Tag Archives: santacatalina

De barrio marinero a ‘soho’ urbano

21 Mar
  • Santa Catalina se pone cada vez más de moda y cambia su tejido tradicional por nuevos comercios y vecinos
  • Los extranjeros de la UE pasan del 5 al 12% en seis años
  • En sus calles hay más actividad económica pero los precios de alquileres y productos suben

Once de la mañana. Santa Catalina. Dos mujeres se sientan en una terraza en el arranque primaveral. Nada demasiado excepcional si no fuera porque una de ellas lleva una cabra de una correa. Sí, una cabra. Como si fuera un perro. La mascota se llama Fondant. «Como el chocolate», aclara su dueña.

El paseante difícilmente podrá encontrar algo parecido en otra zona de Palma. Santa Catalina, tradicional barrio marinero con una personalidad muy característica, se está convirtiendo a pasos agigantados en otra cosa. Un barrio mestizo y de moda donde señoras mallorquinas con carro de la compra se cruzan con suecas modernas vestidas a la última. Las fachadas se embellecen, los bares y restaurantes se multiplican, los comercios tradicionales desaparecen y cada vez son más los que dicen que Santa Catalina es el soho de Palma. ¿Lo es?

La terraza de El Perrito, bar regentado por suecos, es un ejemplo de la transformación del barrio (Fotos: Pep Vicens)

Ahmet Senoglu cree que va camino de serlo. Este turco afincado en Santa Catalina desde hace diez años regenta junto a su mujer, que es sueca, la inmobiliaria Mallorca Fastigheter, responsable de una parte importante de la rehabilitación y compraventa de viviendas en la barriada. Para él, Santa Catalina es un lugar lleno de posibilidades para el negocio inmobiliario. En sólo una década, un ático ha pasado de valer 200.000 euros a un millón. Vende sobre todo a extranjeros (suecos y alemanes), aunque entre sus clientes también hay mallorquines jóvenes.

«Es un lugar con mucho mestizaje, donde puedes encontrar artistas y marineros australianos, mucho más abierto que el casco antiguo y con un mercado que ejerce de corazón o núcleo», explica. Y concluye: «Nuestra idea es hacer del barrio un soho como el de Nueva York».

Una clienta de un bar pasea una cabra con correa

La transformación de Santa Catalina recuerda mucho a un fenómeno que viene produciéndose en las últimas décadas en muchas ciudades de Europa y que se conoce como gentrificación (del inglés gentrification). Barrios tradicionalmente populares y trabajadores se ponen de moda, se rehabilitan y cambian a sus antiguos residentes –que no pueden asumir los elevados alquileres y el encarecimiento de la vida– por nuevos vecinos de clases medias y altas, fundamentalmente jóvenes. Por el momento, los andamios ya pueblan Santa Catalina, dejando una estela de bellas fachadas multicolor. Y es una zona que está, indiscutiblemente, de moda –ahí están para demostrarlo los restaurantes multiculturales de la calle fábrica o las tiendas de ropa vintage–.En cuanto al éxodo del vecindario tradicional, aún no se ha producido de forma masiva.

Lo que sí se ha dado, en cualquier caso, es la llegada de nuevos residentes. Santa Catalina siempre ha sido un lugar de acogida, pero en los últimos años se está incrementando de manera significativa el desembarco de habitantes de la Unión Europea, especialmente italianos y alemanes. Así lo demuestran los datos del censo municipal: mientras que en 2006 los residentes comunitarios representaban el 4,9% del total de habitantes en el barrio, en 2012 ya son el 12,1%.

Andamios en una fachada en proceso de rehabilitación

La transformación de Santa Catalina estimula sin lugar a dudas la economía en época de crisis –19 inmobiliarias trabajan en la zona, algunas con locales en el propio barrio, muchos extranjeros invierten en propiedades y negocios y la rehabilitación de fachadas supone una salida para el maltrecho sector construcción–, pero también tiene su cara b. Su lado oscuro. Sólo en el último año han cerrado tres comercios tradicionales, que han sido sustituidos por locales de restauración. Otros tres están a punto de bajar definitivamente la barrera.

Así lo explica Albert Herranz, escritor, historiador y cataliner hasta la médula. «Está muy bien que Santa Catalina sea valorada y que mucha gente apoye su conservación, pero para mí se está vaciando el barrio de contenido», explica, para añadir que «estaría bien que la gente que se llena la boca diciendo que Santa Catalina es el soho de Palma fuera un poco más allá de las postales e identidades falsas que da la modernidad y se fijara en lo que realmente es: algo más que un lugar donde salir de marcha». Según su punto de vista, los dueños del barrio acabarán siendo como aquellos que «compran un caballo por el color pero que no saben ni su nombre, ni cuánto corre».

Ahmet Senoglu regenta una inmobiliaria en el barrio

Nicky nació en Ciudad del Cabo (Sudáfrica) pero lleva diez años en Santa Catalina, donde regenta una librería de segunda mano. Asegura que hay «mucho movimiento» y se queja de la desaparición de comercios tradicionales, así como de la subida del precio de los alquileres. Muy cerca de su tienda, el mercado está repleto de gente. Maria, catalinera de toda la vida, afirma que «la vida está carísima» y da gracias de residir más allá de la calle Fábrica, donde no llega el «bullicio». Sin embargo, las inmobiliarias ya empiezan a trabajar en la parte alta del barrio, extendiendo la nueva Santa Catalina. Para lo bueno y para lo malo.

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/03/18/baleares/1332067160.html

El Montepío deja su casa

15 Ene
  • La entidad centenaria abandona el local que ocupa desde 1930 porque no puede pagar el alquiler

  • Se traslada a la calle Caro

Biel Pujades tiene 97 años y es el rey del dominó. Cada tarde acude al Montepío de Santa Catalina para encontrarse con sus amigos y ejercitarse con las fichas negras y blancas –que, como es sabido, hay que colocar sobre la mesa con contundencia y un sonoro golpe–. A partir del próximo mes de febrero, sin embargo, tendrá que encaminar sus pasos a otro lugar: el Montepío, el club social cataliner por antonomasia, deja la que ha sido su casa durante los últimos 81 años –en la calle Fàbrica– y se muda a un nuevo local en la calle Caro.

Interior del local del Montepío en la calle Fàbrica (Reportaje gráfico: Alberto Vera)

Adiós a las baldosas de cuadros blancos y negros; adiós a las columnas de hierro que llegan hasta un techo altísimo de vigas de madera; adiós a la barra del bar demasiado elevada; adiós a los muebles de madera; adiós a los fluorescentes colgantes y a los ventiladores. Pero también hola a unos nuevos tiempos. El Montepío deja el lugar donde tiene sus raíces, pero no desaparece. Así lo recalca su Ejecutiva, que el pasado jueves consiguió el visto bueno de sus socios para continuar en un nuevo local. Los miembros de la asociación tendrán que hacer un pequeño esfuerzo para empezar de nuevo y poder pagar el alquiler durante los primeros meses.

Porque ése ha sido el problema: el Montepío deja el local de la calle Fàbrica porque no puede hacer frente a unas elevadas mensualidades. Hasta ahora las había costeado gracias a las subvenciones del Consell de Mallorca, pero los impagos de la institución –que se remontan a hace más de un año– le impiden continuar. La Ejecutiva no culpa al Consell –se hace cargo de que hay dificultades económicas y de que son muchas las asociaciones y entidades que están sufriendo–, lo que no significa que no vaya a seguir necesitando apoyo económico de la Administración para poder seguir con su labor social en el barrio:es un importante centro de reunión en el que cada tarde se congregan decenas de mayores para bailar, cantar, jugar a cartas o ver los partidos del Mallorca.

Grupo de 'ball de bot' frente al edificio del Montepío

«Cuando alguien tarda tres o cuatro días en venir le llamamos por teléfono o vamos a su casa para saber si está bien». Llorenç Sabater, presidente de la asociación, explica que el Montepío es una familia. Y no es difícil comprobarlo. Cuando este periódico visita la histórica sede de la entidad, se encuentra con dos grandes mesas redondas de personas mayores –todos los socios superan los 70 años– debatiendo y jugando animadamente a pinacle y burro. «Más tarde empezaremos con el truc», explica el secretario del club, Pedro Palmer. «Queremos continuar para no perder la amistad y no romper esta hermandad; y sin un local sabemos que se desharía», añade.

¿Y de dónde le viene el nombre de Montepío? La explicación se encuentra en su origen. El Montepío de Previsión del Arrabal –este era su nombre completo– nació en el año 1894 con el objetivo de proporcionar una asistencia sanitaria a sus socios, que eran mayoritariamente pescadores, obreros, zapateros y cordeleros. Tal y como hace hoy en día la Seguridad Social, el Montepío –al igual que otras muchas entidades similares– proporcionaba a sus miembros un médico de cabecera, una comadrona, un practicante y hasta una sepultura.

La entidad, que inicialmente tuvo su local en la calle Cerdà y después en Can Ripoll, vivió tiempos de gran esplendor durante las primeras décadas del siglo XX, momento en el que llegó a tener más de 1.000 socios. Sin embargo, con la llegada de las prestaciones sociales dejó de tener sentido tal y como fue concebida inicialmente. Poco a poco se fue consolidando como un centro de reunión donde los socios llevaban a cabo distintas actividades, como el canto en una coral o el ball de bot. El bar también desarrollaba una importante función aglutinadora.

Llorenç Sabater, presidente de la entidad

Y si no que se lo digan a Pedro Palmer, que conoció a su mujer en el Montepío hace casi seis décadas. Como tantos otros, se acercó al local atraído por sus actividades (se cantaba zarzuela, se bailaba ball de bot y se hacía también teatro o comèdia), así como por ser un lugar de reunión en el barrio. Ella era la hija de los responsables del bar.

«Entonces no era como ahora, en casa no había nada que hacer y la gente buscaba un lugar donde estar con los demás», explica. «Los hombres, después de trabajar, solían estar en el café hasta la hora de cenar», abunda. Y en cierta manera, el Montepío sigue siendo eso: un reducto de otros tiempos donde los hombres se reúnen por la tarde. Unos hombres que ahora ya superan los 70. «No tenemos gente joven».El cambio de tendencia se institucionalizó en 1996, cuando el Montepío pasó a llamarse oficialmente Asociación Cultural Arrabal de Santa Catalina. Desde entonces, funciona a efectos prácticos como una asociación de la tercera edad, a la que el Consell proporciona actividades de ocio (baile de salón, gimnasia, danzas del mundo…).

Acta fundacional del Montepío (1894)

«Déjalo, total habrá que descolgarlo en un momento u otro». Pedro contesta así a este diario cuando intenta devolver a su lugar un cuadro al que ha sacado una fotografía. La entidad se llevará todos los muebles que pueda –tienen ocho décadas y contienen documentación de 117 años–. «Nos los llevaremos a la calle Caro y estaremos allí Dios sabe hasta cuándo», finaliza Llorenç.

El tupido universo de Ca Don Pau

12 Dic
  • La ferretería La Central de Santa Catalina lleva 103 años abierta

  • Ofrece toda clase de artículos: desde petróleo a regadoras pasando por cestas y cable eléctrico

En Ca Don Pau «hay petróleo». Eso queda claro nada más entrar. Así lo anuncia un gran cartel, suspendido sobre el mostrador entre decenas de plumeros, cestas y desatascadores. Debajo, Biel y Neus atienden a una clientela variopinta, que va desde la señora del barrio al capitán de barco alemán, pasando por ciudadanos comunes en busca de objetos de cualquier clase, incluso aquellos que ya no se encuentran en ninguna otra ferretería de la ciudad.

¿Para qué debe ser el petróleo?, se pregunta uno. Contrariamente a lo que cabría pensar, no tiene ninguna finalidad naval. La ferretería La Central, popularmente conocida como Ca Don Pau, suele proveer de material a los barcos del Paseo Marítimo –y es lógico, teniendo en cuenta que se encuentra en Santa Catalina–, pero en este caso la utilidad del artículo es mucho más trivial. Tal y como explica Biel Serra, uno de sus propietarios, el petróleo sirve para prender antorchas de terraza y jardín. Nada más.

Biel y Neus, tras el mostrador (Alberto Vera)

Pero no siempre ha sido así. En sus 103 años de historia, Ca Don Pau, sin duda uno de los comercios históricos con más solera de la ciudad, ha vendido mucho petróleo. Y no siempre para antorchas de jardines. No hace tanto, era un artículo de primera necesidad, utilizado fundamentalmente como combustible para estufas. Mediante una bomba con manivela, los dependientes lo extraían de grandes bidones y lo vendían a granel, introduciéndolo en una botella de cristal que el cliente había traído previamente de su casa. El procedimiento era el mismo con el aguarrás, el salfumán o cualquier otro líquido que estuviera a la venta.

Nada que ver con las modernas botellas de plástico reciclable que hoy se acumulan sobre los estantes de la tienda, los mismos que en su día sostuvieron los bidones para vender a granel. Adentrarse en la rebotica de Ca Don Pau es una experiencia sólo apta para personas con gran sentido de la orientación. Un intrincado laberinto se abre paso entre pasillos y habitaciones repletas de objetos hasta el techo, apilados en cajas e identificados con rotulador. «¿No habrá matarratas, no?», pregunta un cliente, que se ha introducido en las entrañas de la tienda seguido de un pequeño y alegre perro negro. «No, hombre no», le tranquiliza Biel».

Recipiente con 'blavet', utilizado para blanquear la ropa

Aquí no hay inventario que valga más allá de la memoria. Y a veces no basta ni con eso. Los objetos se van acumulando y a veces se quedan olvidados en algún rincón, esperando a que alguien los descubra, hallazgos que a veces son felices y hablan de la historia de la ferretería.

Es lo que ocurrió cuando uno de los muebles de la tienda se desplomó, deteriorado por el paso de los años. Entre todo el material, aparecieron varias hojas de eucaliptus y adormidera, herencia directa de cuando el establecimiento era una farmacia. Antes de eso, el personal también había encontrado almendras amargas, cánulas y biberones de vidrio.

El primer propietario de La Central no fue otro que Don Pau, un hombre influyente que regentaba una farmacia en la calle Sant Magí y que un buen día decidió cambiar las recetas magistrales por los tornillos, el petróleo y las herramientas, abriendo una ferretería y droguería algunos números más abajo, en un local situado en los bajos de una casa modernista recién construida. Corría el año 1908 y desde entonces la tienda no se ha movido de sitio.

Lo que sí han cambiado son sus propietarios. Don Pau era soltero y le dejó el comercio a un sobrino suyo que también era soltero. Xisco –así se llamaba el heredero– le legó la ferretería a su sobrina Xisca, quien –adivina, adivinanza– tampoco estaba casada.

Entrada de la ferretería

La ristra interminable de herederos solteros la detuvo Biel Serra, padre de los propietarios actuales, que en 1934 entró como mozo y años más tarde acabaría adquiriendo el local y abriendo algunas tiendas más en los alrededores.

Hoy se hacen cargo del negocio los hermanos Biel y Toni, además de la mujer y la hija del primero y de dos dependientes, la simpática Neus –orgullosa vecina de Es Jonquet– y el inquieto Toniet –«le ves y no le ves», según le describe el jefe–. La crisis les golpea como a todos, pero se van sobreponiendo. «Luchamos para mantener lo que nos dieron, que no es poco», sentencia Biel.

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/12/06/baleares/1323166893.html

Las joyas de Santa Catalina

22 Nov
  • El barrio atesora decenas de casas modernistas y mucha historia

  • ARCA pide la protección de todo el conjunto

Santa Catalina esconde secretos que los palmesanos ignoran. Y no porque estén ocultos –todo lo contrario: están bien visibles–. Tal vez por desconocimiento, tal vez por aquello de no valorar lo propio, decenas de casas modernistas, baldosas coloridas y detalles preciosistas pasan desapercibidos al común de los ciudadanos.

¿Quién sabe que Santa Catalina es el barrio externo a las murallas más antiguo de Palma? ¿O que sus calles se diseñaron a finales del siglo XIX a imagen y semejanza –eso sí, a pequeña escala– de ensanches como el de Barcelona? La mayor sorpresa llega al descubrir cómo un modernismo popular, ajeno a las genialidades de arquitectos de renombre, se abrió paso en un barrio sencillo, impregnándose –paradójicamente, teniendo en cuenta las características del movimiento– de la austeridad más palmesana.

Todo un patrimonio que, sin embargo, adolece de figuras urbanísticas que lo protejan. «¿Ves esta casa modernista?», interroga a EL MUNDO/El Día de Baleares Àngels Fermoselle, de la entidad proteccionista ARCA. «Pues si alguien la compra y la quiere tirar, puede hacerlo sin ningún problema», recalca.

Calle de Santa Catalina (Foto: ARCA)

No se trata de catalogar edificio por edificio, afirma Fermoselle. Las reivindicaciones de ARCA van en un sentido mucho más amplio: el colectivo pide al Ayuntamiento que declare todo el barrio conjunto histórico, de manera que se preserven edificios emblemáticos y que cualquier obra nueva respete la personalidad del conjunto. Eso sí, sin ser tampoco «muy estrictos», añade.

Un punto de vista que el consistorio palmesano no rechaza de pleno, pero al que sí pone matices. «Siempre colaboraremos en la preservación de espacios característicos», aseguró a este diario Jesús Valls, teniente de alcalde de Urbanismo, quien, sin embargo, puntualizó que toda protección se debe «compaginar con la seguridad jurídica, el momento económico y la vida cotidiana de las personas». En este sentido, valoró «muy mal» algunas políticas de protección que llevan a la «degradación de edificios históricos» porque el coste de su rehabilitación es «desproporcionado» y no son «adaptables» a reformas para hacerlos «habitables».

La visita de este periódico a Santa Catalina empieza, de la mano de ARCA, en la esquina de la calle Anníbal con Avenida Argentina, el lugar donde hace pocos meses las máquinas acabaron con un edificio característico del barrio, en contra de la voluntad de la mayor parte de los vecinos. Donde estaba la casa, ahora hay un solar vacío que permanecerá así hasta que alguien se decida a construir, algo muy complicado en los tiempos que corren.

Cuando por fin lo haga, se regirá por unas normas que nada tienen que ver con la tipología urbanística del barrio. Así lo remarca ARCA: la legislación que regula las nuevas viviendas en Santa Catalina es exactamente la misma que en cualquier otra barriada de Palma, lo que lleva a la construcción de edificios que desentonan, con chaflanes en lugar de las características esquinas redondeadas y voladizos que invaden la acera a partir del primer piso, rompiendo la línea de la calle. La situación es preocupante si se analiza la gran cantidad de solares vacíos existentes, aptos para construir sin cortapisas en cualquier momento.

En la otra cara de la moneda, están los propietarios que han rehabilitado viviendas ya existentes o han construido respetando el carácter del barrio, atrayendo de esta manera a paseantes, comercios y restaurantes. «Eso es dar valor añadido», opina Fermoselle.

Edificio de la Calle Anníbal, antes de su demolición

Albert Herranz, escritor y miembro también de ARCA, es el encargado de hacer los apuntes históricos. Santa Catalina no es sólo el barrio más antiguo de Palma externo a las murallas, sino que ya en el siglo XV hay testimonios gráficos de sus primeros pobladores. En concreto, la primera foto de la barriada la hizo el pintor Pere Niçard en su famoso Sant Jordi (1468). En él, aparece la carretera de Porto Pi –hoy calle Sant Magí– y la iglesia de los hermitaños, construida por sacerdotes que provenían de Tarragona y que trajeron a la capital el culto al patrón de esta ciudad catalana, que no es otro que Sant Magí.

Las calles y sus leyendas

La siguiente anécdota es más divertida. La cuenta al atravesar la calle Pursiana, probablemente deformación de la palabra prusiana y atribuible, según la leyenda, a una prostituta de Prusia que vivió en el barrio.

Cada esquina tiene su miga, aunque haya que recurrir al recuerdo. Donde ahora hay un edificio moderno, se alzó Can Tatxa, lugar donde antaño dormían los fichajes peninsulares del_Mallorca cuando llegaban a la isla. Y en algunas partes, aún pervive el trazado de cuando Santa Catalina, barrio popular y marinero, era el polígono industrial de Palma.

Desde Avenida Argentina hasta Joan Crespí, de un lado, y desde Es Jonquet hasta la calle Industria, del otro, Santa Catalina sigue siendo «el único pueblo de Mallorca sin ayuntamiento», según bromean sus vecinos. La cuestión es que su espíritu perviva.