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Se vende palacete

11 Ene
  • El centro de Palma se llena de casas antiguas y señoriales buscando comprador
  • Sus precios alcanzan los cinco millones de euros
  • La crisis impide la venta y provoca que, vacías, se vayan deteriorando

Se venden «sueños». Un balcón de la calle de las Siete Esquinas luce especialmente colorido. Su dueño ha colgado en él una veintena de carteles de se vende y los ha rellenado a su antojo. Así, en la casa en cuestión, se vende una «suegra», «tortillas», la «tentación» y hasta un «tanga de hilo». Muy cerca, en la calle Plateria hay otro cartel de se vende, pero este es menos original.

Casa señorial en venta en la plaza Sant Francesc (Reportaje gráfico: Pep Vicens)

En las calles del casco antiguo de Palma cada vez prolifera más la venta de casas señoriales, más conocidas de un tiempo a esta parte como palacetes, a causa del famoso y lujoso inmueble que Jaume Matas se compró en la calle Sant Feliu siendo presidente del Govern –y que se ha convertido en uno de los símbolos de la corrupción política en Baleares–.

Pero, en general, las casas que se venden en el centro histórico nada tienen que ver con las siglas o el abuso de poder. Si están vacías y buscando un cambio de propietario es más bien por otro fenómeno, muy relacionado con la crisis, pero también con un cambio de época. Octogenarios que fallecen y cuyos hijos no se ven viviendo en frías habitaciones de techos altos –o que no pueden costearse las reformas–. Gente mayor que ya no puede valerse por sí misma y que acaba sus días en asépticas residencias, mientras el lugar donde vivió toda la vida, ya vacío de los objetos que le acompañaron, se degrada a pasos agigantados, víctima del olvido y la humedad.

Son imponentes edificios de dos y tres plantas, con balcones de hierro y nobles y vistosas galerías. Una buena parte están situados en los alrededores de la iglesia de las Caputxines y la calle Sant Jaume –zona popularmente conocida como Ca n’avall–, aunque también los hay en la parte alta, en Ca n’amunt. En la plaza de Sant Francesc, por ejemplo, dos carteles azules anuncian la venta de un gran edificio de alargados balcones.

Obviamente, la crisis también tiene mucho que ver en el asunto, ya que la venta de edificios se acumula ante la ausencia de compradores que estén dispuestos a desembolsar cantidades de dinero que alcanzan los cinco millones de euros. Porque lo curioso del caso es que los precios apenas bajan.

Carteles de 'se vende' en la calle de los 'set cantons'

Así lo explicó a EL MUNDO/El Día de Baleares Kai Dost, director general de la inmobiliaria afincada en Mallorca Dost&Co. Según su testimonio, los precios de las viviendas de lujo siguen al mismo nivel de 2006, ya que el mercado inmobiliario mallorquín es conservador y no hay «prisa por vender». «El mercado se estanca, hay pocos que necesiten vender rápido», abundó Dost. La entrevista también aportó otros datos interesantes, como que los compradores de este tipo de inmuebles suelen ser inversores en busca de un valor seguro. «No se fían del oro ni tampoco de la bolsa», explicó.

Pero más allá de la economía, el problema es que, sin habitar, estas casas se van degenerando a marchas forzadas. Primero las tuberías se obstruyen, luego se rompen los cristales y las persianas y al final la humedad se cuela por todas partes, poniendo en peligro un importante patrimonio arquitectónico e histórico.

En els set cantons, se ofrecen «deseos», «ilusiones», «rasurado de ingles» e incluso un «¿por qué?». También se vende una «isla». Por suerte, en Mallorca, la cosa aún no ha llegado tan lejos.

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/01/02/baleares/1325495763.html

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El declive de los vigías de la ciudad

23 Nov
  • Dos de los cinco molinos de Es Jonquet amenazan derribo

  • Los vecinos exigen a Cort que los expropie

  • Su rehabilitación, pendiente de un PERI que no estará listo antes de 2013

El cuerpo derrumbado; los brazos amputados; la cabeza al aire. Los molinos de Es Jonquet podrían ser pero no son. Tienen una de las vistas más privilegiadas de la ciudad –sus arcos son un balcón al mar– y cuentan con una belleza y una historia que puede ofrecer mucho a Palma, dándole un valor que la aleje de la creciente uniformización y monotonía de las ciudades turísticas mediterráneas. Sin embargo, permanecen olvidados y degradándose a pasos agigantados, a medida que el tiempo pasa y que el ámbito público y privado no se ponen de acuerdo en cómo resolver su futuro.

Molinos d'en Garriga y d'en Gelós (Cati Cladera)

Antes que nada una salvedad: no son todos. De los cinco molinos que hoy siguen en pie –según documentos históricos llegó a haber entre siete y nueve–, dos están en buen estado: el Molí del Nom de Déu y el Molí d’en Garleta. En cambio, los otros tres se encuentran en unas condiciones ruinosas. Son los molinos D’en Carreres, D’en Garriga i D’en Gelós. Estos dos últimos son los que amenazan ruina y los que han generado un mayor número de protestas y de informaciones periodísticas.

Y eso que en teoría son Bien de Interés Cultural (BIC). El Consell de Mallorca les otorgó está figura de protección en noviembre de 2009, a petición de la plataforma Salvem Es Jonquet y sin que de momento se haya derivado ninguna medida encaminada a su rehabilitación. No es extraño que lo hiciera: se trata de un conjunto de molinos harineros del siglo XVII que durante centenares de años han formado parte de la postal –y en su día, de la economía– de Palma. Un plano de 1644 ya documenta su existencia y son, en definitiva, una parte muy importante de la historia de la ciudad.

Entonces, ¿cuál es el problema? Básicamente, que son de propiedad privada. Si los molinos del Nom de Déu y D’en Garleta están rehabilitados es porque el Ayuntamiento los expropió a lo largo de la década de los 80. No ocurrió lo mismo con los otros tres, ya que cuando estaba a punto de iniciarse el proceso, el entonces alcalde –Joan Fageda– llegó a un acuerdo con los propietarios: se comprometían a repararlos y mantenerlos en buen estado. No hace falta decir que nunca lo hicieron.

Empezó a partir de entonces un creciente proceso de degradación que hoy ya amenaza, directamente, la pervivencia de estas dos construcciones, que antes del declive albergaron la popular discoteca Jack el Negro. Hace tan sólo unas semanas –en el mes de septiembre–, se desplomó parte del techo del molino D’en Garriguera. Y en estos momentos, pese a que el Ayuntamiento anunció que los tapiaría, sigue habiendo huecos en las rejas que permiten que los indigentes los ocupen, poniendo en riesgo su vida.

La solución al problema parece pasar por la redacción de un Plan Especial de Reforma Interior del barrio de Es Jonquet, anunciada en repetidas ocasiones por el Ayuntamiento de Palma y que está siendo uno de los partos administrativos más largos de los últimos tiempos. La redacción del plan salió a concurso en enero de 2011 y a día de hoy está adjudicada por la mesa de contratación a un equipo de arquitectos sin que todavía se haya empezado el trabajo. El motivo: la Junta de Gobierno de Cort aún no ha adjudicado “formalmente” el proyecto, según señalaron a este periódico fuentes de la Gerencia de Urbanismo. Cuando lo haga, el proceso de elaboración se alargará durante 15 meses más. Es decir: antes de 2013 no estará hecho.

Derrumbes en uno de los molinos (Cati Cladera)

Y el equipo político de Urbanismo no dará el visto bueno a la adjudicación hasta que haya estudiado con detalle la situación, que es lo que está haciendo en estos momentos. Se trata de analizar las implicaciones del BIC para la zona. Porque ese es el quid de la cuestión. Y no sólo en lo que hace referencia a los molinos.

Hay, efectivamente, otra cuestión sensible: la de dos proyectos urbanísticos en jugosos solares situados en la primera línea de Es Jonquet. La primera de ellas, que es la más importante y se sitúa en los terrenos denominados Mar i Terra, corre a cargo de Acciona y, de llevarse a cabo, supondría la construcción de 113 viviendas, un parking excavado en el talud en el que hoy se asoman los molinos y también un centro comercial. La segunda, ubicada en la parcela de Es Rentadors, contempla la construcción de 20 viviendas.

Los vecinos se oponen frontalmente a estos dos proyectos, al tiempo que reivindican la expropiación inminente de los molinos D’en Garriga y D’en Gelós.

Según los responsables políticos del Pacte, tanto el BIC como el posterior PERI deben evitar estos proyectos urbanísticos, pero hoy todo está en el aire. Con tanto contratiempo, lo que parece extraño es que los molinos de Es Jonquet sigan vigilando la ciudad desde su atalaya. Mientras, muchos de sus hermanos –o primos– van muriendo en el campo. Ya lo canta Toni Morlà: “Cementeri de molins / és tot es camp de Mallorca / que si fa vent no importa / són bubotes es mesquins”.

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/10/16/baleares/1318760919.html

Las joyas de Santa Catalina

22 Nov
  • El barrio atesora decenas de casas modernistas y mucha historia

  • ARCA pide la protección de todo el conjunto

Santa Catalina esconde secretos que los palmesanos ignoran. Y no porque estén ocultos –todo lo contrario: están bien visibles–. Tal vez por desconocimiento, tal vez por aquello de no valorar lo propio, decenas de casas modernistas, baldosas coloridas y detalles preciosistas pasan desapercibidos al común de los ciudadanos.

¿Quién sabe que Santa Catalina es el barrio externo a las murallas más antiguo de Palma? ¿O que sus calles se diseñaron a finales del siglo XIX a imagen y semejanza –eso sí, a pequeña escala– de ensanches como el de Barcelona? La mayor sorpresa llega al descubrir cómo un modernismo popular, ajeno a las genialidades de arquitectos de renombre, se abrió paso en un barrio sencillo, impregnándose –paradójicamente, teniendo en cuenta las características del movimiento– de la austeridad más palmesana.

Todo un patrimonio que, sin embargo, adolece de figuras urbanísticas que lo protejan. «¿Ves esta casa modernista?», interroga a EL MUNDO/El Día de Baleares Àngels Fermoselle, de la entidad proteccionista ARCA. «Pues si alguien la compra y la quiere tirar, puede hacerlo sin ningún problema», recalca.

Calle de Santa Catalina (Foto: ARCA)

No se trata de catalogar edificio por edificio, afirma Fermoselle. Las reivindicaciones de ARCA van en un sentido mucho más amplio: el colectivo pide al Ayuntamiento que declare todo el barrio conjunto histórico, de manera que se preserven edificios emblemáticos y que cualquier obra nueva respete la personalidad del conjunto. Eso sí, sin ser tampoco «muy estrictos», añade.

Un punto de vista que el consistorio palmesano no rechaza de pleno, pero al que sí pone matices. «Siempre colaboraremos en la preservación de espacios característicos», aseguró a este diario Jesús Valls, teniente de alcalde de Urbanismo, quien, sin embargo, puntualizó que toda protección se debe «compaginar con la seguridad jurídica, el momento económico y la vida cotidiana de las personas». En este sentido, valoró «muy mal» algunas políticas de protección que llevan a la «degradación de edificios históricos» porque el coste de su rehabilitación es «desproporcionado» y no son «adaptables» a reformas para hacerlos «habitables».

La visita de este periódico a Santa Catalina empieza, de la mano de ARCA, en la esquina de la calle Anníbal con Avenida Argentina, el lugar donde hace pocos meses las máquinas acabaron con un edificio característico del barrio, en contra de la voluntad de la mayor parte de los vecinos. Donde estaba la casa, ahora hay un solar vacío que permanecerá así hasta que alguien se decida a construir, algo muy complicado en los tiempos que corren.

Cuando por fin lo haga, se regirá por unas normas que nada tienen que ver con la tipología urbanística del barrio. Así lo remarca ARCA: la legislación que regula las nuevas viviendas en Santa Catalina es exactamente la misma que en cualquier otra barriada de Palma, lo que lleva a la construcción de edificios que desentonan, con chaflanes en lugar de las características esquinas redondeadas y voladizos que invaden la acera a partir del primer piso, rompiendo la línea de la calle. La situación es preocupante si se analiza la gran cantidad de solares vacíos existentes, aptos para construir sin cortapisas en cualquier momento.

En la otra cara de la moneda, están los propietarios que han rehabilitado viviendas ya existentes o han construido respetando el carácter del barrio, atrayendo de esta manera a paseantes, comercios y restaurantes. «Eso es dar valor añadido», opina Fermoselle.

Edificio de la Calle Anníbal, antes de su demolición

Albert Herranz, escritor y miembro también de ARCA, es el encargado de hacer los apuntes históricos. Santa Catalina no es sólo el barrio más antiguo de Palma externo a las murallas, sino que ya en el siglo XV hay testimonios gráficos de sus primeros pobladores. En concreto, la primera foto de la barriada la hizo el pintor Pere Niçard en su famoso Sant Jordi (1468). En él, aparece la carretera de Porto Pi –hoy calle Sant Magí– y la iglesia de los hermitaños, construida por sacerdotes que provenían de Tarragona y que trajeron a la capital el culto al patrón de esta ciudad catalana, que no es otro que Sant Magí.

Las calles y sus leyendas

La siguiente anécdota es más divertida. La cuenta al atravesar la calle Pursiana, probablemente deformación de la palabra prusiana y atribuible, según la leyenda, a una prostituta de Prusia que vivió en el barrio.

Cada esquina tiene su miga, aunque haya que recurrir al recuerdo. Donde ahora hay un edificio moderno, se alzó Can Tatxa, lugar donde antaño dormían los fichajes peninsulares del_Mallorca cuando llegaban a la isla. Y en algunas partes, aún pervive el trazado de cuando Santa Catalina, barrio popular y marinero, era el polígono industrial de Palma.

Desde Avenida Argentina hasta Joan Crespí, de un lado, y desde Es Jonquet hasta la calle Industria, del otro, Santa Catalina sigue siendo «el único pueblo de Mallorca sin ayuntamiento», según bromean sus vecinos. La cuestión es que su espíritu perviva.

El retiro d’en Miquel des Forn

24 Sep
  • El emblemático panadero de Sa Calatrava prepara su jubilación

  • El comercio lleva abierto sin interrupción desde 1565

  • Confecciona sus famosos ‘cremadillos’, ‘panades’ y ensaimadas con un horno moruno de leña

Miquel Ferragut Cirer se pagó el viaje a Sudamérica haciendo de panadero en alta mar. Cuando el barco se inclinaba hacia un lado, horneaba del otro. Y cuando volvía a torcer, pues viceversa. Corría el año 1913 y el periplo no duró mucho tiempo. En 1914, Miquel ya estaba de vuelta en Mallorca. «Llegó a la conclusión de que tal y como tenía que ganarse la vida en Sudamérica, también podía hacerlo en Mallorca; al final, no hizo fortuna ni en Sudamérica ni en Mallorca».

Miquel frente a su establecimiento

Quien habla es su nieto, Miquel Pujol Ferragut, más conocido como en Miquel des Forn. Regenta uno de los locales más históricos y emblemáticos de Palma, el mismo que su abuelo –el de las Américas– le legó a su madre y luego a él: Can Miquel, el Forn de Sa Pelleteria. Ahora,tras 47 años levantándose a las cinco de la mañana –tiene 64– y trabajando de lunes a lunes, proyecta su retirada: «Cuando se me acabe el contrato del local, a otra cosa mariposa». ¿Cuánto falta para su jubilación? Eso no lo aclara. «No sé lo que haré mañana ni si estaré vivo», zanja misterioso.

Can Miquel lleva abierto de manera ininterrumpida desde 1565, aunque inicialmente se llamaba Forn d’en Reixach. En su interior guarda un tesoro: un horno moruno de medio arco y tres metros de diámetro que aún hoy sigue funcionando a la perfección. A las cinco y media de la mañana, Miquel prende en el centro varios troncos de leña. Luego, coloca las brasas en el extremo izquierdo y hornea en el derecho. Enciende la bombilla, abre la compuerta y empuja la bandeja con una pala larguísima, una labor en la que se turna con Nieves, su empleada. El resultado son los cremadillos, las panades, las coques y las ensaimadas que hacen las delicias de media Palma –y de medio colegio de Montesión–.

Son las nueve de la mañana y Miquel –camiseta negra con restos de harina espolvoreada y delantal hasta las rodillas– recibe a este periódico. Él ya lleva unas cuantas horas en marcha: se ha levantado de madrugada y ya tiene el mostrador bien lleno. «Llevo 48 años haciéndolo todos los días y estoy cansado». Ninguno de sus tres hijos quiere seguir el negocio.

Los famosos cremadillos

Los tiempos han cambiado, por mucho que los años parezcan no pasar para el Forn de Sa Pelleteria. Atravesar su puerta de madera es como viajar en el tiempo: dentro prácticamente todo se ha mantenido como en 1914, año en que el abuelo Miquel se hizo cargo de la panadería.Atrás quedan múltiples anécdotas y la transformación de un barrio que ha pasado de estar degradado a valer una fortuna. «Si lo llego a saber, lo compro cuando no valía nada y me hago multimillonario», bromea. Y repasa, nostálgico, todos los personajes emblemáticos del barrio que hoy ya no están, como Pedro Pescador o Madò Àngela. «Soy uno de los que más tiempo lleva aquí».

A las diez y media, el ir y venir de clientela es ya muy considerable. Estudiantes, arqueólogos, taxistas y también políticos. El dilema: empanada de carne o de pollo.

Y entonces suena el teléfono. La llamada procede de uno de los hoteles de lujo de la ciudad. Resulta que el ministro de Economía de China –nada más y nada menos– quiere una ensaimada. Para ya. «Lo arreglaré». Miquel cuelga, coge por banda a un amigo taxista que pasaba por allí y lo manda rumbo a la Bonanova. Mientras, otro amigo, se introduce en la rebotica y sale con una botella: «¡Qué bien saben las empanadas con vino!»

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/09/14/baleares/1315987543.html

El último habitante de la Costa des Teatre

24 Sep
  • Joan Canals regenta la única caseta que sigue abierta

  • Cort las recuperó para demolerlas pero Arca pide su conservación

«Aquí lo único que quedan son las ratas». La Costa des Teatre es una sucesión de persianas bajadas y grafitis. Aunque es uno de los lugares más transitados de la ciudad -por su importante función a la hora de comunicar la parte alta del casco antiguo con la baja, es también uno de los más abandonados. Además, esconde una realidad poco conocida: la de cinco casetas de madera construidas hace 150 años por el Ayuntamiento con el objetivo de alquilarlas y conseguir ingresos para sus maltrechas finanzas.

La última caseta abierta: La loza mallorquina (Foto: ARCA)

A día de hoy, sólo una permanece abierta: la de Joan Canals, el último habitante de la cuesta. El resto de tenderos se fue cuando el Ayuntamiento les indemnizó por dejar de explotarlas. En «tres meses» iba a derruirlas, explica Joan. De eso hace cinco años.

Ya en aquel momento, la Asociación para la Revitalización de los Centros Antiguos (Arca) reclamó la protección de las casetas, así como su rehabilitación, al entender que tienen un valor histórico muy importante y también un potencial turístico que a día de hoy -ante su degradación y teniendo en cuenta su emplazamiento privilegiado- está desaprovechado. Hace pocas semanas, la entidad volvió a insistir en sus reivindicaciones y propuso que las casetas de madera se reformen y alojen tiendas de artesanía, librerías de viejo y una oficina de información turística, entre otras posibilidades.

Todas ellas son de propiedad municipal. Su construcción se remonta al año 1876 y tuvo el objetivo de «aumentar los fondos públicos y al mismo tiempo disimular la mala alineación de la cuesta», según escribió Mateu Zaforteza Musoles -que fue el alcalde de Palma durante la Guerra Civil- en su obra La ciudad de Mallorca. Pocos años antes -concretamente en 1851-, el Ayuntamiento había arreglado la cuesta para facilitar el tránsito de las pesadas mercancías entre la Plaça del Mercat, antigua sede del mercado, y la Plaça Major, su nuevo emplazamiento en aquel momento, dándole su aspecto actual.

¿Por qué de madera?

Los arquitectos municipales eligieron como material para construir las casetas la madera, algo nada común en el Mediterráneo. ¿Por qué? Pues porque debían levantarse sobre un gran aljibe del siglo XVIII, cuya función había sido la de combatir posibles incendios en el Teatro Principal, entonces Teatre de les Comèdies, que ardió dos veces en aquella época, una de ellas por dejar una vela encendida en el escenario tras una representación. La presencia del aljibe impedía la instalación de cimientos profundos y pesados, por lo que se optó por la madera. Para las cubiertas del techo, se eligió el zinc.

Las casetas tienen, pues, el suelo hueco, algo totalmente perceptible cuando se entra en ellas y la madera cruje bajo los pies. En La Loza Mallorquina, la tienda de Joan Canals, existe un gran sótano en el que sus padres -que ya la alquilaban- almacenaban las greixoneres y los platos que vendían.

Hoy, la antigua tienda de loza es un local de souvenirs, donde se puede encontrar desde un vestido de folclórica a un siurell, pasando por imanes de neveras, grandes conchas de mar y cestos de paja.

Casetas cerradas (Foto: ARCA)

«Yo vengo por aquí desde que tenía la edad de María», dice Joan señalando a su nieta. «Hace 30 o 40 años el Ayuntamiento ya insinuó que quitaría las casetas y en aquel momento mis padres tuvieron un disgusto», añade. Hoy, Joan espera con ansia que Cort le confirme el pago de la indemnización por dejar de utilizar la caseta, por la que su familia ha pagado religiosamente el alquiler durante 68 años y en cuyas paredes los souvenirs cuelgan sin dejar apenas un centímetro libre. Sin embargo, en su caso -no en el de otros inquilinos-, no tendrá que abandonar el negocio: más allá del espacio robado a la calle en 1876, la tienda continúa en los bajos del edificio colindante. Y este espacio es de su propiedad.

Cuando la ex alcaldesa de Palma Catalina Cirer (PP) indemnizó a los inquilinos de las casetas, su intención era demolerlas y ensanchar las escaleras. También había otros intereses, como los de los propietarios de los edificios colindantes, que de esta manera habrían podido tener un acceso a sus viviendas distinto al de la calle de Can Berga, que es el que utilizan en la actualidad. Sin embargo, finalmente, el proyecto quedó paralizado y Aina Calvo tampoco movió ficha.

Si Joan Canals no aceptó en aquel momento fue porque no estuvo de acuerdo con el precio que le ofrecieron. Tras una negociación -justiprecio mediante-, llegó a un acuerdo con el Ayuntamiento. Aún espera el dinero.

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/09/20/baleares/1316504655.html

“Este es mi castigo por no haber vendido”

5 Sep
  • Destrozan el local del último propietario del edificio derruido de la plaza de Cort

El edificio derruido de la Plaza de Cort es una fachada apuntalada y también algo más. En una esquina, existe un local comercial que un día fue lujoso y que en la actualidad es lo último que queda en pie en medio del descampado. Su propietario se negó a venderlo a Resnostrum, la empresa que quería construir suntuosas viviendas en este exclusivo lugar de la capital balear. Hoy, tras los trabajos de derribo del resto del edificio y el desgaste constante de la lluvia que se filtra por todas partes, el establecimiento está hecho una ruina: el techo se cae, hay humedades y el suelo está lleno de cascotes. En el exterior, un cartel reza irónicamente The best properties under the sun, en referencia a la inmobiliaria que un día lo ocupó. Obviamente, sus propietarios –los hermanos Juan Casademunt– no pueden sacar ninguna rentabilidad de él.

«Me dijeron que pusiera yo la cifra; me habrían dado tanto como yo hubiese querido», asegura Miguel Juan Casademunt, que es quien se encarga de las gestiones, en referencia a las ofertas que recibió de la empresa inmobiliaria. Resnostrum, sociedad participada en su momento a partes iguales por Restaura y Sa Nostra, se constituyó en plena burbuja inmobiliaria –en septiembre de 2004–. Uno de sus proyectos más ambiciosos era, precisamente, la construcción de pisos de lujo –con parking y piscina en la azotea– en este edificio de la Plaza de Cort. Sin embargo, inesperadamente le apareció una piedra en el zapato.

De los 40 propietarios que tenía el edificio –los herederos de una familia numerosa–, sólo estos dos hermanos se negaron a vender. ¿Por qué? Según afirma Miguel, por motivos sentimentales. No querían perder el local y mucho menos que se derruyera el edificio entero, en el que había vivido su abuela. Hoy, siete años más tarde y en plena crisis inmobiliaria –una depresión que ha dejado las obras paradas de manera indefinida desde diciembre de 2008–, todo lo que han sacado de aquella negativa es un local ruinoso e inservible. «Este es mi castigo por no haber vendido», asegura Miguel.

El propietario del local sufre un «calvario» que cada vez va a peor. En estos momentos, ni siquiera puede acceder a la finca, ya que Resnostrum dice que la valla es del Ayuntamiento y el Ayuntamiento alega lo contrario. «Yo estaría dispuesto a adelantar de mi bolsillo los 40.000 euros que costaría impermeabilizar el local y arreglar los desperfectos, pero no puedo acceder», explica. Además, Emaya le pasa cada dos meses una factura de 200 euros porque no puede leer el contador. «Esto es mobbing inmobiliario», afirma.

Sin embargo, a pesar de los contratiempos, no se arrepiente de haberse negado a vender. Todo lo contrario: está dispuesto a plantar batalla a Resnostrum, una sociedad que en estos momentos –tras el crack inmobiliario– tiene un accionista único:Sa Nostra. Por el momento, ya ha interpuesto una demanda contra la autorización del Ayuntamiento de derribar los edificios, así como una denuncia por «coacciones y daños a la propiedad» contra Resnostrum: «Si esperan que me canse, lo llevan claro; voy a morir matando».

¿Por qué era tan importante el local para la constructora? Básicamente porque por él debía pasar la rampa para bajar a los aparcamientos. Y sin parking –en una zona con problemas de estacionamiento–, los pisos perdían valor.

Ante esta situación, Resnostrum y los dos hermanos llegaron a un preacuerdo para hacer una permuta: los bajos del local a cambio de mantener el mismo establecimiento en la planta baja y un altillo. Sin embargo, el estallido de la burbuja inmobiliaria y la paralización de las obras dejaron este pacto de caballeros en nada. Hoy, visto lo visto, Miguel ya no pondría facilidades para la permuta.

Pero la negativa a vender de los hermanos Juan no fue el único problema con el que se topó Resnostrum. Ya se sabe que excavar un parking en un centro histórico es un riesgo y, en este caso, los peores presagios se cumplieron: se hallaron nada más y nada menos que unos aljibes que podrían datar del siglo XVI y que, previsiblemente, se utilizaban para limpiar el pescado que se vendía en esta zona de Palma –la calle Peixeteria es una de las que lindan con el edificio–. El hallazgo paralizó las obras y el Consell obligó a la constructora a conservar los aljibes, si bien le permitió moverlos dentro del mismo solar.

Estos contratiempos, sumados a la crisis inmobiliaria, fueron demasiado para Resnostrum, que tiene paralizado el proyecto. Hoy, la plaza de Cort parece más un decorado de una película de la Segunda Guerra Mundial que el escenario privilegiado de una ciudad turística.