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“Este es mi castigo por no haber vendido”

5 Sep
  • Destrozan el local del último propietario del edificio derruido de la plaza de Cort

El edificio derruido de la Plaza de Cort es una fachada apuntalada y también algo más. En una esquina, existe un local comercial que un día fue lujoso y que en la actualidad es lo último que queda en pie en medio del descampado. Su propietario se negó a venderlo a Resnostrum, la empresa que quería construir suntuosas viviendas en este exclusivo lugar de la capital balear. Hoy, tras los trabajos de derribo del resto del edificio y el desgaste constante de la lluvia que se filtra por todas partes, el establecimiento está hecho una ruina: el techo se cae, hay humedades y el suelo está lleno de cascotes. En el exterior, un cartel reza irónicamente The best properties under the sun, en referencia a la inmobiliaria que un día lo ocupó. Obviamente, sus propietarios –los hermanos Juan Casademunt– no pueden sacar ninguna rentabilidad de él.

«Me dijeron que pusiera yo la cifra; me habrían dado tanto como yo hubiese querido», asegura Miguel Juan Casademunt, que es quien se encarga de las gestiones, en referencia a las ofertas que recibió de la empresa inmobiliaria. Resnostrum, sociedad participada en su momento a partes iguales por Restaura y Sa Nostra, se constituyó en plena burbuja inmobiliaria –en septiembre de 2004–. Uno de sus proyectos más ambiciosos era, precisamente, la construcción de pisos de lujo –con parking y piscina en la azotea– en este edificio de la Plaza de Cort. Sin embargo, inesperadamente le apareció una piedra en el zapato.

De los 40 propietarios que tenía el edificio –los herederos de una familia numerosa–, sólo estos dos hermanos se negaron a vender. ¿Por qué? Según afirma Miguel, por motivos sentimentales. No querían perder el local y mucho menos que se derruyera el edificio entero, en el que había vivido su abuela. Hoy, siete años más tarde y en plena crisis inmobiliaria –una depresión que ha dejado las obras paradas de manera indefinida desde diciembre de 2008–, todo lo que han sacado de aquella negativa es un local ruinoso e inservible. «Este es mi castigo por no haber vendido», asegura Miguel.

El propietario del local sufre un «calvario» que cada vez va a peor. En estos momentos, ni siquiera puede acceder a la finca, ya que Resnostrum dice que la valla es del Ayuntamiento y el Ayuntamiento alega lo contrario. «Yo estaría dispuesto a adelantar de mi bolsillo los 40.000 euros que costaría impermeabilizar el local y arreglar los desperfectos, pero no puedo acceder», explica. Además, Emaya le pasa cada dos meses una factura de 200 euros porque no puede leer el contador. «Esto es mobbing inmobiliario», afirma.

Sin embargo, a pesar de los contratiempos, no se arrepiente de haberse negado a vender. Todo lo contrario: está dispuesto a plantar batalla a Resnostrum, una sociedad que en estos momentos –tras el crack inmobiliario– tiene un accionista único:Sa Nostra. Por el momento, ya ha interpuesto una demanda contra la autorización del Ayuntamiento de derribar los edificios, así como una denuncia por «coacciones y daños a la propiedad» contra Resnostrum: «Si esperan que me canse, lo llevan claro; voy a morir matando».

¿Por qué era tan importante el local para la constructora? Básicamente porque por él debía pasar la rampa para bajar a los aparcamientos. Y sin parking –en una zona con problemas de estacionamiento–, los pisos perdían valor.

Ante esta situación, Resnostrum y los dos hermanos llegaron a un preacuerdo para hacer una permuta: los bajos del local a cambio de mantener el mismo establecimiento en la planta baja y un altillo. Sin embargo, el estallido de la burbuja inmobiliaria y la paralización de las obras dejaron este pacto de caballeros en nada. Hoy, visto lo visto, Miguel ya no pondría facilidades para la permuta.

Pero la negativa a vender de los hermanos Juan no fue el único problema con el que se topó Resnostrum. Ya se sabe que excavar un parking en un centro histórico es un riesgo y, en este caso, los peores presagios se cumplieron: se hallaron nada más y nada menos que unos aljibes que podrían datar del siglo XVI y que, previsiblemente, se utilizaban para limpiar el pescado que se vendía en esta zona de Palma –la calle Peixeteria es una de las que lindan con el edificio–. El hallazgo paralizó las obras y el Consell obligó a la constructora a conservar los aljibes, si bien le permitió moverlos dentro del mismo solar.

Estos contratiempos, sumados a la crisis inmobiliaria, fueron demasiado para Resnostrum, que tiene paralizado el proyecto. Hoy, la plaza de Cort parece más un decorado de una película de la Segunda Guerra Mundial que el escenario privilegiado de una ciudad turística.

Corea: el cuento de nunca acabar

29 Ago
  • Isern frena el proyecto de rehabilitación a largo plazo de Calvo

  • Estudia un nuevo plan contando con la «iniciativa privada»

  • Cirer ya quiso derribar el barrio pero fracasó

«El día que nos rebelemos, aquí no entra ni la poli». A algunos vecinos de Corea no les ha sentado muy bien que el Ayuntamiento de Palma se plantee derribar el barrio para construir nuevas viviendas. «¿Y luego qué? ¿Nos envían a Son Banya otra vez?».

Pero como las opiniones siempre son dispares, no faltan los residentes que sí quieren una intervención radical en esta degradada zona de la capital balear, construida entre 1954 y 1955 y en la que viven 568 familias. Habla Mónica, madre de una niña de seis años: «Que lo tiren, esto de noche parece el Bronx».

Y en medio de todos los puntos de vista, los nuevos planes de Cort para la barriada recuerdan a la ciudadanía que hace más de diez años que se plantean soluciones para Corea –una de las primeras es del Ibavi y data de 2000– sin que, de momento, gobierno tras gobierno –y cambio de siglas tras cambio de siglas–, se haya llegado a una solución definitiva con el máximo consenso. «Ya tienen lo que querían, nuestros votos». Ante esta situación, el campo está abonado para el descrédito de la política.

Mateo Isern, actual alcalde de Palma, se presentó a las elecciones prometiendo dar marcha atrás al proyecto de rehabilitación integral de su rival, la entonces alcaldesa Aina Calvo (PSOE), y derribar Corea, un foco de insalubridad y conflictos sociales.

Hoy, su teniente de alcalde de Urbanismo, Jesús Valls, estudia, ya sobre el terreno, la situación. Y se plantea, básicamente, dos opciones: no hacer “nada”, de un lado, o buscar una solución en colaboración con la «iniciativa privada», del otro, según aseguró a este periódico. Esta última alternativa supondría la construcción de «un barrio nuevo» que diera «luz» a la zona.

Y para Valls, la polémica actuación emprendida durante el mandato de Catalina Cirer (PP) en Sa Gerreria «sería ideal», ya que combinó iniciativa privada con asistencia social, si bien también deja claro que aquel proyecto contó con una importante inyección de dinero público, algo que ahora, teniendo en cuenta la situación crítica de las arcas municipales, no se podría hacer. El proyecto en Sa Gerreria también fue ampliamente criticado por algunos sectores, al suponer la destrucción de 14 calles del trazado histórico del casco antiguo.

«Lo que han hecho hasta ahora es sólo un lavado de cara y, además, carísimo». Las tesis de Mónica –en referencia al plan de rehabilitación de Calvo– van en la línea de lo que Valls plantea. La falta de dinero es el argumento que el teniente de alcalde esgrime para descartar la posibilidad de continuar con el proyecto de Aina Calvo, que según dijo, tiene un coste de «más de 40 millones de euros», un plazo de ejecución muy largo y, además, «es tan sólo una mano de pintura que no solventa el problema social de la zona» y que lo «eterniza».

La oposición, por su parte, desmiente estas cifras. Tanto PSIB como PSM-IV-ExM consideran que están «hinchadas» y dejan el coste en «24 millones » y el plazo de ejecución en «ocho años». Además, la coalición econacionalista defiende que el proyecto anterior garantizaba la ausencia de especulación urbanística –un promotor privado siempre querrá obtener un beneficio–, así como la permanencia en las viviendas de las personas que viven en ellas actualmente. Valls responde que, teniendo en cuenta la crisis, difícilmente llegarán las ayudas del Estado con las que los partidos del anterior gobierno municipal cuentan a la hora de hacer cálculos.

En un destartalado bordillo del barrio, un peculiar grupo compuesto por El Nano, Ariza, El Boca, El Cheíto y La Peluca –apodos todos ellos reales– poco sabe de las cifras que plantean unos y otros, si bien sí tiene claro que «este terreno vale un pastón» y que «al final nos desalojarán a todos y no nos van a dar el dinero que corresponde». Junto a ellos, un veterano con aspecto de patriarca critica a los vecinos por permitir que los espacios comunes estén tan sucios, poniendo así sobre la mesa uno de los principales problemas de Corea: el hecho de que estos patios interiores sean privados y, por lo tanto, no entre a limpiarlos el camión de Emaya, amontonándose la basura.

El patriarca lleva, dicho sea de paso, medio bigote izquierdo afeitado y, al mismo tiempo, media barba derecha rasurada. ¿Por qué? Por una promesa: si su mujer se queda embarazada, su rostro volverá a recuperar un aspecto homogéneo.

La degradación de Corea se ha ido incrementando a marchas forzadas en la última década, coincidiendo –es sólo uno de tantos factores– con la llegada al lugar de 20 familias desalojadas de Son Banya. Catalina Cirer (2003-2007) ya quiso demoler el barrio, pero al final tuvo que dejar desierto el concurso con el que pretendía encontrar a un constructor privado para el proyecto, tal y como ahora baraja Isern. Gabriel Oliver, promotor de Sa Gerreria, era quien tenía más papeletas para hacerse cargo de la iniciativa.

En cuanto al proyecto de Calvo, por el momento ya ha dado algunos frutos a los que Isern no dará marcha atrás, por estar adjudicados y en obras: la rehabilitación de dos edificios –en los que semejorará la accesibilidad y se reducirá el número de viviendas– y la demolición de otro más, en cuyo subsuelo se construirá un parking. Laidea era emprender actuaciones similares en el resto de edificios hasta rehabilitarlos todos. Y a medida que se fuera produciendo un relevo generacional, facilitar la llegada a la zona de parejas jóvenes, ajenas a la marginación actual.

¿Y qué dicen los arquitectos? El Colegio respalda la opción de la rehabilitación frente a la de la demolición. Técnicos consultados por este periódico destacan, además, los valores del proyecto que dio origen a Corea, antes de que el barrio se degradara.

Se trata de una iniciativa que tomó como referencia el racionalismo y que fue pionera en su momento, al construir viviendas teniendo en cuenta una densidad y unos espacios públicos sostenibles. El contraste con el resto de edificios de la zona, mucho más altos y con aceras reducidas, es muy visible.