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Un oasis en Pere Garau

26 Sep
  • Cien viviendas sociales construidas en los años 30 resisten entre la modernidad

  • Arca reclama su protección

Nadie diría a priori que en medio de Pere Garau se esconde algo así. Ciento dos casas, cada una con su patio trasero y su cisterna. Un oasis lleno de árboles en medio de una barriada de edificios altos. Y tampoco diría que estas viviendas cuentan, a través de sus paredes, una de las historias más bellas de Palma, la de una sociedad sin ánimo de lucro que levantó en los años 30 un centenar de viviendas baratas para la clase obrera de la ciudad. Las llamaron Ses Cent Cases y hoy, ochenta años después, allí siguen, dignas, hermosas y fuertes como robles -no tienen ni una sola grieta-. Pero nada garantiza su pervivencia en las próximas décadas -si un promotor comprara los solares y quisiera derribarlas, podría hacerlo-, por lo que la Asociació per a la Revitalització dels Centres Antics (ARCA) reclama su protección.

Rafel, en la puerta de su casa (Reportaje gráfico: Jordi Avellà)

Rafael Vanrell no estaba predestinado a entrar en esta historia, pero los miedos de un señor de Sóller le metieron de lleno en ella. O mejor dicho a su padre y después a él. Todo empezó en 1924, con la visita de Mestre Jaume, el cartero de Els Hostalets, al taller de confección de zapatos de Antoni Vanrell, situado en la carretera de Inca. Su misión era encontrar a alguien que, a razón de dos pesetas semanales, quisiera ingresar como socio en la Sociedad Cooperativa Constructora de Ses Cases Barates, la entidad que iba levantar las cien casas de Pere Garau. La recompensa iba a ser -así se lo explicó el cartero a Antoni Vanrell- la posesión de una de esas viviendas cuando las obras hubieran terminado.

Vamos, una bicoca. Tanto, que el señor de Sóller había llegado a la conclusión de que era totalmente imposible que le dieran una casa por tan sólo dos pesetas a la semana y abandonó el proyecto. Era necesario, entonces, encontrarle un sustituto. Y ese sustituto fue Antoni Vanrell, que dijo que sí.

«Los encargados de localizar socios para la cooperativa eran los carteros, porque en aquella época entraban en todas las viviendas y tenían contacto directo con la gente», explica Rafael desde el salón de su casa, que no es otra que una de Ses Cent Cases -la que su padre consiguió como miembro de la cooperativa-. Sentimental y nostálgico, Rafael -que ahora tiene 90 años y trabajó durante muchos años en Calzados Gorila- conserva toda la documentación relativa a este proyecto pionero en Palma, lo que se traduce en fotografías antiguas, publicaciones en revistas y prensa y auténticas joyas de papel, como la del libro donde, semana a semana, el senyor Pou –así le llamaban– sellaba el pago de las cuotas de los miembros de la cooperativa. Cada miembro tenía una de estas libretas, en cuya portada estaba anotado su número de socio. La familia de Rafael tenía el 57.

Hoy en día resulta extraño que una decena de hombres de la sociedad mallorquina decidiera por su cuenta y riesgo y sin esperar ningún beneficio económico a cambio viajar a Madrid para pedir al Gobierno -entonces corrían los tiempos de Alfonso XIII- que subvencionara la construcción de viviendas baratas para gente humilde. Pero así fue. «No querían señores, querían trabajadores», explica Rafael. De hecho, la cooperativa tenía reglas estrictas al respecto: los socios y futuros propietarios no podían tener unos ingresos de más de 8.000 pesetas, de las que el 75% debía proceder del salario o pensión.

Libro de cupones con el que se controlaba el pago de la 'hipoteca'

Con el visto bueno de Madrid y un préstamo bancario inicial, La Redención del Hogar –así era como se llamaba la cooperativa- empezó las obras de las casas, casi una treintena de bloques de marés que constaban de planta baja y primer piso –a razón de cuatro viviendas por edificio- y estaban situados entre las calles Arquebisbe Aspàreg, Adrià Ferrà y Bartomeu Torres. Las casas se construyeron en tres parcelas compradas a los propietarios de la possessió de Son Coc, que hoy ya no existe -en las fotografías puede verse como Ses Cent Cases, hoy rodeadas de asfalto y edificios, estaban circundadas de campos de almendros-. Los trabajos no acabarían hasta 1934.

Una vez terminadas las casas, llegó el momento de asignarlas. La Junta Directiva de la cooperativa hizo la convocatoria y una multitud se agolpó frente a los nuevos edificios. Dos niños, que eran hijos de cooperativistas, hicieron de manos inocentes, sacando del bombo los números premiados. A la familia Vanrell le tocó una planta baja situada en la calle Pere Llobera.

Pero ni Antoni ni su mujer, Catalina, llegaron a residir nunca en ella. Aunque en teoría no se podía hacer, los padres de Rafael alquilaron la vivienda a un tercero, bajo la promesa de que cuando su hijo se casara sería para él. Y así ocurrió: Rafael y Magdalena se trasladaron a la casa de Pere Llobera en 1941. «Compramos muebles de color negro y forramos las paredes de papel oscuro, tal y como era moda en la época», cuenta Rafael sin perder un solo detalle. También instalaron en el recibidor un antiguo reloj de péndulo -ya era antiguo entonces- que hoy, casi 70 años después, sigue dando las horas sin que haya sido necesario repararlo ni una sola vez.

Sociedad impulsora de la cooperativa de Ses Cent Cases

Rafael y Magdalena, que murió hace un año y medio, siguieron pagando las dos pesetas semanales hasta 1961, año en que la construcción de las obras estuvo por fin sufragada. A esta cantidad se añadían otras 30 pesetas en concepto de alquiler mientras la vivienda aún no era suya, con las que la cooperativa abonaba las cuotas del préstamo. Con todo, los residentes de Ses Cent Cases tardaron 37 años en pagar las casas, un tiempo que se alargó más de lo previsto con el cambio de la Segunda República -que subvencionaba el proyecto- a la dictadura de Franco. Durante todo ese tiempo, los inquilinos estuvieron totalmente exentos del pago de impuestos, de acuerdo con la Ley de Casas Baratas. Las viviendas no fueron enteramente suyas hasta 1980.

Muchos regímenes políticos han pasado ante los ojos de Rafael, que tras una reciente operación de cataratas se protege la vista con unas modernas gafas de sol. Pero el tiempo no le ha maltratado, a juzgar por un envidiable estado de salud a sus noventa años -por poner un par de ejemplos, aún conduce y se dedica a leer a Unamuno-. La receta: dos dientes de ajo en ayunas y dos largos paseos diarios. Gracias a ella, sigue custodiando una de las historias más bellas de la ciudad.

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/09/26/baleares/1317028095.html

«Bendita la hora en que me vine a Son Gotleu»

18 Sep
  • Los comerciantes defienden a capa y espada el barrio y trabajan por la integración

  • Pimeco pide más seguridad y limpieza

«¿Pero cómo quieres que sea chapado en oro, mujer, si sólo vale un euro?». Juana vende bisutería en su tienda multiprecio de la calle Tomàs Rul·lan, en el corazón de Son Gotleu. En el interior del local, Helen elige anillos y lápices de labios, mientras su hijo Jeremiah, de unos cuatro años, da golpes a diestro y siniestro con un matamoscas naranja fosforescente. El debate sobre la materia prima de las sortijas genera un divertido choque cultural entre la dueña, que es española, y la clienta, procedente de Nigeria. «Llevo 28 años trabajando aquí y me llevo bien con todo el mundo», afirma Juana, una férrea defensora del barrio tal y como es: «Bendita la hora en que me vine a Son Gotleu, se está dando una mala imagen que no se ajusta con la realidad».

Juana y Sandra frente a la tienda de la primera (Reportaje gráfico: Jordi Avellà)

Mateo Isern, alcalde de Palma, acaba de pasar en comitiva por la calle hace tan sólo unos minutos, en su primera visita al barrio desde que fue investido –saliendo así al paso de las críticas por no haber pisado todavía esta zona de la ciudad tras el estallido de violencia de finales del pasado mes de agosto–. A todo el que se ha parado a hablar con él, le ha prometido que «la semana que viene» impulsará un «paquete de medidas» para mejorar la limpieza, la seguridad y la convivencia en esta barriada palmesana, coincidiendo con las reivindicaciones que hace tan sólo dos días le planteó la patronal del pequeño comercio Pimeco –que se ha adherido recientemente a una asociación de comerciantes y empresarios en el barrio–.

La presencia del alcalde en Son Gotleu genera reacciones contrapuestas. Desde las críticas de Juana, que dice que ha pasado «deprisa y corriendo» a las alabanzas de Sambou, ciudadano senegalés que regenta un colmado en la misma calle Tomàs Rul·lan: «Es muy positivo que haya venido, tiene que saber lo que pasa aquí».

Sambou, que abrió su tienda hace dos años y trabaja de sol a sol para pagarse la hipoteca, asegura que el estallido de violencia del mes de agosto ha «dañado» injustamente la imagen del barrio. Las cosas no son fáciles, admite, pero la integración «no es cosa de un momento». «Luchamos a diario», defiende, al tiempo que resalta que con la «pobreza y el paro» que hay en la barriada es normal que se produzcan estallidos de violencia: «El perro que tiene hambre muerde».

Sin embargo, a pesar de todo, –así lo resalta Sambou– la normalidad ha vuelto al barrio cuando se cumplen quince días de la muerte del nigeriano Efosa Okosun, que fue lo que desencadenó la revuelta. «Esto no es el Bronx», insiste Rosario, frente al mostrador de su panadería. Y en eso coinciden todos y cada uno de los comerciantes consultados por este periódico. «Se está exagerando un montón, este es un lugar normal y corriente», reafirma Juana, a quien le duele en el alma la «imagen que se está dando» –de hecho, se le saltan las lágrimas–. «Parece que nos hayamos olvidado de que nosotros también fuimos emigrantes, yo he criado aquí a mis hijos y cuando salgo cada día a las nueve y media de la noche nunca temo por mi seguridad», añade.

Isern durante su visita a Son Gotleu

Juana es, desde luego, un ejemplo de integración. Los hijos de Sandra, la nigeriana que regenta el comercio de al lado –una curiosa mezcla entre locutorio y peluquería– saltan constantemente de una tienda a otra. Y ella los cuida cuando su madre no puede. «Estoy muy feliz con el vecindario», resalta Sandra, con un vestido estampado hasta los pies, una gran pulsera de plata en la muñeca y un pañuelo cubriéndole toda la cabeza. En el exterior de su local, un pintoresco cartel anuncia los servicios de peluquería, mostrando a un africano –gafas de sol incluidas– pasando la máquina sobre la cabeza de un compatriota, todo ello bajo el cartel VIP cut [corte VIP]. En el interior, un escudo del Madrid preside la sala. «Sí, sí, hala Madrid», dice Sandra.

Pese a su tendencia al optimismo, los comerciantes también admiten que económicamente las cosas no van bien, aunque eso no es una novedad, teniendo en cuenta la crisis económica. Si el estallido violento de agosto ha contribuido aún más a empeorar la situación, en eso no hay unanimidad. Según el comunicado que Pimeco remitió a los medios el pasado martes, «los enfrentamientos étnicos de las últimas semanas» han provocado que los comerciantes de Son Gotleu sufran «pérdidas y complicaciones». Según otros pequeños empresarios de la zona, sin embargo, la situación es la misma de los últimos meses y tiene que ver pura y simplemente con la crisis económica.

La patronal del pequeño comercio, que ayer por la tarde se reunió con Isern para analizar la situación en Son Gotleu, puso de manifiesto en su escrito que la barriada sufre «problemas por lo que se refiere a seguridad, limpieza y legalidad». En este sentido, reclamó que se «intensifique la presencia de fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado», así como la «instalación de cámaras en las zonas más conflictivas del barrio».

Rosario y Sambou

En lo que sí hay consenso total es en que hace falta una mayor limpieza. «Emaya pasa cada cuatro días», explica Rosario, que al igual que todos los comerciantes consultados tiene que barrer cada mañana su trozo de acera.

Del mismo modo, también existe una preocupación generalizada sobre la reubicación en Son Gotleu de familias procedentes de Son Banya. Hay quien dice que «van a venir a vivir 400», una rumorología que lleva a Pimeco a pedir al Ayuntamiento que «dé respuesta a las dudas de los comerciantes sobre el número de ex residentes de Son Banya reubicados durante el último lustro». «Como traigan a más familias, esto sí que va a ser un gueto», sentencia Rosario.

El barrio por el que Errol y Ava ya no pasearían

2 Sep
  • La parte baja de El Terreno cada vez se degrada más

  • Los ‘afters’ han sustituido a los comercios y pubs de tiempos pasados

A nadie le sorprendería si, de repente, una bola de ramas secas atravesara la calle y un hombre silbara, medio escondido en la sombra, una melodía de Ennio Morricone. El barrio de El Terreno –en pleno ponent palmesano– cada día es más el far west. Las persianas cerradas y los carteles de se vende se cuentan por decenas. Y lo que un día fueron las casas de veraneo de las clases altas palmesanas, hoy son destartalados edificios que se caen a trozos, con after hours en sus bajos que nada tienen que ver con los bares elegantes que hace más de medio siglo frecuentaron Errol Flynn y Ava Gardner.

En medio de la calle Joan Miró, se alza solitario el Bar Michel, un enclave que con el paso de los años ha ido adquiriendo solera en la zona. Siguiendo con la analogía, no sería descabellado considerarlo el saloon del polvoriento poblado. Y si el bar es el saloon, Eugenio sería sin lugar a dudas el sheriff, aunque él ya tiene otro apodo: en el barrio es conocido como El Teniente.

«En esta calle no verás un solo chorizo, me encargo yo personalmente». Eugenio es el conserje del edificio sobre el que reposa el bar Michel, que debe su nombre a un propietario lejano al que ya han reemplazado unos cuantos. Amador, que aguantó en el puesto durante más de una década, lo dejó hace dos años, harto de las amenazas de los clientes de los afters.

La Polilla, Caché, La Hiedra, El Trago loco… Hoy los únicos locales abiertos en la parte baja de El Terreno –la comprendida entre las calles Joan Miró y Robert Graves, de un lado, y Correos y la gasolinera de Son Armadans, del otro– son prácticamente los afters, lugares de copas abiertos hasta la mañana que, cuando dan por concluida la jornada, arrojan a la calle a una clientela conflictiva, gente tambaleante con la que se cruzan las señoras de toda la vida del barrio, generando todo un choque cultural.

Poco queda de los comercios que, hace años, hicieron de este lugar un barrio. El colmado Can Rafael, la droguería, el estanco, la peluquería Picornell, la zapatería, la verdulería de Alberto, la sucursal de Foto Cine Casa Planas –que hoy es un descampado–, el quiosco Sa Premsa, la floristería… Todos ellos han echado el candado. Por no hablar de los bares y pubs que también imprimieron carácter a la zona en los 80 y 90 y de los que el Joe’s y el Mínims son tan sólo dos ejemplos. Entre decenas y decenas de persianas metálicas cerradas, sólo sobreviven, en este tramo de Joan Miró, una farmacia, una peluquería y varios locales de Kebabs, además del bar Michel, claro.

«Aquí hay edificios que son auténticas joyas», asegura la cocinera del bar, Trini, de metro noventa y voz grave, mientras señala la casa de enfrente. «Villa Cornelia, 1917», puede leerse en lo alto. Justo al lado, los obreros cortan baldosas con estridentes discos en un edificio de nueva planta, que en su parte de atrás esconde otra joya: «La capilla de la casa del obispo anglicano». Así lo explica Jesús, anciano del lugar con otra historia a sus espaldas: nació en 1936 en Ondarroa (Vizcaya), después de que su madre huyera de Mallorca tras el desembarco de Porto Cristo. Un año más tarde, regresó a la isla y fue inscrito en el registro, motivo por el cual en su DNI figura como mallorquín nacido en 1937. «Esto no es ni la sombra de lo que fue; no es que sea decadente, es que está destrozado», afirma en referencia a El Terreno.

«Olvidémoslo, ya hace demasiados años que esto no es lo que era». Quien habla ahora es otra de las instituciones del barrio, el peluquero-poeta –hoy ya jubilado– Xavier Abraham. Revitalizar la zona es casi una misión imposible, explica, teniendo en cuenta que el Plan de Rehabilitación Integral (Peri) del Ayuntamiento ha caído en el olvido y que la empinada cuesta de la Pedrera –sin un solo escalón– es una barrera para que los vecinos del Paseo Marítimo suban a hacer sus recados. «Nadie se anima a abrir nuevas tiendas», afirma Xavier,  ante al mostrador de la farmacia de JoanParera.

Justo enfrente, una oficina de la Banca March y un edificio nuevo ocupan el espacio de lo que fue la majestuosa mansión Parietti, la casa del ingeniero que construyó la carretera de Sa Calobra. Un buen día, cuando ya llevaba años abandonada, las maquinas la borraron de la faz de la tierra con una bola de hierro. Lo peor estaba por llegar.

Tensión en la colmena

30 Ago
  • Los vecinos alertan del incremento de la delincuencia en los edificios Pullman, a raíz del asesinato de un joven
  • Un millar de personas se hacina en pisos de 30 metros cuadrados

«¡Ya sale por la tele!». El grito procede de uno de los balcones del edificio. Los hay a centenares y en este se ve a una mujer morena sacando medio cuerpo por encima de la barandilla. En un momento, el lugar se queda vacío y ya sólo se ve a la gente corriendo, buscando un bar donde ver las noticias.

En los edificios Pullman ayer no se hablaba de otra cosa. El hallazgo de un joven degollado en uno de los pisos estaba en boca de todos. Y la desconfianza en los ojos de muchos.

«Aquí todo el mundo sabe, pero casi nadie dice nada», asegura un cliente de un bar de la zona, en referencia al incremento de la delincuencia en el barrio. Comprobarlo no cuesta demasiado. Nada más salir del local, tres vecinos instalados bajo una sombrilla se niegan a hablar. «¿No entiendes lo que te decimos?», aseguran amenazantes ante la insistencia de la periodista.

Mejor moverse, pues. Al alzar los ojos, el panorama es impresionante. Una mole de ocho pisos muestra a quien la observa un balcón tras otro, cada uno distinto al que le precede. Los hay cubiertos con vidrieras; los hay que no. Los hay con ropa tendida; los hay que no. Los hay con toldo; los hay que no. Y lo mejor: cada uno pertenece a un piso diferente.

No en vano los llaman edificios colmena, término que se utiliza habitualmente en referencia a hoteles reconvertidos en viviendas sin cambiar su distribución interior, que es lo que son los Pullman, situados en el corazón de la barriada palmesana de Cala Major. Se calcula que en la zona -que cuenta con ocho edificios de este tipo, entre los Pullman, los Panamá, el Deyá y el Randa- vive más de un millar de personas, hacinadas en pisos de entre 25 y 35 metros cuadrados.

Los Pullman se construyeron en las décadas de los años 60 y 70, época dorada del turismo en Cala Major, un barrio en el que la población se ha duplicado en la última década y donde destaca enormemente el porcentaje de residentes extranjeros: casi la mitad lo son y sólo una cuarta parte de los vecinos ha nacido en Mallorca. Estos ocho edificios fueron aparthoteles hasta que años más tarde, ya durante la decadencia turística de la zona -que empezó en los 80-, alguien tuvo la genial idea de reconvertirlos en viviendas normales y corrientes, provocando un problema social que no sólo dura hoy en día sino que cada vez va a más. O por lo menos así lo aseguran algunos vecinos.

«Esto es peor que Son Banya», dice Juan. A los pies de los Pullman, un grupo de jóvenes se presta amablemente a hablar con este periódico. Completan la cuadrilla Noemí y un chico muy delgado, al que apodan Chisquito, así como dos muchachos más, de cresta moldeada con gomina y gafas de sol de aviador. Juan lo tiene claro: los conflictos no paran de crecer en el barrio. Y lo ocurrido el sábado viene a confirmarlo. «Es lo más fuerte que he visto aquí», afirma uno de ellos.

De noche, muchos vecinos se refugian en sus apartamentos, ante los gritos que se oyen abajo. Las peleas abundan y las botellas vacías, utilizadas como arma arrojadiza, vuelan muy a menudo. La presencia de la policía es frecuente, muchas veces a causa de problemas familiares en algunos de los pisos.

Al hacinamiento de personas se suman otros muchos factores que son un caldo de cultivo para la degradación de la zona. Uno de ellos es la presencia de espacios comunes sin salida, en los que se acumula la suciedad y que se convierten en lugares de reunión discretos, perfectos para los trapicheos. Algunos se han convertido en aparcamientos, algo que ha dificultado que los propietarios de las viviendas accedan a ceder estos espacios al Ayuntamiento de Palma, con el objetivo de controlarlos, limpiarlos -ahora no puede pasar el camión de Emaya, porque es privado- y comunicarlos entre sí, evitando que se conviertan en culs de sac.

Esta era una de las medidas que incorporaba el Plan Especial de Reforma Integral (Peri) aprobado por el Ayuntamiento de Catalina Cirer y que aún hoy no se ha puesto en marcha. En un principio -así lo especificaba el plan en su aprobación inicial, de 2004- se debían derribar estos ocho edificios y sustituirlos por inmuebles con una densidad de viviendas mucho menor sólo iban a tener cinco plantas. Sin embargo, finalmente, las protestas de los vecinos y también el elevado coste de la operación hicieron desistir al Ayuntamiento, que se conformó con diseñar una Área de Rehabilitación Integral (ARI) que incorporaba la creación de espacios libres públicos, así como instrumentos para aumentar la seguridad y la limpieza en la zona.

Al igual que sucede con Corea, los proyectos del Ayuntamiento para los Pullman se han sucedido uno tras otro sin que ninguno haya acabado por ver la luz. En 2006, el entonces concejal de Urbanismo, Javier Rodrigo de Santos, anunciaba que el plan se paraba hasta 2008, a la espera de recibir ayudas del Gobierno central. Aina Calvo, alcaldesa socialista entre 2007 y mayo de 2011, nunca lo desarrolló. Y difícilmente lo hará ahora el equipo del popular Mateu Isern, ahogado por la crisis económica.

A los pies de los Pullman, el informativo ya ha terminado y Juan regresa del bar, llevando a cuestas a Chisquito.

Corea: el cuento de nunca acabar

29 Ago
  • Isern frena el proyecto de rehabilitación a largo plazo de Calvo

  • Estudia un nuevo plan contando con la «iniciativa privada»

  • Cirer ya quiso derribar el barrio pero fracasó

«El día que nos rebelemos, aquí no entra ni la poli». A algunos vecinos de Corea no les ha sentado muy bien que el Ayuntamiento de Palma se plantee derribar el barrio para construir nuevas viviendas. «¿Y luego qué? ¿Nos envían a Son Banya otra vez?».

Pero como las opiniones siempre son dispares, no faltan los residentes que sí quieren una intervención radical en esta degradada zona de la capital balear, construida entre 1954 y 1955 y en la que viven 568 familias. Habla Mónica, madre de una niña de seis años: «Que lo tiren, esto de noche parece el Bronx».

Y en medio de todos los puntos de vista, los nuevos planes de Cort para la barriada recuerdan a la ciudadanía que hace más de diez años que se plantean soluciones para Corea –una de las primeras es del Ibavi y data de 2000– sin que, de momento, gobierno tras gobierno –y cambio de siglas tras cambio de siglas–, se haya llegado a una solución definitiva con el máximo consenso. «Ya tienen lo que querían, nuestros votos». Ante esta situación, el campo está abonado para el descrédito de la política.

Mateo Isern, actual alcalde de Palma, se presentó a las elecciones prometiendo dar marcha atrás al proyecto de rehabilitación integral de su rival, la entonces alcaldesa Aina Calvo (PSOE), y derribar Corea, un foco de insalubridad y conflictos sociales.

Hoy, su teniente de alcalde de Urbanismo, Jesús Valls, estudia, ya sobre el terreno, la situación. Y se plantea, básicamente, dos opciones: no hacer “nada”, de un lado, o buscar una solución en colaboración con la «iniciativa privada», del otro, según aseguró a este periódico. Esta última alternativa supondría la construcción de «un barrio nuevo» que diera «luz» a la zona.

Y para Valls, la polémica actuación emprendida durante el mandato de Catalina Cirer (PP) en Sa Gerreria «sería ideal», ya que combinó iniciativa privada con asistencia social, si bien también deja claro que aquel proyecto contó con una importante inyección de dinero público, algo que ahora, teniendo en cuenta la situación crítica de las arcas municipales, no se podría hacer. El proyecto en Sa Gerreria también fue ampliamente criticado por algunos sectores, al suponer la destrucción de 14 calles del trazado histórico del casco antiguo.

«Lo que han hecho hasta ahora es sólo un lavado de cara y, además, carísimo». Las tesis de Mónica –en referencia al plan de rehabilitación de Calvo– van en la línea de lo que Valls plantea. La falta de dinero es el argumento que el teniente de alcalde esgrime para descartar la posibilidad de continuar con el proyecto de Aina Calvo, que según dijo, tiene un coste de «más de 40 millones de euros», un plazo de ejecución muy largo y, además, «es tan sólo una mano de pintura que no solventa el problema social de la zona» y que lo «eterniza».

La oposición, por su parte, desmiente estas cifras. Tanto PSIB como PSM-IV-ExM consideran que están «hinchadas» y dejan el coste en «24 millones » y el plazo de ejecución en «ocho años». Además, la coalición econacionalista defiende que el proyecto anterior garantizaba la ausencia de especulación urbanística –un promotor privado siempre querrá obtener un beneficio–, así como la permanencia en las viviendas de las personas que viven en ellas actualmente. Valls responde que, teniendo en cuenta la crisis, difícilmente llegarán las ayudas del Estado con las que los partidos del anterior gobierno municipal cuentan a la hora de hacer cálculos.

En un destartalado bordillo del barrio, un peculiar grupo compuesto por El Nano, Ariza, El Boca, El Cheíto y La Peluca –apodos todos ellos reales– poco sabe de las cifras que plantean unos y otros, si bien sí tiene claro que «este terreno vale un pastón» y que «al final nos desalojarán a todos y no nos van a dar el dinero que corresponde». Junto a ellos, un veterano con aspecto de patriarca critica a los vecinos por permitir que los espacios comunes estén tan sucios, poniendo así sobre la mesa uno de los principales problemas de Corea: el hecho de que estos patios interiores sean privados y, por lo tanto, no entre a limpiarlos el camión de Emaya, amontonándose la basura.

El patriarca lleva, dicho sea de paso, medio bigote izquierdo afeitado y, al mismo tiempo, media barba derecha rasurada. ¿Por qué? Por una promesa: si su mujer se queda embarazada, su rostro volverá a recuperar un aspecto homogéneo.

La degradación de Corea se ha ido incrementando a marchas forzadas en la última década, coincidiendo –es sólo uno de tantos factores– con la llegada al lugar de 20 familias desalojadas de Son Banya. Catalina Cirer (2003-2007) ya quiso demoler el barrio, pero al final tuvo que dejar desierto el concurso con el que pretendía encontrar a un constructor privado para el proyecto, tal y como ahora baraja Isern. Gabriel Oliver, promotor de Sa Gerreria, era quien tenía más papeletas para hacerse cargo de la iniciativa.

En cuanto al proyecto de Calvo, por el momento ya ha dado algunos frutos a los que Isern no dará marcha atrás, por estar adjudicados y en obras: la rehabilitación de dos edificios –en los que semejorará la accesibilidad y se reducirá el número de viviendas– y la demolición de otro más, en cuyo subsuelo se construirá un parking. Laidea era emprender actuaciones similares en el resto de edificios hasta rehabilitarlos todos. Y a medida que se fuera produciendo un relevo generacional, facilitar la llegada a la zona de parejas jóvenes, ajenas a la marginación actual.

¿Y qué dicen los arquitectos? El Colegio respalda la opción de la rehabilitación frente a la de la demolición. Técnicos consultados por este periódico destacan, además, los valores del proyecto que dio origen a Corea, antes de que el barrio se degradara.

Se trata de una iniciativa que tomó como referencia el racionalismo y que fue pionera en su momento, al construir viviendas teniendo en cuenta una densidad y unos espacios públicos sostenibles. El contraste con el resto de edificios de la zona, mucho más altos y con aceras reducidas, es muy visible.

40 años sin agua dulce

23 Ago
  • La piscina de S’Aigo Dolça sigue degradándose sin plan de rehabilitación a la vista

  • Allí se formaron nadadores olímpicos

El agua se cambiaba cada dos días y estaba tan fría que a los nadadores se les ponían los dedos morados. Tomàs era el encargado de vaciar la piscina, limpiarla con un cepillo y llenarla de nuevo con el agua que brotaba de un pozo cercano, el mismo que daba nombre –y se lo da todavía– a toda la zona: S’Aigo Dolça. Eran otros tiempos y entonces no se cuestionaba la conveniencia de tirar cada 48 horas 1.000 metros cúbicos al mar. De la desinfección con cloro, simplemente, ni se había oído hablar.

Viendo el aspecto actual de la piscina de S’Aigo Dolça, cuesta creer que este fuera el lugar donde aprendieron a nadar varias generaciones de niños palmesanos y, aún más, que en sus calles se forjaran deportistas olímpicos. Hoy en día, tras cuarenta años de abandono total, la maleza se ha apoderado del recinto y las baldosas de la piscina están rotas y recubiertas de graffities. Por no hablar de la basura que se amontona por todas partes.

Sin embargo, así fue. Una observación más atenta revela que se trata de una piscina de grandes dimensiones. Todavía hoy son visibles sus cinco calles, prolongándose a lo largo de 33 metros, y su enorme profundidad: entre cuatro y cinco metros en su parte más honda, en la que se zambullían expertos saltadores desde lo alto de un trampolín. En su parte más superficial –de un metro–, los niños más pequeños aprendían a nadar, según explicó ayer a este periódico Mateu Cañellas, miembro del equipo del Club Natación Palma durante los años sesenta.

La piscina, inaugurada en 1941, fue todo un referente durante 30 años, hasta que el Club Natación Palma la abandonó en los años 70 para instalarse en Son Hugo, la primera alberca cubierta con que contó la capital balear. De aquello ya hace 40 años y las autoridades siguen sin saber qué hacer con las antiguas instalaciones, tapiadas recientemente para evitar que fueran ocupadas por mendigos.

¿No podría aprovecharse este patrimonio para algo?Es lo que se preguntan los vecinos de El Terreno y Son Armandans, que han visto como los proyectos municipales de reconstrucción –el solar es propiedad del Ayuntamiento– pasaban de largo, uno tras otro, sin llegarse a materializar nunca. El último, en el marco de un proyecto mucho más ambicioso: el Plan Especial de Rehabilitación Integral de El Terreno, alumbrado por el equipo de Catalina Cirer (PP) y que finalmente fue aplazado. La socialista Aina Calvo lo paralizó por falta de presupuesto y tres cuartos de lo mismo –a juzgar por las fuentes municipales consultadas ayer por este periódico– va a pasar con el gobierno del popular Mateu Isern.

«Vamos a seguir batallando para que la rehabilitación de la piscina sea una realidad», asegura Àngel Domènech, presidente de la asociación vecinal de El Terreno. Cirer tenía previsto que el solar albergara un equipamiento deportivo para estas dos barriadas, que en la actualidad no cuentan con ninguna oferta pública de esta clase.

«Sería todo un revulsivo para la zona», asegura Domènech, que reclama el derecho de los vecinos de El Terreno ySon Armadans a tener «un barrio digno y habitable». La piscina se halla justo al final de la cuesta de S’Aigo Dolça, frente a clubes de top less y muy cerca también de la destartalada escalera que une esta zona con la calle Joan Miró. Un parking colindante da acceso a los aledaños de la piscina, llenos de restos de botellón y de basura.

Si el proyecto viera la luz, la piscina tal vez volvería a ser un referente en la zona. Explica Mateu Cañellas que S’Aigo Dolça fue mucho más que un centro deportivo: era un auténtico núcleo social. Y no sólo de esta área de la capital balear, sino de la ciudad entera. En sus gradas y en su bar se reunía gente de todas las edades. Y las fiestas de agosto eran todo un acontecimiento, a lo largo del cual cien nadadores competían para ver quien nadaba más rápido cien metros.

La piscina también acogió campeonatos de España y encuentros internacionales, en los que destacaron varios nadadores locales. Sin embargo, a medida que fueron pasando los años, los mallorquines se fueron quedando atrás. El motivo: el resto de lugares tenían piscinas cubiertas, mientras que en Palma sólo se podía entrenar los meses de verano. Toda una desventaja. De ahí que el Club se trasladara a la nueva piscina de Son Hugo en los años 70, unas instalaciones que tiempo más tarde serían sustituidas por las actuales.

El responsable de gran parte del éxito de S’Aigo Dolça fue el matrimonio compuesto por Rafael Escalas y Linita Bestard, padres de los hermanos Escalas, dos nadadores que cosecharon importantes éxitos deportivos y que también aprendieron a nadar en esta piscina. Rafael dirigía los cursillos gracias a los cuales muchos niños de Palma aprendieron a nadar y desarrollaron una gran afición por la natación.

Hoy, la que un día fuera una  luminosa piscina está rodeada de altos hoteles que le roban los rayos solares. Trayendo ecos del pasado, todavía están en pie las gradas donde hace décadas pudieron presenciarse vibrantes carreras. El agua dulce a diez grados de temperatura –que en realidad era salobre– no volverá, pero tal vez sí el espíritu deportivo.