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Unos ojos para África

12 Dic
  • La fundación mallorquina Bona Llum lleva la atención ocular a la región etíope de Meki

  • Tambien trabaja en Guatemala

Ashe tiene claro que nunca podrá abandonar su país y, como quiere ver mundo, ha decidido estudiar geografía para viajar sin moverse de casa. En los últimos meses se ha construido una habitación de tela, en la que estudia cada noche con la ayuda de una vela. Toma clases en una escuela de Meki (Etiopía), el mismo lugar donde este verano aterrizó Xisca Arrom, con la misión de evaluar la vista a los alumnos. Ella era la optometrista voluntaria de la fundación mallorquina Bona Llum, que proporciona asistencia ocular a personas sin recursos tanto en Baleares como en países del Tercer Mundo. La apodaron Eye Doctor.

Ashe y Xisca hicieron buenas migas. Él, de 18 años, la ayudaba a anotar los nombres y a llevar un seguimiento de los niños que ella iba viendo. En sólo 12 días, Xisca batió todos los récords y, con el apoyo inestimable de Ashe, consiguió revisar la vista a casi 1.300 niños –1.296 para ser más exactos–. De ellos, dos tuvieron que ser derivados a un centro ocular por problemas serios en la vista y a otros 112 les prescribió unas gafas que les llegarán en breve.

Xisca gradúa la vista a un niño

La Fundación Bona Llum nació en 1998 y en el último año ha tomado un nuevo impulso, con acciones de cooperación internacional que se suman también a campañas en Baleares, donde colabora con Cáritas, Zaqueo y Can Gazà, entre otras entidades. Sea cual sea el lugar de actividad, el objetivo es siempre el mismo:ofrecer atención ocular gratuita a personas sin recursos que, de otra manera, no podrían acceder a ella.

Bajo esta premisa, la dirección de la fundación –integrada por Jaume Bauzá, Tolo Camps y Bernat Nadal, entre otros– decidió poner en marcha hace meses la campaña Una nova mirada, con el apoyo de Endesa y Apotecaris Solidaris, así como de otras entidades. La idea era desplazarse a lugares del Tercer Mundo donde otras organizaciones hubieran desarrollado ya una tarea previa –es decir, donde ya hubiera unos servicios básicos– y proporcionar atención ocular a la población. La primera acción se desarrolló la pasada primavera en El Quiché (Guatemala); la segunda, en Meki.

«En el mundo hay 150 millones de personas ciegas y en muchos casos se podría haber evitado». Jaume Bauzá, presidente de la fundación, pone los datos sobre la mesa durante un encuentro con este periódico. En El Quiché, sin ir más lejos, hay un solo oculista para una población de 500.000 personas, lo que provoca una gran desatención. «Muchos niños tienen infecciones y se quedan ciegos, por eso es tan importante hacerles una revisión», añade.

Xisca Arrom, por su parte, pudo tocar esta realidad con sus propias manos en Meki. A los pocos días de llegar, una madre le llevó a su hijo, que en un mes de vida jamás había abierto los ojos. Tras la primera impresión, la optometrista optó por ponerle unas gotas que contenían una dosis mínima de antibiótico. Funcionó. Al igual que también lo hizo con Abraham, un niño muy pobre que estudiaba en la escuela de Meki gracias a una beca y que tenía una conjuntivitis de campeonato.

Una señora de Meki en el momento de las pruebas oculares

Lo que hace Bona Llum es desplazarse a estos lugares y sentar una primera base de atención ocular. Luego, va haciendo un seguimiento a través de internet, con la ayuda de personas del lugar a las que previamente ha formado en cuestiones muy básicas. En una segunda oleada, envía a un oftalmólogo para que haga operaciones en caso de que sea necesario. Y eso es lo que va a hacer en breve en El Quiché, donde Bona Llum colabora con la ONG Voluntaris de Mallorca –en Etiopía, lo hace con Living Meki, que lleva cinco años trabajando en el lugar–.

Paralelamente, la fundación lleva a cabo en la actualidad una campaña de recogida de gafas viejas, que luego selecciona y clasifica para enviarlas a los países donde trabaja. Las cajas pueden encontrarse en las oficinas de atención al cliente de Endesa y las farmacias de Apotecaris Solidaris.

Para llevar a cabo con éxito su actividad, Bona Llum necesita de la colaboración de voluntarios –que nunca son suficientes–. Xisca Arrom lo es, como también lo son todos los que han viajado con la fundación. «Este es el trabajo para el que realmente estudié», asegura Xisca a la hora de valorar su experiencia en Meki, para la que sólo tiene buenas palabras.

Y anécdotas. Durante sus doce días en Etiopía tuvo que tomar cantidades industriales de café –las familias la invitaban y rechazarlo hubiera sido de mala educación– y lidiar con los niños que deseaban por encima de cualquier otra cosa llevar gafas y que, realmente, no las necesitaban. «Se inventaban las respuestas para que se las pusiera», cuenta divertida.

Un paciente hace las pruebas de visión

De su estancia en Etiopía a Xisca le queda aún una experiencia más. Trabajando codo a codo conAshe, se dio cuenta de que estaba muy delgado. Poco después, se enteró de que el joven no podía pagarse los dos años de escuela que le quedaban antes de poder ingresar en la universidad y que había decidido pasar hambre para poder sufragarse los estudios. Al final de su periplo en Etiopía, Xisca apadrinó a Ashe, decidido a convertirse en un gran geógrafo. No en vano, Ashe significa ganador.

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/12/04/baleares/1322993918.html

La misión del padre Patrick

26 Ago
  • Es el primer sacerdote africano en Mallorca

  • Llegó en enero con el objetivo de encargarse de los fieles católicos nigerianos

Hubo un tiempo en que la Iglesia mandaba sacerdotes a evangelizar el mundo desconocido. Hombres blancos que, con sus hábitos, se internaban en un entorno extraño y muchas veces hostil. Hoy, cada vez son más los religiosos que hacen el camino de vuelta. Africanos y latinoamericanos que viajan a Europa –un mundo igualmente distinto al suyo– y se aventuran en los países de sus primigenios predicadores, en una curiosa carambola histórica.

Patrick Ndubisi es uno de ellos. Su piel oscura le confiere inevitablemente un gran exotismo. «No soy el primer hombre negro que llega a Mallorca», asegura, abriendo ampliamente los brazos. Y, evidentemente, no lo es. Pero sí es el primer sacerdote africano que pisa la isla con la misión de hacerse cargo de la fe de sus compatriotas. Y eso sí que llama la atención.

Él es de Nigeria. O, más concretamente, de Enugu, un pequeño estado situado en el este del país. Allí es donde se concentra la mayor parte de población católica, cuyos fieles representan el 40% del total de habitantes –los musulmanes son el 50% y viven sobre todo en el norte–. Poco podía imaginarse Patrick, a sus 32 años y desde su Nigeria natal, que acabaría viviendo en una tranquila isla del Mediterráneo.

Pero así fue. Un buen día, su obispo le dijo que tenía una misión: viajar a Mallorca y hacerse cargo de los católicos nigerianos de la isla. Patrick llegó al archipiélago el 22 de enero de este año, hace tan sólo siete meses. Y va a quedarse por un largo tiempo: cinco años. Puede que más.

La presencia del sacerdote fue, de hecho, una petición del Obispado de Mallorca, a la que se avino la Iglesia de Nigeria. Desde hacía años, los fieles nigerianos se concentraban en la iglesia de Sant Sebastià, en la barriada de Es Fortí, con lo que cada vez se hizo más evidente que hacía falta un religioso que comprendiera su idioma y sus necesidades. El párroco de Sant Sebastià, Alfred Miralles, trasladó esta necesidad a la Iglesia de Mallorca, que a su vez cursó la solicitud.

El Obispado le buscó a Patrick el mejor lugar donde podía vivir: la parroquia de Corpus Christi, situada en Son Gotleu. No en vano, en esta barriada palmesana hay un 41% de población extranjera, de la que el 70% es africana –sobre todo procedente de Nigeria, Senegal y Ghana–. Además, en la cercana iglesia de San José Obrero, donde Patrick da misa todos los domingos, se concentra buena parte de la comunidad católica nigeriana –el otro punto de reunión es la ya mencionada parroquia de Sant Sebastià–.

¿Y cuántos nigerianos católicos hay en Son Gotleu y en Palma en general? Eso es lo que está intentando averiguar Patrick. Desde que llegó a Mallorca, esa es una de sus misiones: localizar a todos los fieles con el objetivo de conocer sus necesidades y ayudarles lo mejor posible. Por el momento, sabe que existen 150. Pero «hay muchos más», afirma.

Su segunda misión es aprender castellano. Cada mañana, se desplaza hasta el Estudio General Luliano para seguir mejorando su conocimiento del idioma. En cinco años, Patrick está convencido de que llegará a dominar el español y el catalán. También quiere perfeccionar su francés, para así poder comunicarse con los senegaleses y otros ciudadanos africanos francófonos. Por el momento, se comunica principalmente en inglés, idioma en el que da las misas.

En Nigeria se hablan 510 lenguas distintas –sí, 510–, pero la oficial es la inglesa, al entenderse que aglutina a toda la población. Nigeria fue colonia británica y de ahí que la lengua habitual en la educación y las transacciones comerciales sea el inglés. Sin embargo, en las partes más rurales del país este idioma apenas se conoce.

De hecho, cuando se baja del altar, Patrick utiliza otras dos lenguas, de uso más popular: el igbo y el yoruba. La primera de ellas se habla en el este del país, mientras que la segunda es propia del sur. Ambas zonas son las de residencia mayoritaria de católicos. En cambio, en el norte, lugar de mayoría musulmana, se utiliza el hausa, idioma que Patrick desconoce.

¿Y de qué hablan? Patrick proporciona, sobre todo, orientación espiritual a sus fieles, aunque también les echa una mano a la hora de afrontar su exilio en Mallorca. La cultura nigeriana –y africana en general– es muy distinta a la europea –y mallorquina en particular–. En especial, cambia la concepción de la colectividad y el individuo. Los africanos, explica Patrick, ponen el acento en la familia y la comunidad, algo que en occidente cada vez sucede menos. 

«El contacto en África es muchomás cercano», asegura el sacerdote, que también indica que en el continente vecino «la colectividad es lo que da sentido» a la existencia de las personas. Cuando se le pregunta sobre la integración de los nigerianos entre los mallorquines es claro: los mayores no lo hacen demasiado. Pero es sólo cuestión de años: los niños van a la escuela, hablan catalán y castellano y están ya totalmente arraigados.