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La chatarra: última salida

14 Mar
  • La venta de metales se ha convertido en un recurso para familias en paro

  • Recolectan en vertederos para sacar unos pocos euros

Siempre queda el recurso de la chatarra, aunque puede que no por mucho tiempo. La venta de metales se ha convertido en los últimos tres años en una salida económica de auténtica supervivencia para familias en paro y al borde del abismo. Se pasan el día rebuscando en los cubos de basura y los vertederos y luego venden lo que han conseguido por unos pocos euros. Cada vez son más, pero el material se vuelve, día a día, peor. Con una legión inspeccionando cada descampado de la isla, la consecuencia es lógica: la chatarra se está agotando.

«Vienen en su propio coche, cargado hasta los topes y con los niños en el asiento de atrás», explica Antonio Pérez, propietario de una de las empresas de reciclaje de metales más importantes de Palma. «A veces piensan que han conseguido algo muy valioso, pero luego resulta que es hierro», añade. Los nuevos clientes no son muy duchos en la materia. Para conseguir una cantidad importante con el hierro haría falta recolectar una tonelada de material. Imposible.

Un empleado barre en el interior de una chatarrería (Fotos: Pep Vicens)

A las once de la mañana, la nave industrial de Antonio bulle ya de actividad. Pequeñas furgonetas de la construcción y, sobre todo, particulares se arremolinan frente a la puerta. Si hace unos años la inmensa mayoría de clientes era empresario, hoy el 80% es gente de a pie que está en el paro. Hay inmigrantes, pero sobre todo son personas nacidas en las Islas. Así lo explica Antonio.

Una montaña de chatarra preside la nave industrial. Cables, radiadores de frigoríficos, ejes de maquinaria y bidones de obra –de esos en los que un mendigo hubiera hecho una hoguera en una película norteamericana–. En otro extremo, centenares de cubiertos de aluminio –de alguien que habrá vendido su cubertería por necesidad–. Y más allá, kilos y kilos de cobre, a veces en tubo y otras en hilo, procedente de cables de electricidad. En un rincón, una clásica tina de zinc, en la que tal vez bañaron a algún niño hace décadas.

Cuando los clientes entran en la nave, lo primero que se hace es separar los materiales y pesarlos en una gran báscula. Cada uno tiene su precio, que oscila según los movimientos de la bolsa. Lo más valioso –de ahí las numerosas noticias acerca de su robo– es el cobre. Entre 4,5 y cinco euros el kilo. Le siguen el latón y el aluminio.

Una vez establecido el peso, un empleado entrega un tique al vendedor, que se dirige a una ventanilla cercana. Puede que él no lo sepa, pero en el mismo instante en que está haciendo cola una cámara ya le está grabando.

Cobre preparado para fundir

Las medidas de seguridad se han incrementado a medida que aumentaban los robos de metales, en especial de cobre. Sin ir más lejos, este periódico se hacía eco el pasado miércoles de la detención de un hombre que fue pillado in fraganti enLlucmajor manipulando una instalación eléctrica. En el interior de su furgoneta se hallaron más de 30 metros de cable de cobre y una farola que acababa de sustraer en las inmediaciones de un instituto.

Metales Pérez escanea el DNI de cada una de las personas que acude a vender. Los datos son remitidos diariamente a la policía. Y en caso de que los agentes se interesen por algún caso en concreto, les facilitan toda la información necesaria.

El tique que el cliente entrega en la ventanilla incluye una referencia que, introducida en el ordenador, indica la cantidad a pagar. Las cifras ponen los pelos de punta. Hay algún que otro importe contundente, pero lo que más abundan son cantidades irrisorias. Diez euros con sesenta céntimos, catorce euros, cuatro euros y medio… «Ayer le dimos a un chico 66 céntimos», explica la hija de Antonio, destinada a la oficina.

Los bajos importes son un claro indicativo de la desesperación de buena parte de los vendedores, que no pueden esperar a acumular algo más de material porque necesitan el dinero –lo que sea– inmediatamente. Los empresarios, por su parte, han dejado de regalar el metal a los chatarreros o a sus peones. Ahora lo llevan a reciclar ellos mismos. «La cosa está muy fea», resume Antonio.

El cliente se marcha a su casa, pero el proceso no ha hecho más que empezar. La empresa de reciclaje tiene un importante trabajo por delante consistente en separar y clasificar la chatarra, prensarla –se forman pequeños cubos de metales retorcidos– y embalarla para enviarla a la península, donde una fundición la retornará a su estado original.

Trabajadores pesan el metal traído por un cliente

La chatarra ha sido un negocio pujante durante los últimos años. Metales Pérez hace 250 compras al día y, después de seis años de actividad, tiene tres naves más haciéndole la competencia en el Polígono de Son Castelló –en total, hay seis empresas desempeñando este trabajo en Mallorca, alguna «semiclandestina», asegura Antonio–. Sin embargo, la compraventa de chatarra «ya va a la baja».

Los grandes tesoros del metal pertenecen al pasado. Las tuberías de los cables eléctricos de cobre se encuentran en instalaciones antiguas. Las casas abandonadas del casco antiguo están ya peladas. Y los vertederos se agotan. Es por ello que algunos ya han decidido empuñar la pala y dirigirse a viejas canteras, esperando encontrar jugosas reliquias enterradas en el polvo.