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De barrio marinero a ‘soho’ urbano

21 Mar
  • Santa Catalina se pone cada vez más de moda y cambia su tejido tradicional por nuevos comercios y vecinos
  • Los extranjeros de la UE pasan del 5 al 12% en seis años
  • En sus calles hay más actividad económica pero los precios de alquileres y productos suben

Once de la mañana. Santa Catalina. Dos mujeres se sientan en una terraza en el arranque primaveral. Nada demasiado excepcional si no fuera porque una de ellas lleva una cabra de una correa. Sí, una cabra. Como si fuera un perro. La mascota se llama Fondant. «Como el chocolate», aclara su dueña.

El paseante difícilmente podrá encontrar algo parecido en otra zona de Palma. Santa Catalina, tradicional barrio marinero con una personalidad muy característica, se está convirtiendo a pasos agigantados en otra cosa. Un barrio mestizo y de moda donde señoras mallorquinas con carro de la compra se cruzan con suecas modernas vestidas a la última. Las fachadas se embellecen, los bares y restaurantes se multiplican, los comercios tradicionales desaparecen y cada vez son más los que dicen que Santa Catalina es el soho de Palma. ¿Lo es?

La terraza de El Perrito, bar regentado por suecos, es un ejemplo de la transformación del barrio (Fotos: Pep Vicens)

Ahmet Senoglu cree que va camino de serlo. Este turco afincado en Santa Catalina desde hace diez años regenta junto a su mujer, que es sueca, la inmobiliaria Mallorca Fastigheter, responsable de una parte importante de la rehabilitación y compraventa de viviendas en la barriada. Para él, Santa Catalina es un lugar lleno de posibilidades para el negocio inmobiliario. En sólo una década, un ático ha pasado de valer 200.000 euros a un millón. Vende sobre todo a extranjeros (suecos y alemanes), aunque entre sus clientes también hay mallorquines jóvenes.

«Es un lugar con mucho mestizaje, donde puedes encontrar artistas y marineros australianos, mucho más abierto que el casco antiguo y con un mercado que ejerce de corazón o núcleo», explica. Y concluye: «Nuestra idea es hacer del barrio un soho como el de Nueva York».

Una clienta de un bar pasea una cabra con correa

La transformación de Santa Catalina recuerda mucho a un fenómeno que viene produciéndose en las últimas décadas en muchas ciudades de Europa y que se conoce como gentrificación (del inglés gentrification). Barrios tradicionalmente populares y trabajadores se ponen de moda, se rehabilitan y cambian a sus antiguos residentes –que no pueden asumir los elevados alquileres y el encarecimiento de la vida– por nuevos vecinos de clases medias y altas, fundamentalmente jóvenes. Por el momento, los andamios ya pueblan Santa Catalina, dejando una estela de bellas fachadas multicolor. Y es una zona que está, indiscutiblemente, de moda –ahí están para demostrarlo los restaurantes multiculturales de la calle fábrica o las tiendas de ropa vintage–.En cuanto al éxodo del vecindario tradicional, aún no se ha producido de forma masiva.

Lo que sí se ha dado, en cualquier caso, es la llegada de nuevos residentes. Santa Catalina siempre ha sido un lugar de acogida, pero en los últimos años se está incrementando de manera significativa el desembarco de habitantes de la Unión Europea, especialmente italianos y alemanes. Así lo demuestran los datos del censo municipal: mientras que en 2006 los residentes comunitarios representaban el 4,9% del total de habitantes en el barrio, en 2012 ya son el 12,1%.

Andamios en una fachada en proceso de rehabilitación

La transformación de Santa Catalina estimula sin lugar a dudas la economía en época de crisis –19 inmobiliarias trabajan en la zona, algunas con locales en el propio barrio, muchos extranjeros invierten en propiedades y negocios y la rehabilitación de fachadas supone una salida para el maltrecho sector construcción–, pero también tiene su cara b. Su lado oscuro. Sólo en el último año han cerrado tres comercios tradicionales, que han sido sustituidos por locales de restauración. Otros tres están a punto de bajar definitivamente la barrera.

Así lo explica Albert Herranz, escritor, historiador y cataliner hasta la médula. «Está muy bien que Santa Catalina sea valorada y que mucha gente apoye su conservación, pero para mí se está vaciando el barrio de contenido», explica, para añadir que «estaría bien que la gente que se llena la boca diciendo que Santa Catalina es el soho de Palma fuera un poco más allá de las postales e identidades falsas que da la modernidad y se fijara en lo que realmente es: algo más que un lugar donde salir de marcha». Según su punto de vista, los dueños del barrio acabarán siendo como aquellos que «compran un caballo por el color pero que no saben ni su nombre, ni cuánto corre».

Ahmet Senoglu regenta una inmobiliaria en el barrio

Nicky nació en Ciudad del Cabo (Sudáfrica) pero lleva diez años en Santa Catalina, donde regenta una librería de segunda mano. Asegura que hay «mucho movimiento» y se queja de la desaparición de comercios tradicionales, así como de la subida del precio de los alquileres. Muy cerca de su tienda, el mercado está repleto de gente. Maria, catalinera de toda la vida, afirma que «la vida está carísima» y da gracias de residir más allá de la calle Fábrica, donde no llega el «bullicio». Sin embargo, las inmobiliarias ya empiezan a trabajar en la parte alta del barrio, extendiendo la nueva Santa Catalina. Para lo bueno y para lo malo.

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/03/18/baleares/1332067160.html

La chatarra: última salida

14 Mar
  • La venta de metales se ha convertido en un recurso para familias en paro

  • Recolectan en vertederos para sacar unos pocos euros

Siempre queda el recurso de la chatarra, aunque puede que no por mucho tiempo. La venta de metales se ha convertido en los últimos tres años en una salida económica de auténtica supervivencia para familias en paro y al borde del abismo. Se pasan el día rebuscando en los cubos de basura y los vertederos y luego venden lo que han conseguido por unos pocos euros. Cada vez son más, pero el material se vuelve, día a día, peor. Con una legión inspeccionando cada descampado de la isla, la consecuencia es lógica: la chatarra se está agotando.

«Vienen en su propio coche, cargado hasta los topes y con los niños en el asiento de atrás», explica Antonio Pérez, propietario de una de las empresas de reciclaje de metales más importantes de Palma. «A veces piensan que han conseguido algo muy valioso, pero luego resulta que es hierro», añade. Los nuevos clientes no son muy duchos en la materia. Para conseguir una cantidad importante con el hierro haría falta recolectar una tonelada de material. Imposible.

Un empleado barre en el interior de una chatarrería (Fotos: Pep Vicens)

A las once de la mañana, la nave industrial de Antonio bulle ya de actividad. Pequeñas furgonetas de la construcción y, sobre todo, particulares se arremolinan frente a la puerta. Si hace unos años la inmensa mayoría de clientes era empresario, hoy el 80% es gente de a pie que está en el paro. Hay inmigrantes, pero sobre todo son personas nacidas en las Islas. Así lo explica Antonio.

Una montaña de chatarra preside la nave industrial. Cables, radiadores de frigoríficos, ejes de maquinaria y bidones de obra –de esos en los que un mendigo hubiera hecho una hoguera en una película norteamericana–. En otro extremo, centenares de cubiertos de aluminio –de alguien que habrá vendido su cubertería por necesidad–. Y más allá, kilos y kilos de cobre, a veces en tubo y otras en hilo, procedente de cables de electricidad. En un rincón, una clásica tina de zinc, en la que tal vez bañaron a algún niño hace décadas.

Cuando los clientes entran en la nave, lo primero que se hace es separar los materiales y pesarlos en una gran báscula. Cada uno tiene su precio, que oscila según los movimientos de la bolsa. Lo más valioso –de ahí las numerosas noticias acerca de su robo– es el cobre. Entre 4,5 y cinco euros el kilo. Le siguen el latón y el aluminio.

Una vez establecido el peso, un empleado entrega un tique al vendedor, que se dirige a una ventanilla cercana. Puede que él no lo sepa, pero en el mismo instante en que está haciendo cola una cámara ya le está grabando.

Cobre preparado para fundir

Las medidas de seguridad se han incrementado a medida que aumentaban los robos de metales, en especial de cobre. Sin ir más lejos, este periódico se hacía eco el pasado miércoles de la detención de un hombre que fue pillado in fraganti enLlucmajor manipulando una instalación eléctrica. En el interior de su furgoneta se hallaron más de 30 metros de cable de cobre y una farola que acababa de sustraer en las inmediaciones de un instituto.

Metales Pérez escanea el DNI de cada una de las personas que acude a vender. Los datos son remitidos diariamente a la policía. Y en caso de que los agentes se interesen por algún caso en concreto, les facilitan toda la información necesaria.

El tique que el cliente entrega en la ventanilla incluye una referencia que, introducida en el ordenador, indica la cantidad a pagar. Las cifras ponen los pelos de punta. Hay algún que otro importe contundente, pero lo que más abundan son cantidades irrisorias. Diez euros con sesenta céntimos, catorce euros, cuatro euros y medio… «Ayer le dimos a un chico 66 céntimos», explica la hija de Antonio, destinada a la oficina.

Los bajos importes son un claro indicativo de la desesperación de buena parte de los vendedores, que no pueden esperar a acumular algo más de material porque necesitan el dinero –lo que sea– inmediatamente. Los empresarios, por su parte, han dejado de regalar el metal a los chatarreros o a sus peones. Ahora lo llevan a reciclar ellos mismos. «La cosa está muy fea», resume Antonio.

El cliente se marcha a su casa, pero el proceso no ha hecho más que empezar. La empresa de reciclaje tiene un importante trabajo por delante consistente en separar y clasificar la chatarra, prensarla –se forman pequeños cubos de metales retorcidos– y embalarla para enviarla a la península, donde una fundición la retornará a su estado original.

Trabajadores pesan el metal traído por un cliente

La chatarra ha sido un negocio pujante durante los últimos años. Metales Pérez hace 250 compras al día y, después de seis años de actividad, tiene tres naves más haciéndole la competencia en el Polígono de Son Castelló –en total, hay seis empresas desempeñando este trabajo en Mallorca, alguna «semiclandestina», asegura Antonio–. Sin embargo, la compraventa de chatarra «ya va a la baja».

Los grandes tesoros del metal pertenecen al pasado. Las tuberías de los cables eléctricos de cobre se encuentran en instalaciones antiguas. Las casas abandonadas del casco antiguo están ya peladas. Y los vertederos se agotan. Es por ello que algunos ya han decidido empuñar la pala y dirigirse a viejas canteras, esperando encontrar jugosas reliquias enterradas en el polvo.

Ganarse el pan con el grafiti

4 Mar
  • Un joven mallorquín crea una empresa de pinturas a espray por encargo

  • Empezó su carrera haciendo murales en las calles

Diego Rivera hacía murales para explicar al pueblo mexicano la historia de su país. Las pinturas, de gran tamaño, solían situarse en lugares públicos, de manera que el arte fuera accesible para todos, independientemente de su condición económica o social. Un siglo más tarde, en cierta manera –atendiendo a su carácter público–, el muralismo mexicano tiene un heredero en las calles de occidente: el grafiti.

Enrique del Río ha estado varias veces en México, haciendo exhibiciones de grafiti y pintura con espray. Se formó artísticamente en las calles de Palma, como tantos otros chavales que deciden empuñar un aerosol para expresarse y dar color a las paredes abandonadas de la ciudad. En su caso, además, ha hecho de su afición toda una profesión. Desde hace cuatro años –y de manera especialmente intensa en los últimos seis meses–, se dedica a hacer pinturas con espray por encargo. Barreras de comercios, interiores de cafeterías, habitaciones para niños, furgonetas… Cualquier soporte es válido para este joven de 27 años, a quien no le falta el trabajo. «A día de hoy me puedo ganar el pan», explica.

Enrique del Río, junto a su creación para Can Frasquet (Fotos: Cati Cladera)

«El arte mural se valora poco», asegura Enrique, que destaca la complejidad de este tipo de pintura, sobre todo teniendo en cuenta los grandes tamaños con que trabaja. Además, también resalta el hecho de que sea un arte «cercano a la gente» y cuya contemplación es «gratis». Desde su «humilde posición», intenta quitar las connotaciones negativas de la pintura con aerosol. «Una pared tiene mucho más valor si le das color; si es algo agresivo, siempre puedes pintar encima», afirma, al tiempo que aclara que «nunca lo haría sobre piedra».

No siempre puede expresarse con total libertad. Lo suyo no deja de ser un trabajo y, como tal, muchas veces está sujeto a la voluntad de la persona que le hace el encargo. Sin embargo, en ocasiones le dejan a sus anchas y es entonces cuando surgen las mejores obras. Es el caso de la barrera de la histórica pastelería palmesana de Can Frasquet, situada en la Plaça del Mercat, en la que Enrique ilustró con llamativas gamas de verde la recolección del cacao.

De hecho, esta pintura fue todo un revulsivo para su carrera. La hizo en junio del año pasado y, desde entonces, su empresa (aerosolwork.com) ha ido cada vez a más. El pub La suite, Multiópticas, la guardería Sol Solet y el velódromo PalmaArena son algunos de los espacios que le han hecho encargos en los últimos tiempos.

Enrique recoge ahora los frutos después de haberse esforzado mucho en darse a conocer por internet y puerta por puerta. Por ejemplo, en el caso de Can Frasquet, entró un día en la tienda ofreciendo sus servicios. «A los propietarios normalmente no se les pasa por la cabeza esta posibilidad, y si se les pasa no saben dónde buscar», aclara.

Obra en una cafetería

¿Qué es lo que persiguen los comercios que deciden pintar sus barreras? De un lado, hacer publicidad en las horas en que el local está cerrado, ya que pocas veces el paseante repara en el letrero; del otro –y no es menos importante–, evitar que grafiteros con mal gusto ensucien las vallas. Una vez bautizadas, es más complicado que alguien pinte encima.

El trabajo publicitario no se para y hoy, igual que antes, Enrique sigue enviando montones de e-mails, participando en exhibiciones y haciendo contactos. «Si no te mueves, es imposible», aclara. Como fruto de esta dedicación, la semana que viene tiene un importante encargo en Madrid. «Será de unas dimensiones parecidas a las de Can Frasquet», avanza. Con anterioridad, el joven artista viajó a Málaga y Lanzarote para trabajar.

Como todo empresario, nota la crisis, pero es optimista. «Hay mucha gente que te dice que no porque no tiene dinero, pero yo creo que siempre hay personas con posibilidades».

El día del reportaje –ayer– es sábado y un músico callejero habitual toca temas de Bob Dylan junto a Can Frasquet. Tal vez los mismos que un vecino difundía por la ventana cuando Enrique pintaba el mural de la pastelería.

El mercado congelado en el tiempo

28 Feb
  • El Mercat des Tenis lleva siete años cerrado pero se conserva en perfecto estado, a la espera de un comprador
  • Cada semana un operario lo limpia y lo mantiene
  • La crisis y sus grandes dimensiones complican la venta

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Como el soltero que espera tener una noche de suerte, él se viste con sus mejores galas cada semana. Limpieza general, revisión de los detalles y todos los recursos a punto. Pero nada. La oportunidad nunca termina de llegar.

El Mercat des Tenis lleva siete años cerrado. Siete años en venta, a la espera de un comprador difícil de encontrar. No sólo es la crisis –que también–. Es sobre todo la dificultad de encontrar a alguien que quiera hacerse con todo de un golpe. No vale con un par o tres de paradas. Eso no sirve. Es el todo o nada. Y claro, la cosa está complicada, más con los tiempos que corren.

Pero los propietarios –es un mercado privado– no tiran la toalla. Cada miércoles a las cinco de la tarde, limpian el local y lo dejan como una patena. Puntuales como un reloj, pagan todas las tasas; los permisos están operativos; el pago de suministros, al día; y por las rendijas no se cuela ni un solo insecto. No sea que el día menos pensado se presente el comprador y les pille en un renuncio. No, tiene que estar todo perfecto y preparado. Y vaya si lo está.

Juan limpia el mercado como cada semana (Fotos: Jordi Avellà)

«Tienes que acostumbrarte para no volverte loco». Juan es el encargado de limpiar el mercado y controlar su mantenimiento cada semana. Ya lo hacía durante los últimos cinco años en que estuvo en funcionamiento. Luego, una vez cerró, continuó con su labor. «Son muchas horas de soledad».

Como las míticas estaciones de tren fantasmas –lugar recurrente en el cine de súper héroes y ciencia ficción–, el mercado se ha quedado congelado en el tiempo, con todos los objetos tal y como estaban el último día en que abrió. Los carros se encadenan en tres renglones, las paradas conservan intactos sus aparadores y sus letreros –todos verdes, todos iguales– y las cámaras frigoríficas parece que aún estuvieran funcionando.

En uno de los puestos, una botella de cava «brut reserva» espera a ser descorchada. Hay tupperwares vacíos apilados en los estantes. Y botes con clavo, albahaca, orégano y colorante alimenticio. En algunos, incluso puede leerse el precio: «Almendra molida (1/4), 450 pesetas».

Pero aquí, al contrario que en las estaciones fantasma donde se esconde el asesino, no hay polvo, cadáveres ni fluorescentes a punto de fundirse. Juan es el guardián de la memoria del mercado y lo mantiene todo en perfecto estado. Tanto, que da la impresión de que fuera a abrir al día siguiente. Tal cual.

Interior intacto de una de las paradas

«Ha habido muchos intentos de venderlo, pero nunca se ha conseguido». Quien habla ahora es José Martínez, antiguo encargado del mercado y propietario a día de hoy de una frutería en su parte exterior. Durante 22 años trabajó en el interior del establecimiento, de 56 paradas.

El mercado abrió sus puertas en 1978 y cerró después de una década entera de malas ventas, conflictos y quiebra en cadena de los puestos. En la actualidad, está en manos de una veintena de propietarios.

Esta circunstancia –el hecho de que haya tantos dueños– complica la venta, ya que el eventual comprador tendría que ponerse de acuerdo con todos ellos. A ello se suma la enorme superficie del local, así como la necesidad de adquirir todo el conjunto en caso de querer impulsar alguna iniciativa empresarial. «Tendría que ser una gran superficie de alimentación o algo por el estilo», aventura José.

Juan rasca en el suelo una mancha de humedad y deja las baldosas relucientes. En el techo, los ultrasonidos alejan a las cucarachas. Una balanza electrónica –llave incluida– espera a que alguien pese un kilo de algo. Pero tampoco será hoy.

El hotel fantasma del edificio Firestone

15 Feb
  • El proyecto de un establecimiento de cuatro estrellas está parado por la crisis

Para bien o para mal, es una de las estampas de la ciudad. Sus cristales pintados de blanco –repletos de carteles encolados– y sus oxidadas persianas –bajadas desde hace demasiado tiempo– forman ya parte del paisaje urbano. El edificio Firestone lleva abandonado tantos años que para muchos –los más jóvenes– ya nació vacío. Sin embargo, hay proyectos para que deje de estarlo. Si la crisis lo permite, claro.

El edificio Firestone, en la calle Ramón y Cajal (Fotos: Cati Cladera)

La noticia apareció en los periódicos en 2004: el edificio Firestone, abandonado desde principios de los años noventa, iba a convertirse en un hotel urbano de cuatro estrellas –de cuatro estrellas superior, para ser más exactos–. Sin embargo, el tiempo fue pasando y aquel proyecto no llegó a materializarse. Hoy, ocho años más tarde, los ciudadanos se preguntan qué fue de aquella iniciativa.

Este periódico se puso en contacto con el propietario del inmueble, el hotelero Antoni Horrach, quien afirmó que el proyecto está paralizado. En un primer momento, condicionó la construcción del nuevo establecimiento –aprovechando el edificio existente, que sólo es de planta baja– a la consolidación de su cadena (HM Hotels). Luego, fue la crisis económica la que impidió el desarrollo de la iniciativa. Y este es el estado actual de las cosas.

Horrach, cuyo activo más importante es el HM Jaime III, situado en el Passeig Mallorca, no renuncia a levantar el hotel, pero en cualquier caso no llevará a cabo la iniciativa «a corto plazo». «Lo haremos, seguro, pero no ahora», aseguró en declaraciones a este diario.

El edificio Firestone, situado en una zona privilegiada de la ciudad –está en la calle Ramón y Cajal y muy cerca del Passeig Mallorca– pertenece a la familia de Horrach desde hace décadas. Lo compraron a la marca Firestone y luego, durante un tiempo, lo siguieron explotando como taller de mecánica y de reparación y reposición de neumáticos. Luego, el establecimiento cerró y desde entonces ha permanecido así –sólo lo utilizan como almacén y guardamuebles–.

Antoni Horrach, propietario del edificio

A la familia no le han faltado ofertas para alquilarlo o comprarlo. Cadenas de supermercados y otras empresas se han interesado por el jugoso local, que abarca 10.000 metros cuadrados. Pero los Horrach siempre se lo han reservado.

Sin embargo, tener un edificio vacío conlleva sus inconvenientes. En todo este tiempo –como cabría esperar–, se han producido varios intentos de indigentes y okupas por entrar en el inmueble, algo que siempre ha sido atajado por la policía, según relatan los vecinos. Además, las paredes están repletas de carteles y pintadas, un hecho que no contribuye a dar, precisamente, una buena imagen a la zona.

La pregunta es ahora ¿por cuánto tiempo más? La situación económica no invita precisamente al optimismo.

“La crisis es una cuestión de valores, hemos perdido la cabeza”

2 Feb
  • Entrevista a Joan Antoni Melé, subdirector de Triodos Bank

“Estoy hecho un chaval”. La edad no parece pasarle factura a Joan Antoni Melé (Barcelona, 1951). Cuando ya le tocaba empezar a pensar en la jubilación, este veterano del mundo de la banca decidió dejar la caja de ahorros donde trabajaba desde hacía 30 años para embarcarse en un proyecto innovador y arriesgado. Tenía 55 años y su destino fue Triodos Bank, una entidad perteneciente al movimiento de la banca ética y de la que hoy es su subdirector general. Se trataba de desempeñar un trabajo que estuviera de acuerdo con su “conciencia” y sus “valores”. Hoy, está muy satisfecho con el resultado. La banca ética, sostiene, es la alternativa a un sistema financiero “cegado por la codicia”. “Espero que el cambio sea imparable”.

Pregunta.- ¿Qué es Triodos Bank?

Respuesta.- Triodos Bank nace en 1980 en Holanda con una vocación de banco ético europeo. Hoy tiene presencia en cinco países (Holanda, Bélgica, Gran Bretaña, España y Alemania). En España, la primera oficina se abrió en 2006 y en Mallorca, en 2011.

P.- ¿Cuántos clientes tiene en Mallorca?

R.- Entre los que ya están y los que han manifestado un interés firme, tenemos a 3.000 personas. Son muchos en poco tiempo.

P.- ¿A qué atribuye su expansión?

R.-A que la gente ha visto que invertimos en economía real y no especulativa. No entramos en bolsa. Las entidades financieras deben ayudar a la transformación de la sociedad: contribuir a la calidad de vida de la gente, al medio ambiente… Eso no significa que no nos interesen los beneficios. Los necesitamos, pero sólo son para el resultado a final de año.

Joan Antoni Melé, subdirector de Triodos Bank

P.- ¿En qué consiste la banca ética?

R.- Para nosotros lo primero son los valores. Siempre invertimos en sectores que dan un valor añadido a la sociedad. Luego miramos los números y si nos parecen correctos, entramos. Además, actuamos con una transparencia radical. Nuestros clientes saben en qué empresas ponemos el dinero.

P.- ¿En qué empresas invierten en Baleares?

R.- Prefiero no dar nombres concretos, pero en la web pueden verse uno por uno. Afectan a las energías renovables, a la agricultura ecológica, al sector social. Entidades que realmente hacen el mundo mejor.

P.- ¿Y en qué invierten los bancos convencionales?

R.- Ese es el problema, que no lo sabemos. Les tendríamos que preguntar a ellos. Ninguna ley les obliga a la transparencia. La gente se sorprende al ver a qué dedican el dinero. Su criterio ha sido el de hacer negocio y eso es un error. Porque luego se pagan las consecuencias. En cambio, con la banca ética ganamos todos a la larga. Tal vez no ingresemos centenares de millones, pero son suficientes. Hay otras maneras de hacer negocio.

P.- ¿Ese ha sido el problema? ¿Querer siempre más?

R.- Sí. El beneficio no es lo único. Eso nos ha cegado. Hemos caído en especulaciones, se ha vendido humo. El dinero cuesta de ganar cuando el trabajo se hace bien. Ha habido demasiada codicia, no puede ser que se haya especulado con la vivienda. Y no es cuestión del mercado, porque lo cierto es que nosotros estamos en el mercado y nada nos obliga a comportarnos así. Pero por suerte miles de personas están reaccionando, porque si no lo pagaremos con conflictos sociales.

P.- Con la eclosión del movimiento indignado y el crack de la burbuja inmobiliaria, hay mucha gente dispuesta a creerles. ¿No será la banca ética una campaña de marketing?

R.- Eso sería si apareciéramos ahora, pero llevamos en marcha desde los años 80. De hecho, cuando abrimos la primera oficina en España, en pleno auge de la banca, nos tacharon de locos. En todo caso, la situación actual provoca que nos conozca más gente. Es una oportunidad. Espero que el cambio sea imparable, porque no hay alternativa. No podemos volver hacia atrás.

P.- Ante la crisis económica, la reacción política tanto a nivel español como europeo está siendo recortar el gasto de la administración pública. ¿Cómo lo valora?

R.- Son decisiones cuestionables como mínimo. Me resulta sorprendente que se rescaten bancos que luego se compran por un euro. Pero lo que más me preocupa es que no se pongan límites a la especulación. Todo sigue igual, cuando es evidente que la especulación no nos lleva a ningún sitio. Lo que hay que hacer es economía real. Porque para que uno gane a corto plazo, otra gente tiene que padecer. La crisis económica es una cuestión de valores. Hemos perdido la cabeza. O cambiamos a una sociedad diferente o no vamos a ningún sitio. Hay que globalizar la conciencia.

P.- ¿Y cómo se hace eso?

R.- Buscando sistemas que vayan equilibrando la situación. Hay demasiado desánimo, el miedo es un mal consejero, cuando lo cierto es que lo podemos hacer nosotros mismos. Debemos recuperar los valores del esfuerzo, el sacrificio y la honestidad. A pesar de todo soy optimista y creo que las crisis son momentos para plantear cambios globales. Debemos pasar a la acción. Y cada uno puede poner su grano de arena.

Más información sobre banca ética en Baleares: De la indignación al ahorro ético (Reportaje)

Talentos de ida pero no de vuelta

27 Ene
  • Miles de jóvenes con posibilidades abandonan Baleares en busca de perspectivas laborales mejores

  • En cuatro años, 5.000 residentes se han ido a vivir al extranjero

 Se llama Manuel Luna, pero investiga el sol. Y no en un sitio cualquiera. Estudió la carrera de Física en la Universitat de les Illes Balears (UIB) y sus pasos le acabaron llevando hasta Washington D.C. y la NASA. Allí hace modelos matemáticos y simulaciones sobre el comportamiento de las protuberancias solares, que son el origen de la mayoría de las erupciones del astro rey. El pasado domingo se produjo una de estas emisiones, dirigida hacia la Tierra.

Manuel Luna estudió en la UIB y trabaja en la NASA

566 kilómetros más al norte vive Carlos Palenzuela. También físico;también hijo de la UIB. «Cuando miramos al cielo todo lo que vemos proviene de la radiación electromagnética (la luz visible, los rayos X, los infrarrojos…), pero también se generan otro tipo de ondas: las gravitacionales», asegura con pasión a la hora de explicar su trabajo, que en líneas generales consiste en investigar mediante simulaciones numéricas las radiaciones que se producen en las colisiones de agujeros negros y estrellas de neutrones. Lo hace en Toronto (Canadá), a miles de kilómetros de la isla donde nació: Mallorca.

Son tan sólo dos ejemplos de jóvenes cerebros fugados de las islas. Brillantes científicos formados en Baleares que están prestando sus servicios y proporcionando su talento a otro país. Ambos querrían regresar a Mallorca, pero no pueden. «Me gustaría volver con unas opciones dignas», afirma Manuel. «En general, un científico no quiere hacerse rico, pero tampoco malvivir toda su vida», añade Carlos.

Las cifras son claras. Desde que empezó la crisis, casi 5.000 baleares se han marchado al extranjero. Son datos del censo electoral de españoles residentes en el extranjero (Cera). Obviamente, no todos son científicos fugados, pero la inmensa mayoría sí son jóvenes de 25 a 35 años con un alto nivel académico. Así lo asegura en un reciente informe Adecco, entidad internacional experta en recursos humanos.

¿Qué es lo que ocurre? Todas las fuentes consultadas por este diario coinciden: el apoyo que se da en España a la investigación es muy deficiente. Y Baleares no es una excepción. Por mucho que la UIB se empeñe en atraer científicos de otros países y promocionar la investigación, si las políticas públicas no ayudan poco se puede hacer.

Carlos Palenzuela investiga ondas gravitacionales en Toronto

Así se desprende del testimonio de Carles Bona, catedrático de la UIB e investigador. «Los grupos españoles están en primera línea internacional en caché y prestigio», explica. Sin embargo, en España «no se les da ningún tratamiento especial». Una muestra muy significativa de este fenómeno es lo que ocurre con las becas Ramón y Cajal. Una comisión totalmente ajena a las universidades, explica Bona, es quien selecciona a unos candidatos que luego, en muchas ocasiones, no interesan a los propios centros. Es así como en estos momentos hay dos centenares de plazas vacantes que podrían estar siendo ocupadas por científicos españoles que pululan por el mundo y que sí que son del gusto de las universidades. Todo un despropósito y un contrasentido.

Y si no que se lo digan a Carlos Palenzuela, que recientemente publicó una investigación en la prestigiosa revista Science –un hito en su carrera– y ni con esas logró regresar a España en unas condiciones laborales dignas. La UIB lo quería de vuelta, pero nada. «Un joven que termina el doctorado en España le da 20 vueltas a cualquier otro, ya que aquí se dedican cuatro años y no tres a la tesis», abunda Bona. Es por ello que «es muy fácil» que salgan al extranjero. Volver ya es otra historia.

Y tres cuartos de lo mismo ocurre con la medicina. «Baleares es sin duda una de las cinco comunidades más deficitarias en investigación oncológica [contra el cáncer], cuando es la segunda causa de muerte en España». Quien habla ahora es Javier Martín Broto, presidente del Grupo Especializado en Investigación de Sarcomas (Geis). La investigación médica en las islas está en «precario» y dedicarse a ella es una «heroicidad», añade.

Avatâra Ayuso es coreógrafa y bailarina en Dresden (Alemania)

Pero no todos los cerebros fugados proceden del mundo de la ciencia. También los hay de las artes. Avatâra Ayuso, coreógrafa y bailarina formada en el Conservatorio de Palma, acaba de ser nombrada Joven Artista de Sajonia 2012 y prepara varias coreografías desde la ciudad alemana de Dresden (una de ellas es una coproducción entre Los Teatros delCanal de Madrid y el European Center for the Arts Dresden). «¡Ojalá pudiera volver!», afirma. Sin embargo, no le surgen muchas posibilidades de mostrar su trabajo en las islas.

El talento es riqueza, pero no todo el mundo lo tiene claro. Manuel Luna regala una última frase para la reflexión: «En muchos países la investigación es causa y no sólo efecto de la riqueza y yo me pregunto por qué un lugar tan pragmático como Estados Unidos tiene una grandísima inversión pública en este campo».

Léalo en El Mundo / El día de Baleares  http://www.elmundo.es/elmundo/2012/01/27/baleares/1327650314.html