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“Cuando vas despacio piensas más”

3 Mar
  • Domiciano Brezmes fabrica bicicletas a partir de piezas antiguas que compra en los rastros e internet

  • Augura que con la subida de la gasolina las dos ruedas irán «a más»

Ha llegado a fabricar una bicicleta porque un pedal le inspiraba. Domiciano Brezmes trabaja en el mundo de la publicidad, pero en su tiempo libre tiene otra pasión.Desde hace cuatro años, confecciona bicicletas. Y no bicicletas vulgares y corrientes. Lo suyo son ciclos de diseño, ligeros como una pluma y con un valor añadido muy particular: son obras de arte elaboradas a partir de piezas de bicicletas de segunda mano, habitualmente antiguas.

El arte está en el objeto en sí y también en el proceso. El procedimiento no empieza hasta que surge una idea, ya sea a partir de una pieza o de una sensación. Luego, el embrión va evolucionando –estudio de color, elección de los componentes, selección de los complementos…– hasta fructificar en una bicicleta totalmente única. La fase final es la venta –a través de internet o exponiéndolas en algunas tiendas, bajo la marca Domibrez–, aunque el negocio no es el motor de Domiciano. Para él, hacer ciclos es una manera de aunar pintura y escultura.

Dociciano Brezmes, en su taller de bicicletas (Fotos: Jordi Avellà)

Lo suyo es toda una filosofía que nace de su propia experiencia como ciclista. Cada día, llueva o truene, va hasta el trabajo en su caballo de dos ruedas. «Cuando vas despacio piensas más», asegura este leonés afincado en Mallorca desde hace años.

Todo empezó el día en que, harto del coche –y de los gastos que le comportaba–, decidió probar qué tal le iba ir hasta la oficina con bicicleta. Partió desde su casa en Son Sardina y cuál fue su sorpresa cuando descubrió que en sólo veinte minutos estaba ya en el centro de Palma.

También se le revelaron otras cosas, como la relajación que comporta moverse en bicicleta. Y cuando llega el buen tiempo, cada mañana hace una parada previa en el Portitxol, para bañarse en el mar. «Todo esto me lo da la bicicleta», destaca.Con la gran subida del precio de la gasolina, augura, el fenómeno de la bici cada vez irá «a más». «Es un fenómeno aún por descubrir».

Diez de la mañana. Domiciano abre las puertas de su taller, situado en su casa de Son Sardina, y muestra a este periódico las nuevas obras en que está trabajando. Por el momento ya tiene elegidos los cuerpos y el color que van a tener. El primero es negro; el segundo tiene un cromatismo más impreciso, que ha surgido después de rascar la pintura original, dando lugar a un conjunto de tonalidades rojas y cobrizas.

Su meta no es que las bicicletas parezcan nuevas. Más bien al contrario, las marcas del uso son un valor añadido para él, lo que no significa que sus creaciones adquieran un aspecto descuidado –todo lo contrario, tienen un diseño exquisito y todos los detalles están muy pensados–.

¿Cómo empieza todo el proceso? Domiciano recorre los rastros, mercados de segunda mano e internet a la búsqueda de piezas interesantes –por ejemplo, ha llegado a comprar una bicicleta entera porque le interesaba el manillar–. Le atraen sobre todo los componentes italianos de los 70 y los 80, de los que habla maravillas. Luego, lo fotografía todo y lo guarda en un almacén, en el que a día de hoy tiene material suficiente como para fabricar 50 bicicletas. Hasta que surge la inspiración.

Pedales y martillo en la mesa de trabajo

A veces son por encargo y otras simplemente por el placer artístico. Para Domiciano, fabricar bicicletas es una afición que le ocupa innumerables horas cada semana y que le supone toda una válvula de escape.

Siempre ha sido un manitas, pero no se inició en la confección de bicicletas hasta hace cuatro años. Fue algo bastante fortuito. Cuando ya estaba acostumbrado a desplazarse con normalidad en dos ruedas, un buen día le robaron su corcel de 900 euros. Era viernes y no podía concebir llegar al lunes sin recuperarlo o comprarse otro. Así que se fue al rastro para ver si encontraba su propia bicicleta. No la halló, pero sí descubrió la gran cantidad de ofertas que había. Ese fin de semana ya se fabricó una.Escarbando aún más en los orígenes, Domiciano cuenta que su padre nunca le compró una bicicleta. No es que fuera una frustración para él, pero soñaba con ellas y se dedicaba a arreglar las de sus amigos, que a cambio le dejaban dar una vuelta. Lo primero que hizo con su primer dinero fue comprarse una.

En sólo cuatro años, hacer bicicletas es una parte muy importante de su vida. Ha llegado a estar hasta un año dándole vueltas a un proyecto, hasta que ha fructificado. Muchas veces, se inspira en quien la va a usar: «Es muy bonito hacer una bicicleta pensando en alguien».

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No existen barreras para Paquita

2 Mar
  • Tiene parálisis cerebral pero escribe libros, monta a caballo, hace esquí acuático y baila

  • «Desde que hago equitación ya no le tengo miedo a nada, ni siquiera a la muerte»

Deportivas de charol, simpáticos pendientes en forma de dados y una sonrisa que rompe barreras. Paquita Ferragut recibe a este periódico en una conocida hamburguesería de Palmanova. A la hora concertada, ya está dentro. Se gira desde su silla hacia la puerta de entrada, ríe abiertamente y alarga la mano con mucha energía. El brazo bien estirado, hacia arriba. «Encantada de conocerte».

Si las historias de superación personal son siempre un ejemplo, la suya alcanza niveles de épica. Una parálisis cerebral la tiene en una silla de ruedas desde pequeña y hablar le cuesta un gran esfuerzo. Pero no hay obstáculos que su fuerza de voluntad no pueda derribar. Tres novelas a su espalda y una lista de proyectos que no se acaba. «La vida no es de color de rosa, pero si tienes un sueño tienes que luchar y no parar hasta conseguirlo», asegura, con una clarividencia que supera las dificultades de comunicación y apabulla.

Paquita posa con sus libros (Alberto Vera)

Empezó a escribir a los 17 años, pero la tecnología le jugó una mala pasada. Cuando el libro ya estaba terminado –67 páginas–, se borró. Ni corta ni perezosa, lo escribió otra vez. Hoy tiene 32 años, vive con su novio y ya ha completado la trilogía que aquella novela inició, a la que ha llamado ¿Qué es, realidad o sueño? En estos momentos, ya prepara un cuarto libro, aunque su escritura ha quedado interrumpida por otro proyecto. «Es muy importante», avanza, misteriosa.

Lo que quiere hacer es participar en una competición de baile. Hace meses que entrena, tanto desde su silla de ruedas como en el suelo, en una modalidad denominada jam contact. «Si hace falta, iré al programa Tú sí que vales, porque no tengo vergüenza», añade.

¿Por qué quiere hacerlo? Paquita quiere demostrar al mundo que «no hay barreras ni nada parecido para una persona en silla de ruedas». Es consciente de que no todo el mundo tiene la misma fuerza que ella y precisamente por eso quiere que el público vea de todo lo que es capaz una persona con parálisis cerebral. «No debe ser un tabú», explica.

Si tuviera delante a una persona en su misma situación, le diría que no se rindiera y le explicaría «lo que es esta enfermedad», porque a ella «nadie» se lo contó. Si su interlocutor no la entendiera, debido a su grado de invalidez, encontraría la manera: «Por señas o haciéndole escuchar mi corazón».

«Cada época de mi vida ha sido una fase de superación», explica Paquita, que durante todo un año estuvo llamando a diario a distintas editoriales para que le publicaran sus libros. No lo consiguió, así que se los autoeditó con la ayuda de su padre. Mientras los ejemplares no tuvieron código de barras, fue de librería en librería y de pueblo en pueblo intentando colocarlos. Hoy todavía lo hace, porque ya ha adquirido esta costumbre. «Soy mi propia comercial, si promuevo el boca a boca, mi libro sobrevive; si no, se muere», relata. «Si quiero conseguir algo, lo hago», remata.

Las novelas (Una noche de locura, Vivir soñando y ¿Crees en el amor o en el miedo?)cuentan la historia de Susana, una chica que se ve envuelta en una trama de amor, sexo y drogas. En la trilogía también aparece Isabelita, una chica con parálisis que vive con una tía lejana.

Así es como escribe en el ordenador: mediante una anilla en la nariz que emite rayos láser

La parálisis cerebral es un trastorno permanente que se produce antes, durante o después del nacimiento del bebé, cuando una infección provoca severas e irreparables lesiones en su frágil cerebro, que pueden afectar tanto a la capacidad motora como del habla o cognitiva. Estrechar la mano, tal y como hace Paquita al inicio de este reportaje, puede suponer todo un éxito.

Para ella lo es. Antes no podía hacerlo, pero ahora sí. Y todo se lo debe a los caballos. Uno de los últimos retos de Paquita ha sido hacer equitación. Y no sólo lo ha conseguido, sino que su vida ha dado un vuelco:ahora puede controlar mucho más su cuerpo y tiene una mayor independencia: «Desde que monto a caballo ya no le tengo miedo a nada;a la muerte tampoco;sólo tengo miedo de los vivos». También hace esquí acuático.

Escribir una columna en un periódico, participar en un programa de radio y subirse a un escenario –en el marco de «un proyecto de teatro que ya está en marcha»– son otros de sus planes de futuro. Y nada –NADA– le impedirá conseguirlo.

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/03/02/baleares/1330689745.html

Seis meses de ‘okupación’

20 Ene
  • El casal de Sa Foneta monta charlas y talleres y da cabida a una veintena de entidades

  • Estaba abandonado desde 2007

Desde el tejado de sus nobles cuatro plantas se vislumbran, con la claridad que dan las alturas, los edificios de La Caixa, el Santander y Es Crèdit. Tal vez por aquello de que al enemigo hay que tenerlo controlado, un grupo  de jóvenes –algunos procedentes del movimiento 15-M– decidió el pasado verano ocupar este edificio, situado en el número diez de la Plaza de España y abandonado desde 2007. El pasado viernes se cumplieron seis meses de la acción, cuyo objetivo es la puesta en marcha de un centro cultural alternativo y autogestionado. Lo llamaron Sa Foneta.

Fachada del edificio, situado en la Plaza de España (Reportaje gráfico: Jordi Avellà)

Cualquiera que tenga interés puede entrar a verlo y comprobar las actividades que se ofrecen. La visita no le dejará indiferente. Cuatro plantas enormes distribuidas alrededor de un patio en las que, como si acabara de producirse un bombardeo, las ventanas se abren al exterior desnudas, sin marcos ni cristales, permitiendo que se cuele toda la humedad del invierno palmesano. Las baldosas hidráulicas y los restos de papel pintado –así como la escalera de piedra, las puertas de madera tallada y las ventanas con cristales de colores– hablan del pasado señorial de un edificio construido hace 110 años bajo la influencia innegable del modernismo.

«Dr. Brusotto», reza un cartel colgado de una puerta del primer piso. Donde un día estuvo la consulta médica, hoy se han habilitado varias aulas para acoger proyecciones y debates –tienen prevista, próximamente, la visita del diputado andaluz Juan Manuel Sánchez Gordillo–.

Sala de lectura

En la misma planta también hay una biblioteca que resultaría acogedora si no fuera por el frío. Los libros se organizan en estanterías bajo pósters de Van Gogh. Y los mullidos sofás invitan a la lectura.

La idea de la ocupación surgió durante los primeros meses del verano. No es complicado imaginar a los indignados contemplando el edificio abandonado durante las guardias nocturnas en la Plaza de Islandia. La amenaza de un desalojo ya planeaba desde hacía días sobre el campamento y el traslado –obviamente ilegal– se llevó a cabo de manera casi natural, aunque no se atribuye al movimiento 15-M. La disolución del campamento se produjo el día 4 de julio y tan sólo nueve días después se consolidaba la ocupación.

El edificio, de 2.300 metros cuadrados, pertenece a la inmobiliaria Solvia Development, propiedad del Banc de Sabadell. La empresa abandonó el edificio después de verse incapacitada para terminar las obras de rehablitación. Este periódico se puso en contacto con el departamento de comunicación de la entidad bancaria, que aseguró que tiene denunciada la ocupación en los Tribunales y que está esperando sentencia. Los ocupantes de la casa aseguran que no han recibido ninguna notificación y que tampoco hay quejas vecinales, por lo que creen que no es previsible un próximo desalojo.

Sala de lectura

Los responsables de la ocupación son reacios a aclarar cuántas personas viven en el edificio. Aseguran que reside en él un «grupo motor» que se encarga de la vigilancia del inmueble así como de los trabajos para acondicionar el centro cultural. Cuando este periódico llega al casal, dos personas trabajan en unas vigas de madera y otra más rehabilita la puerta del garaje que da al Convent dels Caputxins. Del patio se han retirado kilos y kilos de escombros que la empresa constructora fue apilando durante las obras. «Queremos romper el estereotipo del okupa, nosotros estamos aquí para trabajar y construir algo», asegura Robert, uno de sus responsables.

La distribución se ha hecho de acuerdo con los consejos de un arquitecto, que confirmó el buen estado del edificio pero, a la vez, recomendó que los espacios con más gente se situaran en las primeras plantas. Así, la veintena de entidades que cuenta con un local (Anima Naturalis, Maulets, Ecoaldeas…), la Oficina de okupación –asesora sobre cómo ocupar un edificio y lleva al día los aspectos legales de Sa Foneta– y el gimnasio se sitúan en la planta baja. La Universidad libre –donde se hacen proyecciones y debates– y la biblioteca, por su parte, están en el primer piso.

En cuanto al segundo, allí se ubican las clases de yoga, las asambleas y el aula abierta, donde se imparten clases de alemán, catalán, inglés, italiano y talleres de fontanería, electricidad y rehabilitación. También hay una habitación donde se puede dejar o coger ropa usada. Un piso más arriba, se sitúa la sala de exposiciones y el estudio de arte. En esta planta vivió el filólogo y lingüista menorquín Francesc de Borja Moll. En la azotea, se preparan la puesta en marcha de una televisión pirata y cursos de fotografía.

Refugio, probablemente de la Guerra Civil

Borja Moll no es la única sorpresa histórica del edificio. Sus actuales ocupantes descubrieron también un túnel de 15 metros que muy probablemente fuera un refugio antiaéreo de la Guerra Civil. Todavía quedan los rodillos de porcelana que sostenían el cable eléctrico y un pasillo tapiado podría conducir a la plaza.

Sa Foneta aspira a construir una oferta alternativa desde fuera del sistema, a imagen y semejanza de otras casas ocupadas europeas, que han llegado a convertirse, incluso, en reclamos turísticos. ¿Se consolidará esta primera propuesta de envergadura en Palma?

Web de Sa Foneta: http://www.youtube.com/watch?v=nRj4CaGEXMg&feature=related

El Montepío deja su casa

15 Ene
  • La entidad centenaria abandona el local que ocupa desde 1930 porque no puede pagar el alquiler

  • Se traslada a la calle Caro

Biel Pujades tiene 97 años y es el rey del dominó. Cada tarde acude al Montepío de Santa Catalina para encontrarse con sus amigos y ejercitarse con las fichas negras y blancas –que, como es sabido, hay que colocar sobre la mesa con contundencia y un sonoro golpe–. A partir del próximo mes de febrero, sin embargo, tendrá que encaminar sus pasos a otro lugar: el Montepío, el club social cataliner por antonomasia, deja la que ha sido su casa durante los últimos 81 años –en la calle Fàbrica– y se muda a un nuevo local en la calle Caro.

Interior del local del Montepío en la calle Fàbrica (Reportaje gráfico: Alberto Vera)

Adiós a las baldosas de cuadros blancos y negros; adiós a las columnas de hierro que llegan hasta un techo altísimo de vigas de madera; adiós a la barra del bar demasiado elevada; adiós a los muebles de madera; adiós a los fluorescentes colgantes y a los ventiladores. Pero también hola a unos nuevos tiempos. El Montepío deja el lugar donde tiene sus raíces, pero no desaparece. Así lo recalca su Ejecutiva, que el pasado jueves consiguió el visto bueno de sus socios para continuar en un nuevo local. Los miembros de la asociación tendrán que hacer un pequeño esfuerzo para empezar de nuevo y poder pagar el alquiler durante los primeros meses.

Porque ése ha sido el problema: el Montepío deja el local de la calle Fàbrica porque no puede hacer frente a unas elevadas mensualidades. Hasta ahora las había costeado gracias a las subvenciones del Consell de Mallorca, pero los impagos de la institución –que se remontan a hace más de un año– le impiden continuar. La Ejecutiva no culpa al Consell –se hace cargo de que hay dificultades económicas y de que son muchas las asociaciones y entidades que están sufriendo–, lo que no significa que no vaya a seguir necesitando apoyo económico de la Administración para poder seguir con su labor social en el barrio:es un importante centro de reunión en el que cada tarde se congregan decenas de mayores para bailar, cantar, jugar a cartas o ver los partidos del Mallorca.

Grupo de 'ball de bot' frente al edificio del Montepío

«Cuando alguien tarda tres o cuatro días en venir le llamamos por teléfono o vamos a su casa para saber si está bien». Llorenç Sabater, presidente de la asociación, explica que el Montepío es una familia. Y no es difícil comprobarlo. Cuando este periódico visita la histórica sede de la entidad, se encuentra con dos grandes mesas redondas de personas mayores –todos los socios superan los 70 años– debatiendo y jugando animadamente a pinacle y burro. «Más tarde empezaremos con el truc», explica el secretario del club, Pedro Palmer. «Queremos continuar para no perder la amistad y no romper esta hermandad; y sin un local sabemos que se desharía», añade.

¿Y de dónde le viene el nombre de Montepío? La explicación se encuentra en su origen. El Montepío de Previsión del Arrabal –este era su nombre completo– nació en el año 1894 con el objetivo de proporcionar una asistencia sanitaria a sus socios, que eran mayoritariamente pescadores, obreros, zapateros y cordeleros. Tal y como hace hoy en día la Seguridad Social, el Montepío –al igual que otras muchas entidades similares– proporcionaba a sus miembros un médico de cabecera, una comadrona, un practicante y hasta una sepultura.

La entidad, que inicialmente tuvo su local en la calle Cerdà y después en Can Ripoll, vivió tiempos de gran esplendor durante las primeras décadas del siglo XX, momento en el que llegó a tener más de 1.000 socios. Sin embargo, con la llegada de las prestaciones sociales dejó de tener sentido tal y como fue concebida inicialmente. Poco a poco se fue consolidando como un centro de reunión donde los socios llevaban a cabo distintas actividades, como el canto en una coral o el ball de bot. El bar también desarrollaba una importante función aglutinadora.

Llorenç Sabater, presidente de la entidad

Y si no que se lo digan a Pedro Palmer, que conoció a su mujer en el Montepío hace casi seis décadas. Como tantos otros, se acercó al local atraído por sus actividades (se cantaba zarzuela, se bailaba ball de bot y se hacía también teatro o comèdia), así como por ser un lugar de reunión en el barrio. Ella era la hija de los responsables del bar.

«Entonces no era como ahora, en casa no había nada que hacer y la gente buscaba un lugar donde estar con los demás», explica. «Los hombres, después de trabajar, solían estar en el café hasta la hora de cenar», abunda. Y en cierta manera, el Montepío sigue siendo eso: un reducto de otros tiempos donde los hombres se reúnen por la tarde. Unos hombres que ahora ya superan los 70. «No tenemos gente joven».El cambio de tendencia se institucionalizó en 1996, cuando el Montepío pasó a llamarse oficialmente Asociación Cultural Arrabal de Santa Catalina. Desde entonces, funciona a efectos prácticos como una asociación de la tercera edad, a la que el Consell proporciona actividades de ocio (baile de salón, gimnasia, danzas del mundo…).

Acta fundacional del Montepío (1894)

«Déjalo, total habrá que descolgarlo en un momento u otro». Pedro contesta así a este diario cuando intenta devolver a su lugar un cuadro al que ha sacado una fotografía. La entidad se llevará todos los muebles que pueda –tienen ocho décadas y contienen documentación de 117 años–. «Nos los llevaremos a la calle Caro y estaremos allí Dios sabe hasta cuándo», finaliza Llorenç.

La matrona del módulo 8

11 Ene
  • Aurora es una jubilada que de forma voluntaria da charlas de anticoncepción y prevención a las presas de la cárcel de Palma

Es momento para el tiempo libre y las presas se entretienen jugando a cartas, coloreando dibujos y charlando en los bancos, las unas sentadas, las otras tumbadas sobre los muslos de sus compañeras. De repente se arma un buen alboroto: alguien ha entrado en la sala.

La escena se repite desde hace 14 años, a razón de una o dos veces por semana. Aurora recoge su identificación en el primer control, deja el móvil y las llaves del coche en una pequeña taquilla, atraviesa una docena de puertas blindadas, recorre varios patios de cemento y gravilla y entonces, al final del camino, entra en el módulo 8, provocando un gran bullicio. Las mujeres se levantan para recibirla, la abrazan y le comentan las últimas novedades.

Aurora resuelve las dudas de las presas (Reportaje gráfico: Jordi Avellà)

Ella es la matrona de las mujeres de la cárcel de Palma, una labor que lleva haciendo de manera voluntaria desde hace 14 años. En los inicios, cuando las embarazadas residían aún en la prisión, las preparaba para el parto, las acompañaba al ginecólogo e, incluso, las atendía el día del alumbramiento; hoy, sin embargo, con la apertura de la Unidad de Madres en un centro diferente, su labor es básicamente educativa. Aurora resuelve dudas y da charlas sobre métodos anticonceptivos, prevención de enfermedades de transmisión sexual y menopausia, entre otras cuestiones. Después de tanto tiempo, se ha convertido en toda una institución en la cárcel.

«Una persona privada de libertad debe tener las mismas prestaciones que todo el mundo», considera esta matrona jubilada hace ya una década, cuya complicidad con las presas se basa en una relación de respeto mutuo en que las muestras de afecto no están proscritas. «No tengo por qué despreciarlas», asegura, al tiempo que deja claro que, cuando habla con ellas, siempre se centra en asuntos relacionados con su profesión: «Lo que hayan hecho no es asunto mío, ni lo pregunto ni me importa». En 14 años, ha llegado a conocer a tres generaciones de presas de una misma familia.

«Aurora, te voy a cantar una canción». Quien habla ahora es Sonia –todos los nombres de las presas son figurados–, una joven rubia oxigenada con piercings en los labios y un desparpajo especial. Moviendo el cuerpo al ritmo de las palmas, recita una letra que bien podría ser el rap de la anticoncepción, cantando las alabanzas y utilidades del preservativo. Irreproducible por no ser apta para menores de edad, la canción es desternillante. «¿A que mola?», «¿es tuya?», «la aprendí por ahí».

Aurora atiende a un total de 130 mujeres, a las que se suman una veintena más de la Unidad de Madres, a la que también acude para hacer preparación al parto. Su labor en la cárcel varía según el día: a veces da charlas en el auditorio, otras responde a dudas individuales y otras pasa consulta con el ginecólogo, en la enfermería de la prisión.

Aurora posa frente al módulo 8 de la cárcel

La oportunidad se la brindaron cuando sólo le faltaban cuatro años para jubilarse. Le ofrecieron ejercer de comadrona de la prisión a cambio de reducirle algunas horas de su jornada laboral, un reto que aceptó. Luego, cuando tocó el momento del retiro, estaba tan a gusto que decidió continuar.

El día del reportaje las presas se han reunido en una aula que hay al otro lado del patio para plantearle sus dudas. Rosalva, calzada con unas llamativas pantuflas rosa peluche, quiere saber qué riesgo tiene de padecer cáncer de útero, ya que su hermana está teniendo problemas relacionados con esta patología. Alba, por su parte, le pide una charla sobre métodos anticonceptivos, al tiempo que le muestra una hoja en la que se explican las conductas de riesgo para contraer el VIH.

«Tú y yo tenemos que hablar», le dice, ya a la salida, Aurora a Carmen, cuando esta última le dice que quiere volver a ser madre. Ya tiene un hijo, del que la separaron cuando ingresó en prisión.

A día de hoy, las presas ingresan en la Unidad de Madres cuando están embarazadas de entre 20 y 30 semanas. Allí pasan todo el proceso, con las visitas al centro de salud que sean necesarias y luego el parto en el hospital correspondiente. El niño crece con ellas hasta que tiene tres o cuatro años, aunque lo más común es que en ese tiempo ya hayan salido de la prisión.

Aurora quiere seguir desarrollando su labor durante muchos años, aunque también espera que algún día surja el sucesor: «¡A ver si alguien se anima!».

Zancos y malabares para no quedarse en la calle

23 Nov
  • El Circo de la Vida imparte talleres de acrobacias, monociclo y zancos

  • ‘Son Roca es un barrio conflictivo, hay que engancharles con algo’

¿Quién querría estar tirado en la calle pudiendo hacer acrobacias con un monociclo? Los niños lo tienen claro: el circo les encanta. Y los monitores también: enseñarles a hacer equilibrios y contorsiones les aleja de los problemas y les ayuda a construir una vida plena.

El Circo de la Vida, una entidad especializada en organizar actividades circenses con un uso benéfico y social, ha iniciado este mes de octubre –y hasta diciembre– un curso de tres meses para los niños de la barriada de Son Roca. Les enseña malabares, teatro de sombras, acrobacias, equilibrios y a caminar en zancos. Además, también imparte otros talleres no relacionados con el circo, como la construcción de un cajón flamenco, baile flamenco y teatro.

El monitor ayuda a un alumno con el monociclo (Reportaje gráfico: Jordi Avellà)

Algunos son niños con problemas. Otros no. Pero, en cualquier caso, lo que está claro –así lo aseguran sus organizadores– es que estas actividades les entretienen y les proporcionan formas alternativas de divertirse, algo que luego van a poder seguir aprovechando durante toda la vida. Lo importante es engancharles con algo para que no estén por ahí”, resume Violeta, coordinadora y educadora social de El Circo de la Vida.

El día en que se lleva a cabo el reportaje es el primero del curso dedicado a juegos aéreos, acrobacias, equilibrios, monociclo y zancos. Una veintena de niños mira embobada al monitor, un acróbata conocido con el nombre de Marc Filigranes, que les instruye en el arte de pedalear con una sola rueda y desplazarse agarrados a dos grandes palos de madera. No es nada fácil.

De pie, a un lado, una joven con un llamativo tatuaje –le recorre el muslo y la pantorrilla, de arriba a abajo, con filigranas en forma de ramas de árbol– controla todo lo que sucede. Resulta ser Abigail, una chica de la barriada que participó durante toda su infancia en talleres similares y que, de esta manera, encontró su vocación: ahora trabaja como monitora de Naüm, la entidad de las Hermanas de la Caridad de Sant Vicenç de Paül que organiza todo tipo de actividades para el barrio de Son Roca –El Circo de la Vida lleva a cabo sus cursos en el marco de un proyecto más amplio: el del proyecto socioeducativo de Naüm–.

“Ellos me ayudaron a mí y ahora la que ayuda soy yo”, resume Abigail, que con sus 19 años habla con una autoridad que, en teoría, le correspondería a una persona mayor.

“Este es un barrio conflictivo”, explica, al tiempo que enfatiza que actividades como las de El Circo de la Vida entretienen a niños y adolescentes de riesgo durante buena parte de los días de la semana. De hecho, en verano ha habido actividades de lunes a viernes. “En vez de estar jugando en la calle, aquí tienen otras cosas que hacer”, abunda. “Y los padres están tranquilos”, añade.

La frase se le queda prácticamente a medias, ya que un niño le pide ayuda para andar con sus zancos. Ella le agarra del torso para que él no pierda el equilibrio. Y empiezan a caminar.

Un niño hace equilibrios con una tabla

A Marc Filigranes se le nota la habilidad en el cuerpo. Delgado y ágil, se sube a los zancos y les explica a los chicos cómo deben impulsar el cuerpo para no caerse. Luego, les da a probar el juguete a todos. Y lo mismo con el monociclo, la más complicada de todas las actividades.

Al igual que el resto de educadores que trabajan para el proyecto, Marc no sabe cuándo va a cobrar, ya que las entidades que financian la iniciativa –en especial el Ayuntamiento de Palma– no saben decirle cuándo van a disponer del dinero. Será en 2012, pero no tienen ni idea del mes en que se va a producir. “Ni siquiera sé si voy a cobrar, la verdad”, llega a dudar.

Sin embargo, no por ello deja de impartir los cursos, al entender que son muy importantes para el barrio. En su cabeza, contempla un proyecto mucho más ambicioso: el de una gran escuela de circo que pueda alimentarse de chicos como los de Son Roca, con una base ya aprendida. Sin embargo, eso sí que está lejos de materializarse. O al menos por el momento.

Su experiencia en el rescate de niños de riesgo con actividades circenses atraviesa las fronteras. Y los mares. Marc ha llevado a cabo, junto con otros educadores, un programa de El Circo de la Vida en Latinoamérica, más concretamente en los países de Colombia y Ecuador.

Al final de la clase, el chaval de los zancos ya recorre todo el patio con seguridad y a toda velocidad. En algunos años, tal vez –quién sabe– lo haga mientras escupe fuego hacia el cielo, admirando a niños como él.

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/10/18/baleares/1318919842.html

A todo gas contra la marginación

24 Sep
  • El párroco de Sa Indioteria impulsó hace 30 años un proyecto para combatir la delincuencia

  • Hoy sus ‘discípulos’ siguen formando con éxito a jóvenes y niños

Tomeu Suau es toda una institución en Sa Indioteria. Toda una institución que se pasea por la barriada con una señora Yamaha. Lo primero que cabría esperar de un párroco es que utilizara una scooter normal y corriente. Y él lo hizo. Pero la cosa se acabó cuando sus chicos le regalaron una pedazo de moto.

El tamaño del vehículo es proporcional al cariño que le tienen en el barrio los centenares de personas que han pasado por sus manos, ya sea a través del club de esplai de la parroquia, del centro de inserción laboral o de la granja-escuela. A sus espaldas, tiene un proyecto de tres décadas de duración con el que ha contribuido en gran medida a erradicar la delincuencia y la marginación en esta barriada de Palma. «Esto hace 30 años era el equivalente a Son Gotleu, un barrio con inmigración de lugares muy diversos –gente que vino a trabajar al Polígono de Son Castelló– en el que los nuevos residentes entraron en conflicto con los que vivían en el núcleo antiguo y donde también había mucha delincuencia y droga».

Tomeu Suau frente a la Cooperativa Jovent (Reportaje gráfico: Jordi Avellà)

Hoy, Tomeu Suau está ya retirado de su labor socioeducativa, pero su legado perdura en cinco entidades muy activas, perfectamente organizadas y que ya traspasan las fronteras de Sa Indioteria: el Club d’Esplai Jovent, la Granja Jovent, la Cooperativa Jovent, la Oficina de inserción social y laboral y el Club de la Tercera Edad de Sa Indioteria. «Yo no soy nadie, sólo vengo a tomar café y doy algunas ideas», asegura, modesto, durante el recorrido por cada uno de los lugares que él ha creado o contribuido a crear.

La visita empieza en la granja-escuela, pero, realmente, esta historia tiene su principio en otro lugar: en la parroquia, situada en el núcleo antiguo de Sa Indioteria. Allí, hace exactamente 31 años –corría el año 1980–, Tomeu Suau abrió un club de actividades para niños y jóvenes que iba a cambiar de raíz la historia del barrio. Eran los años duros de Sa Indioteria y aquel proyecto, que pretendía alejar a los chicos de la droga y la delincuencia, le costó a Tomeu una moto quemada y una paliza. Sin embargo, a pesar de las dificultades, finalmente lo consiguió: al segundo año ya había 60 monitores y 400 niños haciendo teatro, manualidades y dibujo, entre otras muchas actividades. «Si conoces al niño que vive en una casa, difícilmente le romperás el cristal», explica a modo de ejemplo el rector, quien también precisa que «los más pequeños no entienden de diferencias entre mallorquines, forasteros y extranjeros».

Granja Jovent

El club de esplai fue la primera piedra de un gran castillo que aún hoy sigue creciendo y que se financia gracias a ayudas de entidades públicas y privadas –que por otra parte nunca son suficientes–. La filosofía ya estaba clara desde un principio: se trata de fomentar la integración a través de los niños. Tal vez sus efectos no sean inmediatos, pero en 10 o 15 años ya se empiezan a ver. El club, que ahora está dirigido por Maria Antònia Bosch, pone en contacto a niños de distintas culturas y también a sus padres. Además, les forma en la adquisición de aficiones y hábitos saludables. Y, sobre todo, crea una red, un «nido» –así lo denomina él– que les siga protegiendo cuando dejen su hogar paterno.

De hecho, las personas que hoy se hacen cargo de los centros impulsados por el sacerdote son en su mayoría niños y jóvenes que pasaron por el club de esplai. La granja-escuela, por ejemplo, es propiedad de cinco de estos chicos –hoy ya adultos–, que se asociaron en una cooperativa, alquilaron una antigua possessió –Son Moll– y dedicaron cuatro años de su vida a arreglarla sin apenas cobrar. «Tenían un techo en el que vivir y yo les daba cuatro o cinco mil pesetas a cada uno para que pasaran el mes», explica el párroco.

De eso hace casi 14 años –se puso en marcha en 1998– y a día de hoy ya han pasado por la granja 14.000 niños, ya sea mediante visitas escolares o mediante los cursos de verano, que proporcionan a los trabajadores del polígono un lugar donde dejar a sus hijos en vacaciones. También acuden semanalmente pequeños con minusvalías. Los niños aprenden a cuidar a los animales y a preparar pan y panades, entre otras muchas actividades.

Son Moll es un oasis en medio del tráfico y la actividad industrial: es un reducto de paz que linda, de un lado, con la autopista de Inca y, del otro, con el polígono. También se encuentra en pleno corredor verde de Palma, uno de esos proyectos que nunca terminan de ver la luz y que está llamado a unir con un gran parque la Plaza de España con Sa Indioteria –el ex concejal socialista Francisco Donate, fallecido el año pasado, estuvo a punto de conseguirlo pero la crisis finalmente se lo impidió–. Muy cerca del bullicio de los coches, Gavardí, Jovent y Platero, dos caballos y un asno, pastan en un cercado. Hoy no hay niños para observarlos, pero a partir de noviembre será un no parar.

Alumnos del centro de formación ocupacional Cooperativa Jovent

Pero la primera cooperativa impulsada por Tomeu Suau fue otra, nacida en 1984 y que acabaría desembocando en un proyecto innovador, exitoso y envidiado en Alemania y Francia. Se trata de la Cooperativa Jovent, un centro que da formación a jóvenes con riesgo de exclusión y luego, en la medida de lo posible, les proporciona un empleo en una empresa. A día de hoy, se imparten diez talleres distintos (mecánica, chapa, fontanería y electricidad, entre otros) y hay 70 personas en lista de espera. La clave del éxito: hacer a los jóvenes responsables de su formación –acuden al centro porque ellos así lo desean– y crear un ambiente acogedor.

La experiencia de Tomeu Suau en Sa Indioteria podría marcar el camino para otras barriadas con problemas: «Con cuatro o cinco monitores se puede cambiar Son Gotleu, tal vez tardaríamos diez años, pero al final tendríamos un barrio unido».

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/09/22/baleares/1316677632.html

http://www.youtube.com/watch?v=MSEHMIYXK0Y&feature=player_embedded