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Margalida: 106 años de historia viva

17 Mar
  • Es la persona más mayor de Baleares
  • Vivió la popularización de la electricidad, la aviación y el coche
  • Fue una mujer emprendedora pero también supo llevar una vida tranquila

Quería casarse más joven, pero tuvo que guardar tres años de luto por su padre, que murió tras regresar muy enfermo de la guerra de Cuba. Suena a historia lejana, pero Margalida Palmer Riutort la cuenta en primera persona y de viva voz. No en vano, es la persona más mayor de Baleares: el pasado día 2 cumplió 106 años.

A lo largo de su vida se han sucedido dos monarquías, dos dictaduras y una república, hasta llegar a la actual época democrática. Margalida las ha visto pasar todas apenas sin moverse de Mallorca, desde su plácida vida como propietaria, junto a su marido, de un café en Son Rapinya y, después, de un colmado en Son Serra. Trabajó «muchísimo», pero sin perder nunca la calma –ni siquiera la guerra rompió eso–. Puede que ahí esté el secreto.

Margalida junto a su única hija en el piso que tienen en la calle Antillón de Palma (Alberto Vera)

Los enormes cambios tecnológicos del último siglo tampoco parecen haberla sorprendido ni agitado demasiado. «La corriente», asegura, cuando se le pregunta cuál es el invento que más le llamó la atención. A lo largo de su existencia, se popularizaron no sólo la electricidad, sino también el coche, el avión, la radiodifusión, la televisión y, ya más recientemente, los ordenadores y el mundo de los bits.

¿Lo mejor que le ha pasado? Casarse con su marido, que fue «un ángel de Dios». Y luego añade, bromeando, que «siempre la dejó mandar». Y que eso era lo importante. Margalida tiene la mente clara y derrocha simpatía. También conserva una buena vista.

«Uuuuuy, fíjate…», exclama cuando su única hija, Magdalena, le muestra dos fotos del día en que se casó. «Llevaba un collar que me había regalado mi marido para aquel día». Se llamaba Macià Noguera. Un ángel de Dios que falleció hace ya 26 años, los mismos que tenía Margalida cuando se casó.

Y eso que su madre no deseaba esa boda bajo ningún concepto. Ella quería que Margalida se quedara soltera para cuidarla, una costumbre muy extendida en la época. Pero su hija era extrovertida, simpática y le gustaba ir a bailar, con sus tías, a un salón situado en lo que hoy es Can Torrat. A los pretendientes, su madre los ahuyentaba. Hasta que llegó Macià, con el que no pudo. Desde aquel momento, la relación con su familia se enfrió.

Margalida junto a Macià, su marido, el día de su boda, en 1932

En la fotografía, que apenas mide diez centímetros de largo –y que este blog reproduce junto a estas líneas–, se ve a una joven Margalida vestida de negro –tanto el traje como el velo son de este color–, tal y como era habitual en la época. Sólo las chicas muy adineradas se casaban de blanco. No se fueron de viaje de novios: en la Mallorca de aquella época no se estilaba.

A Margalida y Macià nunca les faltó el dinero, pero se lo ganaron con esfuerzo, dedicación y mucho trabajo. Aun hoy, es ella quien administra sus cuentas –«el que guarda siempre tiene», asegura, aleccionadora–. Vive con su hija, de 78 años, que se dedica en cuerpo y alma a cuidarla.

Nació en Llucmajor, pero desde muy pequeña se fue a vivir a Son Sardina. Allí conoció a su futuro marido, que regentaba una barbería en Sa Garriga. Se casaron y abrieron un café enSon Rapinya, en el que Macià también cortaba el pelo y afeitaba –en la época era constumbre que el bar y la barbería estuvieran juntos–. Pasaron los años, nació Magdalena y llegó el momento de cambiar de tercio. No estaba bien visto que una niña andara revoloteando por un café lleno de hombres. Fue entonces cuando se hicieron con Can Matas, un colmado situado en Son Serra. Allí Margalida demostró sus buenas dotes para el comercio: «Uno vale para una cosa y otro, para otra», es su conclusión.

Partida clandestina

«Me han pasado muchas cosas en estos años». Margalida tiene clavado el día en que la Guardia Civil se llevó a su marido por haber organizado en el bar una partida de set i mig, juego de cartas prohibido durante el franquismo. Las ganancias no eran grandes, sólo se utilizaban para comprar una baraja nueva, pero aun así no se podía. Otro día, durante la guerra, también se habían presentado unos agentes creyendo que escondían a un rojo en el bar. No encontraron a nadie.

Margalida muestra una cartulina con su edad (A. Vera)

«Margalida, si no estuviera casada, yo me casaría con usted». Esta frase la pronunció un tal Pedro. Y ella lo recuerda con nitidez. «Claro, era un poco más guapa», bromea. Como también recupera de la memoria a la matancera que acudía a su casa para sacrificar al cerdo y hacer botifarrons, llonganisses, sobrassada y todos los productos de las tradicionales matances, que luego se vendían en el colmado. La nodriza que la amamantaba también acude a su mente. Todo fue porque tenía un hermano gemelo:Gaspar.

Pese a su largo paso por el mundo, Margalida no tiene una gran descendencia. Magdalena es su única hija, que a su vez tiene dos hijos y dos nietos. De momento, no hay tataranietos a la vista.

A sus 106 años, la padrina de Baleares sigue leyendo el periódico y comiendo de todo. Duerme mucho y reserva fuerzas. Y no se cansa de vivir: «Ojalá pudiera volver atrás».