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A todo gas contra la marginación

24 Sep
  • El párroco de Sa Indioteria impulsó hace 30 años un proyecto para combatir la delincuencia

  • Hoy sus ‘discípulos’ siguen formando con éxito a jóvenes y niños

Tomeu Suau es toda una institución en Sa Indioteria. Toda una institución que se pasea por la barriada con una señora Yamaha. Lo primero que cabría esperar de un párroco es que utilizara una scooter normal y corriente. Y él lo hizo. Pero la cosa se acabó cuando sus chicos le regalaron una pedazo de moto.

El tamaño del vehículo es proporcional al cariño que le tienen en el barrio los centenares de personas que han pasado por sus manos, ya sea a través del club de esplai de la parroquia, del centro de inserción laboral o de la granja-escuela. A sus espaldas, tiene un proyecto de tres décadas de duración con el que ha contribuido en gran medida a erradicar la delincuencia y la marginación en esta barriada de Palma. «Esto hace 30 años era el equivalente a Son Gotleu, un barrio con inmigración de lugares muy diversos –gente que vino a trabajar al Polígono de Son Castelló– en el que los nuevos residentes entraron en conflicto con los que vivían en el núcleo antiguo y donde también había mucha delincuencia y droga».

Tomeu Suau frente a la Cooperativa Jovent (Reportaje gráfico: Jordi Avellà)

Hoy, Tomeu Suau está ya retirado de su labor socioeducativa, pero su legado perdura en cinco entidades muy activas, perfectamente organizadas y que ya traspasan las fronteras de Sa Indioteria: el Club d’Esplai Jovent, la Granja Jovent, la Cooperativa Jovent, la Oficina de inserción social y laboral y el Club de la Tercera Edad de Sa Indioteria. «Yo no soy nadie, sólo vengo a tomar café y doy algunas ideas», asegura, modesto, durante el recorrido por cada uno de los lugares que él ha creado o contribuido a crear.

La visita empieza en la granja-escuela, pero, realmente, esta historia tiene su principio en otro lugar: en la parroquia, situada en el núcleo antiguo de Sa Indioteria. Allí, hace exactamente 31 años –corría el año 1980–, Tomeu Suau abrió un club de actividades para niños y jóvenes que iba a cambiar de raíz la historia del barrio. Eran los años duros de Sa Indioteria y aquel proyecto, que pretendía alejar a los chicos de la droga y la delincuencia, le costó a Tomeu una moto quemada y una paliza. Sin embargo, a pesar de las dificultades, finalmente lo consiguió: al segundo año ya había 60 monitores y 400 niños haciendo teatro, manualidades y dibujo, entre otras muchas actividades. «Si conoces al niño que vive en una casa, difícilmente le romperás el cristal», explica a modo de ejemplo el rector, quien también precisa que «los más pequeños no entienden de diferencias entre mallorquines, forasteros y extranjeros».

Granja Jovent

El club de esplai fue la primera piedra de un gran castillo que aún hoy sigue creciendo y que se financia gracias a ayudas de entidades públicas y privadas –que por otra parte nunca son suficientes–. La filosofía ya estaba clara desde un principio: se trata de fomentar la integración a través de los niños. Tal vez sus efectos no sean inmediatos, pero en 10 o 15 años ya se empiezan a ver. El club, que ahora está dirigido por Maria Antònia Bosch, pone en contacto a niños de distintas culturas y también a sus padres. Además, les forma en la adquisición de aficiones y hábitos saludables. Y, sobre todo, crea una red, un «nido» –así lo denomina él– que les siga protegiendo cuando dejen su hogar paterno.

De hecho, las personas que hoy se hacen cargo de los centros impulsados por el sacerdote son en su mayoría niños y jóvenes que pasaron por el club de esplai. La granja-escuela, por ejemplo, es propiedad de cinco de estos chicos –hoy ya adultos–, que se asociaron en una cooperativa, alquilaron una antigua possessió –Son Moll– y dedicaron cuatro años de su vida a arreglarla sin apenas cobrar. «Tenían un techo en el que vivir y yo les daba cuatro o cinco mil pesetas a cada uno para que pasaran el mes», explica el párroco.

De eso hace casi 14 años –se puso en marcha en 1998– y a día de hoy ya han pasado por la granja 14.000 niños, ya sea mediante visitas escolares o mediante los cursos de verano, que proporcionan a los trabajadores del polígono un lugar donde dejar a sus hijos en vacaciones. También acuden semanalmente pequeños con minusvalías. Los niños aprenden a cuidar a los animales y a preparar pan y panades, entre otras muchas actividades.

Son Moll es un oasis en medio del tráfico y la actividad industrial: es un reducto de paz que linda, de un lado, con la autopista de Inca y, del otro, con el polígono. También se encuentra en pleno corredor verde de Palma, uno de esos proyectos que nunca terminan de ver la luz y que está llamado a unir con un gran parque la Plaza de España con Sa Indioteria –el ex concejal socialista Francisco Donate, fallecido el año pasado, estuvo a punto de conseguirlo pero la crisis finalmente se lo impidió–. Muy cerca del bullicio de los coches, Gavardí, Jovent y Platero, dos caballos y un asno, pastan en un cercado. Hoy no hay niños para observarlos, pero a partir de noviembre será un no parar.

Alumnos del centro de formación ocupacional Cooperativa Jovent

Pero la primera cooperativa impulsada por Tomeu Suau fue otra, nacida en 1984 y que acabaría desembocando en un proyecto innovador, exitoso y envidiado en Alemania y Francia. Se trata de la Cooperativa Jovent, un centro que da formación a jóvenes con riesgo de exclusión y luego, en la medida de lo posible, les proporciona un empleo en una empresa. A día de hoy, se imparten diez talleres distintos (mecánica, chapa, fontanería y electricidad, entre otros) y hay 70 personas en lista de espera. La clave del éxito: hacer a los jóvenes responsables de su formación –acuden al centro porque ellos así lo desean– y crear un ambiente acogedor.

La experiencia de Tomeu Suau en Sa Indioteria podría marcar el camino para otras barriadas con problemas: «Con cuatro o cinco monitores se puede cambiar Son Gotleu, tal vez tardaríamos diez años, pero al final tendríamos un barrio unido».

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/09/22/baleares/1316677632.html

http://www.youtube.com/watch?v=MSEHMIYXK0Y&feature=player_embedded

Tensión en la colmena

30 Ago
  • Los vecinos alertan del incremento de la delincuencia en los edificios Pullman, a raíz del asesinato de un joven
  • Un millar de personas se hacina en pisos de 30 metros cuadrados

«¡Ya sale por la tele!». El grito procede de uno de los balcones del edificio. Los hay a centenares y en este se ve a una mujer morena sacando medio cuerpo por encima de la barandilla. En un momento, el lugar se queda vacío y ya sólo se ve a la gente corriendo, buscando un bar donde ver las noticias.

En los edificios Pullman ayer no se hablaba de otra cosa. El hallazgo de un joven degollado en uno de los pisos estaba en boca de todos. Y la desconfianza en los ojos de muchos.

«Aquí todo el mundo sabe, pero casi nadie dice nada», asegura un cliente de un bar de la zona, en referencia al incremento de la delincuencia en el barrio. Comprobarlo no cuesta demasiado. Nada más salir del local, tres vecinos instalados bajo una sombrilla se niegan a hablar. «¿No entiendes lo que te decimos?», aseguran amenazantes ante la insistencia de la periodista.

Mejor moverse, pues. Al alzar los ojos, el panorama es impresionante. Una mole de ocho pisos muestra a quien la observa un balcón tras otro, cada uno distinto al que le precede. Los hay cubiertos con vidrieras; los hay que no. Los hay con ropa tendida; los hay que no. Los hay con toldo; los hay que no. Y lo mejor: cada uno pertenece a un piso diferente.

No en vano los llaman edificios colmena, término que se utiliza habitualmente en referencia a hoteles reconvertidos en viviendas sin cambiar su distribución interior, que es lo que son los Pullman, situados en el corazón de la barriada palmesana de Cala Major. Se calcula que en la zona -que cuenta con ocho edificios de este tipo, entre los Pullman, los Panamá, el Deyá y el Randa- vive más de un millar de personas, hacinadas en pisos de entre 25 y 35 metros cuadrados.

Los Pullman se construyeron en las décadas de los años 60 y 70, época dorada del turismo en Cala Major, un barrio en el que la población se ha duplicado en la última década y donde destaca enormemente el porcentaje de residentes extranjeros: casi la mitad lo son y sólo una cuarta parte de los vecinos ha nacido en Mallorca. Estos ocho edificios fueron aparthoteles hasta que años más tarde, ya durante la decadencia turística de la zona -que empezó en los 80-, alguien tuvo la genial idea de reconvertirlos en viviendas normales y corrientes, provocando un problema social que no sólo dura hoy en día sino que cada vez va a más. O por lo menos así lo aseguran algunos vecinos.

«Esto es peor que Son Banya», dice Juan. A los pies de los Pullman, un grupo de jóvenes se presta amablemente a hablar con este periódico. Completan la cuadrilla Noemí y un chico muy delgado, al que apodan Chisquito, así como dos muchachos más, de cresta moldeada con gomina y gafas de sol de aviador. Juan lo tiene claro: los conflictos no paran de crecer en el barrio. Y lo ocurrido el sábado viene a confirmarlo. «Es lo más fuerte que he visto aquí», afirma uno de ellos.

De noche, muchos vecinos se refugian en sus apartamentos, ante los gritos que se oyen abajo. Las peleas abundan y las botellas vacías, utilizadas como arma arrojadiza, vuelan muy a menudo. La presencia de la policía es frecuente, muchas veces a causa de problemas familiares en algunos de los pisos.

Al hacinamiento de personas se suman otros muchos factores que son un caldo de cultivo para la degradación de la zona. Uno de ellos es la presencia de espacios comunes sin salida, en los que se acumula la suciedad y que se convierten en lugares de reunión discretos, perfectos para los trapicheos. Algunos se han convertido en aparcamientos, algo que ha dificultado que los propietarios de las viviendas accedan a ceder estos espacios al Ayuntamiento de Palma, con el objetivo de controlarlos, limpiarlos -ahora no puede pasar el camión de Emaya, porque es privado- y comunicarlos entre sí, evitando que se conviertan en culs de sac.

Esta era una de las medidas que incorporaba el Plan Especial de Reforma Integral (Peri) aprobado por el Ayuntamiento de Catalina Cirer y que aún hoy no se ha puesto en marcha. En un principio -así lo especificaba el plan en su aprobación inicial, de 2004- se debían derribar estos ocho edificios y sustituirlos por inmuebles con una densidad de viviendas mucho menor sólo iban a tener cinco plantas. Sin embargo, finalmente, las protestas de los vecinos y también el elevado coste de la operación hicieron desistir al Ayuntamiento, que se conformó con diseñar una Área de Rehabilitación Integral (ARI) que incorporaba la creación de espacios libres públicos, así como instrumentos para aumentar la seguridad y la limpieza en la zona.

Al igual que sucede con Corea, los proyectos del Ayuntamiento para los Pullman se han sucedido uno tras otro sin que ninguno haya acabado por ver la luz. En 2006, el entonces concejal de Urbanismo, Javier Rodrigo de Santos, anunciaba que el plan se paraba hasta 2008, a la espera de recibir ayudas del Gobierno central. Aina Calvo, alcaldesa socialista entre 2007 y mayo de 2011, nunca lo desarrolló. Y difícilmente lo hará ahora el equipo del popular Mateu Isern, ahogado por la crisis económica.

A los pies de los Pullman, el informativo ya ha terminado y Juan regresa del bar, llevando a cuestas a Chisquito.