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El tupido universo de Ca Don Pau

12 Dic
  • La ferretería La Central de Santa Catalina lleva 103 años abierta

  • Ofrece toda clase de artículos: desde petróleo a regadoras pasando por cestas y cable eléctrico

En Ca Don Pau «hay petróleo». Eso queda claro nada más entrar. Así lo anuncia un gran cartel, suspendido sobre el mostrador entre decenas de plumeros, cestas y desatascadores. Debajo, Biel y Neus atienden a una clientela variopinta, que va desde la señora del barrio al capitán de barco alemán, pasando por ciudadanos comunes en busca de objetos de cualquier clase, incluso aquellos que ya no se encuentran en ninguna otra ferretería de la ciudad.

¿Para qué debe ser el petróleo?, se pregunta uno. Contrariamente a lo que cabría pensar, no tiene ninguna finalidad naval. La ferretería La Central, popularmente conocida como Ca Don Pau, suele proveer de material a los barcos del Paseo Marítimo –y es lógico, teniendo en cuenta que se encuentra en Santa Catalina–, pero en este caso la utilidad del artículo es mucho más trivial. Tal y como explica Biel Serra, uno de sus propietarios, el petróleo sirve para prender antorchas de terraza y jardín. Nada más.

Biel y Neus, tras el mostrador (Alberto Vera)

Pero no siempre ha sido así. En sus 103 años de historia, Ca Don Pau, sin duda uno de los comercios históricos con más solera de la ciudad, ha vendido mucho petróleo. Y no siempre para antorchas de jardines. No hace tanto, era un artículo de primera necesidad, utilizado fundamentalmente como combustible para estufas. Mediante una bomba con manivela, los dependientes lo extraían de grandes bidones y lo vendían a granel, introduciéndolo en una botella de cristal que el cliente había traído previamente de su casa. El procedimiento era el mismo con el aguarrás, el salfumán o cualquier otro líquido que estuviera a la venta.

Nada que ver con las modernas botellas de plástico reciclable que hoy se acumulan sobre los estantes de la tienda, los mismos que en su día sostuvieron los bidones para vender a granel. Adentrarse en la rebotica de Ca Don Pau es una experiencia sólo apta para personas con gran sentido de la orientación. Un intrincado laberinto se abre paso entre pasillos y habitaciones repletas de objetos hasta el techo, apilados en cajas e identificados con rotulador. «¿No habrá matarratas, no?», pregunta un cliente, que se ha introducido en las entrañas de la tienda seguido de un pequeño y alegre perro negro. «No, hombre no», le tranquiliza Biel».

Recipiente con 'blavet', utilizado para blanquear la ropa

Aquí no hay inventario que valga más allá de la memoria. Y a veces no basta ni con eso. Los objetos se van acumulando y a veces se quedan olvidados en algún rincón, esperando a que alguien los descubra, hallazgos que a veces son felices y hablan de la historia de la ferretería.

Es lo que ocurrió cuando uno de los muebles de la tienda se desplomó, deteriorado por el paso de los años. Entre todo el material, aparecieron varias hojas de eucaliptus y adormidera, herencia directa de cuando el establecimiento era una farmacia. Antes de eso, el personal también había encontrado almendras amargas, cánulas y biberones de vidrio.

El primer propietario de La Central no fue otro que Don Pau, un hombre influyente que regentaba una farmacia en la calle Sant Magí y que un buen día decidió cambiar las recetas magistrales por los tornillos, el petróleo y las herramientas, abriendo una ferretería y droguería algunos números más abajo, en un local situado en los bajos de una casa modernista recién construida. Corría el año 1908 y desde entonces la tienda no se ha movido de sitio.

Lo que sí han cambiado son sus propietarios. Don Pau era soltero y le dejó el comercio a un sobrino suyo que también era soltero. Xisco –así se llamaba el heredero– le legó la ferretería a su sobrina Xisca, quien –adivina, adivinanza– tampoco estaba casada.

Entrada de la ferretería

La ristra interminable de herederos solteros la detuvo Biel Serra, padre de los propietarios actuales, que en 1934 entró como mozo y años más tarde acabaría adquiriendo el local y abriendo algunas tiendas más en los alrededores.

Hoy se hacen cargo del negocio los hermanos Biel y Toni, además de la mujer y la hija del primero y de dos dependientes, la simpática Neus –orgullosa vecina de Es Jonquet– y el inquieto Toniet –«le ves y no le ves», según le describe el jefe–. La crisis les golpea como a todos, pero se van sobreponiendo. «Luchamos para mantener lo que nos dieron, que no es poco», sentencia Biel.

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/12/06/baleares/1323166893.html

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