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De barrio marinero a ‘soho’ urbano

21 Mar
  • Santa Catalina se pone cada vez más de moda y cambia su tejido tradicional por nuevos comercios y vecinos
  • Los extranjeros de la UE pasan del 5 al 12% en seis años
  • En sus calles hay más actividad económica pero los precios de alquileres y productos suben

Once de la mañana. Santa Catalina. Dos mujeres se sientan en una terraza en el arranque primaveral. Nada demasiado excepcional si no fuera porque una de ellas lleva una cabra de una correa. Sí, una cabra. Como si fuera un perro. La mascota se llama Fondant. «Como el chocolate», aclara su dueña.

El paseante difícilmente podrá encontrar algo parecido en otra zona de Palma. Santa Catalina, tradicional barrio marinero con una personalidad muy característica, se está convirtiendo a pasos agigantados en otra cosa. Un barrio mestizo y de moda donde señoras mallorquinas con carro de la compra se cruzan con suecas modernas vestidas a la última. Las fachadas se embellecen, los bares y restaurantes se multiplican, los comercios tradicionales desaparecen y cada vez son más los que dicen que Santa Catalina es el soho de Palma. ¿Lo es?

La terraza de El Perrito, bar regentado por suecos, es un ejemplo de la transformación del barrio (Fotos: Pep Vicens)

Ahmet Senoglu cree que va camino de serlo. Este turco afincado en Santa Catalina desde hace diez años regenta junto a su mujer, que es sueca, la inmobiliaria Mallorca Fastigheter, responsable de una parte importante de la rehabilitación y compraventa de viviendas en la barriada. Para él, Santa Catalina es un lugar lleno de posibilidades para el negocio inmobiliario. En sólo una década, un ático ha pasado de valer 200.000 euros a un millón. Vende sobre todo a extranjeros (suecos y alemanes), aunque entre sus clientes también hay mallorquines jóvenes.

«Es un lugar con mucho mestizaje, donde puedes encontrar artistas y marineros australianos, mucho más abierto que el casco antiguo y con un mercado que ejerce de corazón o núcleo», explica. Y concluye: «Nuestra idea es hacer del barrio un soho como el de Nueva York».

Una clienta de un bar pasea una cabra con correa

La transformación de Santa Catalina recuerda mucho a un fenómeno que viene produciéndose en las últimas décadas en muchas ciudades de Europa y que se conoce como gentrificación (del inglés gentrification). Barrios tradicionalmente populares y trabajadores se ponen de moda, se rehabilitan y cambian a sus antiguos residentes –que no pueden asumir los elevados alquileres y el encarecimiento de la vida– por nuevos vecinos de clases medias y altas, fundamentalmente jóvenes. Por el momento, los andamios ya pueblan Santa Catalina, dejando una estela de bellas fachadas multicolor. Y es una zona que está, indiscutiblemente, de moda –ahí están para demostrarlo los restaurantes multiculturales de la calle fábrica o las tiendas de ropa vintage–.En cuanto al éxodo del vecindario tradicional, aún no se ha producido de forma masiva.

Lo que sí se ha dado, en cualquier caso, es la llegada de nuevos residentes. Santa Catalina siempre ha sido un lugar de acogida, pero en los últimos años se está incrementando de manera significativa el desembarco de habitantes de la Unión Europea, especialmente italianos y alemanes. Así lo demuestran los datos del censo municipal: mientras que en 2006 los residentes comunitarios representaban el 4,9% del total de habitantes en el barrio, en 2012 ya son el 12,1%.

Andamios en una fachada en proceso de rehabilitación

La transformación de Santa Catalina estimula sin lugar a dudas la economía en época de crisis –19 inmobiliarias trabajan en la zona, algunas con locales en el propio barrio, muchos extranjeros invierten en propiedades y negocios y la rehabilitación de fachadas supone una salida para el maltrecho sector construcción–, pero también tiene su cara b. Su lado oscuro. Sólo en el último año han cerrado tres comercios tradicionales, que han sido sustituidos por locales de restauración. Otros tres están a punto de bajar definitivamente la barrera.

Así lo explica Albert Herranz, escritor, historiador y cataliner hasta la médula. «Está muy bien que Santa Catalina sea valorada y que mucha gente apoye su conservación, pero para mí se está vaciando el barrio de contenido», explica, para añadir que «estaría bien que la gente que se llena la boca diciendo que Santa Catalina es el soho de Palma fuera un poco más allá de las postales e identidades falsas que da la modernidad y se fijara en lo que realmente es: algo más que un lugar donde salir de marcha». Según su punto de vista, los dueños del barrio acabarán siendo como aquellos que «compran un caballo por el color pero que no saben ni su nombre, ni cuánto corre».

Ahmet Senoglu regenta una inmobiliaria en el barrio

Nicky nació en Ciudad del Cabo (Sudáfrica) pero lleva diez años en Santa Catalina, donde regenta una librería de segunda mano. Asegura que hay «mucho movimiento» y se queja de la desaparición de comercios tradicionales, así como de la subida del precio de los alquileres. Muy cerca de su tienda, el mercado está repleto de gente. Maria, catalinera de toda la vida, afirma que «la vida está carísima» y da gracias de residir más allá de la calle Fábrica, donde no llega el «bullicio». Sin embargo, las inmobiliarias ya empiezan a trabajar en la parte alta del barrio, extendiendo la nueva Santa Catalina. Para lo bueno y para lo malo.

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/03/18/baleares/1332067160.html

Ganarse el pan con el grafiti

4 Mar
  • Un joven mallorquín crea una empresa de pinturas a espray por encargo

  • Empezó su carrera haciendo murales en las calles

Diego Rivera hacía murales para explicar al pueblo mexicano la historia de su país. Las pinturas, de gran tamaño, solían situarse en lugares públicos, de manera que el arte fuera accesible para todos, independientemente de su condición económica o social. Un siglo más tarde, en cierta manera –atendiendo a su carácter público–, el muralismo mexicano tiene un heredero en las calles de occidente: el grafiti.

Enrique del Río ha estado varias veces en México, haciendo exhibiciones de grafiti y pintura con espray. Se formó artísticamente en las calles de Palma, como tantos otros chavales que deciden empuñar un aerosol para expresarse y dar color a las paredes abandonadas de la ciudad. En su caso, además, ha hecho de su afición toda una profesión. Desde hace cuatro años –y de manera especialmente intensa en los últimos seis meses–, se dedica a hacer pinturas con espray por encargo. Barreras de comercios, interiores de cafeterías, habitaciones para niños, furgonetas… Cualquier soporte es válido para este joven de 27 años, a quien no le falta el trabajo. «A día de hoy me puedo ganar el pan», explica.

Enrique del Río, junto a su creación para Can Frasquet (Fotos: Cati Cladera)

«El arte mural se valora poco», asegura Enrique, que destaca la complejidad de este tipo de pintura, sobre todo teniendo en cuenta los grandes tamaños con que trabaja. Además, también resalta el hecho de que sea un arte «cercano a la gente» y cuya contemplación es «gratis». Desde su «humilde posición», intenta quitar las connotaciones negativas de la pintura con aerosol. «Una pared tiene mucho más valor si le das color; si es algo agresivo, siempre puedes pintar encima», afirma, al tiempo que aclara que «nunca lo haría sobre piedra».

No siempre puede expresarse con total libertad. Lo suyo no deja de ser un trabajo y, como tal, muchas veces está sujeto a la voluntad de la persona que le hace el encargo. Sin embargo, en ocasiones le dejan a sus anchas y es entonces cuando surgen las mejores obras. Es el caso de la barrera de la histórica pastelería palmesana de Can Frasquet, situada en la Plaça del Mercat, en la que Enrique ilustró con llamativas gamas de verde la recolección del cacao.

De hecho, esta pintura fue todo un revulsivo para su carrera. La hizo en junio del año pasado y, desde entonces, su empresa (aerosolwork.com) ha ido cada vez a más. El pub La suite, Multiópticas, la guardería Sol Solet y el velódromo PalmaArena son algunos de los espacios que le han hecho encargos en los últimos tiempos.

Enrique recoge ahora los frutos después de haberse esforzado mucho en darse a conocer por internet y puerta por puerta. Por ejemplo, en el caso de Can Frasquet, entró un día en la tienda ofreciendo sus servicios. «A los propietarios normalmente no se les pasa por la cabeza esta posibilidad, y si se les pasa no saben dónde buscar», aclara.

Obra en una cafetería

¿Qué es lo que persiguen los comercios que deciden pintar sus barreras? De un lado, hacer publicidad en las horas en que el local está cerrado, ya que pocas veces el paseante repara en el letrero; del otro –y no es menos importante–, evitar que grafiteros con mal gusto ensucien las vallas. Una vez bautizadas, es más complicado que alguien pinte encima.

El trabajo publicitario no se para y hoy, igual que antes, Enrique sigue enviando montones de e-mails, participando en exhibiciones y haciendo contactos. «Si no te mueves, es imposible», aclara. Como fruto de esta dedicación, la semana que viene tiene un importante encargo en Madrid. «Será de unas dimensiones parecidas a las de Can Frasquet», avanza. Con anterioridad, el joven artista viajó a Málaga y Lanzarote para trabajar.

Como todo empresario, nota la crisis, pero es optimista. «Hay mucha gente que te dice que no porque no tiene dinero, pero yo creo que siempre hay personas con posibilidades».

El día del reportaje –ayer– es sábado y un músico callejero habitual toca temas de Bob Dylan junto a Can Frasquet. Tal vez los mismos que un vecino difundía por la ventana cuando Enrique pintaba el mural de la pastelería.

El mercado congelado en el tiempo

28 Feb
  • El Mercat des Tenis lleva siete años cerrado pero se conserva en perfecto estado, a la espera de un comprador
  • Cada semana un operario lo limpia y lo mantiene
  • La crisis y sus grandes dimensiones complican la venta

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Como el soltero que espera tener una noche de suerte, él se viste con sus mejores galas cada semana. Limpieza general, revisión de los detalles y todos los recursos a punto. Pero nada. La oportunidad nunca termina de llegar.

El Mercat des Tenis lleva siete años cerrado. Siete años en venta, a la espera de un comprador difícil de encontrar. No sólo es la crisis –que también–. Es sobre todo la dificultad de encontrar a alguien que quiera hacerse con todo de un golpe. No vale con un par o tres de paradas. Eso no sirve. Es el todo o nada. Y claro, la cosa está complicada, más con los tiempos que corren.

Pero los propietarios –es un mercado privado– no tiran la toalla. Cada miércoles a las cinco de la tarde, limpian el local y lo dejan como una patena. Puntuales como un reloj, pagan todas las tasas; los permisos están operativos; el pago de suministros, al día; y por las rendijas no se cuela ni un solo insecto. No sea que el día menos pensado se presente el comprador y les pille en un renuncio. No, tiene que estar todo perfecto y preparado. Y vaya si lo está.

Juan limpia el mercado como cada semana (Fotos: Jordi Avellà)

«Tienes que acostumbrarte para no volverte loco». Juan es el encargado de limpiar el mercado y controlar su mantenimiento cada semana. Ya lo hacía durante los últimos cinco años en que estuvo en funcionamiento. Luego, una vez cerró, continuó con su labor. «Son muchas horas de soledad».

Como las míticas estaciones de tren fantasmas –lugar recurrente en el cine de súper héroes y ciencia ficción–, el mercado se ha quedado congelado en el tiempo, con todos los objetos tal y como estaban el último día en que abrió. Los carros se encadenan en tres renglones, las paradas conservan intactos sus aparadores y sus letreros –todos verdes, todos iguales– y las cámaras frigoríficas parece que aún estuvieran funcionando.

En uno de los puestos, una botella de cava «brut reserva» espera a ser descorchada. Hay tupperwares vacíos apilados en los estantes. Y botes con clavo, albahaca, orégano y colorante alimenticio. En algunos, incluso puede leerse el precio: «Almendra molida (1/4), 450 pesetas».

Pero aquí, al contrario que en las estaciones fantasma donde se esconde el asesino, no hay polvo, cadáveres ni fluorescentes a punto de fundirse. Juan es el guardián de la memoria del mercado y lo mantiene todo en perfecto estado. Tanto, que da la impresión de que fuera a abrir al día siguiente. Tal cual.

Interior intacto de una de las paradas

«Ha habido muchos intentos de venderlo, pero nunca se ha conseguido». Quien habla ahora es José Martínez, antiguo encargado del mercado y propietario a día de hoy de una frutería en su parte exterior. Durante 22 años trabajó en el interior del establecimiento, de 56 paradas.

El mercado abrió sus puertas en 1978 y cerró después de una década entera de malas ventas, conflictos y quiebra en cadena de los puestos. En la actualidad, está en manos de una veintena de propietarios.

Esta circunstancia –el hecho de que haya tantos dueños– complica la venta, ya que el eventual comprador tendría que ponerse de acuerdo con todos ellos. A ello se suma la enorme superficie del local, así como la necesidad de adquirir todo el conjunto en caso de querer impulsar alguna iniciativa empresarial. «Tendría que ser una gran superficie de alimentación o algo por el estilo», aventura José.

Juan rasca en el suelo una mancha de humedad y deja las baldosas relucientes. En el techo, los ultrasonidos alejan a las cucarachas. Una balanza electrónica –llave incluida– espera a que alguien pese un kilo de algo. Pero tampoco será hoy.

Palma también se peina ‘a lo afro’

5 Feb
  • Benedicta regenta desde hace ocho años una peluquería nigeriana

  • Tiene clientes de todas las nacionalidades

«Pero, Benedicta, ¿dónde está tu pelo?». La pregunta genera un gran revuelo en la peluquería. La propietaria ha concedido una entrevista a un periódico –este periódico– y no luce peinado alguno. Fallo. Pero está en el lugar adecuado para solucionarlo. Sin pensárselo dos veces, agarra una peluca de la pared –una «peluca bonita»–, se la coloca en un abrir y cerrar de ojos, se peina con energía frente al espejo y se gira sonriendo a la cámara: «Así mejor, ¿no?».

La peluquería Ebony (Fotos: Cati Cladera)

Benedicta nació en Nigeria, pero hace trece años decidió mudarse a Palma. Al llegar a la isla no lo dudó un instante: sería peluquera, al igual que en su país. Dicho y hecho, abrió un salón de belleza en las desiertas Galerías Velázquez, a las que aporta colorido, algo de movimiento e intercambio cultural. El comercio se llama Ebony, lleva abierto ocho años y, por suerte, nunca la falta trabajo. Ni siquiera ahora, con la crisis.

La suya es, obviamente, una peluquería nigeriana, con los productos y complementos necesarios para peinar a una clientela de pelos rizados, encrespados y rebeldes. Pero, sin embargo, poco a poco el público se ha ido ampliando hasta abarcar a gente de todas las nacionalidades. Lo que más abunda, en cualquier caso, son las dominicanas, ecuatorianas, peruanas, colombianas y –obvio– nigerianas.

«Glycerine oil». Los estantes de productos de belleza no tienen fin. Apilados unos junto a los otros, todos tienen en común a una persona de raza negra en el exterior de la caja. Benedicta los pide por internet a Estados Unidos y Francia –tardan de dos a tres semanas en llegar– y tienen mil y una finalidades:sirven para alisar, dar brillo, formar rastas y teñir el pelo, entre otras muchas funciones. También hay aceites corporales y otros productos de belleza.

Benedicta peina a una clienta

«Nuestro pelo es muy fuerte, muy rizado», explica la peluquera, que a la llegada de este periódico está ocupada cardando el cabello a una clienta –es decir desenredándolo, separándolo y peinándolo–. En muchas ocasiones, sin embargo, las africanas –o las mujeres de origen africano– optan por llevar el pelo muy corto y hacerse extensiones o ponerse peluca. La utilización de cabelleras ajenas, al contrario que en la cultura occidental, no es una práctica reservada al teatro, las drag-queens o las medidas de emergencia ante una enfermedad –como la pérdida de cabello por un tratamiento contra el cáncer–, sino que está incorporada con total normalidad a la vida cotidiana. De ahí que Benedicta, ante la presencia de este diario –y ante el comentario de una amiga–, decida colocarse una peluca como quien no quiere la cosa. «Me quité el pelo hace dos días y mucha gente entra y no me reconoce», explica entre risas y gesticulando de manera muy enérgica con las manos.

Victoria, una niña con pocos meses de vida, duerme en un rincón de la tienda. Benedicta tiene cuatro hijos, de los que Victoria es la pequeña. «Con ella he cerrado la fábrica», asegura risueña. Quería una niña –los tres anteriores son varones– y ya la tiene. Ahora se terminó.

En el otro extremo de la peluquería está otro de sus hijos, tranquilamente sentado. Suyos son los garabatos azules –a bolígrafo– que decoran una de las sillas blancas del establecimiento. Se trata de un amplio local con suelo de parquet y paredes recubiertas con botes, pelucas y largos mechones de pelo. Estos últimos merecen una descripción detallada. Rubios, morenos, lisos y rizados, los hay tanto sintéticos como naturales. Y se nota la diferencia. No sólo en el tacto, sino –por lo visto–, en la calidad. Unas extensiones de cabello natural pueden durar de cinco a siete años –hay que recolocarlas cada tres meses–, mientras que las artificiales se tienen que poner nuevas cada vez.

La peluquera muestra unas pelucas a una clienta

Pero una cabellera natural es toda una inversión. Cien gramos de pelo auténtico cuestan entre 50 y 140 euros. Los tipos de cabello más solicitados son los rizados y los platino. Estos últimos –el color es natural– son los más caros: 140 euros. Al palparlos, uno no puede evitar pensar qué chica habrá decidido renunciar a su melena por cobrar unos euros. Imposible saberlo, porque a Benedicta se los traen de Madrid.

Es sin lugar a dudas un buen local. Y el volumen de trabajo, que oscila según el día, le permite a esta peluquera pagar el alquiler, los impuestos y las declaraciones de la renta, que no es poco. Junto a Benedicta, trabajan en la peluquería tres de sus siete hermanos –el resto se quedó en África– y la tienda tiene un indiscutible aire familiar y de barrio.

También tiene un aroma muy étcinco, claro. Al llegar a la peluquería, varios nigerianos miran un álbum de fotos que parece ser el recuerdo de un gran festejo. Al intentar tomarles fotografías, huyen por la vistosa puerta naranja. La televisión, que reproduce videoclips de los años 80 y 90 (We are the world, we are the children, Sacrifice, Everything I do, I do it for you) no hace más que completar el pintoresco conjunto, en el que tampoco hay que pasar por alto el aparador, literalmente forrado de centenares de pequeñas fotografías de peinados.

¿África o Palma? Tal vez ninguna de las dos. O las dos a la vez.

El arte de envolver para enviar a cualquier rincón

4 Feb
  • La Expeditiva lleva 110 años haciendo paquetes junto a Correos

  • Ha embalado capós de coche, urnas funerarias, huevos y motos

¿A quién recurre un turista que acaba de encapricharse de dos grandes tinajas de barro y quiere enviarlas a su casa, en Australia? Parece una misión imposible, pero no. Palma cuenta con una tienda especializada en embalajes y envíos a cualquier parte del mundo. Se llama La Expeditiva y da igual cuál sea la naturaleza del objeto a mandar: su responsable, Pepa Miralles, se lo toma como un reto y pone todo su empeño en que el paquete llegue en perfecto estado a su destino. Sea lo que sea. Vaya a donde vaya.

Rollos de papel burbuja y papel de embalar (Fotos: Pep Vicens)

La cosa resulta aún más sorprendente cuando se sabe que el comercio lleva 110 años abierto y que es uno de los más históricos de la capital balear. Por La Expeditiva han pasado los paquetes que las familias mallorquinas mandaban a sus hijos cuando estaban en el frente; La Expeditiva se ha hecho cargo de empaquetar el calzado que se exportaba a la Península, durante la época de esplendor de la industria mallorquina de la piel; las monjas recurrían a La Expeditiva cuando mandaban ropa y medicina a las misiones en África y Latinoamérica; La Expeditiva montaba cadenas humanas para llevar los paquetes desde su oficina –situada junto a Correos– hasta el puerto, donde se embarcaban rumbo a toda clase de destinos, a veces exóticos, otras no tanto. «No teníamos tiempo de descansar», rememora Pepa desde el interior de la tienda, que con sus enormes rollos de cartón y papel burbuja y sus básculas y mapas antiguos es sin lugar a dudas una de las más pintorescas y vistosas de Ciutat.

Pero los tiempos cambian y eso Pepa lo sabe muy bien. De los seis o siete dependientes que tenía la tienda, hoy sólo ella –y esporádicamente una segunda persona– trabaja en La Expeditiva. No hay suficiente trabajo y la familia, que tiene otros negocios en un local anexo, conserva la tienda más por motivos sentimentales que por otra cosa. Todo está como estaba –incluso la pequeña repisa en lo alto con una reproducción de San Pancracio– y si hay un encargo, por supuesto, Pepa lo lleva a cabo.

El día del reportaje, por ejemplo, el reto es embalar un cuadro. Pero tan sólo unos días antes ha habido pedidos más interesantes –o por lo menos más curiosos–, como el de una chica que está haciendo un erasmus en la antigua Yugoslavia y se acaba de mandar hacia allí treinta kilos de comida para estar bien surtida cuando llegue a su destino. O también el de un cliente que ha enviado a Menorca y Barcelona una caja llena de productos de matances.

Pepa se hizo cargo del negocio hace 16 años, cuando su padre falleció y los pocos dependientes que quedaban se jubilaron –todo coincidió en la misma época–. Desde entonces, se ha dedicado al oficio con pasión –«me encanta, cada día se trata de algo nuevo», afirma–. De todo este tiempo, atesora un álbum de fotos con los objetos más extraños que ha tenido que embalar. Desde dos capós de coche –«uno verde y uno rojo», detalla– a una moto, pasando por lámparas de Gordiola y las ya mencionadas tinajas de barro del turista australiano. También ha enviado urnas funerarias e, incluso, huevos. Sí, huevos.

Fachada de la tienda

Queda claro, pues, que lo suyo es conseguir que los objetos más delicados –e insospechados– lleguen a su destino en perfecto estado. «Yo sé cómo son los transportistas», explica Pepa, que procura dedicar el mismo «cariño» a todos los objetos que le traen. «Todo el mundo quiere que sus cosas lleguen bien», aclara. Ella los empaqueta y luego, si el cliente lo desea, le proporciona una empresa para transportarlos –ya sea la pública Correos o una agencia privada–.

¿Quién no ha necesitado alguna vez embalar un paquete? Parece un servicio muy útil, pero el negocio no funciona. ¿Qué es lo que ocurre? Pepa lo atribuye a diversos factores, entre los que destaca el gran encarecimiento del transporte a causa de la subida del precio del petróleo. La gente sólo envía aquello que es estrictamente necesario, porque es demasiado caro –ellos llevan seis años sin subir los precios, pero no ocurre lo mismo con los transportistas–. Luego está el surgimiento de las empresas multinacionales de paquetería, que se comen el mercado. Y por encima de todo, la transición a una nueva era, donde en Mallorca ya no hay turistas de gran poder adquisitivo que envíen a Alemania y Estados Unidos grandes paquetes con tela de llengües y platos de loza. Unos nuevos tiempos que han dejado a La Expeditiva –antaño situada en un lugar de paso– en medio de una calle silenciosa y adoquinada donde los pilones impiden parar en coche a descargar.

Quién se lo iba a decir a Bartolomé Miralles Vidal, abuelo de Pepa y fundador de La Expeditiva, cuyo rostro aún cuelga de una de las paredes de la tienda, en una orla de la promoción 1890-91 del Instituto Balear. Con él empieza la historia, que es a partes iguales curiosa y costumbrista. Resulta que quería mandar un par de ensaimadas a Barcelona y le pusieron tantos problemas –lo consiguió al tercer intento– que pensó: si esto es tan complicado, voy a montar un negocio para facilitar las cosas. Y vaya si lo hizo.

Pepa Miralles pesa unos libros

Hoy poco queda de aquello, pero La Expeditiva sigue siendo el único comercio de España –así lo afirma Pepa– especializado en el embalaje de paquetes. También es un punto de encuentro y el lugar al que algunos vecinos acuden para controlarse el peso. Entran y se encaraman a su enorme báscula roja, cuya gran aguja oscila con elegancia entre los kilos y los gramos. Pepa anota el resultado y les hace un seguimiento, prolongando así, un poco más, la historia de La Expeditiva en el tiempo.

La guerra del oro

25 Ene
  • Las tiendas de empeños colocan ‘cazaclientes’ en la competencia para arrebatarles las ventas

  • Ya hay al menos 80 sólo en la capital

«¿Cómo puedo abrir una tienda de compraventa de oro?». Está en los foros de Internet. Está en la calle. El oro es la gran bicoca en tiempos de crisis y los comerciantes oportunistas –muchos de ellos sin apenas conocimientos de joyería– se lanzan desesperados hacia él. De un tiempo a esta parte, los locales donde se pueden empeñar piezas del preciado metal han proliferado como setas por la capital balear –al menos ochenta en tan sólo dos años–, a la caza de unos clientes que, en la mayoría de los casos, acaban malvendiendo sus joyas a un precio mucho más bajo de lo que marca el mercado. El motivo, obviamente, la necesidad. Y la causa final, la crisis.

Tienda de 'compro oro' en el casco antiguo (Fotos: Pep Vicens)

«Usureros». Muy enfadado tenía que estar quien decidió escribir esta palabra con espray plateado en el cartel de una joyería de la calle de Sant Francesc, especializada en compraventa de oro. Su propietario, un francés llamado Daniel, insiste en que él es «honrado» y que, al contrario que sus competidores, no truca las balanzas –a la hora de pesar las piezas– ni promete precios desorbitados que luego no puede cumplir. «Antes de cada venta consulto la bolsa», asegura, con su móvil en la mano, al tiempo que mira cómo están las cotizaciones.

Pero no todo el mundo está de acuerdo. Los comerciantes del oro se acusan los unos a los otros de estafadores, al tiempo que se lanzan a la Policía cada vez que se encuentran a comisionistas robándoles clientes en la puerta. Porque eso es lo que está ocurriendo, sobre todo en las inmediaciones de Sant Francesc: varias personas se plantan cerca de una casa de empeños y al cliente que va a entrar le ofrecen el oro y el moro –nunca mejor dicho– por cambiarse al local de al lado. Luego, se quedan con la diferencia y el comerciante acaba cobrando el mismo precio. Un importe, por otra parte, muy alejado del que aparece en la bolsa.

¿Y por qué Sant Francesc? Básicamente, porque allí es donde está el Monte de Piedad de Sa Nostra, el lugar donde se pueden pedir préstamos dejando las joyas en depósito y en cuya puerta también se colocan los comisionistas. Este suele ser el trato más ventajoso para los clientes, que, sin embargo, acaban muchas veces por caer en las redes de las tiendas de compraventa, tan necesitados como están de dinero rápido.

Con todo, a la Policía Nacional se le está generando un volumen de trabajo –es decir, de denuncias– ingente en los últimos meses. Y no es un campo fácil, ya que es complicado demostrar a quién pertenecen los comisionistas. La tienda de Daniel, Partouche, acumula ya varias multas por colocar a captadores de clientes en las puertas de otros comercios. «No es verdad que vayan de nuestra parte», insiste este joyero, quien afirma ser gemólogo y tener 20 años de experiencia en el campo.

Instrumentos para comprobar la autenticidad del oro

No se necesita tanta formación para abrir una tienda de compraventa de oro –muchas de ellas son, de hecho, franquicias de este negocio como podrían serlo de cualquier otra cosa–. Sólo una puerta blindada, una caja fuerte y ciertos conocimientos e instrumentos para comprobar la autenticidad del oro. Son estas herramientas las que, el día del reportaje –ayer–, sirven a Daniel para desechar la vistosa cruz que una mujer le acaba de traer para empeñar: «Es chapada en oro, no se la puedo comprar».

Lo que hace es, en primer lugar, rascar la superficie de la joya sobre una piedra rectangular en la que el metal queda marcado. Luego, saca un pequeño bote con un pincel adherido al tapón y unta el líquido sobre la marca. Si desaparece no es oro; si permanece, sí. Finalmente, se pesa y se fija un precio. Dependiendo de la tienda, el resultado de la balanza –en teoría homologado– puede variar bastante.

La otra cara del negocio –más allá del cliente o de la tienda intermediaria– es el inversor. Ante la escasa estabilidad de las propiedades inmobiliarias o de las acciones, las personas que buscan colocar cantidades grandes de dinero se inclinan últimamente por el oro, cuyo precio oscila muy poco. Según kitko.com, la página web que muestra los precios en tiempo real, un kilo de oro de 24 quilates está a 41.257,38 euros, lo que coloca el gramo en 41,2 euros. Y las casas de empeño suelen ofrecer cantidades que, cuando son reales, rondan los 25 euros.

Como dice un experimentado comerciante turco del casco antiguo, «el oro es sucio». Proverbio para tiempos canallas.

El tupido universo de Ca Don Pau

12 Dic
  • La ferretería La Central de Santa Catalina lleva 103 años abierta

  • Ofrece toda clase de artículos: desde petróleo a regadoras pasando por cestas y cable eléctrico

En Ca Don Pau «hay petróleo». Eso queda claro nada más entrar. Así lo anuncia un gran cartel, suspendido sobre el mostrador entre decenas de plumeros, cestas y desatascadores. Debajo, Biel y Neus atienden a una clientela variopinta, que va desde la señora del barrio al capitán de barco alemán, pasando por ciudadanos comunes en busca de objetos de cualquier clase, incluso aquellos que ya no se encuentran en ninguna otra ferretería de la ciudad.

¿Para qué debe ser el petróleo?, se pregunta uno. Contrariamente a lo que cabría pensar, no tiene ninguna finalidad naval. La ferretería La Central, popularmente conocida como Ca Don Pau, suele proveer de material a los barcos del Paseo Marítimo –y es lógico, teniendo en cuenta que se encuentra en Santa Catalina–, pero en este caso la utilidad del artículo es mucho más trivial. Tal y como explica Biel Serra, uno de sus propietarios, el petróleo sirve para prender antorchas de terraza y jardín. Nada más.

Biel y Neus, tras el mostrador (Alberto Vera)

Pero no siempre ha sido así. En sus 103 años de historia, Ca Don Pau, sin duda uno de los comercios históricos con más solera de la ciudad, ha vendido mucho petróleo. Y no siempre para antorchas de jardines. No hace tanto, era un artículo de primera necesidad, utilizado fundamentalmente como combustible para estufas. Mediante una bomba con manivela, los dependientes lo extraían de grandes bidones y lo vendían a granel, introduciéndolo en una botella de cristal que el cliente había traído previamente de su casa. El procedimiento era el mismo con el aguarrás, el salfumán o cualquier otro líquido que estuviera a la venta.

Nada que ver con las modernas botellas de plástico reciclable que hoy se acumulan sobre los estantes de la tienda, los mismos que en su día sostuvieron los bidones para vender a granel. Adentrarse en la rebotica de Ca Don Pau es una experiencia sólo apta para personas con gran sentido de la orientación. Un intrincado laberinto se abre paso entre pasillos y habitaciones repletas de objetos hasta el techo, apilados en cajas e identificados con rotulador. «¿No habrá matarratas, no?», pregunta un cliente, que se ha introducido en las entrañas de la tienda seguido de un pequeño y alegre perro negro. «No, hombre no», le tranquiliza Biel».

Recipiente con 'blavet', utilizado para blanquear la ropa

Aquí no hay inventario que valga más allá de la memoria. Y a veces no basta ni con eso. Los objetos se van acumulando y a veces se quedan olvidados en algún rincón, esperando a que alguien los descubra, hallazgos que a veces son felices y hablan de la historia de la ferretería.

Es lo que ocurrió cuando uno de los muebles de la tienda se desplomó, deteriorado por el paso de los años. Entre todo el material, aparecieron varias hojas de eucaliptus y adormidera, herencia directa de cuando el establecimiento era una farmacia. Antes de eso, el personal también había encontrado almendras amargas, cánulas y biberones de vidrio.

El primer propietario de La Central no fue otro que Don Pau, un hombre influyente que regentaba una farmacia en la calle Sant Magí y que un buen día decidió cambiar las recetas magistrales por los tornillos, el petróleo y las herramientas, abriendo una ferretería y droguería algunos números más abajo, en un local situado en los bajos de una casa modernista recién construida. Corría el año 1908 y desde entonces la tienda no se ha movido de sitio.

Lo que sí han cambiado son sus propietarios. Don Pau era soltero y le dejó el comercio a un sobrino suyo que también era soltero. Xisco –así se llamaba el heredero– le legó la ferretería a su sobrina Xisca, quien –adivina, adivinanza– tampoco estaba casada.

Entrada de la ferretería

La ristra interminable de herederos solteros la detuvo Biel Serra, padre de los propietarios actuales, que en 1934 entró como mozo y años más tarde acabaría adquiriendo el local y abriendo algunas tiendas más en los alrededores.

Hoy se hacen cargo del negocio los hermanos Biel y Toni, además de la mujer y la hija del primero y de dos dependientes, la simpática Neus –orgullosa vecina de Es Jonquet– y el inquieto Toniet –«le ves y no le ves», según le describe el jefe–. La crisis les golpea como a todos, pero se van sobreponiendo. «Luchamos para mantener lo que nos dieron, que no es poco», sentencia Biel.

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/12/06/baleares/1323166893.html