Tag Archives: barrios

La Soledat también existe

26 Mar
  • Los vecinos reclaman una apuesta definitiva por su rehabilitación

  • Su apertura a la Fachada Marítima está parada

A la calle de la Fe se le acaba la esperanza y una nevera abandonada se oxida frente al bar Quita Penas. Sobre el asfalto desgastado, una bolsa de unos conocidos grandes almacenes cruza la calle empujada por el viento, anunciando la entrada a una de las zonas tradicionalmente más olvidadas de la ciudad. Es la parte sur de La Soledat, punto de marginalidad y de venta de droga pero también lugar lleno de historia, belleza y posibilidades. Así coinciden en asegurarlo vecinos y comerciantes, que reclaman una apuesta decidida por su rehabilitación.

No es que no se haya hecho nada, pero las medidas siempre han sido puntuales y no han ahondado en los problemas del barrio. Basta con pasearse por la calle Fornaris –especialmente en su confluencia con Fe y Brotad– para verlo. Edificios de una planta abandonados y tapiados –con la tipología tradicional de las viviendas populares isleñas– se degradan a marchas forzadas. A través de una ventana es posible ver las vigas del techo y, más allá, el cielo.

Entrada a la calle Fornaris (Fotos: Jordi Avellà)

Barrio obrero por antonomasia, La Soledat creció a la sombra de las fábricas a finales del siglo XIX (sobre todo textiles, de calzado, hierro y madera). Los patronos potenciaron que sus obreros residieran cerca de su lugar de trabajo y fue así como se fueron levantando los edificios que aún pueden verse en la actualidad –sólo la fábrica de mantas de Can Ribas tenía 400 empleados y la mayor parte vivía en la zona–.

Dado que el barrio funcionaba como un pueblo separado de la ciudad, las calles que hoy constituyen el núcleo de su parte sur –la calle Manacor marca el límite entre el distrito norte y el sur– no se comunicaban con Palma, sino que morían en los huertos situados en la parte trasera de las viviendas –«cuando soplaba el embat, los molinos rodaban a gran velocidad y extraían agua para regar», relata Mateu, vecino de toda la vida–. Son estas mismas calles las que en la actualidad incomunican el barrio y constituyen un embudo: un circuito cerrado perfecto para los trapicheos y la degradación.

No es en absoluto un hecho desconocido: El Ayuntamiento lo sabe y el Plan Especial de Rehabilitación Interior (Peri) de La Soledat contempla la expropiación de viviendas y solares para esponjar este punto negro y comunicarlo con las calles que en estos momentos ya se están abriendo detrás de la Fachada Marítima –la idea es construir un eje que vaya desde Reyes Católicos hasta el mar a lo largo de la calle Brotad–. Sin embargo, el proyecto está paralizado.

Chimenea restaurada junto a una vivienda abandonada

«Hay otras prioridades». Así lo explicó ayer a este diario el concejal de Urbanismo, Jesús Valls, quien atribuyó la situación a la falta de dinero para inversiones. No sólo están paradas las expropiaciones, sino también la construcción de viviendas protegidas. «Estamos esperando una mejor ventura para impulsar un proyecto rentable que combine el modelo público y privado», añadió.

Anteriores administraciones, tanto del PP como del Pacte, impulsaron destacadas medidas puntuales como la rehabilitación de Can Ribas y la construcción de pisos para mayores de 65 años sin recursos. Sin embargo, el trabajo global de regeneración está a medio hacer, sin visos de culminar a corto plazo.

Tal y como explica Jesús M. González Pérez en su libro La pérdida de memoria y la degradación urbana, morfología y patrimonio de un antiguo barrio industrial: La Soledat, el deterioro de la zona empieza con «la desaparición de la actividad industrial en su interior». Así lo corrobora también Joan Mayol, propietario de una ferretería en la calle Manacor desde hace tres décadas y uno de los pocos comerciantes veteranos que sobreviven.

La actividad industrial en el barrio se prolongó hasta mediados de los años 90 –ya en pleno boom turístico– con la consolidación de pequeños talleres de mecánica, torno y carpintería. Paralelamente, se instalaron comercios que vendían tanto a estas pequeñas industrias como a los inmigrantes de la península que se habían instalado en el barrio.

Fábrica de zapatos Gorila, situada en La Soledat

Con la paulatina desaparición de los talleres, en especial a partir del año 2000, empezó también el cierre de los comercios y el éxodo de vecinos, que se fueron buscando lugares con más posibilidades. La crisis económica, prosigue Mayol, no ha hecho más que rematar el barrio, que se transforma a pasos de gigante hacia un estado poco alentador. Es en este contexto que se han instalado en él un gran número de inmigrantes, cuyo consumo es, en general, limitado, ya que es de subsistencia.

Sin embargo, a pesar de lamentar grandes carencias –ni polideportivo, ni centro de salud, ni biblioteca– la Asociación de Vecinos ve con cierto optimismo el futuro y las medidas puntuales de descongestión del tráfico que ya se están tomando. Además, su presidente, Joan Monserrat, destaca la gran cantidad de entidades ciudadanas y las posibilidades de un barrio «bonito y con mucha historia». Las casas vacías, las chimeneas y las antiguas fábricas esperan.

Más información, en el blog Alta Mar

El barrio que se cae a las puertas de Marivent

28 Nov
  • Los vecinos empapelan Cala Major de carteles denunciando su degradación

  • En ningún lugar de Palma conviven mejor la opulencia con la marginación

Cala Major es el barrio de la Familia Real y Joan Miró, pero también es el barrio de los hoteles abandonados, los edificios Pullman y la falta de equipamientos sociales. Ni colegio público, ni escoleta, ni centros para la tercera edad en una zona con casi 6.000 residentes, la mitad de los cuales son extranjeros. Una situación que ha llevado a la Asociación para la defensa de Cala Major i Sant Agustí a empapelar el barrio con una serie de carteles que denuncian los distintos problemas que sufre esta barriada del ponent palmesano.

En ningún lugar de Palma conviven mejor la opulencia con la marginación. Hoteles de lujo (como el Nixe Palace) y apartamentos de diseño con acceso privado al mar se codean con edificios colmena y zonas en las que es mejor no pasearse a partir de según qué horas. En los carteles difundidos en los últimos días por las calles de la barriada, destacan los archiconocidos Pullman, pero también edificios abandonados, caminos públicos invadidos por la maleza –y por los cuales es imposible transitar–, paredes apuntaladas desde hace meses por su inestabilidad y locales del ayuntamiento infrautilizados.

'Skyline' de Cala Major

«El problema no son sólo los Pullman, es el barrio entero». Es la opinión de Andrés Juan Florit, presidente de la asociación de vecinos de la zona. Según su punto de vista, Cala Major sufre importantes problemas de «seguridad y limpieza», tiene carencias históricas –como la de un colegio público– y adolece, en definitiva, de «todo lo que un lugar necesita para una convivencia pacífica». Algo especialmente grave si se tiene en cuenta que Cala Major es una zona turística y, que por lo tanto, proyecta una imagen hacia el exterior de la isla.

Tal vez uno de los casos que mejor ejemplifica lo que está sucediendo es el del Hotel Uto Palace, una mole de diez pisos que antaño ofreció espectaculares vistas al mar a sus huéspedes y que hoy permanece abandonado –lo está desde hace años–, deteriorándose a pasos agigantados. Desde la costa son perfectamente visibles sus piscinas vacías y llenas de suciedad y escombros, aunque el edificio en sí ya es un poema, con paredes desmoronadas en las que se cuelan las palomas y un supermercado abandonado en su parte frontal. El inmueble estaba destinado a reformarse y albergar apartamentos de lujo, pero a día de hoy el proyecto está paralizado.

No es, ni mucho menos, el único hotel abandonado de la zona. Otros han tenido más suerte y ya están en vías de reconvertirse en establecimientos turísticos de alto standing. Es el caso de los hoteles Santa Ana, Cala Mayor y La Cala.Sin embargo, puntualiza Andrés Juan Florit, «de poco sirve invertir en los edificios si luego el entorno no acompaña». Y el entorno, desde luego, no acompaña. El proceso de degradación avanza a pasos agigantados a medida que se aleja más y más la materialización del Plan Especial de Reforma Integral (PERI), una ambiciosa iniciativa que el Ayuntamiento de Palma diseñó hace ya siete años para el barrio y que a día de hoy sigue en un cajón.

El hotel Uto, hoy abandonado (Cati Cladera)

Este proyecto, que iba acompañado de una Área de Rehabilitación Integral (ARI) para la zona de los edificios Pullman, debía dotar a la barriada de una escuela, equipamientos deportivos y intervenciones para combatir la delincuencia y la suciedad, así como de instrumentos para favorecer la integración entre los vecinos. «Somos la otra Playa de Palma, la olvidada», considera el presidente de la asociación vecinal, que acusa a los políticos –a «los de arriba»– de ignorar que en Cala Major «existe un submundo a pie de calle». La responsabilidad es suya, considera, y no de la creciente inmigración, a la que otros vecinos culpan de los problemas del barrio –de los 5.968 residentes, el 47% es extranjero y sólo una cuarta parte ha nacido en Mallorca–.

Como muestra del olvido y del abandono de la barriada, unos puntales se oxidan desde hace más de un año sosteniendo una pared que se cae en las inmediaciones del Colegio Inglés. Las barreras impiden el tránsito por la acera y obligan a los peatones a desviarse por el asfalto. ¿Hasta cuándo?

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/10/12/baleares/1318412708.html

El barrio por el que Errol y Ava ya no pasearían

2 Sep
  • La parte baja de El Terreno cada vez se degrada más

  • Los ‘afters’ han sustituido a los comercios y pubs de tiempos pasados

A nadie le sorprendería si, de repente, una bola de ramas secas atravesara la calle y un hombre silbara, medio escondido en la sombra, una melodía de Ennio Morricone. El barrio de El Terreno –en pleno ponent palmesano– cada día es más el far west. Las persianas cerradas y los carteles de se vende se cuentan por decenas. Y lo que un día fueron las casas de veraneo de las clases altas palmesanas, hoy son destartalados edificios que se caen a trozos, con after hours en sus bajos que nada tienen que ver con los bares elegantes que hace más de medio siglo frecuentaron Errol Flynn y Ava Gardner.

En medio de la calle Joan Miró, se alza solitario el Bar Michel, un enclave que con el paso de los años ha ido adquiriendo solera en la zona. Siguiendo con la analogía, no sería descabellado considerarlo el saloon del polvoriento poblado. Y si el bar es el saloon, Eugenio sería sin lugar a dudas el sheriff, aunque él ya tiene otro apodo: en el barrio es conocido como El Teniente.

«En esta calle no verás un solo chorizo, me encargo yo personalmente». Eugenio es el conserje del edificio sobre el que reposa el bar Michel, que debe su nombre a un propietario lejano al que ya han reemplazado unos cuantos. Amador, que aguantó en el puesto durante más de una década, lo dejó hace dos años, harto de las amenazas de los clientes de los afters.

La Polilla, Caché, La Hiedra, El Trago loco… Hoy los únicos locales abiertos en la parte baja de El Terreno –la comprendida entre las calles Joan Miró y Robert Graves, de un lado, y Correos y la gasolinera de Son Armadans, del otro– son prácticamente los afters, lugares de copas abiertos hasta la mañana que, cuando dan por concluida la jornada, arrojan a la calle a una clientela conflictiva, gente tambaleante con la que se cruzan las señoras de toda la vida del barrio, generando todo un choque cultural.

Poco queda de los comercios que, hace años, hicieron de este lugar un barrio. El colmado Can Rafael, la droguería, el estanco, la peluquería Picornell, la zapatería, la verdulería de Alberto, la sucursal de Foto Cine Casa Planas –que hoy es un descampado–, el quiosco Sa Premsa, la floristería… Todos ellos han echado el candado. Por no hablar de los bares y pubs que también imprimieron carácter a la zona en los 80 y 90 y de los que el Joe’s y el Mínims son tan sólo dos ejemplos. Entre decenas y decenas de persianas metálicas cerradas, sólo sobreviven, en este tramo de Joan Miró, una farmacia, una peluquería y varios locales de Kebabs, además del bar Michel, claro.

«Aquí hay edificios que son auténticas joyas», asegura la cocinera del bar, Trini, de metro noventa y voz grave, mientras señala la casa de enfrente. «Villa Cornelia, 1917», puede leerse en lo alto. Justo al lado, los obreros cortan baldosas con estridentes discos en un edificio de nueva planta, que en su parte de atrás esconde otra joya: «La capilla de la casa del obispo anglicano». Así lo explica Jesús, anciano del lugar con otra historia a sus espaldas: nació en 1936 en Ondarroa (Vizcaya), después de que su madre huyera de Mallorca tras el desembarco de Porto Cristo. Un año más tarde, regresó a la isla y fue inscrito en el registro, motivo por el cual en su DNI figura como mallorquín nacido en 1937. «Esto no es ni la sombra de lo que fue; no es que sea decadente, es que está destrozado», afirma en referencia a El Terreno.

«Olvidémoslo, ya hace demasiados años que esto no es lo que era». Quien habla ahora es otra de las instituciones del barrio, el peluquero-poeta –hoy ya jubilado– Xavier Abraham. Revitalizar la zona es casi una misión imposible, explica, teniendo en cuenta que el Plan de Rehabilitación Integral (Peri) del Ayuntamiento ha caído en el olvido y que la empinada cuesta de la Pedrera –sin un solo escalón– es una barrera para que los vecinos del Paseo Marítimo suban a hacer sus recados. «Nadie se anima a abrir nuevas tiendas», afirma Xavier,  ante al mostrador de la farmacia de JoanParera.

Justo enfrente, una oficina de la Banca March y un edificio nuevo ocupan el espacio de lo que fue la majestuosa mansión Parietti, la casa del ingeniero que construyó la carretera de Sa Calobra. Un buen día, cuando ya llevaba años abandonada, las maquinas la borraron de la faz de la tierra con una bola de hierro. Lo peor estaba por llegar.

Tensión en la colmena

30 Ago
  • Los vecinos alertan del incremento de la delincuencia en los edificios Pullman, a raíz del asesinato de un joven
  • Un millar de personas se hacina en pisos de 30 metros cuadrados

«¡Ya sale por la tele!». El grito procede de uno de los balcones del edificio. Los hay a centenares y en este se ve a una mujer morena sacando medio cuerpo por encima de la barandilla. En un momento, el lugar se queda vacío y ya sólo se ve a la gente corriendo, buscando un bar donde ver las noticias.

En los edificios Pullman ayer no se hablaba de otra cosa. El hallazgo de un joven degollado en uno de los pisos estaba en boca de todos. Y la desconfianza en los ojos de muchos.

«Aquí todo el mundo sabe, pero casi nadie dice nada», asegura un cliente de un bar de la zona, en referencia al incremento de la delincuencia en el barrio. Comprobarlo no cuesta demasiado. Nada más salir del local, tres vecinos instalados bajo una sombrilla se niegan a hablar. «¿No entiendes lo que te decimos?», aseguran amenazantes ante la insistencia de la periodista.

Mejor moverse, pues. Al alzar los ojos, el panorama es impresionante. Una mole de ocho pisos muestra a quien la observa un balcón tras otro, cada uno distinto al que le precede. Los hay cubiertos con vidrieras; los hay que no. Los hay con ropa tendida; los hay que no. Los hay con toldo; los hay que no. Y lo mejor: cada uno pertenece a un piso diferente.

No en vano los llaman edificios colmena, término que se utiliza habitualmente en referencia a hoteles reconvertidos en viviendas sin cambiar su distribución interior, que es lo que son los Pullman, situados en el corazón de la barriada palmesana de Cala Major. Se calcula que en la zona -que cuenta con ocho edificios de este tipo, entre los Pullman, los Panamá, el Deyá y el Randa- vive más de un millar de personas, hacinadas en pisos de entre 25 y 35 metros cuadrados.

Los Pullman se construyeron en las décadas de los años 60 y 70, época dorada del turismo en Cala Major, un barrio en el que la población se ha duplicado en la última década y donde destaca enormemente el porcentaje de residentes extranjeros: casi la mitad lo son y sólo una cuarta parte de los vecinos ha nacido en Mallorca. Estos ocho edificios fueron aparthoteles hasta que años más tarde, ya durante la decadencia turística de la zona -que empezó en los 80-, alguien tuvo la genial idea de reconvertirlos en viviendas normales y corrientes, provocando un problema social que no sólo dura hoy en día sino que cada vez va a más. O por lo menos así lo aseguran algunos vecinos.

«Esto es peor que Son Banya», dice Juan. A los pies de los Pullman, un grupo de jóvenes se presta amablemente a hablar con este periódico. Completan la cuadrilla Noemí y un chico muy delgado, al que apodan Chisquito, así como dos muchachos más, de cresta moldeada con gomina y gafas de sol de aviador. Juan lo tiene claro: los conflictos no paran de crecer en el barrio. Y lo ocurrido el sábado viene a confirmarlo. «Es lo más fuerte que he visto aquí», afirma uno de ellos.

De noche, muchos vecinos se refugian en sus apartamentos, ante los gritos que se oyen abajo. Las peleas abundan y las botellas vacías, utilizadas como arma arrojadiza, vuelan muy a menudo. La presencia de la policía es frecuente, muchas veces a causa de problemas familiares en algunos de los pisos.

Al hacinamiento de personas se suman otros muchos factores que son un caldo de cultivo para la degradación de la zona. Uno de ellos es la presencia de espacios comunes sin salida, en los que se acumula la suciedad y que se convierten en lugares de reunión discretos, perfectos para los trapicheos. Algunos se han convertido en aparcamientos, algo que ha dificultado que los propietarios de las viviendas accedan a ceder estos espacios al Ayuntamiento de Palma, con el objetivo de controlarlos, limpiarlos -ahora no puede pasar el camión de Emaya, porque es privado- y comunicarlos entre sí, evitando que se conviertan en culs de sac.

Esta era una de las medidas que incorporaba el Plan Especial de Reforma Integral (Peri) aprobado por el Ayuntamiento de Catalina Cirer y que aún hoy no se ha puesto en marcha. En un principio -así lo especificaba el plan en su aprobación inicial, de 2004- se debían derribar estos ocho edificios y sustituirlos por inmuebles con una densidad de viviendas mucho menor sólo iban a tener cinco plantas. Sin embargo, finalmente, las protestas de los vecinos y también el elevado coste de la operación hicieron desistir al Ayuntamiento, que se conformó con diseñar una Área de Rehabilitación Integral (ARI) que incorporaba la creación de espacios libres públicos, así como instrumentos para aumentar la seguridad y la limpieza en la zona.

Al igual que sucede con Corea, los proyectos del Ayuntamiento para los Pullman se han sucedido uno tras otro sin que ninguno haya acabado por ver la luz. En 2006, el entonces concejal de Urbanismo, Javier Rodrigo de Santos, anunciaba que el plan se paraba hasta 2008, a la espera de recibir ayudas del Gobierno central. Aina Calvo, alcaldesa socialista entre 2007 y mayo de 2011, nunca lo desarrolló. Y difícilmente lo hará ahora el equipo del popular Mateu Isern, ahogado por la crisis económica.

A los pies de los Pullman, el informativo ya ha terminado y Juan regresa del bar, llevando a cuestas a Chisquito.

Corea: el cuento de nunca acabar

29 Ago
  • Isern frena el proyecto de rehabilitación a largo plazo de Calvo

  • Estudia un nuevo plan contando con la «iniciativa privada»

  • Cirer ya quiso derribar el barrio pero fracasó

«El día que nos rebelemos, aquí no entra ni la poli». A algunos vecinos de Corea no les ha sentado muy bien que el Ayuntamiento de Palma se plantee derribar el barrio para construir nuevas viviendas. «¿Y luego qué? ¿Nos envían a Son Banya otra vez?».

Pero como las opiniones siempre son dispares, no faltan los residentes que sí quieren una intervención radical en esta degradada zona de la capital balear, construida entre 1954 y 1955 y en la que viven 568 familias. Habla Mónica, madre de una niña de seis años: «Que lo tiren, esto de noche parece el Bronx».

Y en medio de todos los puntos de vista, los nuevos planes de Cort para la barriada recuerdan a la ciudadanía que hace más de diez años que se plantean soluciones para Corea –una de las primeras es del Ibavi y data de 2000– sin que, de momento, gobierno tras gobierno –y cambio de siglas tras cambio de siglas–, se haya llegado a una solución definitiva con el máximo consenso. «Ya tienen lo que querían, nuestros votos». Ante esta situación, el campo está abonado para el descrédito de la política.

Mateo Isern, actual alcalde de Palma, se presentó a las elecciones prometiendo dar marcha atrás al proyecto de rehabilitación integral de su rival, la entonces alcaldesa Aina Calvo (PSOE), y derribar Corea, un foco de insalubridad y conflictos sociales.

Hoy, su teniente de alcalde de Urbanismo, Jesús Valls, estudia, ya sobre el terreno, la situación. Y se plantea, básicamente, dos opciones: no hacer “nada”, de un lado, o buscar una solución en colaboración con la «iniciativa privada», del otro, según aseguró a este periódico. Esta última alternativa supondría la construcción de «un barrio nuevo» que diera «luz» a la zona.

Y para Valls, la polémica actuación emprendida durante el mandato de Catalina Cirer (PP) en Sa Gerreria «sería ideal», ya que combinó iniciativa privada con asistencia social, si bien también deja claro que aquel proyecto contó con una importante inyección de dinero público, algo que ahora, teniendo en cuenta la situación crítica de las arcas municipales, no se podría hacer. El proyecto en Sa Gerreria también fue ampliamente criticado por algunos sectores, al suponer la destrucción de 14 calles del trazado histórico del casco antiguo.

«Lo que han hecho hasta ahora es sólo un lavado de cara y, además, carísimo». Las tesis de Mónica –en referencia al plan de rehabilitación de Calvo– van en la línea de lo que Valls plantea. La falta de dinero es el argumento que el teniente de alcalde esgrime para descartar la posibilidad de continuar con el proyecto de Aina Calvo, que según dijo, tiene un coste de «más de 40 millones de euros», un plazo de ejecución muy largo y, además, «es tan sólo una mano de pintura que no solventa el problema social de la zona» y que lo «eterniza».

La oposición, por su parte, desmiente estas cifras. Tanto PSIB como PSM-IV-ExM consideran que están «hinchadas» y dejan el coste en «24 millones » y el plazo de ejecución en «ocho años». Además, la coalición econacionalista defiende que el proyecto anterior garantizaba la ausencia de especulación urbanística –un promotor privado siempre querrá obtener un beneficio–, así como la permanencia en las viviendas de las personas que viven en ellas actualmente. Valls responde que, teniendo en cuenta la crisis, difícilmente llegarán las ayudas del Estado con las que los partidos del anterior gobierno municipal cuentan a la hora de hacer cálculos.

En un destartalado bordillo del barrio, un peculiar grupo compuesto por El Nano, Ariza, El Boca, El Cheíto y La Peluca –apodos todos ellos reales– poco sabe de las cifras que plantean unos y otros, si bien sí tiene claro que «este terreno vale un pastón» y que «al final nos desalojarán a todos y no nos van a dar el dinero que corresponde». Junto a ellos, un veterano con aspecto de patriarca critica a los vecinos por permitir que los espacios comunes estén tan sucios, poniendo así sobre la mesa uno de los principales problemas de Corea: el hecho de que estos patios interiores sean privados y, por lo tanto, no entre a limpiarlos el camión de Emaya, amontonándose la basura.

El patriarca lleva, dicho sea de paso, medio bigote izquierdo afeitado y, al mismo tiempo, media barba derecha rasurada. ¿Por qué? Por una promesa: si su mujer se queda embarazada, su rostro volverá a recuperar un aspecto homogéneo.

La degradación de Corea se ha ido incrementando a marchas forzadas en la última década, coincidiendo –es sólo uno de tantos factores– con la llegada al lugar de 20 familias desalojadas de Son Banya. Catalina Cirer (2003-2007) ya quiso demoler el barrio, pero al final tuvo que dejar desierto el concurso con el que pretendía encontrar a un constructor privado para el proyecto, tal y como ahora baraja Isern. Gabriel Oliver, promotor de Sa Gerreria, era quien tenía más papeletas para hacerse cargo de la iniciativa.

En cuanto al proyecto de Calvo, por el momento ya ha dado algunos frutos a los que Isern no dará marcha atrás, por estar adjudicados y en obras: la rehabilitación de dos edificios –en los que semejorará la accesibilidad y se reducirá el número de viviendas– y la demolición de otro más, en cuyo subsuelo se construirá un parking. Laidea era emprender actuaciones similares en el resto de edificios hasta rehabilitarlos todos. Y a medida que se fuera produciendo un relevo generacional, facilitar la llegada a la zona de parejas jóvenes, ajenas a la marginación actual.

¿Y qué dicen los arquitectos? El Colegio respalda la opción de la rehabilitación frente a la de la demolición. Técnicos consultados por este periódico destacan, además, los valores del proyecto que dio origen a Corea, antes de que el barrio se degradara.

Se trata de una iniciativa que tomó como referencia el racionalismo y que fue pionera en su momento, al construir viviendas teniendo en cuenta una densidad y unos espacios públicos sostenibles. El contraste con el resto de edificios de la zona, mucho más altos y con aceras reducidas, es muy visible.