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Margalida: 106 años de historia viva

17 Mar
  • Es la persona más mayor de Baleares
  • Vivió la popularización de la electricidad, la aviación y el coche
  • Fue una mujer emprendedora pero también supo llevar una vida tranquila

Quería casarse más joven, pero tuvo que guardar tres años de luto por su padre, que murió tras regresar muy enfermo de la guerra de Cuba. Suena a historia lejana, pero Margalida Palmer Riutort la cuenta en primera persona y de viva voz. No en vano, es la persona más mayor de Baleares: el pasado día 2 cumplió 106 años.

A lo largo de su vida se han sucedido dos monarquías, dos dictaduras y una república, hasta llegar a la actual época democrática. Margalida las ha visto pasar todas apenas sin moverse de Mallorca, desde su plácida vida como propietaria, junto a su marido, de un café en Son Rapinya y, después, de un colmado en Son Serra. Trabajó «muchísimo», pero sin perder nunca la calma –ni siquiera la guerra rompió eso–. Puede que ahí esté el secreto.

Margalida junto a su única hija en el piso que tienen en la calle Antillón de Palma (Alberto Vera)

Los enormes cambios tecnológicos del último siglo tampoco parecen haberla sorprendido ni agitado demasiado. «La corriente», asegura, cuando se le pregunta cuál es el invento que más le llamó la atención. A lo largo de su existencia, se popularizaron no sólo la electricidad, sino también el coche, el avión, la radiodifusión, la televisión y, ya más recientemente, los ordenadores y el mundo de los bits.

¿Lo mejor que le ha pasado? Casarse con su marido, que fue «un ángel de Dios». Y luego añade, bromeando, que «siempre la dejó mandar». Y que eso era lo importante. Margalida tiene la mente clara y derrocha simpatía. También conserva una buena vista.

«Uuuuuy, fíjate…», exclama cuando su única hija, Magdalena, le muestra dos fotos del día en que se casó. «Llevaba un collar que me había regalado mi marido para aquel día». Se llamaba Macià Noguera. Un ángel de Dios que falleció hace ya 26 años, los mismos que tenía Margalida cuando se casó.

Y eso que su madre no deseaba esa boda bajo ningún concepto. Ella quería que Margalida se quedara soltera para cuidarla, una costumbre muy extendida en la época. Pero su hija era extrovertida, simpática y le gustaba ir a bailar, con sus tías, a un salón situado en lo que hoy es Can Torrat. A los pretendientes, su madre los ahuyentaba. Hasta que llegó Macià, con el que no pudo. Desde aquel momento, la relación con su familia se enfrió.

Margalida junto a Macià, su marido, el día de su boda, en 1932

En la fotografía, que apenas mide diez centímetros de largo –y que este blog reproduce junto a estas líneas–, se ve a una joven Margalida vestida de negro –tanto el traje como el velo son de este color–, tal y como era habitual en la época. Sólo las chicas muy adineradas se casaban de blanco. No se fueron de viaje de novios: en la Mallorca de aquella época no se estilaba.

A Margalida y Macià nunca les faltó el dinero, pero se lo ganaron con esfuerzo, dedicación y mucho trabajo. Aun hoy, es ella quien administra sus cuentas –«el que guarda siempre tiene», asegura, aleccionadora–. Vive con su hija, de 78 años, que se dedica en cuerpo y alma a cuidarla.

Nació en Llucmajor, pero desde muy pequeña se fue a vivir a Son Sardina. Allí conoció a su futuro marido, que regentaba una barbería en Sa Garriga. Se casaron y abrieron un café enSon Rapinya, en el que Macià también cortaba el pelo y afeitaba –en la época era constumbre que el bar y la barbería estuvieran juntos–. Pasaron los años, nació Magdalena y llegó el momento de cambiar de tercio. No estaba bien visto que una niña andara revoloteando por un café lleno de hombres. Fue entonces cuando se hicieron con Can Matas, un colmado situado en Son Serra. Allí Margalida demostró sus buenas dotes para el comercio: «Uno vale para una cosa y otro, para otra», es su conclusión.

Partida clandestina

«Me han pasado muchas cosas en estos años». Margalida tiene clavado el día en que la Guardia Civil se llevó a su marido por haber organizado en el bar una partida de set i mig, juego de cartas prohibido durante el franquismo. Las ganancias no eran grandes, sólo se utilizaban para comprar una baraja nueva, pero aun así no se podía. Otro día, durante la guerra, también se habían presentado unos agentes creyendo que escondían a un rojo en el bar. No encontraron a nadie.

Margalida muestra una cartulina con su edad (A. Vera)

«Margalida, si no estuviera casada, yo me casaría con usted». Esta frase la pronunció un tal Pedro. Y ella lo recuerda con nitidez. «Claro, era un poco más guapa», bromea. Como también recupera de la memoria a la matancera que acudía a su casa para sacrificar al cerdo y hacer botifarrons, llonganisses, sobrassada y todos los productos de las tradicionales matances, que luego se vendían en el colmado. La nodriza que la amamantaba también acude a su mente. Todo fue porque tenía un hermano gemelo:Gaspar.

Pese a su largo paso por el mundo, Margalida no tiene una gran descendencia. Magdalena es su única hija, que a su vez tiene dos hijos y dos nietos. De momento, no hay tataranietos a la vista.

A sus 106 años, la padrina de Baleares sigue leyendo el periódico y comiendo de todo. Duerme mucho y reserva fuerzas. Y no se cansa de vivir: «Ojalá pudiera volver atrás».

Dos décadas sin el bar Güell

10 Mar
  • Se cumple el veinte aniversario de su cierre

  • Durante 70 años fue un centro de actividades sociales, deportivas y culturales

No fue la crisis de los 90 ni el relevo generacional. Tampoco la falta de entendimiento con un hipotético propietario o, puestos a imaginar, los conflictos con unos vecinos protestones. Ni siquiera el cambio de era que ha arrastrado a tantos bares históricos de Palma. No, el bar Güell cerró por otros motivos. Mucho más dramáticos. La hija de Tolo Güell, su carismático propietario, se apagaba víctima de la leucemia y hacía falta mucho dinero para pagarle un tratamiento en Estados Unidos. Se llamaba Rita y estaba en la flor de la vida. Corría el mes de marzo del año 1992, del que ahora se cumple el veinte aniversario. «No salió bien».

Verano de 1974. Una niña traviesa corretea entre las mesas de la terraza del bar Güell, salpicando –y refrescando– a la clientela con un sifón. Se llama Rita. De repente, da un traspiés, se cae y el sifón le explota en el pecho. Susto mayúsculo, pero sale ilesa. «¡Es un milagro! ¡Tendremos que ir hasta Lluc a pie!», exclama un cliente. Dicho y hecho, una treintena de personas se cita en el bar dos semanas después y sale rumbo al monasterio, dando lugar a una tradición que a día de hoy no sólo sigue existiendo, sino que es todo un éxito. Sólo seis llegaron a su destino aquel año; hoy lo hacen a miles.

Tolo Güell, bajo el cartel de la plaza a la que dio nombre con su bar

«Buscábamos cualquier excusa para hacer cosas». Tolo Güell explica la historia del bar y las anécdotas nunca se acaban. Normal, es un sentimental. O por lo menos así lo asegura él mismo: «Soy un golfo, un débil y un sentimental de lágrima viva».

En 70 años de existencia, el bar Güell, situado en la esquina entre la calles Aragó y Torcuato Luca de Tena, se convirtió en un auténtico núcleo social, un centro neurálgico irrepetible en el que se impulsaron actividades deportivas, culturales y lúdicas de toda índole. Donde estuvieron sus mesas, hoy hay una impersonal sucursal del Banco Santander, pero los vecinos, que se paran a saludar por decenas a Tolo cuando le ven por la calle, siguen refiriéndose a esta esquina como es bar Güell. La plaza ha tomado oficialmente su nombre y el rincón está lleno de placas que recuerdan lo que significó. Y, por supuesto, sigue siendo el punto de partida anual del Lluc a peu.

Tertulias culturales y políticas, partidos de fútbol de solteros contra casados, competiciones de póquer, punto de reunión de picadores, beneïdes de Sant Antoni, diada ciclista, peña mallorquinista, desfile de Sa Rua, una asociación de vecinos… Tolo Güell promovió desde el bar montones de actividades y entidades, muchas de ellas vigentes hoy en día. A pesar de la enorme cantidad de clientela que tenía –artistas, periodistas, músicos, vecinos del barrio y hasta monjas, procedentes del vecino colegio de Santa Mònica–, el local nunca fue un negocio. Las botellas, los cafés y la comida corrían de mesa en mesa y no siempre se pagaban. «Otro se hubiera hecho millonario, yo hice país».

Tal vez lo que mejor caracterizó el espíritu del bar fueron las tertulias, moderadas por Joan Pla y que durante más de tres años reunieron a todas las personalidades de la isla. «Sacábamos el vino y los carajillos y, claro, la gente tenía muchas ganas de hablar», explica, nostálgico, Tolo. Y luego suelta una de las frases que, probablemente, mejor definen el carácter del lugar:«Cuanta más gente venía, más dinero perdía».

Pero la historia del bar Güell trasciende su propia trayectoria y habla también de la Palma de principios de siglo, cuando la ciudad crecía desordenada entre possessions y tierras que poco a poco perdían su carácter rural. El padre de Tolo vendía los solares de Son Canals y Cas Serrador a duro el metro cuadrado. Ambas fincas pertenecían a los Guasp Perelló, que regentaban una óptica.

Tiempo más tarde, todos los niños de Palma acudían a un descampado de la zona a la caza de un preciado tesoro: uno de los centenares de cristales defectuosos que allí se amontonaban. La moda consistía en encenderse cigarrillos con uno de esos vidrios de aumento. O quemar en el trasero a alguna niña desprevenida. «Yo nací en el bar, cuando todo esto era campo; si te subías al tejado podías ver desde S’Aranjassa hasta Llucmajor», explica Tolo.

Un verano cualquiera de los años 60. Los picadores habituales regresan al bar Güell desde Son Amar, convenientemente acompañados de suecas. Tolo Güell sirve bebidas y les hace de intérprete. El bar no cerrará esa noche. Ni la siguiente. Ni ninguna otra.

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El Born volverá a desembocar en el mar

20 Feb
  • La Autoritat Portuària prolongará el paseo hasta el Moll Vell y levantará un edificio con un mirador

  • El desaparecido paseo de la Riba ya permitía llegar al puerto

Probablemente era lo que le faltaba: un colofón marino. Y no porque no lo tuviera en el pasado, que lo tuvo. El recorrido que transcurre por el Passeig del Born y Antoni Maura volverá a desembocar en el mar, tal y como ya lo hacía hasta los años 60 mediante el emblemático Passeig de la Riba. No será lo mismo –son otros tiempos y el proyecto actual no puede compararse en magnitud y naturaleza con aquél– pero el espíritu tal vez se le parezca.

Gráfico de JAVC

El proyecto existe desde hace años y lo que va a empezar a ejecutarse ahora no es más que una  parte de un conjunto más ambicioso. Se trata de eliminar varias zonas de aparcamientos del Moll Vell para permitir que el paseante pueda seguir caminando una vez atraviese el Passeig Sagrera. El itinerario finalizará en un edificio con una gran escalinata, a través de la cual se accederá a un mirador situado en su azotea. El Ayuntamiento de Palma dio el pasado martes la licencia de demolición que permitirá la construcción de este nuevo inmueble, que se levantará en el espacio que hoy ocupa el restaurante La Lubina, cerrado desde hace años, así como varios edificios anexos más.

El Passeig de la Riba ha dejado para el recuerdo idílicas imágenes –como la que esta página reproduce en su parte inferior– que muestran un elegante bulevar flanqueado por vallas de hierro forjado y cuyo punto final era un bello faro, insignia de la Autoritat Portuària y que hoy sigue existiendo –fue trasladado pieza a pieza– al final del nuevo espigón.Aquel paseo, que tuvo su época de esplendor a principios del siglo XX, era toda una institución para los palmesanos de la época, que podían iniciar su caminata en el Born y culminarla al final del espigón, donde se situaba el faro, que actuaba como meta u objetivo. Esta figura, que aún existe en otras ciudades mediterráneas comoTarragona –allí, el paseo dominical termina en el Balcó del Mediterrani y se denomina popularmente anar a tocar ferro–, desapareció con la ampliación del puerto y con la desaparición del bulevar de la Riba. Hoy, el paseante se topa con la estatua de Ramon Llull o, como mucho, con los jardines situados junto al muelle y allí se termina todo.

Lugar por el que transcurrirá el paseo (Jordi Avellà)

No es una recreación

Fuentes de la Autoritat Portuària de Balears, organismo responsable del proyecto, desmienten que, tal y como se ha asegurado en algunos ámbitos, se pretenda recrear el antigo paseo de la Riba. El proyecto es «otra cosa», pero en cualquier caso sí que permite dar una continuidad al Born a través del muelle y llegar al mar, funciones que, en cualquier caso, sí desempeñaba el emblemático bulevar del siglo pasado.

La construcción del nuevo paseo y del edificio es la segunda fase de un proyecto de la Autoritat Portuària de Balears cuyo objetivo es abrir una pequeña parte de sus dependencias a la ciudadanía sin perder, por ello, la actividad portuaria.

La primera fase culminará este verano con el traslado de las oficinas de la Autoritat Portuària al nuevo edificio de cristal cuya construcción está ya muy avanzada. El inmueble histórico, prácticamente gemelo al de la Capitanía Marítima, se dedicará a exposiciones, archivo y salas de conferencias, pasando a estar de esta manera mucho más abierto a la ciudadanía.

Antiguo paseo de La Riba

En cuanto a la tercera fase, para la que aún no hay fecha de ejecución y que, además, está aún en fase de borrador, consiste en la reurbanización de la zona que hoy ya tiene un uso público –por donde transita el carril bici y el lugar donde desembarcan cada año los Reyes Magos–. Del mismo modo que la segunda fase, persigue facilitar los usos urbanos de la zona.

Tanto esta última etapa como la primera se llevan a cabo con financiación propia de la Autoritat Portuària, mientras que la segunda se impulsa mediante un concurso público, ganado por la empresa Amarres Deportivos S.L. en noviembre de 2010.

Además, existe un proyecto mucho más amplio y ambicioso que a día de hoy no se plantea para abrir todos los muelles comerciales a la ciudad.

Palma pierde la casa del inquisidor

19 Feb
  • El Govern vende por 1,7 millones la sede del Santo Oficio durante el siglo XVI
  • La compró hace 25 años pero la abandonó y ahora es demasiado caro rehabilitarla
  • Tiene un gran valor histórico y arquitectónico

En el jardín hay tanta hiedra que en cualquier momento podría aparecer Mowgli atravesando el patio agarrado de una liana. Normal, la vegetación lleva décadas campando a sus anchas, invadiéndolo todo e impidiendo, ni siquiera, ver el suelo.

Es una de las estampas de Can Fàbregues, casal histórico del centro de Palma, y objeto constante de proyectos que nunca vieron la luz –museo, biblioteca y sede de una dirección general, entre muchos otros–. Veinticinco años después de su adquisición por parte del Govern a bajo precio, la administración balear lo pone ahora en venta, al ser su rehabilitación demasiado costosa –el inmueble está en un estado ruinoso–. Si se hace efectiva la enajenación, Palma perderá uno de sus edificios con más historia, sede de la inquisición durante casi un siglo y joya arquitectónica al aglutinar estilos que van del gótico al neoclasicismo.

El patio de Can Fàbregues (Fotos: Pep Vicens)

Un respiradero protegido con una reja oscura despierta rápidamente la imaginación. ¿Sería el calabozo de un judío acusado de herejía? Quién sabe, el casal, al que se accede desde la calle Convent de Sant Francesc, atesora tanta historia como cascotes y restos de material de obra hay ahora en su interior. Según explica Bartomeu Bestard, cronista de Palma, el Santo Oficio de la Inquisición se trasladó a lo que es hoy Can Fàbregues a finales del siglo XV, después de haber ocupado durante unos pocos años las Torres del Temple.

El edificio, que en aquella época era conocido como Llonjeta de l’inquisidor Gual –en referencia a Pere Gual–, fue la sede del Santo Oficio durante una época de intensa actividad inquisitorial, sobre todo a raíz de los procesos abiertos contra judíos –los Reyes Católicos obligaron a todos los judíos a convertirse al catolicismo en 1492, mediante el Edicto de Granada–. En este período, prosigue Bestard, se llevaron a cabo las primeras condenas a muerte, aunque en la mayor parte de los casos no se ejecutaron, ya que el reo consiguió huir. En su lugar, los inquisidores solían quemar un muñeco de trapo.

Cabezal abandonado en el piso de arriba

Las paredes de Can Fàbregues, de tierra prensada y yeso, atesoran esa historia, aunque por poco tiempo en caso de que se venda –el precio de salida es de 1,7 millones– y el nuevo propietario alegue la ruina económica del inmueble, algo probable. De ser así –tal y como está pasando con otros edificios del casco antiguo–, sólo habrá que conservar la fachada.

El Govern tuvo, desde luego, su oportunidad de evitarlo. En 25 años, sólo hubo un intento infructuoso de rehabilitación en 1992, que llenó el edificio de puntales –de hecho, sus habitaciones son auténticas selvas de varas de hierro– y sólo logró rehacer el tejado. Desde entonces, los gobiernos autonómicos de uno y otro color se han sucedido sin ser capaces de aportar una solución para el casal señorial, que se ha ido deteriorando a marchas forzadas –los techos están hundidos y las vigas, en muy mal estado–. Josep Massot, de la asociación conservacionista ARCA, calificó ayer de ‘deplorable’ este olvido institucional. Para conservar su interior, pidió al Govern un sistema de venta –con un precio más bajo– que obligue al nuevo propietario a conservarlo.

Al rescate de la memoria de la electricidad

21 Ene
  • Endesa recupera la historia de la energía en Baleares a través de las vivencias de sus jubilados

  • Les mandó una carta en noviembre y ya se ha entrevistado con una treintena

  • Tiene un archivo de 15.000 imágenes

Hoy en día no nos imaginamos a un operario de electricidad yendo a reparar una avería en bicicleta, vestido con el mono de rigor y cargando en el hombro una larga escalera. Pero así era hace décadas, cuando el tráfico y la laxitud del tiempo lo permitían. ¿Cómo lo sabemos? Pues porque un veterano trabajador de Gesa, la empresa de gas y electricidad de Baleares a la que hoy se conoce como Endesa, solía explicarlo. Y los que oyeron su historia, de cómo se desplazaba por la ciudad tranquilamente con su silencioso vehículo de dos ruedas –puede que silbando, podemos ponerle toda la imaginación que queramos–, todavía la cuentan hoy. Pero no siempre es suficiente. La transmisión oral se acaba perdiendo en el viento. Y Endesa quiere evitarlo.

Enrique Gallango, jubilado de Endesa, contempla un manómetro del siglo XIX (Fotos: Cati Cladera)

La compañía eléctrica ha puesto en marcha la campaña Cent vint anys de llum precisamente con este objetivo: que la memoria energética de Baleares no se pierda. El pasado mes de noviembre, el departamento de comunicación envió una carta a todos sus jubilados invitándoles a contar sus vivencias, así como a aportar –ya fuera mediante una donación o fotografías– los objetos que conservaran de su etapa como trabajadores. Desde entonces, el responsable del Fondo Histórico de la empresa, Miquel Marín, ya se ha entrevistado con una treintena de estos jubilados y ha recopilado numerosa información. En las próximas semanas espera seguir recogiendo testimonios.

El día del reportaje es el turno de Enrique Gallango, que fue director de distribución y comercial de Gesa hasta el año 2002. Se ha desplazado hasta la sede de la compañía con un cuadro que contiene la placa madre del ordenador que controló la distribución eléctrica en Sant Joan de Déu entre 1975 y 1982. No es el único tesoro tecnológico que tiene en sus manos. También conserva una muestra del cable del enlace entre Mallorca y Menorca, instalado en 1975 y que fue el primero del mundo en utilizar la corriente alterna.

Construcción de la primera central eléctrica de Palma, en Can Pere Antoni (Archivo Endesa)

Puede sonar muy técnico, pero es que las compañías eléctricas fueron las responsables de la llegada de la modernidad a Baleares. El crecimiento económico llegó, paralelamente, con el turismo y la electricidad –dos caras de la misma moneda–. Además, no hay que olvidar que, hasta los años 50, Gesa fue quien trajo los electrodomésticos a las Islas, puesto que era la encargada de venderlos.

La campaña Cent vint anys de llum se llama así porque la electrificación de Baleares empezó en 1892, con la puesta en marcha de distintas centrales distribuidas por todos los municipios. Fue un proceso tardío que arrancó en Menorca (1892) y que luego se extendió a Mallorca (1903) y Eivissa (1907). Las distintas empresas –llegó a haber 59 sociedades distintas– se fueron uniendo poco a poco, un proceso que se aceleró con la fusión de las dos compañías de mayor antigüedad: la Sociedad de Alumbrado por Gas y La Palma de Mallorca. De aquella época de dispersión hoy tan sólo queda un resto: la empresa Eléctrica Sollerense, la única que no fue absorbida y que aún conserva su independencia –así lo relata a este diario JoanMayans, corresponsable del proyecto–. La primera central eléctrica de esta sociedad aprovechaba la fuerza del salto de agua de Sa Costera y sus restos se pueden visitar en el recorrido de una popular excursión por la Serra.

Contador prepago de finales del siglo XIX (había que introducir una moneda para obtener gas)

El trabajo de recuperación de la historia empezó hace diez años con la constitución del Fondo Histórico de la compañía en las Islas, hoy integrado en la Fundación Endesa. En este tiempo, la empresa ha recogido y sistematizado cantidades ingentes de información y objetos: a día de hoy, el fondo tiene 15.000 imágenes, 8.000 volúmenes, 15.000 levantamientos topográficos, 3.000 objetos, 12.000 unidades documentales.Con el testimonio de sus jubilados, Endesa espera obtener las piezas que faltan para completar el puzle.

El Montepío deja su casa

15 Ene
  • La entidad centenaria abandona el local que ocupa desde 1930 porque no puede pagar el alquiler

  • Se traslada a la calle Caro

Biel Pujades tiene 97 años y es el rey del dominó. Cada tarde acude al Montepío de Santa Catalina para encontrarse con sus amigos y ejercitarse con las fichas negras y blancas –que, como es sabido, hay que colocar sobre la mesa con contundencia y un sonoro golpe–. A partir del próximo mes de febrero, sin embargo, tendrá que encaminar sus pasos a otro lugar: el Montepío, el club social cataliner por antonomasia, deja la que ha sido su casa durante los últimos 81 años –en la calle Fàbrica– y se muda a un nuevo local en la calle Caro.

Interior del local del Montepío en la calle Fàbrica (Reportaje gráfico: Alberto Vera)

Adiós a las baldosas de cuadros blancos y negros; adiós a las columnas de hierro que llegan hasta un techo altísimo de vigas de madera; adiós a la barra del bar demasiado elevada; adiós a los muebles de madera; adiós a los fluorescentes colgantes y a los ventiladores. Pero también hola a unos nuevos tiempos. El Montepío deja el lugar donde tiene sus raíces, pero no desaparece. Así lo recalca su Ejecutiva, que el pasado jueves consiguió el visto bueno de sus socios para continuar en un nuevo local. Los miembros de la asociación tendrán que hacer un pequeño esfuerzo para empezar de nuevo y poder pagar el alquiler durante los primeros meses.

Porque ése ha sido el problema: el Montepío deja el local de la calle Fàbrica porque no puede hacer frente a unas elevadas mensualidades. Hasta ahora las había costeado gracias a las subvenciones del Consell de Mallorca, pero los impagos de la institución –que se remontan a hace más de un año– le impiden continuar. La Ejecutiva no culpa al Consell –se hace cargo de que hay dificultades económicas y de que son muchas las asociaciones y entidades que están sufriendo–, lo que no significa que no vaya a seguir necesitando apoyo económico de la Administración para poder seguir con su labor social en el barrio:es un importante centro de reunión en el que cada tarde se congregan decenas de mayores para bailar, cantar, jugar a cartas o ver los partidos del Mallorca.

Grupo de 'ball de bot' frente al edificio del Montepío

«Cuando alguien tarda tres o cuatro días en venir le llamamos por teléfono o vamos a su casa para saber si está bien». Llorenç Sabater, presidente de la asociación, explica que el Montepío es una familia. Y no es difícil comprobarlo. Cuando este periódico visita la histórica sede de la entidad, se encuentra con dos grandes mesas redondas de personas mayores –todos los socios superan los 70 años– debatiendo y jugando animadamente a pinacle y burro. «Más tarde empezaremos con el truc», explica el secretario del club, Pedro Palmer. «Queremos continuar para no perder la amistad y no romper esta hermandad; y sin un local sabemos que se desharía», añade.

¿Y de dónde le viene el nombre de Montepío? La explicación se encuentra en su origen. El Montepío de Previsión del Arrabal –este era su nombre completo– nació en el año 1894 con el objetivo de proporcionar una asistencia sanitaria a sus socios, que eran mayoritariamente pescadores, obreros, zapateros y cordeleros. Tal y como hace hoy en día la Seguridad Social, el Montepío –al igual que otras muchas entidades similares– proporcionaba a sus miembros un médico de cabecera, una comadrona, un practicante y hasta una sepultura.

La entidad, que inicialmente tuvo su local en la calle Cerdà y después en Can Ripoll, vivió tiempos de gran esplendor durante las primeras décadas del siglo XX, momento en el que llegó a tener más de 1.000 socios. Sin embargo, con la llegada de las prestaciones sociales dejó de tener sentido tal y como fue concebida inicialmente. Poco a poco se fue consolidando como un centro de reunión donde los socios llevaban a cabo distintas actividades, como el canto en una coral o el ball de bot. El bar también desarrollaba una importante función aglutinadora.

Llorenç Sabater, presidente de la entidad

Y si no que se lo digan a Pedro Palmer, que conoció a su mujer en el Montepío hace casi seis décadas. Como tantos otros, se acercó al local atraído por sus actividades (se cantaba zarzuela, se bailaba ball de bot y se hacía también teatro o comèdia), así como por ser un lugar de reunión en el barrio. Ella era la hija de los responsables del bar.

«Entonces no era como ahora, en casa no había nada que hacer y la gente buscaba un lugar donde estar con los demás», explica. «Los hombres, después de trabajar, solían estar en el café hasta la hora de cenar», abunda. Y en cierta manera, el Montepío sigue siendo eso: un reducto de otros tiempos donde los hombres se reúnen por la tarde. Unos hombres que ahora ya superan los 70. «No tenemos gente joven».El cambio de tendencia se institucionalizó en 1996, cuando el Montepío pasó a llamarse oficialmente Asociación Cultural Arrabal de Santa Catalina. Desde entonces, funciona a efectos prácticos como una asociación de la tercera edad, a la que el Consell proporciona actividades de ocio (baile de salón, gimnasia, danzas del mundo…).

Acta fundacional del Montepío (1894)

«Déjalo, total habrá que descolgarlo en un momento u otro». Pedro contesta así a este diario cuando intenta devolver a su lugar un cuadro al que ha sacado una fotografía. La entidad se llevará todos los muebles que pueda –tienen ocho décadas y contienen documentación de 117 años–. «Nos los llevaremos a la calle Caro y estaremos allí Dios sabe hasta cuándo», finaliza Llorenç.

Un futuro para Son Bonet desde sus cenizas

13 Ene
  • La Fundación Aeronàutica Mallorquina quiere que el aeródromo vuelva a ser un centro social, con piscina, campo de fútbol y biblioteca
  • También proyecta abrir un museo, con centenares de fotos antiguas, sobre la influencia de la aviación en el turismo de la isla

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El motor asustaba a los caballos. Bajo esta premisa tan sencilla se esconde el origen del aeródromo de Son Bonet. Las primeras exhibiciones de vuelo de Mallorca se celebraban en el hipódromo de Son Sunyer, situado muy cerca de lo que es hoy un popular centro comercial marratxiner. Pero el estruendo era demasiado exagerado para unos equinos acostumbrados a la calma de los años 20. Así que decidieron trasladar todo el tinglado a unos terrenos donde los ingenieros del Ejército hacían sus prácticas.

La historia del aeródromo arranca aquí y en las décadas siguientes habría de dar momentos de gloria a la aviación mallorquina. Su evolución está íntimamente ligada, primero, a la Guerra Civil y, luego, al boom turístico y habla también de la constitución de un auténtico núcleo social que fue mucho más allá de la aviación en sí –muchos niños aprendieron a nadar o a jugar a fútbol en sus piscinas y campos–. Hoy, las instalaciones están medio abandonadas y nada queda de todo aquello que un día fue esplendoroso, una situación que ha llevado a la Fundación Aeronáutica Mallorquina (FAM) a idear un proyecto de rehabilitación y desarrollo que devuelva el aeródromo al pueblo de Marratxí y a la isla de Mallorca, tal y como fue hasta los años 90.

La culpa de que Son Bonet llegara tan lejos la tuvo, además de los caballos, un aviador catalán llamado Manolo Colomer. Fue él quien trajo a la Isla los vuelos turísticos, ideados para que los mallorquines pudieran pasearse por su bella troposfera. Los nombres de los afortunados se publicaban en los periódicos de la época –El Día, La Almudaina, El Correo de Mallorca…– y la excursión era, por motivos obvios, toda una experiencia. Los vuelos turísticos de Colomer empezaron en Son Sunyer y poco después se trasladaron a Son Sant Joan, que estaba demasiado alejado e incomunicado. Fue entonces cuando el Ejército dio su visto bueno para utilizar Son Bonet, donde los mallorquines podían llegar en tranvía y tren. Con estas actividades y el nacimiento, en 1932, del Aeroclub de Baleares, se consolida la afición a la aviación en la isla.

Miquel Buades, presidente de la Fundación Aeronáutica Mallorquina (Jordi Avellà)

“El aeródromo de Son Bonet atraviesa uno de los peores momentos de su historia, con una bajada de tráfico cercana al 50%”. Quien habla es Miquel Buades, presidente de la FAM e impulsor del proyecto de rehabilitación del aeródromo. Su idea, desarrollada de manera extensa en dos documentos, prevé la puesta en marcha de equipamientos deportivos (piscina, pistas de tenis, campo de fútbol…), una biblioteca para los residentes de Marratxí, instalaciones aeronáuticas y un museo de la aviación mallorquina. Este último tendría el objetivo de “aunar la aeronáutica con la evolución turística de Mallorca, de manera que se dé a conocer el cambio cultural y social que este medio de transporte trajo a la isla”, asegura el informe de la FAM.

Porque Son Bonet no sólo fue un aeródromo con finalidades lúdicas, sino que, tras la Guerra Civil, fue también aeropuerto comercial, mientras Son Sant Joan siguió en manos militares. De aquella época quedan imágenes como las del regreso de Robert Graves tras el conflicto bélico o la descarga mediante carros de caballos de los equipajes. Pero todo se acabó con la llegada de los reactores, demasiado grandes para una pista tan modesta como la de Son Bonet. Fue en 1960.

Buades viajó hace meses a Madrid con el entonces delegado del Gobierno, Ramon Socías, y consiguió del presidente de Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea (Aena), propietaria del aeródromo, el permiso para utilizar uno de los edificios como museo. La única condición fue que el Govern y el Ayuntamiento de Marratxí actuaran como interlocutores. Ambas instituciones están decididas a impulsar el proyecto y Buades espera que pronto haya buenas noticias.

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/01/13/baleares/1326441941.html

El declive de los vigías de la ciudad

23 Nov
  • Dos de los cinco molinos de Es Jonquet amenazan derribo

  • Los vecinos exigen a Cort que los expropie

  • Su rehabilitación, pendiente de un PERI que no estará listo antes de 2013

El cuerpo derrumbado; los brazos amputados; la cabeza al aire. Los molinos de Es Jonquet podrían ser pero no son. Tienen una de las vistas más privilegiadas de la ciudad –sus arcos son un balcón al mar– y cuentan con una belleza y una historia que puede ofrecer mucho a Palma, dándole un valor que la aleje de la creciente uniformización y monotonía de las ciudades turísticas mediterráneas. Sin embargo, permanecen olvidados y degradándose a pasos agigantados, a medida que el tiempo pasa y que el ámbito público y privado no se ponen de acuerdo en cómo resolver su futuro.

Molinos d'en Garriga y d'en Gelós (Cati Cladera)

Antes que nada una salvedad: no son todos. De los cinco molinos que hoy siguen en pie –según documentos históricos llegó a haber entre siete y nueve–, dos están en buen estado: el Molí del Nom de Déu y el Molí d’en Garleta. En cambio, los otros tres se encuentran en unas condiciones ruinosas. Son los molinos D’en Carreres, D’en Garriga i D’en Gelós. Estos dos últimos son los que amenazan ruina y los que han generado un mayor número de protestas y de informaciones periodísticas.

Y eso que en teoría son Bien de Interés Cultural (BIC). El Consell de Mallorca les otorgó está figura de protección en noviembre de 2009, a petición de la plataforma Salvem Es Jonquet y sin que de momento se haya derivado ninguna medida encaminada a su rehabilitación. No es extraño que lo hiciera: se trata de un conjunto de molinos harineros del siglo XVII que durante centenares de años han formado parte de la postal –y en su día, de la economía– de Palma. Un plano de 1644 ya documenta su existencia y son, en definitiva, una parte muy importante de la historia de la ciudad.

Entonces, ¿cuál es el problema? Básicamente, que son de propiedad privada. Si los molinos del Nom de Déu y D’en Garleta están rehabilitados es porque el Ayuntamiento los expropió a lo largo de la década de los 80. No ocurrió lo mismo con los otros tres, ya que cuando estaba a punto de iniciarse el proceso, el entonces alcalde –Joan Fageda– llegó a un acuerdo con los propietarios: se comprometían a repararlos y mantenerlos en buen estado. No hace falta decir que nunca lo hicieron.

Empezó a partir de entonces un creciente proceso de degradación que hoy ya amenaza, directamente, la pervivencia de estas dos construcciones, que antes del declive albergaron la popular discoteca Jack el Negro. Hace tan sólo unas semanas –en el mes de septiembre–, se desplomó parte del techo del molino D’en Garriguera. Y en estos momentos, pese a que el Ayuntamiento anunció que los tapiaría, sigue habiendo huecos en las rejas que permiten que los indigentes los ocupen, poniendo en riesgo su vida.

La solución al problema parece pasar por la redacción de un Plan Especial de Reforma Interior del barrio de Es Jonquet, anunciada en repetidas ocasiones por el Ayuntamiento de Palma y que está siendo uno de los partos administrativos más largos de los últimos tiempos. La redacción del plan salió a concurso en enero de 2011 y a día de hoy está adjudicada por la mesa de contratación a un equipo de arquitectos sin que todavía se haya empezado el trabajo. El motivo: la Junta de Gobierno de Cort aún no ha adjudicado “formalmente” el proyecto, según señalaron a este periódico fuentes de la Gerencia de Urbanismo. Cuando lo haga, el proceso de elaboración se alargará durante 15 meses más. Es decir: antes de 2013 no estará hecho.

Derrumbes en uno de los molinos (Cati Cladera)

Y el equipo político de Urbanismo no dará el visto bueno a la adjudicación hasta que haya estudiado con detalle la situación, que es lo que está haciendo en estos momentos. Se trata de analizar las implicaciones del BIC para la zona. Porque ese es el quid de la cuestión. Y no sólo en lo que hace referencia a los molinos.

Hay, efectivamente, otra cuestión sensible: la de dos proyectos urbanísticos en jugosos solares situados en la primera línea de Es Jonquet. La primera de ellas, que es la más importante y se sitúa en los terrenos denominados Mar i Terra, corre a cargo de Acciona y, de llevarse a cabo, supondría la construcción de 113 viviendas, un parking excavado en el talud en el que hoy se asoman los molinos y también un centro comercial. La segunda, ubicada en la parcela de Es Rentadors, contempla la construcción de 20 viviendas.

Los vecinos se oponen frontalmente a estos dos proyectos, al tiempo que reivindican la expropiación inminente de los molinos D’en Garriga y D’en Gelós.

Según los responsables políticos del Pacte, tanto el BIC como el posterior PERI deben evitar estos proyectos urbanísticos, pero hoy todo está en el aire. Con tanto contratiempo, lo que parece extraño es que los molinos de Es Jonquet sigan vigilando la ciudad desde su atalaya. Mientras, muchos de sus hermanos –o primos– van muriendo en el campo. Ya lo canta Toni Morlà: “Cementeri de molins / és tot es camp de Mallorca / que si fa vent no importa / són bubotes es mesquins”.

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/10/16/baleares/1318760919.html

Un oasis en Pere Garau

26 Sep
  • Cien viviendas sociales construidas en los años 30 resisten entre la modernidad

  • Arca reclama su protección

Nadie diría a priori que en medio de Pere Garau se esconde algo así. Ciento dos casas, cada una con su patio trasero y su cisterna. Un oasis lleno de árboles en medio de una barriada de edificios altos. Y tampoco diría que estas viviendas cuentan, a través de sus paredes, una de las historias más bellas de Palma, la de una sociedad sin ánimo de lucro que levantó en los años 30 un centenar de viviendas baratas para la clase obrera de la ciudad. Las llamaron Ses Cent Cases y hoy, ochenta años después, allí siguen, dignas, hermosas y fuertes como robles -no tienen ni una sola grieta-. Pero nada garantiza su pervivencia en las próximas décadas -si un promotor comprara los solares y quisiera derribarlas, podría hacerlo-, por lo que la Asociació per a la Revitalització dels Centres Antics (ARCA) reclama su protección.

Rafel, en la puerta de su casa (Reportaje gráfico: Jordi Avellà)

Rafael Vanrell no estaba predestinado a entrar en esta historia, pero los miedos de un señor de Sóller le metieron de lleno en ella. O mejor dicho a su padre y después a él. Todo empezó en 1924, con la visita de Mestre Jaume, el cartero de Els Hostalets, al taller de confección de zapatos de Antoni Vanrell, situado en la carretera de Inca. Su misión era encontrar a alguien que, a razón de dos pesetas semanales, quisiera ingresar como socio en la Sociedad Cooperativa Constructora de Ses Cases Barates, la entidad que iba levantar las cien casas de Pere Garau. La recompensa iba a ser -así se lo explicó el cartero a Antoni Vanrell- la posesión de una de esas viviendas cuando las obras hubieran terminado.

Vamos, una bicoca. Tanto, que el señor de Sóller había llegado a la conclusión de que era totalmente imposible que le dieran una casa por tan sólo dos pesetas a la semana y abandonó el proyecto. Era necesario, entonces, encontrarle un sustituto. Y ese sustituto fue Antoni Vanrell, que dijo que sí.

«Los encargados de localizar socios para la cooperativa eran los carteros, porque en aquella época entraban en todas las viviendas y tenían contacto directo con la gente», explica Rafael desde el salón de su casa, que no es otra que una de Ses Cent Cases -la que su padre consiguió como miembro de la cooperativa-. Sentimental y nostálgico, Rafael -que ahora tiene 90 años y trabajó durante muchos años en Calzados Gorila- conserva toda la documentación relativa a este proyecto pionero en Palma, lo que se traduce en fotografías antiguas, publicaciones en revistas y prensa y auténticas joyas de papel, como la del libro donde, semana a semana, el senyor Pou –así le llamaban– sellaba el pago de las cuotas de los miembros de la cooperativa. Cada miembro tenía una de estas libretas, en cuya portada estaba anotado su número de socio. La familia de Rafael tenía el 57.

Hoy en día resulta extraño que una decena de hombres de la sociedad mallorquina decidiera por su cuenta y riesgo y sin esperar ningún beneficio económico a cambio viajar a Madrid para pedir al Gobierno -entonces corrían los tiempos de Alfonso XIII- que subvencionara la construcción de viviendas baratas para gente humilde. Pero así fue. «No querían señores, querían trabajadores», explica Rafael. De hecho, la cooperativa tenía reglas estrictas al respecto: los socios y futuros propietarios no podían tener unos ingresos de más de 8.000 pesetas, de las que el 75% debía proceder del salario o pensión.

Libro de cupones con el que se controlaba el pago de la 'hipoteca'

Con el visto bueno de Madrid y un préstamo bancario inicial, La Redención del Hogar –así era como se llamaba la cooperativa- empezó las obras de las casas, casi una treintena de bloques de marés que constaban de planta baja y primer piso –a razón de cuatro viviendas por edificio- y estaban situados entre las calles Arquebisbe Aspàreg, Adrià Ferrà y Bartomeu Torres. Las casas se construyeron en tres parcelas compradas a los propietarios de la possessió de Son Coc, que hoy ya no existe -en las fotografías puede verse como Ses Cent Cases, hoy rodeadas de asfalto y edificios, estaban circundadas de campos de almendros-. Los trabajos no acabarían hasta 1934.

Una vez terminadas las casas, llegó el momento de asignarlas. La Junta Directiva de la cooperativa hizo la convocatoria y una multitud se agolpó frente a los nuevos edificios. Dos niños, que eran hijos de cooperativistas, hicieron de manos inocentes, sacando del bombo los números premiados. A la familia Vanrell le tocó una planta baja situada en la calle Pere Llobera.

Pero ni Antoni ni su mujer, Catalina, llegaron a residir nunca en ella. Aunque en teoría no se podía hacer, los padres de Rafael alquilaron la vivienda a un tercero, bajo la promesa de que cuando su hijo se casara sería para él. Y así ocurrió: Rafael y Magdalena se trasladaron a la casa de Pere Llobera en 1941. «Compramos muebles de color negro y forramos las paredes de papel oscuro, tal y como era moda en la época», cuenta Rafael sin perder un solo detalle. También instalaron en el recibidor un antiguo reloj de péndulo -ya era antiguo entonces- que hoy, casi 70 años después, sigue dando las horas sin que haya sido necesario repararlo ni una sola vez.

Sociedad impulsora de la cooperativa de Ses Cent Cases

Rafael y Magdalena, que murió hace un año y medio, siguieron pagando las dos pesetas semanales hasta 1961, año en que la construcción de las obras estuvo por fin sufragada. A esta cantidad se añadían otras 30 pesetas en concepto de alquiler mientras la vivienda aún no era suya, con las que la cooperativa abonaba las cuotas del préstamo. Con todo, los residentes de Ses Cent Cases tardaron 37 años en pagar las casas, un tiempo que se alargó más de lo previsto con el cambio de la Segunda República -que subvencionaba el proyecto- a la dictadura de Franco. Durante todo ese tiempo, los inquilinos estuvieron totalmente exentos del pago de impuestos, de acuerdo con la Ley de Casas Baratas. Las viviendas no fueron enteramente suyas hasta 1980.

Muchos regímenes políticos han pasado ante los ojos de Rafael, que tras una reciente operación de cataratas se protege la vista con unas modernas gafas de sol. Pero el tiempo no le ha maltratado, a juzgar por un envidiable estado de salud a sus noventa años -por poner un par de ejemplos, aún conduce y se dedica a leer a Unamuno-. La receta: dos dientes de ajo en ayunas y dos largos paseos diarios. Gracias a ella, sigue custodiando una de las historias más bellas de la ciudad.

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/09/26/baleares/1317028095.html

El último habitante de la Costa des Teatre

24 Sep
  • Joan Canals regenta la única caseta que sigue abierta

  • Cort las recuperó para demolerlas pero Arca pide su conservación

«Aquí lo único que quedan son las ratas». La Costa des Teatre es una sucesión de persianas bajadas y grafitis. Aunque es uno de los lugares más transitados de la ciudad -por su importante función a la hora de comunicar la parte alta del casco antiguo con la baja, es también uno de los más abandonados. Además, esconde una realidad poco conocida: la de cinco casetas de madera construidas hace 150 años por el Ayuntamiento con el objetivo de alquilarlas y conseguir ingresos para sus maltrechas finanzas.

La última caseta abierta: La loza mallorquina (Foto: ARCA)

A día de hoy, sólo una permanece abierta: la de Joan Canals, el último habitante de la cuesta. El resto de tenderos se fue cuando el Ayuntamiento les indemnizó por dejar de explotarlas. En «tres meses» iba a derruirlas, explica Joan. De eso hace cinco años.

Ya en aquel momento, la Asociación para la Revitalización de los Centros Antiguos (Arca) reclamó la protección de las casetas, así como su rehabilitación, al entender que tienen un valor histórico muy importante y también un potencial turístico que a día de hoy -ante su degradación y teniendo en cuenta su emplazamiento privilegiado- está desaprovechado. Hace pocas semanas, la entidad volvió a insistir en sus reivindicaciones y propuso que las casetas de madera se reformen y alojen tiendas de artesanía, librerías de viejo y una oficina de información turística, entre otras posibilidades.

Todas ellas son de propiedad municipal. Su construcción se remonta al año 1876 y tuvo el objetivo de «aumentar los fondos públicos y al mismo tiempo disimular la mala alineación de la cuesta», según escribió Mateu Zaforteza Musoles -que fue el alcalde de Palma durante la Guerra Civil- en su obra La ciudad de Mallorca. Pocos años antes -concretamente en 1851-, el Ayuntamiento había arreglado la cuesta para facilitar el tránsito de las pesadas mercancías entre la Plaça del Mercat, antigua sede del mercado, y la Plaça Major, su nuevo emplazamiento en aquel momento, dándole su aspecto actual.

¿Por qué de madera?

Los arquitectos municipales eligieron como material para construir las casetas la madera, algo nada común en el Mediterráneo. ¿Por qué? Pues porque debían levantarse sobre un gran aljibe del siglo XVIII, cuya función había sido la de combatir posibles incendios en el Teatro Principal, entonces Teatre de les Comèdies, que ardió dos veces en aquella época, una de ellas por dejar una vela encendida en el escenario tras una representación. La presencia del aljibe impedía la instalación de cimientos profundos y pesados, por lo que se optó por la madera. Para las cubiertas del techo, se eligió el zinc.

Las casetas tienen, pues, el suelo hueco, algo totalmente perceptible cuando se entra en ellas y la madera cruje bajo los pies. En La Loza Mallorquina, la tienda de Joan Canals, existe un gran sótano en el que sus padres -que ya la alquilaban- almacenaban las greixoneres y los platos que vendían.

Hoy, la antigua tienda de loza es un local de souvenirs, donde se puede encontrar desde un vestido de folclórica a un siurell, pasando por imanes de neveras, grandes conchas de mar y cestos de paja.

Casetas cerradas (Foto: ARCA)

«Yo vengo por aquí desde que tenía la edad de María», dice Joan señalando a su nieta. «Hace 30 o 40 años el Ayuntamiento ya insinuó que quitaría las casetas y en aquel momento mis padres tuvieron un disgusto», añade. Hoy, Joan espera con ansia que Cort le confirme el pago de la indemnización por dejar de utilizar la caseta, por la que su familia ha pagado religiosamente el alquiler durante 68 años y en cuyas paredes los souvenirs cuelgan sin dejar apenas un centímetro libre. Sin embargo, en su caso -no en el de otros inquilinos-, no tendrá que abandonar el negocio: más allá del espacio robado a la calle en 1876, la tienda continúa en los bajos del edificio colindante. Y este espacio es de su propiedad.

Cuando la ex alcaldesa de Palma Catalina Cirer (PP) indemnizó a los inquilinos de las casetas, su intención era demolerlas y ensanchar las escaleras. También había otros intereses, como los de los propietarios de los edificios colindantes, que de esta manera habrían podido tener un acceso a sus viviendas distinto al de la calle de Can Berga, que es el que utilizan en la actualidad. Sin embargo, finalmente, el proyecto quedó paralizado y Aina Calvo tampoco movió ficha.

Si Joan Canals no aceptó en aquel momento fue porque no estuvo de acuerdo con el precio que le ofrecieron. Tras una negociación -justiprecio mediante-, llegó a un acuerdo con el Ayuntamiento. Aún espera el dinero.

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/09/20/baleares/1316504655.html