)

La cosa resulta aún más sorprendente cuando se sabe que el comercio lleva 110 años abierto y que es uno de los más históricos de la capital balear. Por La Expeditiva han pasado los paquetes que las familias mallorquinas mandaban a sus hijos cuando estaban en el frente; La Expeditiva se ha hecho cargo de empaquetar el calzado que se exportaba a la Península, durante la época de esplendor de la industria mallorquina de la piel; las monjas recurrían a La Expeditiva cuando mandaban ropa y medicina a las misiones en África y Latinoamérica; La Expeditiva montaba cadenas humanas para llevar los paquetes desde su oficina –situada junto a Correos– hasta el puerto, donde se embarcaban rumbo a toda clase de destinos, a veces exóticos, otras no tanto. «No teníamos tiempo de descansar», rememora Pepa desde el interior de la tienda, que con sus enormes rollos de cartón y papel burbuja y sus básculas y mapas antiguos es sin lugar a dudas una de las más pintorescas y vistosas de Ciutat.

Pero los tiempos cambian y eso Pepa lo sabe muy bien. De los seis o siete dependientes que tenía la tienda, hoy sólo ella –y esporádicamente una segunda persona– trabaja en La Expeditiva. No hay suficiente trabajo y la familia, que tiene otros negocios en un local anexo, conserva la tienda más por motivos sentimentales que por otra cosa. Todo está como estaba –incluso la pequeña repisa en lo alto con una reproducción de San Pancracio– y si hay un encargo, por supuesto, Pepa lo lleva a cabo.

El día del reportaje, por ejemplo, el reto es embalar un cuadro. Pero tan sólo unos días antes ha habido pedidos más interesantes –o por lo menos más curiosos–, como el de una chica que está haciendo un erasmus en la antigua Yugoslavia y se acaba de mandar hacia allí treinta kilos de comida para estar bien surtida cuando llegue a su destino. O también el de un cliente que ha enviado a Menorca y Barcelona una caja llena de productos de matances.

Pepa se hizo cargo del negocio hace 16 años, cuando su padre falleció y los pocos dependientes que quedaban se jubilaron –todo coincidió en la misma época–. Desde entonces, se ha dedicado al oficio con pasión –«me encanta, cada día se trata de algo nuevo», afirma–. De todo este tiempo, atesora un álbum de fotos con los objetos más extraños que ha tenido que embalar. Desde dos capós de coche –«uno verde y uno rojo», detalla– a una moto, pasando por lámparas de Gordiola y las ya mencionadas tinajas de barro del turista australiano. También ha enviado urnas funerarias e, incluso, huevos. Sí, huevos.

Fachada de la tienda

Queda claro, pues, que lo suyo es conseguir que los objetos más delicados –e insospechados– lleguen a su destino en perfecto estado. «Yo sé cómo son los transportistas», explica Pepa, que procura dedicar el mismo «cariño» a todos los objetos que le traen. «Todo el mundo quiere que sus cosas lleguen bien», aclara. Ella los empaqueta y luego, si el cliente lo desea, le proporciona una empresa para transportarlos –ya sea la pública Correos o una agencia privada–.

¿Quién no ha necesitado alguna vez embalar un paquete? Parece un servicio muy útil, pero el negocio no funciona. ¿Qué es lo que ocurre? Pepa lo atribuye a diversos factores, entre los que destaca el gran encarecimiento del transporte a causa de la subida del precio del petróleo. La gente sólo envía aquello que es estrictamente necesario, porque es demasiado caro –ellos llevan seis años sin subir los precios, pero no ocurre lo mismo con los transportistas–. Luego está el surgimiento de las empresas multinacionales de paquetería, que se comen el mercado. Y por encima de todo, la transición a una nueva era, donde en Mallorca ya no hay turistas de gran poder adquisitivo que envíen a Alemania y Estados Unidos grandes paquetes con tela de llengües y platos de loza. Unos nuevos tiempos que han dejado a La Expeditiva –antaño situada en un lugar de paso– en medio de una calle silenciosa y adoquinada donde los pilones impiden parar en coche a descargar.

Quién se lo iba a decir a Bartolomé Miralles Vidal, abuelo de Pepa y fundador de La Expeditiva, cuyo rostro aún cuelga de una de las paredes de la tienda, en una orla de la promoción 1890-91 del Instituto Balear. Con él empieza la historia, que es a partes iguales curiosa y costumbrista. Resulta que quería mandar un par de ensaimadas a Barcelona y le pusieron tantos problemas –lo consiguió al tercer intento– que pensó: si esto es tan complicado, voy a montar un negocio para facilitar las cosas. Y vaya si lo hizo.

Pepa Miralles pesa unos libros

Hoy poco queda de aquello, pero La Expeditiva sigue siendo el único comercio de España –así lo afirma Pepa– especializado en el embalaje de paquetes. También es un punto de encuentro y el lugar al que algunos vecinos acuden para controlarse el peso. Entran y se encaraman a su enorme báscula roja, cuya gran aguja oscila con elegancia entre los kilos y los gramos. Pepa anota el resultado y les hace un seguimiento, prolongando así, un poco más, la historia de La Expeditiva en el tiempo.

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