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La Soledat también existe

26 Mar
  • Los vecinos reclaman una apuesta definitiva por su rehabilitación

  • Su apertura a la Fachada Marítima está parada

A la calle de la Fe se le acaba la esperanza y una nevera abandonada se oxida frente al bar Quita Penas. Sobre el asfalto desgastado, una bolsa de unos conocidos grandes almacenes cruza la calle empujada por el viento, anunciando la entrada a una de las zonas tradicionalmente más olvidadas de la ciudad. Es la parte sur de La Soledat, punto de marginalidad y de venta de droga pero también lugar lleno de historia, belleza y posibilidades. Así coinciden en asegurarlo vecinos y comerciantes, que reclaman una apuesta decidida por su rehabilitación.

No es que no se haya hecho nada, pero las medidas siempre han sido puntuales y no han ahondado en los problemas del barrio. Basta con pasearse por la calle Fornaris –especialmente en su confluencia con Fe y Brotad– para verlo. Edificios de una planta abandonados y tapiados –con la tipología tradicional de las viviendas populares isleñas– se degradan a marchas forzadas. A través de una ventana es posible ver las vigas del techo y, más allá, el cielo.

Entrada a la calle Fornaris (Fotos: Jordi Avellà)

Barrio obrero por antonomasia, La Soledat creció a la sombra de las fábricas a finales del siglo XIX (sobre todo textiles, de calzado, hierro y madera). Los patronos potenciaron que sus obreros residieran cerca de su lugar de trabajo y fue así como se fueron levantando los edificios que aún pueden verse en la actualidad –sólo la fábrica de mantas de Can Ribas tenía 400 empleados y la mayor parte vivía en la zona–.

Dado que el barrio funcionaba como un pueblo separado de la ciudad, las calles que hoy constituyen el núcleo de su parte sur –la calle Manacor marca el límite entre el distrito norte y el sur– no se comunicaban con Palma, sino que morían en los huertos situados en la parte trasera de las viviendas –«cuando soplaba el embat, los molinos rodaban a gran velocidad y extraían agua para regar», relata Mateu, vecino de toda la vida–. Son estas mismas calles las que en la actualidad incomunican el barrio y constituyen un embudo: un circuito cerrado perfecto para los trapicheos y la degradación.

No es en absoluto un hecho desconocido: El Ayuntamiento lo sabe y el Plan Especial de Rehabilitación Interior (Peri) de La Soledat contempla la expropiación de viviendas y solares para esponjar este punto negro y comunicarlo con las calles que en estos momentos ya se están abriendo detrás de la Fachada Marítima –la idea es construir un eje que vaya desde Reyes Católicos hasta el mar a lo largo de la calle Brotad–. Sin embargo, el proyecto está paralizado.

Chimenea restaurada junto a una vivienda abandonada

«Hay otras prioridades». Así lo explicó ayer a este diario el concejal de Urbanismo, Jesús Valls, quien atribuyó la situación a la falta de dinero para inversiones. No sólo están paradas las expropiaciones, sino también la construcción de viviendas protegidas. «Estamos esperando una mejor ventura para impulsar un proyecto rentable que combine el modelo público y privado», añadió.

Anteriores administraciones, tanto del PP como del Pacte, impulsaron destacadas medidas puntuales como la rehabilitación de Can Ribas y la construcción de pisos para mayores de 65 años sin recursos. Sin embargo, el trabajo global de regeneración está a medio hacer, sin visos de culminar a corto plazo.

Tal y como explica Jesús M. González Pérez en su libro La pérdida de memoria y la degradación urbana, morfología y patrimonio de un antiguo barrio industrial: La Soledat, el deterioro de la zona empieza con «la desaparición de la actividad industrial en su interior». Así lo corrobora también Joan Mayol, propietario de una ferretería en la calle Manacor desde hace tres décadas y uno de los pocos comerciantes veteranos que sobreviven.

La actividad industrial en el barrio se prolongó hasta mediados de los años 90 –ya en pleno boom turístico– con la consolidación de pequeños talleres de mecánica, torno y carpintería. Paralelamente, se instalaron comercios que vendían tanto a estas pequeñas industrias como a los inmigrantes de la península que se habían instalado en el barrio.

Fábrica de zapatos Gorila, situada en La Soledat

Con la paulatina desaparición de los talleres, en especial a partir del año 2000, empezó también el cierre de los comercios y el éxodo de vecinos, que se fueron buscando lugares con más posibilidades. La crisis económica, prosigue Mayol, no ha hecho más que rematar el barrio, que se transforma a pasos de gigante hacia un estado poco alentador. Es en este contexto que se han instalado en él un gran número de inmigrantes, cuyo consumo es, en general, limitado, ya que es de subsistencia.

Sin embargo, a pesar de lamentar grandes carencias –ni polideportivo, ni centro de salud, ni biblioteca– la Asociación de Vecinos ve con cierto optimismo el futuro y las medidas puntuales de descongestión del tráfico que ya se están tomando. Además, su presidente, Joan Monserrat, destaca la gran cantidad de entidades ciudadanas y las posibilidades de un barrio «bonito y con mucha historia». Las casas vacías, las chimeneas y las antiguas fábricas esperan.

Más información, en el blog Alta Mar

Palma pierde la casa del inquisidor

19 Feb
  • El Govern vende por 1,7 millones la sede del Santo Oficio durante el siglo XVI
  • La compró hace 25 años pero la abandonó y ahora es demasiado caro rehabilitarla
  • Tiene un gran valor histórico y arquitectónico

En el jardín hay tanta hiedra que en cualquier momento podría aparecer Mowgli atravesando el patio agarrado de una liana. Normal, la vegetación lleva décadas campando a sus anchas, invadiéndolo todo e impidiendo, ni siquiera, ver el suelo.

Es una de las estampas de Can Fàbregues, casal histórico del centro de Palma, y objeto constante de proyectos que nunca vieron la luz –museo, biblioteca y sede de una dirección general, entre muchos otros–. Veinticinco años después de su adquisición por parte del Govern a bajo precio, la administración balear lo pone ahora en venta, al ser su rehabilitación demasiado costosa –el inmueble está en un estado ruinoso–. Si se hace efectiva la enajenación, Palma perderá uno de sus edificios con más historia, sede de la inquisición durante casi un siglo y joya arquitectónica al aglutinar estilos que van del gótico al neoclasicismo.

El patio de Can Fàbregues (Fotos: Pep Vicens)

Un respiradero protegido con una reja oscura despierta rápidamente la imaginación. ¿Sería el calabozo de un judío acusado de herejía? Quién sabe, el casal, al que se accede desde la calle Convent de Sant Francesc, atesora tanta historia como cascotes y restos de material de obra hay ahora en su interior. Según explica Bartomeu Bestard, cronista de Palma, el Santo Oficio de la Inquisición se trasladó a lo que es hoy Can Fàbregues a finales del siglo XV, después de haber ocupado durante unos pocos años las Torres del Temple.

El edificio, que en aquella época era conocido como Llonjeta de l’inquisidor Gual –en referencia a Pere Gual–, fue la sede del Santo Oficio durante una época de intensa actividad inquisitorial, sobre todo a raíz de los procesos abiertos contra judíos –los Reyes Católicos obligaron a todos los judíos a convertirse al catolicismo en 1492, mediante el Edicto de Granada–. En este período, prosigue Bestard, se llevaron a cabo las primeras condenas a muerte, aunque en la mayor parte de los casos no se ejecutaron, ya que el reo consiguió huir. En su lugar, los inquisidores solían quemar un muñeco de trapo.

Cabezal abandonado en el piso de arriba

Las paredes de Can Fàbregues, de tierra prensada y yeso, atesoran esa historia, aunque por poco tiempo en caso de que se venda –el precio de salida es de 1,7 millones– y el nuevo propietario alegue la ruina económica del inmueble, algo probable. De ser así –tal y como está pasando con otros edificios del casco antiguo–, sólo habrá que conservar la fachada.

El Govern tuvo, desde luego, su oportunidad de evitarlo. En 25 años, sólo hubo un intento infructuoso de rehabilitación en 1992, que llenó el edificio de puntales –de hecho, sus habitaciones son auténticas selvas de varas de hierro– y sólo logró rehacer el tejado. Desde entonces, los gobiernos autonómicos de uno y otro color se han sucedido sin ser capaces de aportar una solución para el casal señorial, que se ha ido deteriorando a marchas forzadas –los techos están hundidos y las vigas, en muy mal estado–. Josep Massot, de la asociación conservacionista ARCA, calificó ayer de ‘deplorable’ este olvido institucional. Para conservar su interior, pidió al Govern un sistema de venta –con un precio más bajo– que obligue al nuevo propietario a conservarlo.

La luz de Galileo entra en la Seu

9 Feb
  • El sol se filtra por el rosetón y se proyecta en la pared de enfrente en las inmediaciones del solsticio de invierno
  • Las fechas culminantes son el 11/11 y el 2/2
  • A partir de mediados de febrero el fenómeno va desapareciendo y no vuelve hasta el otoño

Contrariamente a lo que cree la mayoría, el sol no siempre sale exactamente por el este. En invierno, el astro rey se asoma entre el levante y el sur. Y cuando se pone –en una trayectoria circular y más o menos simétrica–, también se orienta hacia el más cálido de los puntos cardinales. Es un fenómeno geométrico y científico, pero en Palma también tiene algo de arquitectónico. Durante unas cuantas semanas del año –en las inmediaciones del solsticio de invierno–, los rayos del sol naciente inciden de manera perfecta sobre uno de los rosetones de la Catedral, dando lugar a un espectáculo de luz que cada vez tiene más seguidores. Una exhibición que habla de matemáticas, religión, tumbas y reyes, y que durante  estos días toca a su fin.

Proyección del rosetón en el interior de la Seu (Foto: Mariona Cerdó)

Quien quiera verlo sin esperar al próximo otoño –el fenómeno empieza a mediados de noviembre y acaba a principios de febrero–, debe dirigirse cuanto antes a la Seu a las ocho de la mañana de un día soleado. Nada más entrar, podrá observar cómo un haz multicolor se proyecta sobre los pilares y los arcos ojivales de la nave central. Entonces sabrá que la función acaba de comenzar. Poco a poco, el juego de luces –es decir, los rayos del sol filtrados por los cristales policromados e incidiendo sobre las paredes– irá desplazándose hacia el centro de la iglesia, hasta quedar justo debajo del segundo de los rosetones.

Galileo Galilei defendió las teorías de Copérnico y se enfrentó a la Iglesia, empeñada en que la Tierra era el centro del Universo. Paradojas de la vida, el espectáculo que acogen cada año las cristianas paredes de la Seu es en cierta forma una prueba del heliocentrismo,  ya que se rige por los movimientos de rotación y translación del planeta, así como una muestra de la inclinación del globo terrestre, que es la responsable de las estaciones y de que el sol salga y se ponga por distintos puntos en función del momento del año.

Gráfico: J. A. Vaca Cerezo

La proyección multicolor es también una de las maneras que tiene la Societat Balear de Matemàtiques (SBM-XEIX) de acercar la geometría, la astronomía y la ciencia en general a la población. Son dos de sus miembros, Daniel Ruiz Aguilera y Josep Lluís Pol Llompart, quienes, a través de su estudio Els efectes de la llum solar a la Seu de Mallorca, han popularizado el fenómeno.

¿Por qué se produce? Básicamente, porque el templo está perfectamente orientado hacia la salida del sol en el solsticio de invierno, que cae entre los días 21 y 22 de diciembre. Había una posibilidad entre 360 de que fuera así, lo que lleva a pensar a estos dos matemáticos que no se trata de una casualidad. A principios del siglo XIV, Jaume II hizo levantar la Capilla Real, el lugar donde iba a instalar su sepultura y el germen de la Catedral. No es descabellado pensar que los constructores la orientaran hacia el lugar donde sale el sol en las fechas próximas a Navidad, ya que para los católicos «Dios es la luz». Décadas más tarde, cuando obispo Antoni de Galiana mandó levantar la nave y los dos rosetones, el conjunto se habría construido de acuerdo a esta disposición inicial.

El sol entra por un rosetón y sale por otro en el solsticio de invierno (Foto: Josep Ll. Pol)

Es por ello que en las fechas próximas a Navidad, la luz entra de manera perfecta por uno de los rosetones y sale por el otro, un fenómeno espectacular que puede observarse desde el Baluard de Sant Pere y que genera la ilusión de que hay un incendio en el interior de la Seu. Luego, en los días 11/11 y 2/2 –simétricos respecto al solsticio– y en sus fechas cercanas, la luz se proyecta bajo el otro rosetón, dando lugar a lo que se conoce como el «espectáculo del ocho» –los dos círculos, uno debajo del otro, recuerdan al número ocho–. Esta última figura es la que toca a su fin en estos días. A partir de ahora, la proyección de luz irá bajando y alejándose cada vez más del segundo rosetón, hasta situarse, durante la primavera y el verano, en el suelo.

Con sus 11,3 metros de diámetro, 24 triángulos equiláteros y 1.116 piezas de cristal, el rosetón principal de la Seu es uno de los más grandes de la Cristiandad –sólo le supera el de Notre Dame, en París–. También es un reloj de sol que marca la hora y la estación del año. Y desde hace algunos años, una puerta de entrada a las matemáticas y la historia.

Léalo en elmundo.es

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/02/08/baleares/1328688568.html 

Seis meses de ‘okupación’

20 Ene
  • El casal de Sa Foneta monta charlas y talleres y da cabida a una veintena de entidades

  • Estaba abandonado desde 2007

Desde el tejado de sus nobles cuatro plantas se vislumbran, con la claridad que dan las alturas, los edificios de La Caixa, el Santander y Es Crèdit. Tal vez por aquello de que al enemigo hay que tenerlo controlado, un grupo  de jóvenes –algunos procedentes del movimiento 15-M– decidió el pasado verano ocupar este edificio, situado en el número diez de la Plaza de España y abandonado desde 2007. El pasado viernes se cumplieron seis meses de la acción, cuyo objetivo es la puesta en marcha de un centro cultural alternativo y autogestionado. Lo llamaron Sa Foneta.

Fachada del edificio, situado en la Plaza de España (Reportaje gráfico: Jordi Avellà)

Cualquiera que tenga interés puede entrar a verlo y comprobar las actividades que se ofrecen. La visita no le dejará indiferente. Cuatro plantas enormes distribuidas alrededor de un patio en las que, como si acabara de producirse un bombardeo, las ventanas se abren al exterior desnudas, sin marcos ni cristales, permitiendo que se cuele toda la humedad del invierno palmesano. Las baldosas hidráulicas y los restos de papel pintado –así como la escalera de piedra, las puertas de madera tallada y las ventanas con cristales de colores– hablan del pasado señorial de un edificio construido hace 110 años bajo la influencia innegable del modernismo.

«Dr. Brusotto», reza un cartel colgado de una puerta del primer piso. Donde un día estuvo la consulta médica, hoy se han habilitado varias aulas para acoger proyecciones y debates –tienen prevista, próximamente, la visita del diputado andaluz Juan Manuel Sánchez Gordillo–.

Sala de lectura

En la misma planta también hay una biblioteca que resultaría acogedora si no fuera por el frío. Los libros se organizan en estanterías bajo pósters de Van Gogh. Y los mullidos sofás invitan a la lectura.

La idea de la ocupación surgió durante los primeros meses del verano. No es complicado imaginar a los indignados contemplando el edificio abandonado durante las guardias nocturnas en la Plaza de Islandia. La amenaza de un desalojo ya planeaba desde hacía días sobre el campamento y el traslado –obviamente ilegal– se llevó a cabo de manera casi natural, aunque no se atribuye al movimiento 15-M. La disolución del campamento se produjo el día 4 de julio y tan sólo nueve días después se consolidaba la ocupación.

El edificio, de 2.300 metros cuadrados, pertenece a la inmobiliaria Solvia Development, propiedad del Banc de Sabadell. La empresa abandonó el edificio después de verse incapacitada para terminar las obras de rehablitación. Este periódico se puso en contacto con el departamento de comunicación de la entidad bancaria, que aseguró que tiene denunciada la ocupación en los Tribunales y que está esperando sentencia. Los ocupantes de la casa aseguran que no han recibido ninguna notificación y que tampoco hay quejas vecinales, por lo que creen que no es previsible un próximo desalojo.

Sala de lectura

Los responsables de la ocupación son reacios a aclarar cuántas personas viven en el edificio. Aseguran que reside en él un «grupo motor» que se encarga de la vigilancia del inmueble así como de los trabajos para acondicionar el centro cultural. Cuando este periódico llega al casal, dos personas trabajan en unas vigas de madera y otra más rehabilita la puerta del garaje que da al Convent dels Caputxins. Del patio se han retirado kilos y kilos de escombros que la empresa constructora fue apilando durante las obras. «Queremos romper el estereotipo del okupa, nosotros estamos aquí para trabajar y construir algo», asegura Robert, uno de sus responsables.

La distribución se ha hecho de acuerdo con los consejos de un arquitecto, que confirmó el buen estado del edificio pero, a la vez, recomendó que los espacios con más gente se situaran en las primeras plantas. Así, la veintena de entidades que cuenta con un local (Anima Naturalis, Maulets, Ecoaldeas…), la Oficina de okupación –asesora sobre cómo ocupar un edificio y lleva al día los aspectos legales de Sa Foneta– y el gimnasio se sitúan en la planta baja. La Universidad libre –donde se hacen proyecciones y debates– y la biblioteca, por su parte, están en el primer piso.

En cuanto al segundo, allí se ubican las clases de yoga, las asambleas y el aula abierta, donde se imparten clases de alemán, catalán, inglés, italiano y talleres de fontanería, electricidad y rehabilitación. También hay una habitación donde se puede dejar o coger ropa usada. Un piso más arriba, se sitúa la sala de exposiciones y el estudio de arte. En esta planta vivió el filólogo y lingüista menorquín Francesc de Borja Moll. En la azotea, se preparan la puesta en marcha de una televisión pirata y cursos de fotografía.

Refugio, probablemente de la Guerra Civil

Borja Moll no es la única sorpresa histórica del edificio. Sus actuales ocupantes descubrieron también un túnel de 15 metros que muy probablemente fuera un refugio antiaéreo de la Guerra Civil. Todavía quedan los rodillos de porcelana que sostenían el cable eléctrico y un pasillo tapiado podría conducir a la plaza.

Sa Foneta aspira a construir una oferta alternativa desde fuera del sistema, a imagen y semejanza de otras casas ocupadas europeas, que han llegado a convertirse, incluso, en reclamos turísticos. ¿Se consolidará esta primera propuesta de envergadura en Palma?

Web de Sa Foneta: http://www.youtube.com/watch?v=nRj4CaGEXMg&feature=related

Se vende palacete

11 Ene
  • El centro de Palma se llena de casas antiguas y señoriales buscando comprador
  • Sus precios alcanzan los cinco millones de euros
  • La crisis impide la venta y provoca que, vacías, se vayan deteriorando

Se venden «sueños». Un balcón de la calle de las Siete Esquinas luce especialmente colorido. Su dueño ha colgado en él una veintena de carteles de se vende y los ha rellenado a su antojo. Así, en la casa en cuestión, se vende una «suegra», «tortillas», la «tentación» y hasta un «tanga de hilo». Muy cerca, en la calle Plateria hay otro cartel de se vende, pero este es menos original.

Casa señorial en venta en la plaza Sant Francesc (Reportaje gráfico: Pep Vicens)

En las calles del casco antiguo de Palma cada vez prolifera más la venta de casas señoriales, más conocidas de un tiempo a esta parte como palacetes, a causa del famoso y lujoso inmueble que Jaume Matas se compró en la calle Sant Feliu siendo presidente del Govern –y que se ha convertido en uno de los símbolos de la corrupción política en Baleares–.

Pero, en general, las casas que se venden en el centro histórico nada tienen que ver con las siglas o el abuso de poder. Si están vacías y buscando un cambio de propietario es más bien por otro fenómeno, muy relacionado con la crisis, pero también con un cambio de época. Octogenarios que fallecen y cuyos hijos no se ven viviendo en frías habitaciones de techos altos –o que no pueden costearse las reformas–. Gente mayor que ya no puede valerse por sí misma y que acaba sus días en asépticas residencias, mientras el lugar donde vivió toda la vida, ya vacío de los objetos que le acompañaron, se degrada a pasos agigantados, víctima del olvido y la humedad.

Son imponentes edificios de dos y tres plantas, con balcones de hierro y nobles y vistosas galerías. Una buena parte están situados en los alrededores de la iglesia de las Caputxines y la calle Sant Jaume –zona popularmente conocida como Ca n’avall–, aunque también los hay en la parte alta, en Ca n’amunt. En la plaza de Sant Francesc, por ejemplo, dos carteles azules anuncian la venta de un gran edificio de alargados balcones.

Obviamente, la crisis también tiene mucho que ver en el asunto, ya que la venta de edificios se acumula ante la ausencia de compradores que estén dispuestos a desembolsar cantidades de dinero que alcanzan los cinco millones de euros. Porque lo curioso del caso es que los precios apenas bajan.

Carteles de 'se vende' en la calle de los 'set cantons'

Así lo explicó a EL MUNDO/El Día de Baleares Kai Dost, director general de la inmobiliaria afincada en Mallorca Dost&Co. Según su testimonio, los precios de las viviendas de lujo siguen al mismo nivel de 2006, ya que el mercado inmobiliario mallorquín es conservador y no hay «prisa por vender». «El mercado se estanca, hay pocos que necesiten vender rápido», abundó Dost. La entrevista también aportó otros datos interesantes, como que los compradores de este tipo de inmuebles suelen ser inversores en busca de un valor seguro. «No se fían del oro ni tampoco de la bolsa», explicó.

Pero más allá de la economía, el problema es que, sin habitar, estas casas se van degenerando a marchas forzadas. Primero las tuberías se obstruyen, luego se rompen los cristales y las persianas y al final la humedad se cuela por todas partes, poniendo en peligro un importante patrimonio arquitectónico e histórico.

En els set cantons, se ofrecen «deseos», «ilusiones», «rasurado de ingles» e incluso un «¿por qué?». También se vende una «isla». Por suerte, en Mallorca, la cosa aún no ha llegado tan lejos.

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/01/02/baleares/1325495763.html

De la ‘telemunar’ a la degradación

28 Dic
  • El edificio protegido donde la ex presidenta del Consell quería ubicar su televisión se deteriora a pasos agigantados

  • ARCA reclama que el propietario lo deje como estaba

El edificio de Son Puig va directo al abismo víctima de las batallas políticas, los proyectos faraónicos del pasado y la indiferencia.El majestuoso inmueble que fue elegido por Maria Antònia Munar para albergar la radiotelevisión del Consell de Mallorca –siendo ella presidenta de la institución– está en un estado deplorable de conservación después de años de tramitaciones burocráticas que nunca llegaron a buen puerto.

Aspecto actual de Son Puig (Fotos: ARCA)

La historia empieza en el verano de 2006, cuando el Consell de Munar adjudicó a Tema Concesionaria S.A., una filial de Fomento de Construcciones y Contratas (FCC), la puesta a punto de la sede de la futura radiotelevisión. La constructora ofreció el edificio de Son Puig –sobre el que tenía una opción de compra– para ubicar los estudios de la cadena y la institución insular dio su visto bueno a la operación, que iba a costarle la friolera de 112 millones de euros a pagar en 40 años. Tema Concesionaria S.A. fue la única empresa que se presentó al concurso.

Eran los tiempos de las obras públicas faraónicas y la crisis ni siquiera asomaba en el horizonte, con lo que a la institución insular, gobernada en aquel entonces por Unió Mallorquina con el apoyo del PP, no le pareció mala idea hipotecar sus cuentas durante cuatro décadas. Sin embargo, el proyecto se topó siempre con la oposición del Ayuntamiento de Palma, donde tanto los técnicos como los políticos –inicialmente del PP y luego del Pacte– nunca le dieron su visto bueno. Más de cinco años después, la iniciativa está totalmente abandonada –de hecho, la radiotelevisión ya ni siquiera existe– y el edificio, que en su día fue muy bello, está pereciendo.

Basta acercarse hasta él para comprobarlo. El reloj de sol de la fachada, que fija en 1845 la fecha de construcción del inmueble, está rodeado de grafitis, puertas tapiadas y cristales rotos. No hay ningún tipo de barrera que impida el paso a la finca, con lo que todo el que ha querido acercarse ha podido hacerlo. Además, alguien ha derribado los ladrillos que cerraban el acceso a la clastra –el edificio está construido a partir de una antigua possessió–, en su día repleta de macetas y cuidados arbustos y hoy invadida por la maleza y la basura. Cinco años han bastado para deformar totalmente el lugar, en el que, como en el Manderley de Rebecca, la naturaleza –y en este caso el vandalismo– se ha abierto camino. Tanto, que al comparar las fotografías del antes y el después cuesta creer que se trate del mismo sitio.

La clastra de Son Puig hace cinco años, antes de que el Consell quisiera comprar el edificio

Son Puig es un inmueble protegido –está incluido en el Catálogo de edificios y elementos de interés histórico, arquitectónico y paisajístico de Palma– y, de acuerdo con esta situación, el dueño tiene la obligación de conservarlo, mantenerlo y custodiarlo. Es por ello que la asociación proteccionista ARCA reclama al Ayuntamiento de Palma que obligue a la propiedad a «recuperar el buen estado de conservación en que encontró el edificio y el entorno cuando lo compró». En caso de que no lo haga, la entidad insta al Consistorio a «ejecutar los trabajos repercutiendo los costes en la empresa», tal y como dice la Ley de Patrimonio Histórico. Este periódico se puso ayer en contacto con Tema Concesionaria para conocer su versión de los hechos pero no obtuvo ninguna respuesta.

El proyecto de Son Puig prácticamente nació muerto. Tan sólo tres meses después de adjudicarse el concurso, la Comisión de Centro Histórico de Palma ya dejaba claro que era muy complicado que obtuviera los permisos necesarios. La iniciativa contemplaba importantes modificaciones en un edificio catalogado –la más agresiva, la construcción de un sótano de 11 metros de profundidad para ubicar los platós de la televisión– y los técnicos siempre consideraron que Son Puig era un lugar totalmente inadecuado para ubicar unos estudios de televisión. A todo ello, se sumaba la batalla política que protagonizaban en aquella época Maria Antònia Munar –que tal vez inicialmente esperaba obtener el favor de Cort– y el entonces concejal de Urbanismo, el popular Javier Rodrigo de Santos.

El interior en la actualidad (Cati Cladera)

A pesar de todo, la Comisión dio su brazo a torcer en marzo del año siguiente, cuando la promotora cambió el proyecto y situó los platós debajo del aparcamiento, que debía construirse en las inmediaciones del edificio. Sin embargo, en julio llegaba un nuevo contratiempo: el Ayuntamiento denegaba la licencia de obras por diversas irregularidades. Ante esta situación, el Consell –en 2009, ya durante el mandato de la socialista Francina Armengol– anuló el concurso público, con el que, por otra parte, no estaba de acuerdo desde un punto de vista político.

La cosa tampoco se acabó ahí. Tema Concesionaria llevó el caso a los tribunales y hace tan sólo dos meses logró una primera sentencia que obliga al Consell a indemnizarla con 7,7 millones de euros, al considerar el juez que adjudicó el contrato a sabiendas de la catalogación del edificio. La institución insular lo ha recurrido. Mientras llega el final de la batalla judicial, el tiempo, como una hormiguita, acaba cada día un poco más con el edificio.

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/12/22/baleares/1324558574.html

El tupido universo de Ca Don Pau

12 Dic
  • La ferretería La Central de Santa Catalina lleva 103 años abierta

  • Ofrece toda clase de artículos: desde petróleo a regadoras pasando por cestas y cable eléctrico

En Ca Don Pau «hay petróleo». Eso queda claro nada más entrar. Así lo anuncia un gran cartel, suspendido sobre el mostrador entre decenas de plumeros, cestas y desatascadores. Debajo, Biel y Neus atienden a una clientela variopinta, que va desde la señora del barrio al capitán de barco alemán, pasando por ciudadanos comunes en busca de objetos de cualquier clase, incluso aquellos que ya no se encuentran en ninguna otra ferretería de la ciudad.

¿Para qué debe ser el petróleo?, se pregunta uno. Contrariamente a lo que cabría pensar, no tiene ninguna finalidad naval. La ferretería La Central, popularmente conocida como Ca Don Pau, suele proveer de material a los barcos del Paseo Marítimo –y es lógico, teniendo en cuenta que se encuentra en Santa Catalina–, pero en este caso la utilidad del artículo es mucho más trivial. Tal y como explica Biel Serra, uno de sus propietarios, el petróleo sirve para prender antorchas de terraza y jardín. Nada más.

Biel y Neus, tras el mostrador (Alberto Vera)

Pero no siempre ha sido así. En sus 103 años de historia, Ca Don Pau, sin duda uno de los comercios históricos con más solera de la ciudad, ha vendido mucho petróleo. Y no siempre para antorchas de jardines. No hace tanto, era un artículo de primera necesidad, utilizado fundamentalmente como combustible para estufas. Mediante una bomba con manivela, los dependientes lo extraían de grandes bidones y lo vendían a granel, introduciéndolo en una botella de cristal que el cliente había traído previamente de su casa. El procedimiento era el mismo con el aguarrás, el salfumán o cualquier otro líquido que estuviera a la venta.

Nada que ver con las modernas botellas de plástico reciclable que hoy se acumulan sobre los estantes de la tienda, los mismos que en su día sostuvieron los bidones para vender a granel. Adentrarse en la rebotica de Ca Don Pau es una experiencia sólo apta para personas con gran sentido de la orientación. Un intrincado laberinto se abre paso entre pasillos y habitaciones repletas de objetos hasta el techo, apilados en cajas e identificados con rotulador. «¿No habrá matarratas, no?», pregunta un cliente, que se ha introducido en las entrañas de la tienda seguido de un pequeño y alegre perro negro. «No, hombre no», le tranquiliza Biel».

Recipiente con 'blavet', utilizado para blanquear la ropa

Aquí no hay inventario que valga más allá de la memoria. Y a veces no basta ni con eso. Los objetos se van acumulando y a veces se quedan olvidados en algún rincón, esperando a que alguien los descubra, hallazgos que a veces son felices y hablan de la historia de la ferretería.

Es lo que ocurrió cuando uno de los muebles de la tienda se desplomó, deteriorado por el paso de los años. Entre todo el material, aparecieron varias hojas de eucaliptus y adormidera, herencia directa de cuando el establecimiento era una farmacia. Antes de eso, el personal también había encontrado almendras amargas, cánulas y biberones de vidrio.

El primer propietario de La Central no fue otro que Don Pau, un hombre influyente que regentaba una farmacia en la calle Sant Magí y que un buen día decidió cambiar las recetas magistrales por los tornillos, el petróleo y las herramientas, abriendo una ferretería y droguería algunos números más abajo, en un local situado en los bajos de una casa modernista recién construida. Corría el año 1908 y desde entonces la tienda no se ha movido de sitio.

Lo que sí han cambiado son sus propietarios. Don Pau era soltero y le dejó el comercio a un sobrino suyo que también era soltero. Xisco –así se llamaba el heredero– le legó la ferretería a su sobrina Xisca, quien –adivina, adivinanza– tampoco estaba casada.

Entrada de la ferretería

La ristra interminable de herederos solteros la detuvo Biel Serra, padre de los propietarios actuales, que en 1934 entró como mozo y años más tarde acabaría adquiriendo el local y abriendo algunas tiendas más en los alrededores.

Hoy se hacen cargo del negocio los hermanos Biel y Toni, además de la mujer y la hija del primero y de dos dependientes, la simpática Neus –orgullosa vecina de Es Jonquet– y el inquieto Toniet –«le ves y no le ves», según le describe el jefe–. La crisis les golpea como a todos, pero se van sobreponiendo. «Luchamos para mantener lo que nos dieron, que no es poco», sentencia Biel.

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/12/06/baleares/1323166893.html

El declive de los vigías de la ciudad

23 Nov
  • Dos de los cinco molinos de Es Jonquet amenazan derribo

  • Los vecinos exigen a Cort que los expropie

  • Su rehabilitación, pendiente de un PERI que no estará listo antes de 2013

El cuerpo derrumbado; los brazos amputados; la cabeza al aire. Los molinos de Es Jonquet podrían ser pero no son. Tienen una de las vistas más privilegiadas de la ciudad –sus arcos son un balcón al mar– y cuentan con una belleza y una historia que puede ofrecer mucho a Palma, dándole un valor que la aleje de la creciente uniformización y monotonía de las ciudades turísticas mediterráneas. Sin embargo, permanecen olvidados y degradándose a pasos agigantados, a medida que el tiempo pasa y que el ámbito público y privado no se ponen de acuerdo en cómo resolver su futuro.

Molinos d'en Garriga y d'en Gelós (Cati Cladera)

Antes que nada una salvedad: no son todos. De los cinco molinos que hoy siguen en pie –según documentos históricos llegó a haber entre siete y nueve–, dos están en buen estado: el Molí del Nom de Déu y el Molí d’en Garleta. En cambio, los otros tres se encuentran en unas condiciones ruinosas. Son los molinos D’en Carreres, D’en Garriga i D’en Gelós. Estos dos últimos son los que amenazan ruina y los que han generado un mayor número de protestas y de informaciones periodísticas.

Y eso que en teoría son Bien de Interés Cultural (BIC). El Consell de Mallorca les otorgó está figura de protección en noviembre de 2009, a petición de la plataforma Salvem Es Jonquet y sin que de momento se haya derivado ninguna medida encaminada a su rehabilitación. No es extraño que lo hiciera: se trata de un conjunto de molinos harineros del siglo XVII que durante centenares de años han formado parte de la postal –y en su día, de la economía– de Palma. Un plano de 1644 ya documenta su existencia y son, en definitiva, una parte muy importante de la historia de la ciudad.

Entonces, ¿cuál es el problema? Básicamente, que son de propiedad privada. Si los molinos del Nom de Déu y D’en Garleta están rehabilitados es porque el Ayuntamiento los expropió a lo largo de la década de los 80. No ocurrió lo mismo con los otros tres, ya que cuando estaba a punto de iniciarse el proceso, el entonces alcalde –Joan Fageda– llegó a un acuerdo con los propietarios: se comprometían a repararlos y mantenerlos en buen estado. No hace falta decir que nunca lo hicieron.

Empezó a partir de entonces un creciente proceso de degradación que hoy ya amenaza, directamente, la pervivencia de estas dos construcciones, que antes del declive albergaron la popular discoteca Jack el Negro. Hace tan sólo unas semanas –en el mes de septiembre–, se desplomó parte del techo del molino D’en Garriguera. Y en estos momentos, pese a que el Ayuntamiento anunció que los tapiaría, sigue habiendo huecos en las rejas que permiten que los indigentes los ocupen, poniendo en riesgo su vida.

La solución al problema parece pasar por la redacción de un Plan Especial de Reforma Interior del barrio de Es Jonquet, anunciada en repetidas ocasiones por el Ayuntamiento de Palma y que está siendo uno de los partos administrativos más largos de los últimos tiempos. La redacción del plan salió a concurso en enero de 2011 y a día de hoy está adjudicada por la mesa de contratación a un equipo de arquitectos sin que todavía se haya empezado el trabajo. El motivo: la Junta de Gobierno de Cort aún no ha adjudicado “formalmente” el proyecto, según señalaron a este periódico fuentes de la Gerencia de Urbanismo. Cuando lo haga, el proceso de elaboración se alargará durante 15 meses más. Es decir: antes de 2013 no estará hecho.

Derrumbes en uno de los molinos (Cati Cladera)

Y el equipo político de Urbanismo no dará el visto bueno a la adjudicación hasta que haya estudiado con detalle la situación, que es lo que está haciendo en estos momentos. Se trata de analizar las implicaciones del BIC para la zona. Porque ese es el quid de la cuestión. Y no sólo en lo que hace referencia a los molinos.

Hay, efectivamente, otra cuestión sensible: la de dos proyectos urbanísticos en jugosos solares situados en la primera línea de Es Jonquet. La primera de ellas, que es la más importante y se sitúa en los terrenos denominados Mar i Terra, corre a cargo de Acciona y, de llevarse a cabo, supondría la construcción de 113 viviendas, un parking excavado en el talud en el que hoy se asoman los molinos y también un centro comercial. La segunda, ubicada en la parcela de Es Rentadors, contempla la construcción de 20 viviendas.

Los vecinos se oponen frontalmente a estos dos proyectos, al tiempo que reivindican la expropiación inminente de los molinos D’en Garriga y D’en Gelós.

Según los responsables políticos del Pacte, tanto el BIC como el posterior PERI deben evitar estos proyectos urbanísticos, pero hoy todo está en el aire. Con tanto contratiempo, lo que parece extraño es que los molinos de Es Jonquet sigan vigilando la ciudad desde su atalaya. Mientras, muchos de sus hermanos –o primos– van muriendo en el campo. Ya lo canta Toni Morlà: “Cementeri de molins / és tot es camp de Mallorca / que si fa vent no importa / són bubotes es mesquins”.

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/10/16/baleares/1318760919.html

Las joyas de Santa Catalina

22 Nov
  • El barrio atesora decenas de casas modernistas y mucha historia

  • ARCA pide la protección de todo el conjunto

Santa Catalina esconde secretos que los palmesanos ignoran. Y no porque estén ocultos –todo lo contrario: están bien visibles–. Tal vez por desconocimiento, tal vez por aquello de no valorar lo propio, decenas de casas modernistas, baldosas coloridas y detalles preciosistas pasan desapercibidos al común de los ciudadanos.

¿Quién sabe que Santa Catalina es el barrio externo a las murallas más antiguo de Palma? ¿O que sus calles se diseñaron a finales del siglo XIX a imagen y semejanza –eso sí, a pequeña escala– de ensanches como el de Barcelona? La mayor sorpresa llega al descubrir cómo un modernismo popular, ajeno a las genialidades de arquitectos de renombre, se abrió paso en un barrio sencillo, impregnándose –paradójicamente, teniendo en cuenta las características del movimiento– de la austeridad más palmesana.

Todo un patrimonio que, sin embargo, adolece de figuras urbanísticas que lo protejan. «¿Ves esta casa modernista?», interroga a EL MUNDO/El Día de Baleares Àngels Fermoselle, de la entidad proteccionista ARCA. «Pues si alguien la compra y la quiere tirar, puede hacerlo sin ningún problema», recalca.

Calle de Santa Catalina (Foto: ARCA)

No se trata de catalogar edificio por edificio, afirma Fermoselle. Las reivindicaciones de ARCA van en un sentido mucho más amplio: el colectivo pide al Ayuntamiento que declare todo el barrio conjunto histórico, de manera que se preserven edificios emblemáticos y que cualquier obra nueva respete la personalidad del conjunto. Eso sí, sin ser tampoco «muy estrictos», añade.

Un punto de vista que el consistorio palmesano no rechaza de pleno, pero al que sí pone matices. «Siempre colaboraremos en la preservación de espacios característicos», aseguró a este diario Jesús Valls, teniente de alcalde de Urbanismo, quien, sin embargo, puntualizó que toda protección se debe «compaginar con la seguridad jurídica, el momento económico y la vida cotidiana de las personas». En este sentido, valoró «muy mal» algunas políticas de protección que llevan a la «degradación de edificios históricos» porque el coste de su rehabilitación es «desproporcionado» y no son «adaptables» a reformas para hacerlos «habitables».

La visita de este periódico a Santa Catalina empieza, de la mano de ARCA, en la esquina de la calle Anníbal con Avenida Argentina, el lugar donde hace pocos meses las máquinas acabaron con un edificio característico del barrio, en contra de la voluntad de la mayor parte de los vecinos. Donde estaba la casa, ahora hay un solar vacío que permanecerá así hasta que alguien se decida a construir, algo muy complicado en los tiempos que corren.

Cuando por fin lo haga, se regirá por unas normas que nada tienen que ver con la tipología urbanística del barrio. Así lo remarca ARCA: la legislación que regula las nuevas viviendas en Santa Catalina es exactamente la misma que en cualquier otra barriada de Palma, lo que lleva a la construcción de edificios que desentonan, con chaflanes en lugar de las características esquinas redondeadas y voladizos que invaden la acera a partir del primer piso, rompiendo la línea de la calle. La situación es preocupante si se analiza la gran cantidad de solares vacíos existentes, aptos para construir sin cortapisas en cualquier momento.

En la otra cara de la moneda, están los propietarios que han rehabilitado viviendas ya existentes o han construido respetando el carácter del barrio, atrayendo de esta manera a paseantes, comercios y restaurantes. «Eso es dar valor añadido», opina Fermoselle.

Edificio de la Calle Anníbal, antes de su demolición

Albert Herranz, escritor y miembro también de ARCA, es el encargado de hacer los apuntes históricos. Santa Catalina no es sólo el barrio más antiguo de Palma externo a las murallas, sino que ya en el siglo XV hay testimonios gráficos de sus primeros pobladores. En concreto, la primera foto de la barriada la hizo el pintor Pere Niçard en su famoso Sant Jordi (1468). En él, aparece la carretera de Porto Pi –hoy calle Sant Magí– y la iglesia de los hermitaños, construida por sacerdotes que provenían de Tarragona y que trajeron a la capital el culto al patrón de esta ciudad catalana, que no es otro que Sant Magí.

Las calles y sus leyendas

La siguiente anécdota es más divertida. La cuenta al atravesar la calle Pursiana, probablemente deformación de la palabra prusiana y atribuible, según la leyenda, a una prostituta de Prusia que vivió en el barrio.

Cada esquina tiene su miga, aunque haya que recurrir al recuerdo. Donde ahora hay un edificio moderno, se alzó Can Tatxa, lugar donde antaño dormían los fichajes peninsulares del_Mallorca cuando llegaban a la isla. Y en algunas partes, aún pervive el trazado de cuando Santa Catalina, barrio popular y marinero, era el polígono industrial de Palma.

Desde Avenida Argentina hasta Joan Crespí, de un lado, y desde Es Jonquet hasta la calle Industria, del otro, Santa Catalina sigue siendo «el único pueblo de Mallorca sin ayuntamiento», según bromean sus vecinos. La cuestión es que su espíritu perviva.

Un oasis en Pere Garau

26 Sep
  • Cien viviendas sociales construidas en los años 30 resisten entre la modernidad

  • Arca reclama su protección

Nadie diría a priori que en medio de Pere Garau se esconde algo así. Ciento dos casas, cada una con su patio trasero y su cisterna. Un oasis lleno de árboles en medio de una barriada de edificios altos. Y tampoco diría que estas viviendas cuentan, a través de sus paredes, una de las historias más bellas de Palma, la de una sociedad sin ánimo de lucro que levantó en los años 30 un centenar de viviendas baratas para la clase obrera de la ciudad. Las llamaron Ses Cent Cases y hoy, ochenta años después, allí siguen, dignas, hermosas y fuertes como robles -no tienen ni una sola grieta-. Pero nada garantiza su pervivencia en las próximas décadas -si un promotor comprara los solares y quisiera derribarlas, podría hacerlo-, por lo que la Asociació per a la Revitalització dels Centres Antics (ARCA) reclama su protección.

Rafel, en la puerta de su casa (Reportaje gráfico: Jordi Avellà)

Rafael Vanrell no estaba predestinado a entrar en esta historia, pero los miedos de un señor de Sóller le metieron de lleno en ella. O mejor dicho a su padre y después a él. Todo empezó en 1924, con la visita de Mestre Jaume, el cartero de Els Hostalets, al taller de confección de zapatos de Antoni Vanrell, situado en la carretera de Inca. Su misión era encontrar a alguien que, a razón de dos pesetas semanales, quisiera ingresar como socio en la Sociedad Cooperativa Constructora de Ses Cases Barates, la entidad que iba levantar las cien casas de Pere Garau. La recompensa iba a ser -así se lo explicó el cartero a Antoni Vanrell- la posesión de una de esas viviendas cuando las obras hubieran terminado.

Vamos, una bicoca. Tanto, que el señor de Sóller había llegado a la conclusión de que era totalmente imposible que le dieran una casa por tan sólo dos pesetas a la semana y abandonó el proyecto. Era necesario, entonces, encontrarle un sustituto. Y ese sustituto fue Antoni Vanrell, que dijo que sí.

«Los encargados de localizar socios para la cooperativa eran los carteros, porque en aquella época entraban en todas las viviendas y tenían contacto directo con la gente», explica Rafael desde el salón de su casa, que no es otra que una de Ses Cent Cases -la que su padre consiguió como miembro de la cooperativa-. Sentimental y nostálgico, Rafael -que ahora tiene 90 años y trabajó durante muchos años en Calzados Gorila- conserva toda la documentación relativa a este proyecto pionero en Palma, lo que se traduce en fotografías antiguas, publicaciones en revistas y prensa y auténticas joyas de papel, como la del libro donde, semana a semana, el senyor Pou –así le llamaban– sellaba el pago de las cuotas de los miembros de la cooperativa. Cada miembro tenía una de estas libretas, en cuya portada estaba anotado su número de socio. La familia de Rafael tenía el 57.

Hoy en día resulta extraño que una decena de hombres de la sociedad mallorquina decidiera por su cuenta y riesgo y sin esperar ningún beneficio económico a cambio viajar a Madrid para pedir al Gobierno -entonces corrían los tiempos de Alfonso XIII- que subvencionara la construcción de viviendas baratas para gente humilde. Pero así fue. «No querían señores, querían trabajadores», explica Rafael. De hecho, la cooperativa tenía reglas estrictas al respecto: los socios y futuros propietarios no podían tener unos ingresos de más de 8.000 pesetas, de las que el 75% debía proceder del salario o pensión.

Libro de cupones con el que se controlaba el pago de la 'hipoteca'

Con el visto bueno de Madrid y un préstamo bancario inicial, La Redención del Hogar –así era como se llamaba la cooperativa- empezó las obras de las casas, casi una treintena de bloques de marés que constaban de planta baja y primer piso –a razón de cuatro viviendas por edificio- y estaban situados entre las calles Arquebisbe Aspàreg, Adrià Ferrà y Bartomeu Torres. Las casas se construyeron en tres parcelas compradas a los propietarios de la possessió de Son Coc, que hoy ya no existe -en las fotografías puede verse como Ses Cent Cases, hoy rodeadas de asfalto y edificios, estaban circundadas de campos de almendros-. Los trabajos no acabarían hasta 1934.

Una vez terminadas las casas, llegó el momento de asignarlas. La Junta Directiva de la cooperativa hizo la convocatoria y una multitud se agolpó frente a los nuevos edificios. Dos niños, que eran hijos de cooperativistas, hicieron de manos inocentes, sacando del bombo los números premiados. A la familia Vanrell le tocó una planta baja situada en la calle Pere Llobera.

Pero ni Antoni ni su mujer, Catalina, llegaron a residir nunca en ella. Aunque en teoría no se podía hacer, los padres de Rafael alquilaron la vivienda a un tercero, bajo la promesa de que cuando su hijo se casara sería para él. Y así ocurrió: Rafael y Magdalena se trasladaron a la casa de Pere Llobera en 1941. «Compramos muebles de color negro y forramos las paredes de papel oscuro, tal y como era moda en la época», cuenta Rafael sin perder un solo detalle. También instalaron en el recibidor un antiguo reloj de péndulo -ya era antiguo entonces- que hoy, casi 70 años después, sigue dando las horas sin que haya sido necesario repararlo ni una sola vez.

Sociedad impulsora de la cooperativa de Ses Cent Cases

Rafael y Magdalena, que murió hace un año y medio, siguieron pagando las dos pesetas semanales hasta 1961, año en que la construcción de las obras estuvo por fin sufragada. A esta cantidad se añadían otras 30 pesetas en concepto de alquiler mientras la vivienda aún no era suya, con las que la cooperativa abonaba las cuotas del préstamo. Con todo, los residentes de Ses Cent Cases tardaron 37 años en pagar las casas, un tiempo que se alargó más de lo previsto con el cambio de la Segunda República -que subvencionaba el proyecto- a la dictadura de Franco. Durante todo ese tiempo, los inquilinos estuvieron totalmente exentos del pago de impuestos, de acuerdo con la Ley de Casas Baratas. Las viviendas no fueron enteramente suyas hasta 1980.

Muchos regímenes políticos han pasado ante los ojos de Rafael, que tras una reciente operación de cataratas se protege la vista con unas modernas gafas de sol. Pero el tiempo no le ha maltratado, a juzgar por un envidiable estado de salud a sus noventa años -por poner un par de ejemplos, aún conduce y se dedica a leer a Unamuno-. La receta: dos dientes de ajo en ayunas y dos largos paseos diarios. Gracias a ella, sigue custodiando una de las historias más bellas de la ciudad.

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/09/26/baleares/1317028095.html