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Ganarse el pan con el grafiti

4 Mar
  • Un joven mallorquín crea una empresa de pinturas a espray por encargo

  • Empezó su carrera haciendo murales en las calles

Diego Rivera hacía murales para explicar al pueblo mexicano la historia de su país. Las pinturas, de gran tamaño, solían situarse en lugares públicos, de manera que el arte fuera accesible para todos, independientemente de su condición económica o social. Un siglo más tarde, en cierta manera –atendiendo a su carácter público–, el muralismo mexicano tiene un heredero en las calles de occidente: el grafiti.

Enrique del Río ha estado varias veces en México, haciendo exhibiciones de grafiti y pintura con espray. Se formó artísticamente en las calles de Palma, como tantos otros chavales que deciden empuñar un aerosol para expresarse y dar color a las paredes abandonadas de la ciudad. En su caso, además, ha hecho de su afición toda una profesión. Desde hace cuatro años –y de manera especialmente intensa en los últimos seis meses–, se dedica a hacer pinturas con espray por encargo. Barreras de comercios, interiores de cafeterías, habitaciones para niños, furgonetas… Cualquier soporte es válido para este joven de 27 años, a quien no le falta el trabajo. «A día de hoy me puedo ganar el pan», explica.

Enrique del Río, junto a su creación para Can Frasquet (Fotos: Cati Cladera)

«El arte mural se valora poco», asegura Enrique, que destaca la complejidad de este tipo de pintura, sobre todo teniendo en cuenta los grandes tamaños con que trabaja. Además, también resalta el hecho de que sea un arte «cercano a la gente» y cuya contemplación es «gratis». Desde su «humilde posición», intenta quitar las connotaciones negativas de la pintura con aerosol. «Una pared tiene mucho más valor si le das color; si es algo agresivo, siempre puedes pintar encima», afirma, al tiempo que aclara que «nunca lo haría sobre piedra».

No siempre puede expresarse con total libertad. Lo suyo no deja de ser un trabajo y, como tal, muchas veces está sujeto a la voluntad de la persona que le hace el encargo. Sin embargo, en ocasiones le dejan a sus anchas y es entonces cuando surgen las mejores obras. Es el caso de la barrera de la histórica pastelería palmesana de Can Frasquet, situada en la Plaça del Mercat, en la que Enrique ilustró con llamativas gamas de verde la recolección del cacao.

De hecho, esta pintura fue todo un revulsivo para su carrera. La hizo en junio del año pasado y, desde entonces, su empresa (aerosolwork.com) ha ido cada vez a más. El pub La suite, Multiópticas, la guardería Sol Solet y el velódromo PalmaArena son algunos de los espacios que le han hecho encargos en los últimos tiempos.

Enrique recoge ahora los frutos después de haberse esforzado mucho en darse a conocer por internet y puerta por puerta. Por ejemplo, en el caso de Can Frasquet, entró un día en la tienda ofreciendo sus servicios. «A los propietarios normalmente no se les pasa por la cabeza esta posibilidad, y si se les pasa no saben dónde buscar», aclara.

Obra en una cafetería

¿Qué es lo que persiguen los comercios que deciden pintar sus barreras? De un lado, hacer publicidad en las horas en que el local está cerrado, ya que pocas veces el paseante repara en el letrero; del otro –y no es menos importante–, evitar que grafiteros con mal gusto ensucien las vallas. Una vez bautizadas, es más complicado que alguien pinte encima.

El trabajo publicitario no se para y hoy, igual que antes, Enrique sigue enviando montones de e-mails, participando en exhibiciones y haciendo contactos. «Si no te mueves, es imposible», aclara. Como fruto de esta dedicación, la semana que viene tiene un importante encargo en Madrid. «Será de unas dimensiones parecidas a las de Can Frasquet», avanza. Con anterioridad, el joven artista viajó a Málaga y Lanzarote para trabajar.

Como todo empresario, nota la crisis, pero es optimista. «Hay mucha gente que te dice que no porque no tiene dinero, pero yo creo que siempre hay personas con posibilidades».

El día del reportaje –ayer– es sábado y un músico callejero habitual toca temas de Bob Dylan junto a Can Frasquet. Tal vez los mismos que un vecino difundía por la ventana cuando Enrique pintaba el mural de la pastelería.

“Cuando vas despacio piensas más”

3 Mar
  • Domiciano Brezmes fabrica bicicletas a partir de piezas antiguas que compra en los rastros e internet

  • Augura que con la subida de la gasolina las dos ruedas irán «a más»

Ha llegado a fabricar una bicicleta porque un pedal le inspiraba. Domiciano Brezmes trabaja en el mundo de la publicidad, pero en su tiempo libre tiene otra pasión.Desde hace cuatro años, confecciona bicicletas. Y no bicicletas vulgares y corrientes. Lo suyo son ciclos de diseño, ligeros como una pluma y con un valor añadido muy particular: son obras de arte elaboradas a partir de piezas de bicicletas de segunda mano, habitualmente antiguas.

El arte está en el objeto en sí y también en el proceso. El procedimiento no empieza hasta que surge una idea, ya sea a partir de una pieza o de una sensación. Luego, el embrión va evolucionando –estudio de color, elección de los componentes, selección de los complementos…– hasta fructificar en una bicicleta totalmente única. La fase final es la venta –a través de internet o exponiéndolas en algunas tiendas, bajo la marca Domibrez–, aunque el negocio no es el motor de Domiciano. Para él, hacer ciclos es una manera de aunar pintura y escultura.

Dociciano Brezmes, en su taller de bicicletas (Fotos: Jordi Avellà)

Lo suyo es toda una filosofía que nace de su propia experiencia como ciclista. Cada día, llueva o truene, va hasta el trabajo en su caballo de dos ruedas. «Cuando vas despacio piensas más», asegura este leonés afincado en Mallorca desde hace años.

Todo empezó el día en que, harto del coche –y de los gastos que le comportaba–, decidió probar qué tal le iba ir hasta la oficina con bicicleta. Partió desde su casa en Son Sardina y cuál fue su sorpresa cuando descubrió que en sólo veinte minutos estaba ya en el centro de Palma.

También se le revelaron otras cosas, como la relajación que comporta moverse en bicicleta. Y cuando llega el buen tiempo, cada mañana hace una parada previa en el Portitxol, para bañarse en el mar. «Todo esto me lo da la bicicleta», destaca.Con la gran subida del precio de la gasolina, augura, el fenómeno de la bici cada vez irá «a más». «Es un fenómeno aún por descubrir».

Diez de la mañana. Domiciano abre las puertas de su taller, situado en su casa de Son Sardina, y muestra a este periódico las nuevas obras en que está trabajando. Por el momento ya tiene elegidos los cuerpos y el color que van a tener. El primero es negro; el segundo tiene un cromatismo más impreciso, que ha surgido después de rascar la pintura original, dando lugar a un conjunto de tonalidades rojas y cobrizas.

Su meta no es que las bicicletas parezcan nuevas. Más bien al contrario, las marcas del uso son un valor añadido para él, lo que no significa que sus creaciones adquieran un aspecto descuidado –todo lo contrario, tienen un diseño exquisito y todos los detalles están muy pensados–.

¿Cómo empieza todo el proceso? Domiciano recorre los rastros, mercados de segunda mano e internet a la búsqueda de piezas interesantes –por ejemplo, ha llegado a comprar una bicicleta entera porque le interesaba el manillar–. Le atraen sobre todo los componentes italianos de los 70 y los 80, de los que habla maravillas. Luego, lo fotografía todo y lo guarda en un almacén, en el que a día de hoy tiene material suficiente como para fabricar 50 bicicletas. Hasta que surge la inspiración.

Pedales y martillo en la mesa de trabajo

A veces son por encargo y otras simplemente por el placer artístico. Para Domiciano, fabricar bicicletas es una afición que le ocupa innumerables horas cada semana y que le supone toda una válvula de escape.

Siempre ha sido un manitas, pero no se inició en la confección de bicicletas hasta hace cuatro años. Fue algo bastante fortuito. Cuando ya estaba acostumbrado a desplazarse con normalidad en dos ruedas, un buen día le robaron su corcel de 900 euros. Era viernes y no podía concebir llegar al lunes sin recuperarlo o comprarse otro. Así que se fue al rastro para ver si encontraba su propia bicicleta. No la halló, pero sí descubrió la gran cantidad de ofertas que había. Ese fin de semana ya se fabricó una.Escarbando aún más en los orígenes, Domiciano cuenta que su padre nunca le compró una bicicleta. No es que fuera una frustración para él, pero soñaba con ellas y se dedicaba a arreglar las de sus amigos, que a cambio le dejaban dar una vuelta. Lo primero que hizo con su primer dinero fue comprarse una.

En sólo cuatro años, hacer bicicletas es una parte muy importante de su vida. Ha llegado a estar hasta un año dándole vueltas a un proyecto, hasta que ha fructificado. Muchas veces, se inspira en quien la va a usar: «Es muy bonito hacer una bicicleta pensando en alguien».