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Y Andrea venció a Goliat

16 Feb
  • A sus ocho años padece arteritis de Takayasu, una enfermedad muy rara

«¿Podemos tener esperanza?» Iliana se giró y pronunció la pregunta con rabia, dolor e indignación. Y eso que no se dirigía a una persona cualquiera. Detrás de ella se sentaba Letizia Ortiz, la princesa de Asturias, que la escuchaba atentamente. Aquel grito le salió de las entrañas. Su hija, Andrea, con tan sólo cinco años, tenía obstruidas las arterias y tomaba diez medicamentos diarios que limitaban su crecimiento. Padecía una enfermedad muy rara para la que no se conocía cura y su futuro era totalmente incierto. «¿Podemos tener esperanza?».

Dos años más tarde, la esperanza llamó a la puerta de Iliana. Después de meses de búsqueda, dio con un médico de Estados Unidos que podía intervenir a su hija. Aunque contaba con el visto bueno del servicio de pediatría de la sanidad pública balear, Iliana se fue para allá sin certezas. Al final todo salió bien. Mejor que bien. Andrea pasó de estar postrada en una silla de ruedas –y con una amenaza certera de perder las piernas– a corretear en el colegio y tomar clases de ballet. Pasó de ser una niña enferma a una niña normal y corriente.

Andrea (izquierda y abajo), junto a su familia

La historia de Andrea es la de una niña con arteritis de Takayasu, una enfermedad muy rara que sólo afecta a cuatro personas en toda España; la historia de Iliana es la de una madre que removió –y remueve– cielo y tierra para darle un futuro a su hija. Tras descubrir que la niña estaba enferma, decidió fundar la Associació Balear d’Infants amb Malalties Rares (Abaimar). Hoy, la entidad tiene 50 miembros, todos con enfermedades distintas –no hay dos iguales– e Iliana se ha convertido en una abanderada en la lucha contra estas dolencias. Fue esta condición la que la llevó hasta Letizia Ortiz, en una sesión extraordinaria convocada en el Senado con motivo del primer Día Mundial de las Enfermedades Raras, presidida, precisamente, por la princesa de Asturias.

De aquello hace ya tres años. Hoy, a dos semanas de volver a celebrar el día mundial –es el 29 de febrero–,  la situación de Andrea es radicalmente distinta a la que Iliana relató en el Senado. La arteria artificial que el doctor Criado le implantó en una operación de ocho horas lo ha cambiado todo. «Ella aún no se lo cree, disfruta mucho más de la vida», relata su madre. Saca todo sobresalientes y exprime cada momento. De los controles médicos diarios ha pasado a revisiones rutinarias cada tres meses.

Pero no todo el mundo tiene tanta suerte. Las personas que padecen enfermedades raras y sus familias se enfrentan a diario con un muro de incomprensión, desconocimiento y trabas burocráticas. La fuerza nunca está del lado de las minorías, y eso las familias que sufren dolencias poco comunes lo saben sobradamente. «No hay referentes ni tampoco medicación», explica Iliana, que tuvo que peregrinar durante ocho meses por decenas de consultas médicas hasta dar con lo que le ocurría a su hija. Los síntomas eran inconexos y los doctores le decían a menudo que no pasaba nada. Cuando estaba a punto de concluir que eran imaginaciones suyas, un médico oyó un ruido extraño en el corazón de Andrea. Y ahí empezó todo.

Iliana Capllonch, durante la presentación del libro 'Podemos tener esperanza'

«Tenemos que luchar 70 veces más que una familia normal», relata Iliana. En su caso, la cosa se complicó aún más cuando a su hija mayor, en pleno estallido de la crisis de Andrea, le detectaron una diabetes. «¿Por qué? ¿Qué he hecho mal?», se preguntó en aquel momento Iliana, tal y como relató en presencia de la princesa de Asturias. Sin embargo, sacó fuerzas de donde aparentemente no las había.

Iliana y su marido, Javier Barba, siguen enfrentándose a grandes dificultades para sacar hacia adelante a sus hijas, pero su experiencia es sin lugar a dudas un referente para muchas otras familias que padecen situaciones similares. Es por ello que ambos escribieron el libro Podemos tener esperanza, en el que también participaron las dos niñas y la pediatra que atendió a la pequeña en Son Espases. En él, los autores relatan su experiencia y dan consejos a otras personas y familias en su situación.

«Si no hablamos, no nos podemos ayudar», relata Iliana, que invita a las familias a luchar y nunca darse por vencidas. Pese al dolor y las enormes dificultades, los niños con enfermedades raras acaban dando una lección vital a sus padres: «Son especiales, son nuestros

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El Montepío deja su casa

15 Ene
  • La entidad centenaria abandona el local que ocupa desde 1930 porque no puede pagar el alquiler

  • Se traslada a la calle Caro

Biel Pujades tiene 97 años y es el rey del dominó. Cada tarde acude al Montepío de Santa Catalina para encontrarse con sus amigos y ejercitarse con las fichas negras y blancas –que, como es sabido, hay que colocar sobre la mesa con contundencia y un sonoro golpe–. A partir del próximo mes de febrero, sin embargo, tendrá que encaminar sus pasos a otro lugar: el Montepío, el club social cataliner por antonomasia, deja la que ha sido su casa durante los últimos 81 años –en la calle Fàbrica– y se muda a un nuevo local en la calle Caro.

Interior del local del Montepío en la calle Fàbrica (Reportaje gráfico: Alberto Vera)

Adiós a las baldosas de cuadros blancos y negros; adiós a las columnas de hierro que llegan hasta un techo altísimo de vigas de madera; adiós a la barra del bar demasiado elevada; adiós a los muebles de madera; adiós a los fluorescentes colgantes y a los ventiladores. Pero también hola a unos nuevos tiempos. El Montepío deja el lugar donde tiene sus raíces, pero no desaparece. Así lo recalca su Ejecutiva, que el pasado jueves consiguió el visto bueno de sus socios para continuar en un nuevo local. Los miembros de la asociación tendrán que hacer un pequeño esfuerzo para empezar de nuevo y poder pagar el alquiler durante los primeros meses.

Porque ése ha sido el problema: el Montepío deja el local de la calle Fàbrica porque no puede hacer frente a unas elevadas mensualidades. Hasta ahora las había costeado gracias a las subvenciones del Consell de Mallorca, pero los impagos de la institución –que se remontan a hace más de un año– le impiden continuar. La Ejecutiva no culpa al Consell –se hace cargo de que hay dificultades económicas y de que son muchas las asociaciones y entidades que están sufriendo–, lo que no significa que no vaya a seguir necesitando apoyo económico de la Administración para poder seguir con su labor social en el barrio:es un importante centro de reunión en el que cada tarde se congregan decenas de mayores para bailar, cantar, jugar a cartas o ver los partidos del Mallorca.

Grupo de 'ball de bot' frente al edificio del Montepío

«Cuando alguien tarda tres o cuatro días en venir le llamamos por teléfono o vamos a su casa para saber si está bien». Llorenç Sabater, presidente de la asociación, explica que el Montepío es una familia. Y no es difícil comprobarlo. Cuando este periódico visita la histórica sede de la entidad, se encuentra con dos grandes mesas redondas de personas mayores –todos los socios superan los 70 años– debatiendo y jugando animadamente a pinacle y burro. «Más tarde empezaremos con el truc», explica el secretario del club, Pedro Palmer. «Queremos continuar para no perder la amistad y no romper esta hermandad; y sin un local sabemos que se desharía», añade.

¿Y de dónde le viene el nombre de Montepío? La explicación se encuentra en su origen. El Montepío de Previsión del Arrabal –este era su nombre completo– nació en el año 1894 con el objetivo de proporcionar una asistencia sanitaria a sus socios, que eran mayoritariamente pescadores, obreros, zapateros y cordeleros. Tal y como hace hoy en día la Seguridad Social, el Montepío –al igual que otras muchas entidades similares– proporcionaba a sus miembros un médico de cabecera, una comadrona, un practicante y hasta una sepultura.

La entidad, que inicialmente tuvo su local en la calle Cerdà y después en Can Ripoll, vivió tiempos de gran esplendor durante las primeras décadas del siglo XX, momento en el que llegó a tener más de 1.000 socios. Sin embargo, con la llegada de las prestaciones sociales dejó de tener sentido tal y como fue concebida inicialmente. Poco a poco se fue consolidando como un centro de reunión donde los socios llevaban a cabo distintas actividades, como el canto en una coral o el ball de bot. El bar también desarrollaba una importante función aglutinadora.

Llorenç Sabater, presidente de la entidad

Y si no que se lo digan a Pedro Palmer, que conoció a su mujer en el Montepío hace casi seis décadas. Como tantos otros, se acercó al local atraído por sus actividades (se cantaba zarzuela, se bailaba ball de bot y se hacía también teatro o comèdia), así como por ser un lugar de reunión en el barrio. Ella era la hija de los responsables del bar.

«Entonces no era como ahora, en casa no había nada que hacer y la gente buscaba un lugar donde estar con los demás», explica. «Los hombres, después de trabajar, solían estar en el café hasta la hora de cenar», abunda. Y en cierta manera, el Montepío sigue siendo eso: un reducto de otros tiempos donde los hombres se reúnen por la tarde. Unos hombres que ahora ya superan los 70. «No tenemos gente joven».El cambio de tendencia se institucionalizó en 1996, cuando el Montepío pasó a llamarse oficialmente Asociación Cultural Arrabal de Santa Catalina. Desde entonces, funciona a efectos prácticos como una asociación de la tercera edad, a la que el Consell proporciona actividades de ocio (baile de salón, gimnasia, danzas del mundo…).

Acta fundacional del Montepío (1894)

«Déjalo, total habrá que descolgarlo en un momento u otro». Pedro contesta así a este diario cuando intenta devolver a su lugar un cuadro al que ha sacado una fotografía. La entidad se llevará todos los muebles que pueda –tienen ocho décadas y contienen documentación de 117 años–. «Nos los llevaremos a la calle Caro y estaremos allí Dios sabe hasta cuándo», finaliza Llorenç.

Las joyas de Santa Catalina

22 Nov
  • El barrio atesora decenas de casas modernistas y mucha historia

  • ARCA pide la protección de todo el conjunto

Santa Catalina esconde secretos que los palmesanos ignoran. Y no porque estén ocultos –todo lo contrario: están bien visibles–. Tal vez por desconocimiento, tal vez por aquello de no valorar lo propio, decenas de casas modernistas, baldosas coloridas y detalles preciosistas pasan desapercibidos al común de los ciudadanos.

¿Quién sabe que Santa Catalina es el barrio externo a las murallas más antiguo de Palma? ¿O que sus calles se diseñaron a finales del siglo XIX a imagen y semejanza –eso sí, a pequeña escala– de ensanches como el de Barcelona? La mayor sorpresa llega al descubrir cómo un modernismo popular, ajeno a las genialidades de arquitectos de renombre, se abrió paso en un barrio sencillo, impregnándose –paradójicamente, teniendo en cuenta las características del movimiento– de la austeridad más palmesana.

Todo un patrimonio que, sin embargo, adolece de figuras urbanísticas que lo protejan. «¿Ves esta casa modernista?», interroga a EL MUNDO/El Día de Baleares Àngels Fermoselle, de la entidad proteccionista ARCA. «Pues si alguien la compra y la quiere tirar, puede hacerlo sin ningún problema», recalca.

Calle de Santa Catalina (Foto: ARCA)

No se trata de catalogar edificio por edificio, afirma Fermoselle. Las reivindicaciones de ARCA van en un sentido mucho más amplio: el colectivo pide al Ayuntamiento que declare todo el barrio conjunto histórico, de manera que se preserven edificios emblemáticos y que cualquier obra nueva respete la personalidad del conjunto. Eso sí, sin ser tampoco «muy estrictos», añade.

Un punto de vista que el consistorio palmesano no rechaza de pleno, pero al que sí pone matices. «Siempre colaboraremos en la preservación de espacios característicos», aseguró a este diario Jesús Valls, teniente de alcalde de Urbanismo, quien, sin embargo, puntualizó que toda protección se debe «compaginar con la seguridad jurídica, el momento económico y la vida cotidiana de las personas». En este sentido, valoró «muy mal» algunas políticas de protección que llevan a la «degradación de edificios históricos» porque el coste de su rehabilitación es «desproporcionado» y no son «adaptables» a reformas para hacerlos «habitables».

La visita de este periódico a Santa Catalina empieza, de la mano de ARCA, en la esquina de la calle Anníbal con Avenida Argentina, el lugar donde hace pocos meses las máquinas acabaron con un edificio característico del barrio, en contra de la voluntad de la mayor parte de los vecinos. Donde estaba la casa, ahora hay un solar vacío que permanecerá así hasta que alguien se decida a construir, algo muy complicado en los tiempos que corren.

Cuando por fin lo haga, se regirá por unas normas que nada tienen que ver con la tipología urbanística del barrio. Así lo remarca ARCA: la legislación que regula las nuevas viviendas en Santa Catalina es exactamente la misma que en cualquier otra barriada de Palma, lo que lleva a la construcción de edificios que desentonan, con chaflanes en lugar de las características esquinas redondeadas y voladizos que invaden la acera a partir del primer piso, rompiendo la línea de la calle. La situación es preocupante si se analiza la gran cantidad de solares vacíos existentes, aptos para construir sin cortapisas en cualquier momento.

En la otra cara de la moneda, están los propietarios que han rehabilitado viviendas ya existentes o han construido respetando el carácter del barrio, atrayendo de esta manera a paseantes, comercios y restaurantes. «Eso es dar valor añadido», opina Fermoselle.

Edificio de la Calle Anníbal, antes de su demolición

Albert Herranz, escritor y miembro también de ARCA, es el encargado de hacer los apuntes históricos. Santa Catalina no es sólo el barrio más antiguo de Palma externo a las murallas, sino que ya en el siglo XV hay testimonios gráficos de sus primeros pobladores. En concreto, la primera foto de la barriada la hizo el pintor Pere Niçard en su famoso Sant Jordi (1468). En él, aparece la carretera de Porto Pi –hoy calle Sant Magí– y la iglesia de los hermitaños, construida por sacerdotes que provenían de Tarragona y que trajeron a la capital el culto al patrón de esta ciudad catalana, que no es otro que Sant Magí.

Las calles y sus leyendas

La siguiente anécdota es más divertida. La cuenta al atravesar la calle Pursiana, probablemente deformación de la palabra prusiana y atribuible, según la leyenda, a una prostituta de Prusia que vivió en el barrio.

Cada esquina tiene su miga, aunque haya que recurrir al recuerdo. Donde ahora hay un edificio moderno, se alzó Can Tatxa, lugar donde antaño dormían los fichajes peninsulares del_Mallorca cuando llegaban a la isla. Y en algunas partes, aún pervive el trazado de cuando Santa Catalina, barrio popular y marinero, era el polígono industrial de Palma.

Desde Avenida Argentina hasta Joan Crespí, de un lado, y desde Es Jonquet hasta la calle Industria, del otro, Santa Catalina sigue siendo «el único pueblo de Mallorca sin ayuntamiento», según bromean sus vecinos. La cuestión es que su espíritu perviva.

Sin noticias de la cantera de Génova

13 Sep
  • Matthias Kuhn la compró hace nueve años pero aún no tiene ningún proyecto para ella

  • Los vecinos reclaman que se le dé un uso público: aparcamientos o un centro deportivo

Corre el año 1945. Un centenar de obreros se deja la piel arrancando la piedra a la montaña. Trabajan a destajo: la jornada laboral empieza a las seis de la mañana y no acaba hasta las ocho de la tarde. Cada día extraen 2.000 toneladas de piedra, que se transportan en tren hasta la ensenada de Porto Pi. La locomotora y los vagones descienden por la montaña y cruzan la carretera de Andratx mediante un alto puente de tres arcadas.

La cantera en 1955

La cantera de Génova, hermana pequeña de la de Establiments, proporcionó durante más de una década el material necesario para construir el Dique del Oeste. Hoy, es un solar abandonado con un importante impacto paisajístico –los trabajos de rehabilitación de finales de los 90 sólo cubrieron la mitad de la montaña amputada– y no hay ninguna certeza sobre su futuro. Hace casi diez años, se habló de construir en ella un aparcamiento para residentes, un equipamiento deportivo e, incluso, una pista de esquí. Nada se ha materializado. Y los vecinos de Génova tienen en su barriada unos terrenos inservibles que, eso sí, al menos son aprovechados por los escaladores y los ciclistas de montaña para hacer deporte.

«Es un solar enorme situado en la entrada de Génova y que tiene muchas posibilidades», explica Gaspar Pujol, presidente de la Asociación de Vecinos de Génova. «Nosotros reivindicamos que se construya en él un aparcamiento, aunque por su tipología urbanística también podría albergar instalaciones deportivas o de ocio», abunda. Y añade: «Es una pena tenerlo allí sin hacer nada».

¿De quién son los terrenos? En la actualidad, pertenecen al empresario alemán Matthias Kuhn, propietario de la inmobiliaria Kuhn and Partner, quien los consiguió tras hacer la puja más alta en una subasta. Se los compró a la Autoridad Portuaria de Baleares, que era su propietaria desde los años 40, momento en que decidió expropiarlos, precisamente, para garantizar los trabajos de extracción de piedra que debían proporcionar el material para construir el Dique del Oeste –una obra entendida de interés general–. En el año 2002 –y después de que la cantera llevara décadas abandonada–, decidió venderlos al mejor postor. Los vecinos vieron, en aquel momento, una oportunidad para dar una utilidad pública al solar, y le pidieron al Ayuntamiento que lo comprara. Sin embargo, la administración municipal tan sólo ofreció 1.000 euros por encima del precio de salida, con lo que su oferta fue rápidamente descartada.

La cantera en 1998, durante la rehabilitación

Fue también en esta subasta cuando un promotor presentó un curioso proyecto para construir una pista de esquí de nieve artificial. No hace falta decir que la iniciativa nunca vio la luz.

En cuanto al proyecto de Matthias Kuhn para la antigua cantera, tampoco está claro a día de hoy. Este diario se puso en contacto con los servicios jurídicos de Kuhn and Partner, quienes no pudieron especificar qué utilidad tienen pensado darle al solar. El problema principal reside en el hecho de que el Plan General de Ordenación Urbana de Palma (PGOU) no especifica los usos de estos terrenos. «Hemos mantenido alguna reunión con técnicos del Ayuntamiento para ver qué se podía hacer, quizás podríamos darle una utilidad pública mediante un uso deportivo de alto rendimiento», fue todo lo que pudieron aclarar.

Más allá de su futuro, la cantera de Génova también habla del pasado y de la historia de Palma, de los años posteriores a la Guerra Civil y de cómo la ciudad le fue ganando terreno al mar en su imparable crecimiento y en su particular visión del progreso de la época –que alejó de las casas un mar que entonces no se valoraba como ahora–.

El tren que trasladaba la piedra desde la cantera hasta Porto Pi cruza la carretera de Andratx por un puente (1955)

La construcción del Dique del Oeste se inició en 1942 y duró hasta 1961 –en principio, los trabajos debían terminar en 1956 pero un gran temporal de levante rompió el dique y retrasó su inauguración hasta 1961–. Paralelamente, se trazó una pequeña carretera que debía unir el nuevo dique con el centro de Palma, a la que se bautizó como Carretera de S’Enllaç y que fue el germen de lo que hoy se conoce como Paseo Marítimo. Su construcción data de 1950 y se llevó a cabo ganando terreno al mar, aunque en aquel momento no era tan grande como ahora: sólo ocupaba la mitad del paseo actual –de hecho, el puente del Hotel Mediterráneo cruzaba toda la carretera y llegaba a una piscina situada junto al mar–. Luego, en 1972, llegaría la ampliación definitiva.

40 años sin agua dulce

23 Ago
  • La piscina de S’Aigo Dolça sigue degradándose sin plan de rehabilitación a la vista

  • Allí se formaron nadadores olímpicos

El agua se cambiaba cada dos días y estaba tan fría que a los nadadores se les ponían los dedos morados. Tomàs era el encargado de vaciar la piscina, limpiarla con un cepillo y llenarla de nuevo con el agua que brotaba de un pozo cercano, el mismo que daba nombre –y se lo da todavía– a toda la zona: S’Aigo Dolça. Eran otros tiempos y entonces no se cuestionaba la conveniencia de tirar cada 48 horas 1.000 metros cúbicos al mar. De la desinfección con cloro, simplemente, ni se había oído hablar.

Viendo el aspecto actual de la piscina de S’Aigo Dolça, cuesta creer que este fuera el lugar donde aprendieron a nadar varias generaciones de niños palmesanos y, aún más, que en sus calles se forjaran deportistas olímpicos. Hoy en día, tras cuarenta años de abandono total, la maleza se ha apoderado del recinto y las baldosas de la piscina están rotas y recubiertas de graffities. Por no hablar de la basura que se amontona por todas partes.

Sin embargo, así fue. Una observación más atenta revela que se trata de una piscina de grandes dimensiones. Todavía hoy son visibles sus cinco calles, prolongándose a lo largo de 33 metros, y su enorme profundidad: entre cuatro y cinco metros en su parte más honda, en la que se zambullían expertos saltadores desde lo alto de un trampolín. En su parte más superficial –de un metro–, los niños más pequeños aprendían a nadar, según explicó ayer a este periódico Mateu Cañellas, miembro del equipo del Club Natación Palma durante los años sesenta.

La piscina, inaugurada en 1941, fue todo un referente durante 30 años, hasta que el Club Natación Palma la abandonó en los años 70 para instalarse en Son Hugo, la primera alberca cubierta con que contó la capital balear. De aquello ya hace 40 años y las autoridades siguen sin saber qué hacer con las antiguas instalaciones, tapiadas recientemente para evitar que fueran ocupadas por mendigos.

¿No podría aprovecharse este patrimonio para algo?Es lo que se preguntan los vecinos de El Terreno y Son Armandans, que han visto como los proyectos municipales de reconstrucción –el solar es propiedad del Ayuntamiento– pasaban de largo, uno tras otro, sin llegarse a materializar nunca. El último, en el marco de un proyecto mucho más ambicioso: el Plan Especial de Rehabilitación Integral de El Terreno, alumbrado por el equipo de Catalina Cirer (PP) y que finalmente fue aplazado. La socialista Aina Calvo lo paralizó por falta de presupuesto y tres cuartos de lo mismo –a juzgar por las fuentes municipales consultadas ayer por este periódico– va a pasar con el gobierno del popular Mateu Isern.

«Vamos a seguir batallando para que la rehabilitación de la piscina sea una realidad», asegura Àngel Domènech, presidente de la asociación vecinal de El Terreno. Cirer tenía previsto que el solar albergara un equipamiento deportivo para estas dos barriadas, que en la actualidad no cuentan con ninguna oferta pública de esta clase.

«Sería todo un revulsivo para la zona», asegura Domènech, que reclama el derecho de los vecinos de El Terreno ySon Armadans a tener «un barrio digno y habitable». La piscina se halla justo al final de la cuesta de S’Aigo Dolça, frente a clubes de top less y muy cerca también de la destartalada escalera que une esta zona con la calle Joan Miró. Un parking colindante da acceso a los aledaños de la piscina, llenos de restos de botellón y de basura.

Si el proyecto viera la luz, la piscina tal vez volvería a ser un referente en la zona. Explica Mateu Cañellas que S’Aigo Dolça fue mucho más que un centro deportivo: era un auténtico núcleo social. Y no sólo de esta área de la capital balear, sino de la ciudad entera. En sus gradas y en su bar se reunía gente de todas las edades. Y las fiestas de agosto eran todo un acontecimiento, a lo largo del cual cien nadadores competían para ver quien nadaba más rápido cien metros.

La piscina también acogió campeonatos de España y encuentros internacionales, en los que destacaron varios nadadores locales. Sin embargo, a medida que fueron pasando los años, los mallorquines se fueron quedando atrás. El motivo: el resto de lugares tenían piscinas cubiertas, mientras que en Palma sólo se podía entrenar los meses de verano. Toda una desventaja. De ahí que el Club se trasladara a la nueva piscina de Son Hugo en los años 70, unas instalaciones que tiempo más tarde serían sustituidas por las actuales.

El responsable de gran parte del éxito de S’Aigo Dolça fue el matrimonio compuesto por Rafael Escalas y Linita Bestard, padres de los hermanos Escalas, dos nadadores que cosecharon importantes éxitos deportivos y que también aprendieron a nadar en esta piscina. Rafael dirigía los cursillos gracias a los cuales muchos niños de Palma aprendieron a nadar y desarrollaron una gran afición por la natación.

Hoy, la que un día fuera una  luminosa piscina está rodeada de altos hoteles que le roban los rayos solares. Trayendo ecos del pasado, todavía están en pie las gradas donde hace décadas pudieron presenciarse vibrantes carreras. El agua dulce a diez grados de temperatura –que en realidad era salobre– no volverá, pero tal vez sí el espíritu deportivo.