Tag Archives: destacada

Las joyas de Santa Catalina

22 Nov
  • El barrio atesora decenas de casas modernistas y mucha historia

  • ARCA pide la protección de todo el conjunto

Santa Catalina esconde secretos que los palmesanos ignoran. Y no porque estén ocultos –todo lo contrario: están bien visibles–. Tal vez por desconocimiento, tal vez por aquello de no valorar lo propio, decenas de casas modernistas, baldosas coloridas y detalles preciosistas pasan desapercibidos al común de los ciudadanos.

¿Quién sabe que Santa Catalina es el barrio externo a las murallas más antiguo de Palma? ¿O que sus calles se diseñaron a finales del siglo XIX a imagen y semejanza –eso sí, a pequeña escala– de ensanches como el de Barcelona? La mayor sorpresa llega al descubrir cómo un modernismo popular, ajeno a las genialidades de arquitectos de renombre, se abrió paso en un barrio sencillo, impregnándose –paradójicamente, teniendo en cuenta las características del movimiento– de la austeridad más palmesana.

Todo un patrimonio que, sin embargo, adolece de figuras urbanísticas que lo protejan. «¿Ves esta casa modernista?», interroga a EL MUNDO/El Día de Baleares Àngels Fermoselle, de la entidad proteccionista ARCA. «Pues si alguien la compra y la quiere tirar, puede hacerlo sin ningún problema», recalca.

Calle de Santa Catalina (Foto: ARCA)

No se trata de catalogar edificio por edificio, afirma Fermoselle. Las reivindicaciones de ARCA van en un sentido mucho más amplio: el colectivo pide al Ayuntamiento que declare todo el barrio conjunto histórico, de manera que se preserven edificios emblemáticos y que cualquier obra nueva respete la personalidad del conjunto. Eso sí, sin ser tampoco «muy estrictos», añade.

Un punto de vista que el consistorio palmesano no rechaza de pleno, pero al que sí pone matices. «Siempre colaboraremos en la preservación de espacios característicos», aseguró a este diario Jesús Valls, teniente de alcalde de Urbanismo, quien, sin embargo, puntualizó que toda protección se debe «compaginar con la seguridad jurídica, el momento económico y la vida cotidiana de las personas». En este sentido, valoró «muy mal» algunas políticas de protección que llevan a la «degradación de edificios históricos» porque el coste de su rehabilitación es «desproporcionado» y no son «adaptables» a reformas para hacerlos «habitables».

La visita de este periódico a Santa Catalina empieza, de la mano de ARCA, en la esquina de la calle Anníbal con Avenida Argentina, el lugar donde hace pocos meses las máquinas acabaron con un edificio característico del barrio, en contra de la voluntad de la mayor parte de los vecinos. Donde estaba la casa, ahora hay un solar vacío que permanecerá así hasta que alguien se decida a construir, algo muy complicado en los tiempos que corren.

Cuando por fin lo haga, se regirá por unas normas que nada tienen que ver con la tipología urbanística del barrio. Así lo remarca ARCA: la legislación que regula las nuevas viviendas en Santa Catalina es exactamente la misma que en cualquier otra barriada de Palma, lo que lleva a la construcción de edificios que desentonan, con chaflanes en lugar de las características esquinas redondeadas y voladizos que invaden la acera a partir del primer piso, rompiendo la línea de la calle. La situación es preocupante si se analiza la gran cantidad de solares vacíos existentes, aptos para construir sin cortapisas en cualquier momento.

En la otra cara de la moneda, están los propietarios que han rehabilitado viviendas ya existentes o han construido respetando el carácter del barrio, atrayendo de esta manera a paseantes, comercios y restaurantes. «Eso es dar valor añadido», opina Fermoselle.

Edificio de la Calle Anníbal, antes de su demolición

Albert Herranz, escritor y miembro también de ARCA, es el encargado de hacer los apuntes históricos. Santa Catalina no es sólo el barrio más antiguo de Palma externo a las murallas, sino que ya en el siglo XV hay testimonios gráficos de sus primeros pobladores. En concreto, la primera foto de la barriada la hizo el pintor Pere Niçard en su famoso Sant Jordi (1468). En él, aparece la carretera de Porto Pi –hoy calle Sant Magí– y la iglesia de los hermitaños, construida por sacerdotes que provenían de Tarragona y que trajeron a la capital el culto al patrón de esta ciudad catalana, que no es otro que Sant Magí.

Las calles y sus leyendas

La siguiente anécdota es más divertida. La cuenta al atravesar la calle Pursiana, probablemente deformación de la palabra prusiana y atribuible, según la leyenda, a una prostituta de Prusia que vivió en el barrio.

Cada esquina tiene su miga, aunque haya que recurrir al recuerdo. Donde ahora hay un edificio moderno, se alzó Can Tatxa, lugar donde antaño dormían los fichajes peninsulares del_Mallorca cuando llegaban a la isla. Y en algunas partes, aún pervive el trazado de cuando Santa Catalina, barrio popular y marinero, era el polígono industrial de Palma.

Desde Avenida Argentina hasta Joan Crespí, de un lado, y desde Es Jonquet hasta la calle Industria, del otro, Santa Catalina sigue siendo «el único pueblo de Mallorca sin ayuntamiento», según bromean sus vecinos. La cuestión es que su espíritu perviva.

Anuncios

A todo gas contra la marginación

24 Sep
  • El párroco de Sa Indioteria impulsó hace 30 años un proyecto para combatir la delincuencia

  • Hoy sus ‘discípulos’ siguen formando con éxito a jóvenes y niños

Tomeu Suau es toda una institución en Sa Indioteria. Toda una institución que se pasea por la barriada con una señora Yamaha. Lo primero que cabría esperar de un párroco es que utilizara una scooter normal y corriente. Y él lo hizo. Pero la cosa se acabó cuando sus chicos le regalaron una pedazo de moto.

El tamaño del vehículo es proporcional al cariño que le tienen en el barrio los centenares de personas que han pasado por sus manos, ya sea a través del club de esplai de la parroquia, del centro de inserción laboral o de la granja-escuela. A sus espaldas, tiene un proyecto de tres décadas de duración con el que ha contribuido en gran medida a erradicar la delincuencia y la marginación en esta barriada de Palma. «Esto hace 30 años era el equivalente a Son Gotleu, un barrio con inmigración de lugares muy diversos –gente que vino a trabajar al Polígono de Son Castelló– en el que los nuevos residentes entraron en conflicto con los que vivían en el núcleo antiguo y donde también había mucha delincuencia y droga».

Tomeu Suau frente a la Cooperativa Jovent (Reportaje gráfico: Jordi Avellà)

Hoy, Tomeu Suau está ya retirado de su labor socioeducativa, pero su legado perdura en cinco entidades muy activas, perfectamente organizadas y que ya traspasan las fronteras de Sa Indioteria: el Club d’Esplai Jovent, la Granja Jovent, la Cooperativa Jovent, la Oficina de inserción social y laboral y el Club de la Tercera Edad de Sa Indioteria. «Yo no soy nadie, sólo vengo a tomar café y doy algunas ideas», asegura, modesto, durante el recorrido por cada uno de los lugares que él ha creado o contribuido a crear.

La visita empieza en la granja-escuela, pero, realmente, esta historia tiene su principio en otro lugar: en la parroquia, situada en el núcleo antiguo de Sa Indioteria. Allí, hace exactamente 31 años –corría el año 1980–, Tomeu Suau abrió un club de actividades para niños y jóvenes que iba a cambiar de raíz la historia del barrio. Eran los años duros de Sa Indioteria y aquel proyecto, que pretendía alejar a los chicos de la droga y la delincuencia, le costó a Tomeu una moto quemada y una paliza. Sin embargo, a pesar de las dificultades, finalmente lo consiguió: al segundo año ya había 60 monitores y 400 niños haciendo teatro, manualidades y dibujo, entre otras muchas actividades. «Si conoces al niño que vive en una casa, difícilmente le romperás el cristal», explica a modo de ejemplo el rector, quien también precisa que «los más pequeños no entienden de diferencias entre mallorquines, forasteros y extranjeros».

Granja Jovent

El club de esplai fue la primera piedra de un gran castillo que aún hoy sigue creciendo y que se financia gracias a ayudas de entidades públicas y privadas –que por otra parte nunca son suficientes–. La filosofía ya estaba clara desde un principio: se trata de fomentar la integración a través de los niños. Tal vez sus efectos no sean inmediatos, pero en 10 o 15 años ya se empiezan a ver. El club, que ahora está dirigido por Maria Antònia Bosch, pone en contacto a niños de distintas culturas y también a sus padres. Además, les forma en la adquisición de aficiones y hábitos saludables. Y, sobre todo, crea una red, un «nido» –así lo denomina él– que les siga protegiendo cuando dejen su hogar paterno.

De hecho, las personas que hoy se hacen cargo de los centros impulsados por el sacerdote son en su mayoría niños y jóvenes que pasaron por el club de esplai. La granja-escuela, por ejemplo, es propiedad de cinco de estos chicos –hoy ya adultos–, que se asociaron en una cooperativa, alquilaron una antigua possessió –Son Moll– y dedicaron cuatro años de su vida a arreglarla sin apenas cobrar. «Tenían un techo en el que vivir y yo les daba cuatro o cinco mil pesetas a cada uno para que pasaran el mes», explica el párroco.

De eso hace casi 14 años –se puso en marcha en 1998– y a día de hoy ya han pasado por la granja 14.000 niños, ya sea mediante visitas escolares o mediante los cursos de verano, que proporcionan a los trabajadores del polígono un lugar donde dejar a sus hijos en vacaciones. También acuden semanalmente pequeños con minusvalías. Los niños aprenden a cuidar a los animales y a preparar pan y panades, entre otras muchas actividades.

Son Moll es un oasis en medio del tráfico y la actividad industrial: es un reducto de paz que linda, de un lado, con la autopista de Inca y, del otro, con el polígono. También se encuentra en pleno corredor verde de Palma, uno de esos proyectos que nunca terminan de ver la luz y que está llamado a unir con un gran parque la Plaza de España con Sa Indioteria –el ex concejal socialista Francisco Donate, fallecido el año pasado, estuvo a punto de conseguirlo pero la crisis finalmente se lo impidió–. Muy cerca del bullicio de los coches, Gavardí, Jovent y Platero, dos caballos y un asno, pastan en un cercado. Hoy no hay niños para observarlos, pero a partir de noviembre será un no parar.

Alumnos del centro de formación ocupacional Cooperativa Jovent

Pero la primera cooperativa impulsada por Tomeu Suau fue otra, nacida en 1984 y que acabaría desembocando en un proyecto innovador, exitoso y envidiado en Alemania y Francia. Se trata de la Cooperativa Jovent, un centro que da formación a jóvenes con riesgo de exclusión y luego, en la medida de lo posible, les proporciona un empleo en una empresa. A día de hoy, se imparten diez talleres distintos (mecánica, chapa, fontanería y electricidad, entre otros) y hay 70 personas en lista de espera. La clave del éxito: hacer a los jóvenes responsables de su formación –acuden al centro porque ellos así lo desean– y crear un ambiente acogedor.

La experiencia de Tomeu Suau en Sa Indioteria podría marcar el camino para otras barriadas con problemas: «Con cuatro o cinco monitores se puede cambiar Son Gotleu, tal vez tardaríamos diez años, pero al final tendríamos un barrio unido».

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/09/22/baleares/1316677632.html

http://www.youtube.com/watch?v=MSEHMIYXK0Y&feature=player_embedded

«Bendita la hora en que me vine a Son Gotleu»

18 Sep
  • Los comerciantes defienden a capa y espada el barrio y trabajan por la integración

  • Pimeco pide más seguridad y limpieza

«¿Pero cómo quieres que sea chapado en oro, mujer, si sólo vale un euro?». Juana vende bisutería en su tienda multiprecio de la calle Tomàs Rul·lan, en el corazón de Son Gotleu. En el interior del local, Helen elige anillos y lápices de labios, mientras su hijo Jeremiah, de unos cuatro años, da golpes a diestro y siniestro con un matamoscas naranja fosforescente. El debate sobre la materia prima de las sortijas genera un divertido choque cultural entre la dueña, que es española, y la clienta, procedente de Nigeria. «Llevo 28 años trabajando aquí y me llevo bien con todo el mundo», afirma Juana, una férrea defensora del barrio tal y como es: «Bendita la hora en que me vine a Son Gotleu, se está dando una mala imagen que no se ajusta con la realidad».

Juana y Sandra frente a la tienda de la primera (Reportaje gráfico: Jordi Avellà)

Mateo Isern, alcalde de Palma, acaba de pasar en comitiva por la calle hace tan sólo unos minutos, en su primera visita al barrio desde que fue investido –saliendo así al paso de las críticas por no haber pisado todavía esta zona de la ciudad tras el estallido de violencia de finales del pasado mes de agosto–. A todo el que se ha parado a hablar con él, le ha prometido que «la semana que viene» impulsará un «paquete de medidas» para mejorar la limpieza, la seguridad y la convivencia en esta barriada palmesana, coincidiendo con las reivindicaciones que hace tan sólo dos días le planteó la patronal del pequeño comercio Pimeco –que se ha adherido recientemente a una asociación de comerciantes y empresarios en el barrio–.

La presencia del alcalde en Son Gotleu genera reacciones contrapuestas. Desde las críticas de Juana, que dice que ha pasado «deprisa y corriendo» a las alabanzas de Sambou, ciudadano senegalés que regenta un colmado en la misma calle Tomàs Rul·lan: «Es muy positivo que haya venido, tiene que saber lo que pasa aquí».

Sambou, que abrió su tienda hace dos años y trabaja de sol a sol para pagarse la hipoteca, asegura que el estallido de violencia del mes de agosto ha «dañado» injustamente la imagen del barrio. Las cosas no son fáciles, admite, pero la integración «no es cosa de un momento». «Luchamos a diario», defiende, al tiempo que resalta que con la «pobreza y el paro» que hay en la barriada es normal que se produzcan estallidos de violencia: «El perro que tiene hambre muerde».

Sin embargo, a pesar de todo, –así lo resalta Sambou– la normalidad ha vuelto al barrio cuando se cumplen quince días de la muerte del nigeriano Efosa Okosun, que fue lo que desencadenó la revuelta. «Esto no es el Bronx», insiste Rosario, frente al mostrador de su panadería. Y en eso coinciden todos y cada uno de los comerciantes consultados por este periódico. «Se está exagerando un montón, este es un lugar normal y corriente», reafirma Juana, a quien le duele en el alma la «imagen que se está dando» –de hecho, se le saltan las lágrimas–. «Parece que nos hayamos olvidado de que nosotros también fuimos emigrantes, yo he criado aquí a mis hijos y cuando salgo cada día a las nueve y media de la noche nunca temo por mi seguridad», añade.

Isern durante su visita a Son Gotleu

Juana es, desde luego, un ejemplo de integración. Los hijos de Sandra, la nigeriana que regenta el comercio de al lado –una curiosa mezcla entre locutorio y peluquería– saltan constantemente de una tienda a otra. Y ella los cuida cuando su madre no puede. «Estoy muy feliz con el vecindario», resalta Sandra, con un vestido estampado hasta los pies, una gran pulsera de plata en la muñeca y un pañuelo cubriéndole toda la cabeza. En el exterior de su local, un pintoresco cartel anuncia los servicios de peluquería, mostrando a un africano –gafas de sol incluidas– pasando la máquina sobre la cabeza de un compatriota, todo ello bajo el cartel VIP cut [corte VIP]. En el interior, un escudo del Madrid preside la sala. «Sí, sí, hala Madrid», dice Sandra.

Pese a su tendencia al optimismo, los comerciantes también admiten que económicamente las cosas no van bien, aunque eso no es una novedad, teniendo en cuenta la crisis económica. Si el estallido violento de agosto ha contribuido aún más a empeorar la situación, en eso no hay unanimidad. Según el comunicado que Pimeco remitió a los medios el pasado martes, «los enfrentamientos étnicos de las últimas semanas» han provocado que los comerciantes de Son Gotleu sufran «pérdidas y complicaciones». Según otros pequeños empresarios de la zona, sin embargo, la situación es la misma de los últimos meses y tiene que ver pura y simplemente con la crisis económica.

La patronal del pequeño comercio, que ayer por la tarde se reunió con Isern para analizar la situación en Son Gotleu, puso de manifiesto en su escrito que la barriada sufre «problemas por lo que se refiere a seguridad, limpieza y legalidad». En este sentido, reclamó que se «intensifique la presencia de fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado», así como la «instalación de cámaras en las zonas más conflictivas del barrio».

Rosario y Sambou

En lo que sí hay consenso total es en que hace falta una mayor limpieza. «Emaya pasa cada cuatro días», explica Rosario, que al igual que todos los comerciantes consultados tiene que barrer cada mañana su trozo de acera.

Del mismo modo, también existe una preocupación generalizada sobre la reubicación en Son Gotleu de familias procedentes de Son Banya. Hay quien dice que «van a venir a vivir 400», una rumorología que lleva a Pimeco a pedir al Ayuntamiento que «dé respuesta a las dudas de los comerciantes sobre el número de ex residentes de Son Banya reubicados durante el último lustro». «Como traigan a más familias, esto sí que va a ser un gueto», sentencia Rosario.

“Este es mi castigo por no haber vendido”

5 Sep
  • Destrozan el local del último propietario del edificio derruido de la plaza de Cort

El edificio derruido de la Plaza de Cort es una fachada apuntalada y también algo más. En una esquina, existe un local comercial que un día fue lujoso y que en la actualidad es lo último que queda en pie en medio del descampado. Su propietario se negó a venderlo a Resnostrum, la empresa que quería construir suntuosas viviendas en este exclusivo lugar de la capital balear. Hoy, tras los trabajos de derribo del resto del edificio y el desgaste constante de la lluvia que se filtra por todas partes, el establecimiento está hecho una ruina: el techo se cae, hay humedades y el suelo está lleno de cascotes. En el exterior, un cartel reza irónicamente The best properties under the sun, en referencia a la inmobiliaria que un día lo ocupó. Obviamente, sus propietarios –los hermanos Juan Casademunt– no pueden sacar ninguna rentabilidad de él.

«Me dijeron que pusiera yo la cifra; me habrían dado tanto como yo hubiese querido», asegura Miguel Juan Casademunt, que es quien se encarga de las gestiones, en referencia a las ofertas que recibió de la empresa inmobiliaria. Resnostrum, sociedad participada en su momento a partes iguales por Restaura y Sa Nostra, se constituyó en plena burbuja inmobiliaria –en septiembre de 2004–. Uno de sus proyectos más ambiciosos era, precisamente, la construcción de pisos de lujo –con parking y piscina en la azotea– en este edificio de la Plaza de Cort. Sin embargo, inesperadamente le apareció una piedra en el zapato.

De los 40 propietarios que tenía el edificio –los herederos de una familia numerosa–, sólo estos dos hermanos se negaron a vender. ¿Por qué? Según afirma Miguel, por motivos sentimentales. No querían perder el local y mucho menos que se derruyera el edificio entero, en el que había vivido su abuela. Hoy, siete años más tarde y en plena crisis inmobiliaria –una depresión que ha dejado las obras paradas de manera indefinida desde diciembre de 2008–, todo lo que han sacado de aquella negativa es un local ruinoso e inservible. «Este es mi castigo por no haber vendido», asegura Miguel.

El propietario del local sufre un «calvario» que cada vez va a peor. En estos momentos, ni siquiera puede acceder a la finca, ya que Resnostrum dice que la valla es del Ayuntamiento y el Ayuntamiento alega lo contrario. «Yo estaría dispuesto a adelantar de mi bolsillo los 40.000 euros que costaría impermeabilizar el local y arreglar los desperfectos, pero no puedo acceder», explica. Además, Emaya le pasa cada dos meses una factura de 200 euros porque no puede leer el contador. «Esto es mobbing inmobiliario», afirma.

Sin embargo, a pesar de los contratiempos, no se arrepiente de haberse negado a vender. Todo lo contrario: está dispuesto a plantar batalla a Resnostrum, una sociedad que en estos momentos –tras el crack inmobiliario– tiene un accionista único:Sa Nostra. Por el momento, ya ha interpuesto una demanda contra la autorización del Ayuntamiento de derribar los edificios, así como una denuncia por «coacciones y daños a la propiedad» contra Resnostrum: «Si esperan que me canse, lo llevan claro; voy a morir matando».

¿Por qué era tan importante el local para la constructora? Básicamente porque por él debía pasar la rampa para bajar a los aparcamientos. Y sin parking –en una zona con problemas de estacionamiento–, los pisos perdían valor.

Ante esta situación, Resnostrum y los dos hermanos llegaron a un preacuerdo para hacer una permuta: los bajos del local a cambio de mantener el mismo establecimiento en la planta baja y un altillo. Sin embargo, el estallido de la burbuja inmobiliaria y la paralización de las obras dejaron este pacto de caballeros en nada. Hoy, visto lo visto, Miguel ya no pondría facilidades para la permuta.

Pero la negativa a vender de los hermanos Juan no fue el único problema con el que se topó Resnostrum. Ya se sabe que excavar un parking en un centro histórico es un riesgo y, en este caso, los peores presagios se cumplieron: se hallaron nada más y nada menos que unos aljibes que podrían datar del siglo XVI y que, previsiblemente, se utilizaban para limpiar el pescado que se vendía en esta zona de Palma –la calle Peixeteria es una de las que lindan con el edificio–. El hallazgo paralizó las obras y el Consell obligó a la constructora a conservar los aljibes, si bien le permitió moverlos dentro del mismo solar.

Estos contratiempos, sumados a la crisis inmobiliaria, fueron demasiado para Resnostrum, que tiene paralizado el proyecto. Hoy, la plaza de Cort parece más un decorado de una película de la Segunda Guerra Mundial que el escenario privilegiado de una ciudad turística.

El barrio por el que Errol y Ava ya no pasearían

2 Sep
  • La parte baja de El Terreno cada vez se degrada más

  • Los ‘afters’ han sustituido a los comercios y pubs de tiempos pasados

A nadie le sorprendería si, de repente, una bola de ramas secas atravesara la calle y un hombre silbara, medio escondido en la sombra, una melodía de Ennio Morricone. El barrio de El Terreno –en pleno ponent palmesano– cada día es más el far west. Las persianas cerradas y los carteles de se vende se cuentan por decenas. Y lo que un día fueron las casas de veraneo de las clases altas palmesanas, hoy son destartalados edificios que se caen a trozos, con after hours en sus bajos que nada tienen que ver con los bares elegantes que hace más de medio siglo frecuentaron Errol Flynn y Ava Gardner.

En medio de la calle Joan Miró, se alza solitario el Bar Michel, un enclave que con el paso de los años ha ido adquiriendo solera en la zona. Siguiendo con la analogía, no sería descabellado considerarlo el saloon del polvoriento poblado. Y si el bar es el saloon, Eugenio sería sin lugar a dudas el sheriff, aunque él ya tiene otro apodo: en el barrio es conocido como El Teniente.

«En esta calle no verás un solo chorizo, me encargo yo personalmente». Eugenio es el conserje del edificio sobre el que reposa el bar Michel, que debe su nombre a un propietario lejano al que ya han reemplazado unos cuantos. Amador, que aguantó en el puesto durante más de una década, lo dejó hace dos años, harto de las amenazas de los clientes de los afters.

La Polilla, Caché, La Hiedra, El Trago loco… Hoy los únicos locales abiertos en la parte baja de El Terreno –la comprendida entre las calles Joan Miró y Robert Graves, de un lado, y Correos y la gasolinera de Son Armadans, del otro– son prácticamente los afters, lugares de copas abiertos hasta la mañana que, cuando dan por concluida la jornada, arrojan a la calle a una clientela conflictiva, gente tambaleante con la que se cruzan las señoras de toda la vida del barrio, generando todo un choque cultural.

Poco queda de los comercios que, hace años, hicieron de este lugar un barrio. El colmado Can Rafael, la droguería, el estanco, la peluquería Picornell, la zapatería, la verdulería de Alberto, la sucursal de Foto Cine Casa Planas –que hoy es un descampado–, el quiosco Sa Premsa, la floristería… Todos ellos han echado el candado. Por no hablar de los bares y pubs que también imprimieron carácter a la zona en los 80 y 90 y de los que el Joe’s y el Mínims son tan sólo dos ejemplos. Entre decenas y decenas de persianas metálicas cerradas, sólo sobreviven, en este tramo de Joan Miró, una farmacia, una peluquería y varios locales de Kebabs, además del bar Michel, claro.

«Aquí hay edificios que son auténticas joyas», asegura la cocinera del bar, Trini, de metro noventa y voz grave, mientras señala la casa de enfrente. «Villa Cornelia, 1917», puede leerse en lo alto. Justo al lado, los obreros cortan baldosas con estridentes discos en un edificio de nueva planta, que en su parte de atrás esconde otra joya: «La capilla de la casa del obispo anglicano». Así lo explica Jesús, anciano del lugar con otra historia a sus espaldas: nació en 1936 en Ondarroa (Vizcaya), después de que su madre huyera de Mallorca tras el desembarco de Porto Cristo. Un año más tarde, regresó a la isla y fue inscrito en el registro, motivo por el cual en su DNI figura como mallorquín nacido en 1937. «Esto no es ni la sombra de lo que fue; no es que sea decadente, es que está destrozado», afirma en referencia a El Terreno.

«Olvidémoslo, ya hace demasiados años que esto no es lo que era». Quien habla ahora es otra de las instituciones del barrio, el peluquero-poeta –hoy ya jubilado– Xavier Abraham. Revitalizar la zona es casi una misión imposible, explica, teniendo en cuenta que el Plan de Rehabilitación Integral (Peri) del Ayuntamiento ha caído en el olvido y que la empinada cuesta de la Pedrera –sin un solo escalón– es una barrera para que los vecinos del Paseo Marítimo suban a hacer sus recados. «Nadie se anima a abrir nuevas tiendas», afirma Xavier,  ante al mostrador de la farmacia de JoanParera.

Justo enfrente, una oficina de la Banca March y un edificio nuevo ocupan el espacio de lo que fue la majestuosa mansión Parietti, la casa del ingeniero que construyó la carretera de Sa Calobra. Un buen día, cuando ya llevaba años abandonada, las maquinas la borraron de la faz de la tierra con una bola de hierro. Lo peor estaba por llegar.

Corea: el cuento de nunca acabar

29 Ago
  • Isern frena el proyecto de rehabilitación a largo plazo de Calvo

  • Estudia un nuevo plan contando con la «iniciativa privada»

  • Cirer ya quiso derribar el barrio pero fracasó

«El día que nos rebelemos, aquí no entra ni la poli». A algunos vecinos de Corea no les ha sentado muy bien que el Ayuntamiento de Palma se plantee derribar el barrio para construir nuevas viviendas. «¿Y luego qué? ¿Nos envían a Son Banya otra vez?».

Pero como las opiniones siempre son dispares, no faltan los residentes que sí quieren una intervención radical en esta degradada zona de la capital balear, construida entre 1954 y 1955 y en la que viven 568 familias. Habla Mónica, madre de una niña de seis años: «Que lo tiren, esto de noche parece el Bronx».

Y en medio de todos los puntos de vista, los nuevos planes de Cort para la barriada recuerdan a la ciudadanía que hace más de diez años que se plantean soluciones para Corea –una de las primeras es del Ibavi y data de 2000– sin que, de momento, gobierno tras gobierno –y cambio de siglas tras cambio de siglas–, se haya llegado a una solución definitiva con el máximo consenso. «Ya tienen lo que querían, nuestros votos». Ante esta situación, el campo está abonado para el descrédito de la política.

Mateo Isern, actual alcalde de Palma, se presentó a las elecciones prometiendo dar marcha atrás al proyecto de rehabilitación integral de su rival, la entonces alcaldesa Aina Calvo (PSOE), y derribar Corea, un foco de insalubridad y conflictos sociales.

Hoy, su teniente de alcalde de Urbanismo, Jesús Valls, estudia, ya sobre el terreno, la situación. Y se plantea, básicamente, dos opciones: no hacer “nada”, de un lado, o buscar una solución en colaboración con la «iniciativa privada», del otro, según aseguró a este periódico. Esta última alternativa supondría la construcción de «un barrio nuevo» que diera «luz» a la zona.

Y para Valls, la polémica actuación emprendida durante el mandato de Catalina Cirer (PP) en Sa Gerreria «sería ideal», ya que combinó iniciativa privada con asistencia social, si bien también deja claro que aquel proyecto contó con una importante inyección de dinero público, algo que ahora, teniendo en cuenta la situación crítica de las arcas municipales, no se podría hacer. El proyecto en Sa Gerreria también fue ampliamente criticado por algunos sectores, al suponer la destrucción de 14 calles del trazado histórico del casco antiguo.

«Lo que han hecho hasta ahora es sólo un lavado de cara y, además, carísimo». Las tesis de Mónica –en referencia al plan de rehabilitación de Calvo– van en la línea de lo que Valls plantea. La falta de dinero es el argumento que el teniente de alcalde esgrime para descartar la posibilidad de continuar con el proyecto de Aina Calvo, que según dijo, tiene un coste de «más de 40 millones de euros», un plazo de ejecución muy largo y, además, «es tan sólo una mano de pintura que no solventa el problema social de la zona» y que lo «eterniza».

La oposición, por su parte, desmiente estas cifras. Tanto PSIB como PSM-IV-ExM consideran que están «hinchadas» y dejan el coste en «24 millones » y el plazo de ejecución en «ocho años». Además, la coalición econacionalista defiende que el proyecto anterior garantizaba la ausencia de especulación urbanística –un promotor privado siempre querrá obtener un beneficio–, así como la permanencia en las viviendas de las personas que viven en ellas actualmente. Valls responde que, teniendo en cuenta la crisis, difícilmente llegarán las ayudas del Estado con las que los partidos del anterior gobierno municipal cuentan a la hora de hacer cálculos.

En un destartalado bordillo del barrio, un peculiar grupo compuesto por El Nano, Ariza, El Boca, El Cheíto y La Peluca –apodos todos ellos reales– poco sabe de las cifras que plantean unos y otros, si bien sí tiene claro que «este terreno vale un pastón» y que «al final nos desalojarán a todos y no nos van a dar el dinero que corresponde». Junto a ellos, un veterano con aspecto de patriarca critica a los vecinos por permitir que los espacios comunes estén tan sucios, poniendo así sobre la mesa uno de los principales problemas de Corea: el hecho de que estos patios interiores sean privados y, por lo tanto, no entre a limpiarlos el camión de Emaya, amontonándose la basura.

El patriarca lleva, dicho sea de paso, medio bigote izquierdo afeitado y, al mismo tiempo, media barba derecha rasurada. ¿Por qué? Por una promesa: si su mujer se queda embarazada, su rostro volverá a recuperar un aspecto homogéneo.

La degradación de Corea se ha ido incrementando a marchas forzadas en la última década, coincidiendo –es sólo uno de tantos factores– con la llegada al lugar de 20 familias desalojadas de Son Banya. Catalina Cirer (2003-2007) ya quiso demoler el barrio, pero al final tuvo que dejar desierto el concurso con el que pretendía encontrar a un constructor privado para el proyecto, tal y como ahora baraja Isern. Gabriel Oliver, promotor de Sa Gerreria, era quien tenía más papeletas para hacerse cargo de la iniciativa.

En cuanto al proyecto de Calvo, por el momento ya ha dado algunos frutos a los que Isern no dará marcha atrás, por estar adjudicados y en obras: la rehabilitación de dos edificios –en los que semejorará la accesibilidad y se reducirá el número de viviendas– y la demolición de otro más, en cuyo subsuelo se construirá un parking. Laidea era emprender actuaciones similares en el resto de edificios hasta rehabilitarlos todos. Y a medida que se fuera produciendo un relevo generacional, facilitar la llegada a la zona de parejas jóvenes, ajenas a la marginación actual.

¿Y qué dicen los arquitectos? El Colegio respalda la opción de la rehabilitación frente a la de la demolición. Técnicos consultados por este periódico destacan, además, los valores del proyecto que dio origen a Corea, antes de que el barrio se degradara.

Se trata de una iniciativa que tomó como referencia el racionalismo y que fue pionera en su momento, al construir viviendas teniendo en cuenta una densidad y unos espacios públicos sostenibles. El contraste con el resto de edificios de la zona, mucho más altos y con aceras reducidas, es muy visible.

Bazares al por mayor

24 Ago
  • El comercio chino mayorista ya tiene diez naves industriales en Son Castelló y también se ha establecido en Son Fuster e Inca
  • Pimeco denuncia que algunos venden a particulares de manera ilegal

Las cajas de cartón llegan hasta el techo de uralita y los estrechos pasillos no tienen fin. Si hay un sitio en Palma donde se puede encontrar desde un enchufe hasta un hula-hop, pasando por un perro de porcelana, un paraguas o un biombo estampado de vaca, este es sin duda cualquiera de los múltiples grandes bazares que se han instalado en los polígonos industriales de la capital balear. Son naves de venta al por mayor y no paran de crecer en número. Además, también venden al detalle, lo que ha disparado las alarmas en el comercio convencional.

Sólo en Son Castelló, ya hay una decena de estos macrobazares, que también tienen presencia en Son Fuster, Son Valentí, Son Güells y el polígono de Inca. Los primeros se establecieron hace unos cinco años, pero en los últimos meses han incrementado su implantación a causa de la crisis. Ante las dificultades económicas, los dueños de estos negocios no han dudado en reinventarse y en convertir sus naves industriales en tiendas donde un particular puede obtener cualquier tipo de objeto a un precio muy ventajoso.

Hasta ahí, todo perfecto. Pero, ¿es legal? Pimeco, la patronal del pequeño comercio, denunció hace varios meses a siete comercios de este tipo por ofrecer venta al detalle –es decir a particulares– sobrepasando las dimensiones máximas permitidas. Según explicó ayer a este periódico Bernat Coll, presidente de la entidad, un establecimiento de más de 700 metros cuadrados no puede ofrecer productos a personas individuales, algo que según su punto de vista se está incumpliendo. Además, la patronal del pequeño comercio también reclama una inspección de trabajo en estas naves industriales, al entender que algunos empleados podrían no estar afiliados a la Seguridad Social. Los establecimientos denunciados siguen abiertos y se encuentran en Son Fuster, Playa de Palma, Ciudad Jardín e Inca.

Por el momento, Pimeco no ha localizado irregularidades en el Polígono de Son Castelló, el lugar que concentra el mayor número de estos comercios. En la calle 16 de julio, se encuentra el más antiguo de ellos:Gran Luxor. Por su parte, en Gran Vía Asima número cinco se asienta Idea Fantástica S.L., una nave industrial en la que puede encontrarse absolutamente de todo. «Vendemos al detalle, pero es totalmente legal», garantiza una empleada, que también aclara que hay un precio para mayorista y otro para particulares. Efectivamente, por sus interminables pasillos se pasean ciudadanos normales y corrientes a la búsqueda de productos a buen precio. Al mismo tiempo, otras personas recorren el lugar con carros llenos hasta arriba. «Mínimo, 10 euros», reza un cartel nada más entrar.

«Cada uno enfoca su negocio como quiere y si es legal, bien hecho está». Quien habla ahora es Toni Yoh, presidente de los empresarios chinos, que atendió ayer a este periódico en uno de sus negocios, el conocido restaurante Gran Dragón. Según su percepción, el comerciante chino «cada vez está más concienciado» de que debe cumplir la ley y lo hace «lo mejor posible». Si se ofrecen buenos precios, insiste, no es porque se vulneren las normas, sino gracias al espíritu de sacrificio –afirma que los chinos son «trabajadores y ahorradores»– y a la pericia a la hora de elegir las rutas comerciales más ventajosas.

Porque, ¿de dónde viene la mercancía? Basta pasearse por una de estas naves para comprobarlo. Made in China, dice en las cajas de cartón. Aunque lo cierto es que, después de abandonar el continente asiático, todas ellas van a parar a Madrid, lugar desde el cual vuelven a ser vendidas, esta vez ya sí con destino a Palma. Todas las naves de la capital balear tienen «los mismos proveedores», aseguran sus responsables. «El contacto con los importadores hace que podamos ofrecer un precio mejor que nadie», sostiene Yoh. ¿Y la calidad? El presidente de la patronal china dice que es «buena»; Bernat Coll, de Pimeco, que es «dudosa».

En lo que sí coinciden ambos, sin embargo, es en destacar la falsedad de las «leyendas urbanas» que señalan que los comercios chinos están exentos de pagar impuestos. Toni Yoh va incluso más lejos y amenaza con llevar ante la Justicia a cualquiera que vuelva a cuestionar la honorabilidad de estos comerciantes: «Se nos acusa constantemente con el dedo como si fuéramos delincuentes y ya estamos cansados».

Controlando un gran número de naves industriales, la comunidad china se hace con un escalón más de la producción y ensancha su campo de miras. Hoy, sus clientes mayoristas no sólo son chinos que regentan bazares, sino mallorquines con tiendas de souvenirs y africanos que venden en mercadillos.