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La luz de Galileo entra en la Seu

9 Feb
  • El sol se filtra por el rosetón y se proyecta en la pared de enfrente en las inmediaciones del solsticio de invierno
  • Las fechas culminantes son el 11/11 y el 2/2
  • A partir de mediados de febrero el fenómeno va desapareciendo y no vuelve hasta el otoño

Contrariamente a lo que cree la mayoría, el sol no siempre sale exactamente por el este. En invierno, el astro rey se asoma entre el levante y el sur. Y cuando se pone –en una trayectoria circular y más o menos simétrica–, también se orienta hacia el más cálido de los puntos cardinales. Es un fenómeno geométrico y científico, pero en Palma también tiene algo de arquitectónico. Durante unas cuantas semanas del año –en las inmediaciones del solsticio de invierno–, los rayos del sol naciente inciden de manera perfecta sobre uno de los rosetones de la Catedral, dando lugar a un espectáculo de luz que cada vez tiene más seguidores. Una exhibición que habla de matemáticas, religión, tumbas y reyes, y que durante  estos días toca a su fin.

Proyección del rosetón en el interior de la Seu (Foto: Mariona Cerdó)

Quien quiera verlo sin esperar al próximo otoño –el fenómeno empieza a mediados de noviembre y acaba a principios de febrero–, debe dirigirse cuanto antes a la Seu a las ocho de la mañana de un día soleado. Nada más entrar, podrá observar cómo un haz multicolor se proyecta sobre los pilares y los arcos ojivales de la nave central. Entonces sabrá que la función acaba de comenzar. Poco a poco, el juego de luces –es decir, los rayos del sol filtrados por los cristales policromados e incidiendo sobre las paredes– irá desplazándose hacia el centro de la iglesia, hasta quedar justo debajo del segundo de los rosetones.

Galileo Galilei defendió las teorías de Copérnico y se enfrentó a la Iglesia, empeñada en que la Tierra era el centro del Universo. Paradojas de la vida, el espectáculo que acogen cada año las cristianas paredes de la Seu es en cierta forma una prueba del heliocentrismo,  ya que se rige por los movimientos de rotación y translación del planeta, así como una muestra de la inclinación del globo terrestre, que es la responsable de las estaciones y de que el sol salga y se ponga por distintos puntos en función del momento del año.

Gráfico: J. A. Vaca Cerezo

La proyección multicolor es también una de las maneras que tiene la Societat Balear de Matemàtiques (SBM-XEIX) de acercar la geometría, la astronomía y la ciencia en general a la población. Son dos de sus miembros, Daniel Ruiz Aguilera y Josep Lluís Pol Llompart, quienes, a través de su estudio Els efectes de la llum solar a la Seu de Mallorca, han popularizado el fenómeno.

¿Por qué se produce? Básicamente, porque el templo está perfectamente orientado hacia la salida del sol en el solsticio de invierno, que cae entre los días 21 y 22 de diciembre. Había una posibilidad entre 360 de que fuera así, lo que lleva a pensar a estos dos matemáticos que no se trata de una casualidad. A principios del siglo XIV, Jaume II hizo levantar la Capilla Real, el lugar donde iba a instalar su sepultura y el germen de la Catedral. No es descabellado pensar que los constructores la orientaran hacia el lugar donde sale el sol en las fechas próximas a Navidad, ya que para los católicos «Dios es la luz». Décadas más tarde, cuando obispo Antoni de Galiana mandó levantar la nave y los dos rosetones, el conjunto se habría construido de acuerdo a esta disposición inicial.

El sol entra por un rosetón y sale por otro en el solsticio de invierno (Foto: Josep Ll. Pol)

Es por ello que en las fechas próximas a Navidad, la luz entra de manera perfecta por uno de los rosetones y sale por el otro, un fenómeno espectacular que puede observarse desde el Baluard de Sant Pere y que genera la ilusión de que hay un incendio en el interior de la Seu. Luego, en los días 11/11 y 2/2 –simétricos respecto al solsticio– y en sus fechas cercanas, la luz se proyecta bajo el otro rosetón, dando lugar a lo que se conoce como el «espectáculo del ocho» –los dos círculos, uno debajo del otro, recuerdan al número ocho–. Esta última figura es la que toca a su fin en estos días. A partir de ahora, la proyección de luz irá bajando y alejándose cada vez más del segundo rosetón, hasta situarse, durante la primavera y el verano, en el suelo.

Con sus 11,3 metros de diámetro, 24 triángulos equiláteros y 1.116 piezas de cristal, el rosetón principal de la Seu es uno de los más grandes de la Cristiandad –sólo le supera el de Notre Dame, en París–. También es un reloj de sol que marca la hora y la estación del año. Y desde hace algunos años, una puerta de entrada a las matemáticas y la historia.

Léalo en elmundo.es

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/02/08/baleares/1328688568.html 

El arte de envolver para enviar a cualquier rincón

4 Feb
  • La Expeditiva lleva 110 años haciendo paquetes junto a Correos

  • Ha embalado capós de coche, urnas funerarias, huevos y motos

¿A quién recurre un turista que acaba de encapricharse de dos grandes tinajas de barro y quiere enviarlas a su casa, en Australia? Parece una misión imposible, pero no. Palma cuenta con una tienda especializada en embalajes y envíos a cualquier parte del mundo. Se llama La Expeditiva y da igual cuál sea la naturaleza del objeto a mandar: su responsable, Pepa Miralles, se lo toma como un reto y pone todo su empeño en que el paquete llegue en perfecto estado a su destino. Sea lo que sea. Vaya a donde vaya.

Rollos de papel burbuja y papel de embalar (Fotos: Pep Vicens)

La cosa resulta aún más sorprendente cuando se sabe que el comercio lleva 110 años abierto y que es uno de los más históricos de la capital balear. Por La Expeditiva han pasado los paquetes que las familias mallorquinas mandaban a sus hijos cuando estaban en el frente; La Expeditiva se ha hecho cargo de empaquetar el calzado que se exportaba a la Península, durante la época de esplendor de la industria mallorquina de la piel; las monjas recurrían a La Expeditiva cuando mandaban ropa y medicina a las misiones en África y Latinoamérica; La Expeditiva montaba cadenas humanas para llevar los paquetes desde su oficina –situada junto a Correos– hasta el puerto, donde se embarcaban rumbo a toda clase de destinos, a veces exóticos, otras no tanto. «No teníamos tiempo de descansar», rememora Pepa desde el interior de la tienda, que con sus enormes rollos de cartón y papel burbuja y sus básculas y mapas antiguos es sin lugar a dudas una de las más pintorescas y vistosas de Ciutat.

Pero los tiempos cambian y eso Pepa lo sabe muy bien. De los seis o siete dependientes que tenía la tienda, hoy sólo ella –y esporádicamente una segunda persona– trabaja en La Expeditiva. No hay suficiente trabajo y la familia, que tiene otros negocios en un local anexo, conserva la tienda más por motivos sentimentales que por otra cosa. Todo está como estaba –incluso la pequeña repisa en lo alto con una reproducción de San Pancracio– y si hay un encargo, por supuesto, Pepa lo lleva a cabo.

El día del reportaje, por ejemplo, el reto es embalar un cuadro. Pero tan sólo unos días antes ha habido pedidos más interesantes –o por lo menos más curiosos–, como el de una chica que está haciendo un erasmus en la antigua Yugoslavia y se acaba de mandar hacia allí treinta kilos de comida para estar bien surtida cuando llegue a su destino. O también el de un cliente que ha enviado a Menorca y Barcelona una caja llena de productos de matances.

Pepa se hizo cargo del negocio hace 16 años, cuando su padre falleció y los pocos dependientes que quedaban se jubilaron –todo coincidió en la misma época–. Desde entonces, se ha dedicado al oficio con pasión –«me encanta, cada día se trata de algo nuevo», afirma–. De todo este tiempo, atesora un álbum de fotos con los objetos más extraños que ha tenido que embalar. Desde dos capós de coche –«uno verde y uno rojo», detalla– a una moto, pasando por lámparas de Gordiola y las ya mencionadas tinajas de barro del turista australiano. También ha enviado urnas funerarias e, incluso, huevos. Sí, huevos.

Fachada de la tienda

Queda claro, pues, que lo suyo es conseguir que los objetos más delicados –e insospechados– lleguen a su destino en perfecto estado. «Yo sé cómo son los transportistas», explica Pepa, que procura dedicar el mismo «cariño» a todos los objetos que le traen. «Todo el mundo quiere que sus cosas lleguen bien», aclara. Ella los empaqueta y luego, si el cliente lo desea, le proporciona una empresa para transportarlos –ya sea la pública Correos o una agencia privada–.

¿Quién no ha necesitado alguna vez embalar un paquete? Parece un servicio muy útil, pero el negocio no funciona. ¿Qué es lo que ocurre? Pepa lo atribuye a diversos factores, entre los que destaca el gran encarecimiento del transporte a causa de la subida del precio del petróleo. La gente sólo envía aquello que es estrictamente necesario, porque es demasiado caro –ellos llevan seis años sin subir los precios, pero no ocurre lo mismo con los transportistas–. Luego está el surgimiento de las empresas multinacionales de paquetería, que se comen el mercado. Y por encima de todo, la transición a una nueva era, donde en Mallorca ya no hay turistas de gran poder adquisitivo que envíen a Alemania y Estados Unidos grandes paquetes con tela de llengües y platos de loza. Unos nuevos tiempos que han dejado a La Expeditiva –antaño situada en un lugar de paso– en medio de una calle silenciosa y adoquinada donde los pilones impiden parar en coche a descargar.

Quién se lo iba a decir a Bartolomé Miralles Vidal, abuelo de Pepa y fundador de La Expeditiva, cuyo rostro aún cuelga de una de las paredes de la tienda, en una orla de la promoción 1890-91 del Instituto Balear. Con él empieza la historia, que es a partes iguales curiosa y costumbrista. Resulta que quería mandar un par de ensaimadas a Barcelona y le pusieron tantos problemas –lo consiguió al tercer intento– que pensó: si esto es tan complicado, voy a montar un negocio para facilitar las cosas. Y vaya si lo hizo.

Pepa Miralles pesa unos libros

Hoy poco queda de aquello, pero La Expeditiva sigue siendo el único comercio de España –así lo afirma Pepa– especializado en el embalaje de paquetes. También es un punto de encuentro y el lugar al que algunos vecinos acuden para controlarse el peso. Entran y se encaraman a su enorme báscula roja, cuya gran aguja oscila con elegancia entre los kilos y los gramos. Pepa anota el resultado y les hace un seguimiento, prolongando así, un poco más, la historia de La Expeditiva en el tiempo.

El barrio por el que Errol y Ava ya no pasearían

2 Sep
  • La parte baja de El Terreno cada vez se degrada más

  • Los ‘afters’ han sustituido a los comercios y pubs de tiempos pasados

A nadie le sorprendería si, de repente, una bola de ramas secas atravesara la calle y un hombre silbara, medio escondido en la sombra, una melodía de Ennio Morricone. El barrio de El Terreno –en pleno ponent palmesano– cada día es más el far west. Las persianas cerradas y los carteles de se vende se cuentan por decenas. Y lo que un día fueron las casas de veraneo de las clases altas palmesanas, hoy son destartalados edificios que se caen a trozos, con after hours en sus bajos que nada tienen que ver con los bares elegantes que hace más de medio siglo frecuentaron Errol Flynn y Ava Gardner.

En medio de la calle Joan Miró, se alza solitario el Bar Michel, un enclave que con el paso de los años ha ido adquiriendo solera en la zona. Siguiendo con la analogía, no sería descabellado considerarlo el saloon del polvoriento poblado. Y si el bar es el saloon, Eugenio sería sin lugar a dudas el sheriff, aunque él ya tiene otro apodo: en el barrio es conocido como El Teniente.

«En esta calle no verás un solo chorizo, me encargo yo personalmente». Eugenio es el conserje del edificio sobre el que reposa el bar Michel, que debe su nombre a un propietario lejano al que ya han reemplazado unos cuantos. Amador, que aguantó en el puesto durante más de una década, lo dejó hace dos años, harto de las amenazas de los clientes de los afters.

La Polilla, Caché, La Hiedra, El Trago loco… Hoy los únicos locales abiertos en la parte baja de El Terreno –la comprendida entre las calles Joan Miró y Robert Graves, de un lado, y Correos y la gasolinera de Son Armadans, del otro– son prácticamente los afters, lugares de copas abiertos hasta la mañana que, cuando dan por concluida la jornada, arrojan a la calle a una clientela conflictiva, gente tambaleante con la que se cruzan las señoras de toda la vida del barrio, generando todo un choque cultural.

Poco queda de los comercios que, hace años, hicieron de este lugar un barrio. El colmado Can Rafael, la droguería, el estanco, la peluquería Picornell, la zapatería, la verdulería de Alberto, la sucursal de Foto Cine Casa Planas –que hoy es un descampado–, el quiosco Sa Premsa, la floristería… Todos ellos han echado el candado. Por no hablar de los bares y pubs que también imprimieron carácter a la zona en los 80 y 90 y de los que el Joe’s y el Mínims son tan sólo dos ejemplos. Entre decenas y decenas de persianas metálicas cerradas, sólo sobreviven, en este tramo de Joan Miró, una farmacia, una peluquería y varios locales de Kebabs, además del bar Michel, claro.

«Aquí hay edificios que son auténticas joyas», asegura la cocinera del bar, Trini, de metro noventa y voz grave, mientras señala la casa de enfrente. «Villa Cornelia, 1917», puede leerse en lo alto. Justo al lado, los obreros cortan baldosas con estridentes discos en un edificio de nueva planta, que en su parte de atrás esconde otra joya: «La capilla de la casa del obispo anglicano». Así lo explica Jesús, anciano del lugar con otra historia a sus espaldas: nació en 1936 en Ondarroa (Vizcaya), después de que su madre huyera de Mallorca tras el desembarco de Porto Cristo. Un año más tarde, regresó a la isla y fue inscrito en el registro, motivo por el cual en su DNI figura como mallorquín nacido en 1937. «Esto no es ni la sombra de lo que fue; no es que sea decadente, es que está destrozado», afirma en referencia a El Terreno.

«Olvidémoslo, ya hace demasiados años que esto no es lo que era». Quien habla ahora es otra de las instituciones del barrio, el peluquero-poeta –hoy ya jubilado– Xavier Abraham. Revitalizar la zona es casi una misión imposible, explica, teniendo en cuenta que el Plan de Rehabilitación Integral (Peri) del Ayuntamiento ha caído en el olvido y que la empinada cuesta de la Pedrera –sin un solo escalón– es una barrera para que los vecinos del Paseo Marítimo suban a hacer sus recados. «Nadie se anima a abrir nuevas tiendas», afirma Xavier,  ante al mostrador de la farmacia de JoanParera.

Justo enfrente, una oficina de la Banca March y un edificio nuevo ocupan el espacio de lo que fue la majestuosa mansión Parietti, la casa del ingeniero que construyó la carretera de Sa Calobra. Un buen día, cuando ya llevaba años abandonada, las maquinas la borraron de la faz de la tierra con una bola de hierro. Lo peor estaba por llegar.

Tensión en la colmena

30 Ago
  • Los vecinos alertan del incremento de la delincuencia en los edificios Pullman, a raíz del asesinato de un joven
  • Un millar de personas se hacina en pisos de 30 metros cuadrados

«¡Ya sale por la tele!». El grito procede de uno de los balcones del edificio. Los hay a centenares y en este se ve a una mujer morena sacando medio cuerpo por encima de la barandilla. En un momento, el lugar se queda vacío y ya sólo se ve a la gente corriendo, buscando un bar donde ver las noticias.

En los edificios Pullman ayer no se hablaba de otra cosa. El hallazgo de un joven degollado en uno de los pisos estaba en boca de todos. Y la desconfianza en los ojos de muchos.

«Aquí todo el mundo sabe, pero casi nadie dice nada», asegura un cliente de un bar de la zona, en referencia al incremento de la delincuencia en el barrio. Comprobarlo no cuesta demasiado. Nada más salir del local, tres vecinos instalados bajo una sombrilla se niegan a hablar. «¿No entiendes lo que te decimos?», aseguran amenazantes ante la insistencia de la periodista.

Mejor moverse, pues. Al alzar los ojos, el panorama es impresionante. Una mole de ocho pisos muestra a quien la observa un balcón tras otro, cada uno distinto al que le precede. Los hay cubiertos con vidrieras; los hay que no. Los hay con ropa tendida; los hay que no. Los hay con toldo; los hay que no. Y lo mejor: cada uno pertenece a un piso diferente.

No en vano los llaman edificios colmena, término que se utiliza habitualmente en referencia a hoteles reconvertidos en viviendas sin cambiar su distribución interior, que es lo que son los Pullman, situados en el corazón de la barriada palmesana de Cala Major. Se calcula que en la zona -que cuenta con ocho edificios de este tipo, entre los Pullman, los Panamá, el Deyá y el Randa- vive más de un millar de personas, hacinadas en pisos de entre 25 y 35 metros cuadrados.

Los Pullman se construyeron en las décadas de los años 60 y 70, época dorada del turismo en Cala Major, un barrio en el que la población se ha duplicado en la última década y donde destaca enormemente el porcentaje de residentes extranjeros: casi la mitad lo son y sólo una cuarta parte de los vecinos ha nacido en Mallorca. Estos ocho edificios fueron aparthoteles hasta que años más tarde, ya durante la decadencia turística de la zona -que empezó en los 80-, alguien tuvo la genial idea de reconvertirlos en viviendas normales y corrientes, provocando un problema social que no sólo dura hoy en día sino que cada vez va a más. O por lo menos así lo aseguran algunos vecinos.

«Esto es peor que Son Banya», dice Juan. A los pies de los Pullman, un grupo de jóvenes se presta amablemente a hablar con este periódico. Completan la cuadrilla Noemí y un chico muy delgado, al que apodan Chisquito, así como dos muchachos más, de cresta moldeada con gomina y gafas de sol de aviador. Juan lo tiene claro: los conflictos no paran de crecer en el barrio. Y lo ocurrido el sábado viene a confirmarlo. «Es lo más fuerte que he visto aquí», afirma uno de ellos.

De noche, muchos vecinos se refugian en sus apartamentos, ante los gritos que se oyen abajo. Las peleas abundan y las botellas vacías, utilizadas como arma arrojadiza, vuelan muy a menudo. La presencia de la policía es frecuente, muchas veces a causa de problemas familiares en algunos de los pisos.

Al hacinamiento de personas se suman otros muchos factores que son un caldo de cultivo para la degradación de la zona. Uno de ellos es la presencia de espacios comunes sin salida, en los que se acumula la suciedad y que se convierten en lugares de reunión discretos, perfectos para los trapicheos. Algunos se han convertido en aparcamientos, algo que ha dificultado que los propietarios de las viviendas accedan a ceder estos espacios al Ayuntamiento de Palma, con el objetivo de controlarlos, limpiarlos -ahora no puede pasar el camión de Emaya, porque es privado- y comunicarlos entre sí, evitando que se conviertan en culs de sac.

Esta era una de las medidas que incorporaba el Plan Especial de Reforma Integral (Peri) aprobado por el Ayuntamiento de Catalina Cirer y que aún hoy no se ha puesto en marcha. En un principio -así lo especificaba el plan en su aprobación inicial, de 2004- se debían derribar estos ocho edificios y sustituirlos por inmuebles con una densidad de viviendas mucho menor sólo iban a tener cinco plantas. Sin embargo, finalmente, las protestas de los vecinos y también el elevado coste de la operación hicieron desistir al Ayuntamiento, que se conformó con diseñar una Área de Rehabilitación Integral (ARI) que incorporaba la creación de espacios libres públicos, así como instrumentos para aumentar la seguridad y la limpieza en la zona.

Al igual que sucede con Corea, los proyectos del Ayuntamiento para los Pullman se han sucedido uno tras otro sin que ninguno haya acabado por ver la luz. En 2006, el entonces concejal de Urbanismo, Javier Rodrigo de Santos, anunciaba que el plan se paraba hasta 2008, a la espera de recibir ayudas del Gobierno central. Aina Calvo, alcaldesa socialista entre 2007 y mayo de 2011, nunca lo desarrolló. Y difícilmente lo hará ahora el equipo del popular Mateu Isern, ahogado por la crisis económica.

A los pies de los Pullman, el informativo ya ha terminado y Juan regresa del bar, llevando a cuestas a Chisquito.

Corea: el cuento de nunca acabar

29 Ago
  • Isern frena el proyecto de rehabilitación a largo plazo de Calvo

  • Estudia un nuevo plan contando con la «iniciativa privada»

  • Cirer ya quiso derribar el barrio pero fracasó

«El día que nos rebelemos, aquí no entra ni la poli». A algunos vecinos de Corea no les ha sentado muy bien que el Ayuntamiento de Palma se plantee derribar el barrio para construir nuevas viviendas. «¿Y luego qué? ¿Nos envían a Son Banya otra vez?».

Pero como las opiniones siempre son dispares, no faltan los residentes que sí quieren una intervención radical en esta degradada zona de la capital balear, construida entre 1954 y 1955 y en la que viven 568 familias. Habla Mónica, madre de una niña de seis años: «Que lo tiren, esto de noche parece el Bronx».

Y en medio de todos los puntos de vista, los nuevos planes de Cort para la barriada recuerdan a la ciudadanía que hace más de diez años que se plantean soluciones para Corea –una de las primeras es del Ibavi y data de 2000– sin que, de momento, gobierno tras gobierno –y cambio de siglas tras cambio de siglas–, se haya llegado a una solución definitiva con el máximo consenso. «Ya tienen lo que querían, nuestros votos». Ante esta situación, el campo está abonado para el descrédito de la política.

Mateo Isern, actual alcalde de Palma, se presentó a las elecciones prometiendo dar marcha atrás al proyecto de rehabilitación integral de su rival, la entonces alcaldesa Aina Calvo (PSOE), y derribar Corea, un foco de insalubridad y conflictos sociales.

Hoy, su teniente de alcalde de Urbanismo, Jesús Valls, estudia, ya sobre el terreno, la situación. Y se plantea, básicamente, dos opciones: no hacer “nada”, de un lado, o buscar una solución en colaboración con la «iniciativa privada», del otro, según aseguró a este periódico. Esta última alternativa supondría la construcción de «un barrio nuevo» que diera «luz» a la zona.

Y para Valls, la polémica actuación emprendida durante el mandato de Catalina Cirer (PP) en Sa Gerreria «sería ideal», ya que combinó iniciativa privada con asistencia social, si bien también deja claro que aquel proyecto contó con una importante inyección de dinero público, algo que ahora, teniendo en cuenta la situación crítica de las arcas municipales, no se podría hacer. El proyecto en Sa Gerreria también fue ampliamente criticado por algunos sectores, al suponer la destrucción de 14 calles del trazado histórico del casco antiguo.

«Lo que han hecho hasta ahora es sólo un lavado de cara y, además, carísimo». Las tesis de Mónica –en referencia al plan de rehabilitación de Calvo– van en la línea de lo que Valls plantea. La falta de dinero es el argumento que el teniente de alcalde esgrime para descartar la posibilidad de continuar con el proyecto de Aina Calvo, que según dijo, tiene un coste de «más de 40 millones de euros», un plazo de ejecución muy largo y, además, «es tan sólo una mano de pintura que no solventa el problema social de la zona» y que lo «eterniza».

La oposición, por su parte, desmiente estas cifras. Tanto PSIB como PSM-IV-ExM consideran que están «hinchadas» y dejan el coste en «24 millones » y el plazo de ejecución en «ocho años». Además, la coalición econacionalista defiende que el proyecto anterior garantizaba la ausencia de especulación urbanística –un promotor privado siempre querrá obtener un beneficio–, así como la permanencia en las viviendas de las personas que viven en ellas actualmente. Valls responde que, teniendo en cuenta la crisis, difícilmente llegarán las ayudas del Estado con las que los partidos del anterior gobierno municipal cuentan a la hora de hacer cálculos.

En un destartalado bordillo del barrio, un peculiar grupo compuesto por El Nano, Ariza, El Boca, El Cheíto y La Peluca –apodos todos ellos reales– poco sabe de las cifras que plantean unos y otros, si bien sí tiene claro que «este terreno vale un pastón» y que «al final nos desalojarán a todos y no nos van a dar el dinero que corresponde». Junto a ellos, un veterano con aspecto de patriarca critica a los vecinos por permitir que los espacios comunes estén tan sucios, poniendo así sobre la mesa uno de los principales problemas de Corea: el hecho de que estos patios interiores sean privados y, por lo tanto, no entre a limpiarlos el camión de Emaya, amontonándose la basura.

El patriarca lleva, dicho sea de paso, medio bigote izquierdo afeitado y, al mismo tiempo, media barba derecha rasurada. ¿Por qué? Por una promesa: si su mujer se queda embarazada, su rostro volverá a recuperar un aspecto homogéneo.

La degradación de Corea se ha ido incrementando a marchas forzadas en la última década, coincidiendo –es sólo uno de tantos factores– con la llegada al lugar de 20 familias desalojadas de Son Banya. Catalina Cirer (2003-2007) ya quiso demoler el barrio, pero al final tuvo que dejar desierto el concurso con el que pretendía encontrar a un constructor privado para el proyecto, tal y como ahora baraja Isern. Gabriel Oliver, promotor de Sa Gerreria, era quien tenía más papeletas para hacerse cargo de la iniciativa.

En cuanto al proyecto de Calvo, por el momento ya ha dado algunos frutos a los que Isern no dará marcha atrás, por estar adjudicados y en obras: la rehabilitación de dos edificios –en los que semejorará la accesibilidad y se reducirá el número de viviendas– y la demolición de otro más, en cuyo subsuelo se construirá un parking. Laidea era emprender actuaciones similares en el resto de edificios hasta rehabilitarlos todos. Y a medida que se fuera produciendo un relevo generacional, facilitar la llegada a la zona de parejas jóvenes, ajenas a la marginación actual.

¿Y qué dicen los arquitectos? El Colegio respalda la opción de la rehabilitación frente a la de la demolición. Técnicos consultados por este periódico destacan, además, los valores del proyecto que dio origen a Corea, antes de que el barrio se degradara.

Se trata de una iniciativa que tomó como referencia el racionalismo y que fue pionera en su momento, al construir viviendas teniendo en cuenta una densidad y unos espacios públicos sostenibles. El contraste con el resto de edificios de la zona, mucho más altos y con aceras reducidas, es muy visible.