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Palma también se peina ‘a lo afro’

5 Feb
  • Benedicta regenta desde hace ocho años una peluquería nigeriana

  • Tiene clientes de todas las nacionalidades

«Pero, Benedicta, ¿dónde está tu pelo?». La pregunta genera un gran revuelo en la peluquería. La propietaria ha concedido una entrevista a un periódico –este periódico– y no luce peinado alguno. Fallo. Pero está en el lugar adecuado para solucionarlo. Sin pensárselo dos veces, agarra una peluca de la pared –una «peluca bonita»–, se la coloca en un abrir y cerrar de ojos, se peina con energía frente al espejo y se gira sonriendo a la cámara: «Así mejor, ¿no?».

La peluquería Ebony (Fotos: Cati Cladera)

Benedicta nació en Nigeria, pero hace trece años decidió mudarse a Palma. Al llegar a la isla no lo dudó un instante: sería peluquera, al igual que en su país. Dicho y hecho, abrió un salón de belleza en las desiertas Galerías Velázquez, a las que aporta colorido, algo de movimiento e intercambio cultural. El comercio se llama Ebony, lleva abierto ocho años y, por suerte, nunca la falta trabajo. Ni siquiera ahora, con la crisis.

La suya es, obviamente, una peluquería nigeriana, con los productos y complementos necesarios para peinar a una clientela de pelos rizados, encrespados y rebeldes. Pero, sin embargo, poco a poco el público se ha ido ampliando hasta abarcar a gente de todas las nacionalidades. Lo que más abunda, en cualquier caso, son las dominicanas, ecuatorianas, peruanas, colombianas y –obvio– nigerianas.

«Glycerine oil». Los estantes de productos de belleza no tienen fin. Apilados unos junto a los otros, todos tienen en común a una persona de raza negra en el exterior de la caja. Benedicta los pide por internet a Estados Unidos y Francia –tardan de dos a tres semanas en llegar– y tienen mil y una finalidades:sirven para alisar, dar brillo, formar rastas y teñir el pelo, entre otras muchas funciones. También hay aceites corporales y otros productos de belleza.

Benedicta peina a una clienta

«Nuestro pelo es muy fuerte, muy rizado», explica la peluquera, que a la llegada de este periódico está ocupada cardando el cabello a una clienta –es decir desenredándolo, separándolo y peinándolo–. En muchas ocasiones, sin embargo, las africanas –o las mujeres de origen africano– optan por llevar el pelo muy corto y hacerse extensiones o ponerse peluca. La utilización de cabelleras ajenas, al contrario que en la cultura occidental, no es una práctica reservada al teatro, las drag-queens o las medidas de emergencia ante una enfermedad –como la pérdida de cabello por un tratamiento contra el cáncer–, sino que está incorporada con total normalidad a la vida cotidiana. De ahí que Benedicta, ante la presencia de este diario –y ante el comentario de una amiga–, decida colocarse una peluca como quien no quiere la cosa. «Me quité el pelo hace dos días y mucha gente entra y no me reconoce», explica entre risas y gesticulando de manera muy enérgica con las manos.

Victoria, una niña con pocos meses de vida, duerme en un rincón de la tienda. Benedicta tiene cuatro hijos, de los que Victoria es la pequeña. «Con ella he cerrado la fábrica», asegura risueña. Quería una niña –los tres anteriores son varones– y ya la tiene. Ahora se terminó.

En el otro extremo de la peluquería está otro de sus hijos, tranquilamente sentado. Suyos son los garabatos azules –a bolígrafo– que decoran una de las sillas blancas del establecimiento. Se trata de un amplio local con suelo de parquet y paredes recubiertas con botes, pelucas y largos mechones de pelo. Estos últimos merecen una descripción detallada. Rubios, morenos, lisos y rizados, los hay tanto sintéticos como naturales. Y se nota la diferencia. No sólo en el tacto, sino –por lo visto–, en la calidad. Unas extensiones de cabello natural pueden durar de cinco a siete años –hay que recolocarlas cada tres meses–, mientras que las artificiales se tienen que poner nuevas cada vez.

La peluquera muestra unas pelucas a una clienta

Pero una cabellera natural es toda una inversión. Cien gramos de pelo auténtico cuestan entre 50 y 140 euros. Los tipos de cabello más solicitados son los rizados y los platino. Estos últimos –el color es natural– son los más caros: 140 euros. Al palparlos, uno no puede evitar pensar qué chica habrá decidido renunciar a su melena por cobrar unos euros. Imposible saberlo, porque a Benedicta se los traen de Madrid.

Es sin lugar a dudas un buen local. Y el volumen de trabajo, que oscila según el día, le permite a esta peluquera pagar el alquiler, los impuestos y las declaraciones de la renta, que no es poco. Junto a Benedicta, trabajan en la peluquería tres de sus siete hermanos –el resto se quedó en África– y la tienda tiene un indiscutible aire familiar y de barrio.

También tiene un aroma muy étcinco, claro. Al llegar a la peluquería, varios nigerianos miran un álbum de fotos que parece ser el recuerdo de un gran festejo. Al intentar tomarles fotografías, huyen por la vistosa puerta naranja. La televisión, que reproduce videoclips de los años 80 y 90 (We are the world, we are the children, Sacrifice, Everything I do, I do it for you) no hace más que completar el pintoresco conjunto, en el que tampoco hay que pasar por alto el aparador, literalmente forrado de centenares de pequeñas fotografías de peinados.

¿África o Palma? Tal vez ninguna de las dos. O las dos a la vez.

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El arte de envolver para enviar a cualquier rincón

4 Feb
  • La Expeditiva lleva 110 años haciendo paquetes junto a Correos

  • Ha embalado capós de coche, urnas funerarias, huevos y motos

¿A quién recurre un turista que acaba de encapricharse de dos grandes tinajas de barro y quiere enviarlas a su casa, en Australia? Parece una misión imposible, pero no. Palma cuenta con una tienda especializada en embalajes y envíos a cualquier parte del mundo. Se llama La Expeditiva y da igual cuál sea la naturaleza del objeto a mandar: su responsable, Pepa Miralles, se lo toma como un reto y pone todo su empeño en que el paquete llegue en perfecto estado a su destino. Sea lo que sea. Vaya a donde vaya.

Rollos de papel burbuja y papel de embalar (Fotos: Pep Vicens)

La cosa resulta aún más sorprendente cuando se sabe que el comercio lleva 110 años abierto y que es uno de los más históricos de la capital balear. Por La Expeditiva han pasado los paquetes que las familias mallorquinas mandaban a sus hijos cuando estaban en el frente; La Expeditiva se ha hecho cargo de empaquetar el calzado que se exportaba a la Península, durante la época de esplendor de la industria mallorquina de la piel; las monjas recurrían a La Expeditiva cuando mandaban ropa y medicina a las misiones en África y Latinoamérica; La Expeditiva montaba cadenas humanas para llevar los paquetes desde su oficina –situada junto a Correos– hasta el puerto, donde se embarcaban rumbo a toda clase de destinos, a veces exóticos, otras no tanto. «No teníamos tiempo de descansar», rememora Pepa desde el interior de la tienda, que con sus enormes rollos de cartón y papel burbuja y sus básculas y mapas antiguos es sin lugar a dudas una de las más pintorescas y vistosas de Ciutat.

Pero los tiempos cambian y eso Pepa lo sabe muy bien. De los seis o siete dependientes que tenía la tienda, hoy sólo ella –y esporádicamente una segunda persona– trabaja en La Expeditiva. No hay suficiente trabajo y la familia, que tiene otros negocios en un local anexo, conserva la tienda más por motivos sentimentales que por otra cosa. Todo está como estaba –incluso la pequeña repisa en lo alto con una reproducción de San Pancracio– y si hay un encargo, por supuesto, Pepa lo lleva a cabo.

El día del reportaje, por ejemplo, el reto es embalar un cuadro. Pero tan sólo unos días antes ha habido pedidos más interesantes –o por lo menos más curiosos–, como el de una chica que está haciendo un erasmus en la antigua Yugoslavia y se acaba de mandar hacia allí treinta kilos de comida para estar bien surtida cuando llegue a su destino. O también el de un cliente que ha enviado a Menorca y Barcelona una caja llena de productos de matances.

Pepa se hizo cargo del negocio hace 16 años, cuando su padre falleció y los pocos dependientes que quedaban se jubilaron –todo coincidió en la misma época–. Desde entonces, se ha dedicado al oficio con pasión –«me encanta, cada día se trata de algo nuevo», afirma–. De todo este tiempo, atesora un álbum de fotos con los objetos más extraños que ha tenido que embalar. Desde dos capós de coche –«uno verde y uno rojo», detalla– a una moto, pasando por lámparas de Gordiola y las ya mencionadas tinajas de barro del turista australiano. También ha enviado urnas funerarias e, incluso, huevos. Sí, huevos.

Fachada de la tienda

Queda claro, pues, que lo suyo es conseguir que los objetos más delicados –e insospechados– lleguen a su destino en perfecto estado. «Yo sé cómo son los transportistas», explica Pepa, que procura dedicar el mismo «cariño» a todos los objetos que le traen. «Todo el mundo quiere que sus cosas lleguen bien», aclara. Ella los empaqueta y luego, si el cliente lo desea, le proporciona una empresa para transportarlos –ya sea la pública Correos o una agencia privada–.

¿Quién no ha necesitado alguna vez embalar un paquete? Parece un servicio muy útil, pero el negocio no funciona. ¿Qué es lo que ocurre? Pepa lo atribuye a diversos factores, entre los que destaca el gran encarecimiento del transporte a causa de la subida del precio del petróleo. La gente sólo envía aquello que es estrictamente necesario, porque es demasiado caro –ellos llevan seis años sin subir los precios, pero no ocurre lo mismo con los transportistas–. Luego está el surgimiento de las empresas multinacionales de paquetería, que se comen el mercado. Y por encima de todo, la transición a una nueva era, donde en Mallorca ya no hay turistas de gran poder adquisitivo que envíen a Alemania y Estados Unidos grandes paquetes con tela de llengües y platos de loza. Unos nuevos tiempos que han dejado a La Expeditiva –antaño situada en un lugar de paso– en medio de una calle silenciosa y adoquinada donde los pilones impiden parar en coche a descargar.

Quién se lo iba a decir a Bartolomé Miralles Vidal, abuelo de Pepa y fundador de La Expeditiva, cuyo rostro aún cuelga de una de las paredes de la tienda, en una orla de la promoción 1890-91 del Instituto Balear. Con él empieza la historia, que es a partes iguales curiosa y costumbrista. Resulta que quería mandar un par de ensaimadas a Barcelona y le pusieron tantos problemas –lo consiguió al tercer intento– que pensó: si esto es tan complicado, voy a montar un negocio para facilitar las cosas. Y vaya si lo hizo.

Pepa Miralles pesa unos libros

Hoy poco queda de aquello, pero La Expeditiva sigue siendo el único comercio de España –así lo afirma Pepa– especializado en el embalaje de paquetes. También es un punto de encuentro y el lugar al que algunos vecinos acuden para controlarse el peso. Entran y se encaraman a su enorme báscula roja, cuya gran aguja oscila con elegancia entre los kilos y los gramos. Pepa anota el resultado y les hace un seguimiento, prolongando así, un poco más, la historia de La Expeditiva en el tiempo.

Seis meses de ‘okupación’

20 Ene
  • El casal de Sa Foneta monta charlas y talleres y da cabida a una veintena de entidades

  • Estaba abandonado desde 2007

Desde el tejado de sus nobles cuatro plantas se vislumbran, con la claridad que dan las alturas, los edificios de La Caixa, el Santander y Es Crèdit. Tal vez por aquello de que al enemigo hay que tenerlo controlado, un grupo  de jóvenes –algunos procedentes del movimiento 15-M– decidió el pasado verano ocupar este edificio, situado en el número diez de la Plaza de España y abandonado desde 2007. El pasado viernes se cumplieron seis meses de la acción, cuyo objetivo es la puesta en marcha de un centro cultural alternativo y autogestionado. Lo llamaron Sa Foneta.

Fachada del edificio, situado en la Plaza de España (Reportaje gráfico: Jordi Avellà)

Cualquiera que tenga interés puede entrar a verlo y comprobar las actividades que se ofrecen. La visita no le dejará indiferente. Cuatro plantas enormes distribuidas alrededor de un patio en las que, como si acabara de producirse un bombardeo, las ventanas se abren al exterior desnudas, sin marcos ni cristales, permitiendo que se cuele toda la humedad del invierno palmesano. Las baldosas hidráulicas y los restos de papel pintado –así como la escalera de piedra, las puertas de madera tallada y las ventanas con cristales de colores– hablan del pasado señorial de un edificio construido hace 110 años bajo la influencia innegable del modernismo.

«Dr. Brusotto», reza un cartel colgado de una puerta del primer piso. Donde un día estuvo la consulta médica, hoy se han habilitado varias aulas para acoger proyecciones y debates –tienen prevista, próximamente, la visita del diputado andaluz Juan Manuel Sánchez Gordillo–.

Sala de lectura

En la misma planta también hay una biblioteca que resultaría acogedora si no fuera por el frío. Los libros se organizan en estanterías bajo pósters de Van Gogh. Y los mullidos sofás invitan a la lectura.

La idea de la ocupación surgió durante los primeros meses del verano. No es complicado imaginar a los indignados contemplando el edificio abandonado durante las guardias nocturnas en la Plaza de Islandia. La amenaza de un desalojo ya planeaba desde hacía días sobre el campamento y el traslado –obviamente ilegal– se llevó a cabo de manera casi natural, aunque no se atribuye al movimiento 15-M. La disolución del campamento se produjo el día 4 de julio y tan sólo nueve días después se consolidaba la ocupación.

El edificio, de 2.300 metros cuadrados, pertenece a la inmobiliaria Solvia Development, propiedad del Banc de Sabadell. La empresa abandonó el edificio después de verse incapacitada para terminar las obras de rehablitación. Este periódico se puso en contacto con el departamento de comunicación de la entidad bancaria, que aseguró que tiene denunciada la ocupación en los Tribunales y que está esperando sentencia. Los ocupantes de la casa aseguran que no han recibido ninguna notificación y que tampoco hay quejas vecinales, por lo que creen que no es previsible un próximo desalojo.

Sala de lectura

Los responsables de la ocupación son reacios a aclarar cuántas personas viven en el edificio. Aseguran que reside en él un «grupo motor» que se encarga de la vigilancia del inmueble así como de los trabajos para acondicionar el centro cultural. Cuando este periódico llega al casal, dos personas trabajan en unas vigas de madera y otra más rehabilita la puerta del garaje que da al Convent dels Caputxins. Del patio se han retirado kilos y kilos de escombros que la empresa constructora fue apilando durante las obras. «Queremos romper el estereotipo del okupa, nosotros estamos aquí para trabajar y construir algo», asegura Robert, uno de sus responsables.

La distribución se ha hecho de acuerdo con los consejos de un arquitecto, que confirmó el buen estado del edificio pero, a la vez, recomendó que los espacios con más gente se situaran en las primeras plantas. Así, la veintena de entidades que cuenta con un local (Anima Naturalis, Maulets, Ecoaldeas…), la Oficina de okupación –asesora sobre cómo ocupar un edificio y lleva al día los aspectos legales de Sa Foneta– y el gimnasio se sitúan en la planta baja. La Universidad libre –donde se hacen proyecciones y debates– y la biblioteca, por su parte, están en el primer piso.

En cuanto al segundo, allí se ubican las clases de yoga, las asambleas y el aula abierta, donde se imparten clases de alemán, catalán, inglés, italiano y talleres de fontanería, electricidad y rehabilitación. También hay una habitación donde se puede dejar o coger ropa usada. Un piso más arriba, se sitúa la sala de exposiciones y el estudio de arte. En esta planta vivió el filólogo y lingüista menorquín Francesc de Borja Moll. En la azotea, se preparan la puesta en marcha de una televisión pirata y cursos de fotografía.

Refugio, probablemente de la Guerra Civil

Borja Moll no es la única sorpresa histórica del edificio. Sus actuales ocupantes descubrieron también un túnel de 15 metros que muy probablemente fuera un refugio antiaéreo de la Guerra Civil. Todavía quedan los rodillos de porcelana que sostenían el cable eléctrico y un pasillo tapiado podría conducir a la plaza.

Sa Foneta aspira a construir una oferta alternativa desde fuera del sistema, a imagen y semejanza de otras casas ocupadas europeas, que han llegado a convertirse, incluso, en reclamos turísticos. ¿Se consolidará esta primera propuesta de envergadura en Palma?

Web de Sa Foneta: http://www.youtube.com/watch?v=nRj4CaGEXMg&feature=related

El último habitante de la Costa des Teatre

24 Sep
  • Joan Canals regenta la única caseta que sigue abierta

  • Cort las recuperó para demolerlas pero Arca pide su conservación

«Aquí lo único que quedan son las ratas». La Costa des Teatre es una sucesión de persianas bajadas y grafitis. Aunque es uno de los lugares más transitados de la ciudad -por su importante función a la hora de comunicar la parte alta del casco antiguo con la baja, es también uno de los más abandonados. Además, esconde una realidad poco conocida: la de cinco casetas de madera construidas hace 150 años por el Ayuntamiento con el objetivo de alquilarlas y conseguir ingresos para sus maltrechas finanzas.

La última caseta abierta: La loza mallorquina (Foto: ARCA)

A día de hoy, sólo una permanece abierta: la de Joan Canals, el último habitante de la cuesta. El resto de tenderos se fue cuando el Ayuntamiento les indemnizó por dejar de explotarlas. En «tres meses» iba a derruirlas, explica Joan. De eso hace cinco años.

Ya en aquel momento, la Asociación para la Revitalización de los Centros Antiguos (Arca) reclamó la protección de las casetas, así como su rehabilitación, al entender que tienen un valor histórico muy importante y también un potencial turístico que a día de hoy -ante su degradación y teniendo en cuenta su emplazamiento privilegiado- está desaprovechado. Hace pocas semanas, la entidad volvió a insistir en sus reivindicaciones y propuso que las casetas de madera se reformen y alojen tiendas de artesanía, librerías de viejo y una oficina de información turística, entre otras posibilidades.

Todas ellas son de propiedad municipal. Su construcción se remonta al año 1876 y tuvo el objetivo de «aumentar los fondos públicos y al mismo tiempo disimular la mala alineación de la cuesta», según escribió Mateu Zaforteza Musoles -que fue el alcalde de Palma durante la Guerra Civil- en su obra La ciudad de Mallorca. Pocos años antes -concretamente en 1851-, el Ayuntamiento había arreglado la cuesta para facilitar el tránsito de las pesadas mercancías entre la Plaça del Mercat, antigua sede del mercado, y la Plaça Major, su nuevo emplazamiento en aquel momento, dándole su aspecto actual.

¿Por qué de madera?

Los arquitectos municipales eligieron como material para construir las casetas la madera, algo nada común en el Mediterráneo. ¿Por qué? Pues porque debían levantarse sobre un gran aljibe del siglo XVIII, cuya función había sido la de combatir posibles incendios en el Teatro Principal, entonces Teatre de les Comèdies, que ardió dos veces en aquella época, una de ellas por dejar una vela encendida en el escenario tras una representación. La presencia del aljibe impedía la instalación de cimientos profundos y pesados, por lo que se optó por la madera. Para las cubiertas del techo, se eligió el zinc.

Las casetas tienen, pues, el suelo hueco, algo totalmente perceptible cuando se entra en ellas y la madera cruje bajo los pies. En La Loza Mallorquina, la tienda de Joan Canals, existe un gran sótano en el que sus padres -que ya la alquilaban- almacenaban las greixoneres y los platos que vendían.

Hoy, la antigua tienda de loza es un local de souvenirs, donde se puede encontrar desde un vestido de folclórica a un siurell, pasando por imanes de neveras, grandes conchas de mar y cestos de paja.

Casetas cerradas (Foto: ARCA)

«Yo vengo por aquí desde que tenía la edad de María», dice Joan señalando a su nieta. «Hace 30 o 40 años el Ayuntamiento ya insinuó que quitaría las casetas y en aquel momento mis padres tuvieron un disgusto», añade. Hoy, Joan espera con ansia que Cort le confirme el pago de la indemnización por dejar de utilizar la caseta, por la que su familia ha pagado religiosamente el alquiler durante 68 años y en cuyas paredes los souvenirs cuelgan sin dejar apenas un centímetro libre. Sin embargo, en su caso -no en el de otros inquilinos-, no tendrá que abandonar el negocio: más allá del espacio robado a la calle en 1876, la tienda continúa en los bajos del edificio colindante. Y este espacio es de su propiedad.

Cuando la ex alcaldesa de Palma Catalina Cirer (PP) indemnizó a los inquilinos de las casetas, su intención era demolerlas y ensanchar las escaleras. También había otros intereses, como los de los propietarios de los edificios colindantes, que de esta manera habrían podido tener un acceso a sus viviendas distinto al de la calle de Can Berga, que es el que utilizan en la actualidad. Sin embargo, finalmente, el proyecto quedó paralizado y Aina Calvo tampoco movió ficha.

Si Joan Canals no aceptó en aquel momento fue porque no estuvo de acuerdo con el precio que le ofrecieron. Tras una negociación -justiprecio mediante-, llegó a un acuerdo con el Ayuntamiento. Aún espera el dinero.

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/09/20/baleares/1316504655.html