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Dos décadas sin el bar Güell

10 Mar
  • Se cumple el veinte aniversario de su cierre

  • Durante 70 años fue un centro de actividades sociales, deportivas y culturales

No fue la crisis de los 90 ni el relevo generacional. Tampoco la falta de entendimiento con un hipotético propietario o, puestos a imaginar, los conflictos con unos vecinos protestones. Ni siquiera el cambio de era que ha arrastrado a tantos bares históricos de Palma. No, el bar Güell cerró por otros motivos. Mucho más dramáticos. La hija de Tolo Güell, su carismático propietario, se apagaba víctima de la leucemia y hacía falta mucho dinero para pagarle un tratamiento en Estados Unidos. Se llamaba Rita y estaba en la flor de la vida. Corría el mes de marzo del año 1992, del que ahora se cumple el veinte aniversario. «No salió bien».

Verano de 1974. Una niña traviesa corretea entre las mesas de la terraza del bar Güell, salpicando –y refrescando– a la clientela con un sifón. Se llama Rita. De repente, da un traspiés, se cae y el sifón le explota en el pecho. Susto mayúsculo, pero sale ilesa. «¡Es un milagro! ¡Tendremos que ir hasta Lluc a pie!», exclama un cliente. Dicho y hecho, una treintena de personas se cita en el bar dos semanas después y sale rumbo al monasterio, dando lugar a una tradición que a día de hoy no sólo sigue existiendo, sino que es todo un éxito. Sólo seis llegaron a su destino aquel año; hoy lo hacen a miles.

Tolo Güell, bajo el cartel de la plaza a la que dio nombre con su bar

«Buscábamos cualquier excusa para hacer cosas». Tolo Güell explica la historia del bar y las anécdotas nunca se acaban. Normal, es un sentimental. O por lo menos así lo asegura él mismo: «Soy un golfo, un débil y un sentimental de lágrima viva».

En 70 años de existencia, el bar Güell, situado en la esquina entre la calles Aragó y Torcuato Luca de Tena, se convirtió en un auténtico núcleo social, un centro neurálgico irrepetible en el que se impulsaron actividades deportivas, culturales y lúdicas de toda índole. Donde estuvieron sus mesas, hoy hay una impersonal sucursal del Banco Santander, pero los vecinos, que se paran a saludar por decenas a Tolo cuando le ven por la calle, siguen refiriéndose a esta esquina como es bar Güell. La plaza ha tomado oficialmente su nombre y el rincón está lleno de placas que recuerdan lo que significó. Y, por supuesto, sigue siendo el punto de partida anual del Lluc a peu.

Tertulias culturales y políticas, partidos de fútbol de solteros contra casados, competiciones de póquer, punto de reunión de picadores, beneïdes de Sant Antoni, diada ciclista, peña mallorquinista, desfile de Sa Rua, una asociación de vecinos… Tolo Güell promovió desde el bar montones de actividades y entidades, muchas de ellas vigentes hoy en día. A pesar de la enorme cantidad de clientela que tenía –artistas, periodistas, músicos, vecinos del barrio y hasta monjas, procedentes del vecino colegio de Santa Mònica–, el local nunca fue un negocio. Las botellas, los cafés y la comida corrían de mesa en mesa y no siempre se pagaban. «Otro se hubiera hecho millonario, yo hice país».

Tal vez lo que mejor caracterizó el espíritu del bar fueron las tertulias, moderadas por Joan Pla y que durante más de tres años reunieron a todas las personalidades de la isla. «Sacábamos el vino y los carajillos y, claro, la gente tenía muchas ganas de hablar», explica, nostálgico, Tolo. Y luego suelta una de las frases que, probablemente, mejor definen el carácter del lugar:«Cuanta más gente venía, más dinero perdía».

Pero la historia del bar Güell trasciende su propia trayectoria y habla también de la Palma de principios de siglo, cuando la ciudad crecía desordenada entre possessions y tierras que poco a poco perdían su carácter rural. El padre de Tolo vendía los solares de Son Canals y Cas Serrador a duro el metro cuadrado. Ambas fincas pertenecían a los Guasp Perelló, que regentaban una óptica.

Tiempo más tarde, todos los niños de Palma acudían a un descampado de la zona a la caza de un preciado tesoro: uno de los centenares de cristales defectuosos que allí se amontonaban. La moda consistía en encenderse cigarrillos con uno de esos vidrios de aumento. O quemar en el trasero a alguna niña desprevenida. «Yo nací en el bar, cuando todo esto era campo; si te subías al tejado podías ver desde S’Aranjassa hasta Llucmajor», explica Tolo.

Un verano cualquiera de los años 60. Los picadores habituales regresan al bar Güell desde Son Amar, convenientemente acompañados de suecas. Tolo Güell sirve bebidas y les hace de intérprete. El bar no cerrará esa noche. Ni la siguiente. Ni ninguna otra.

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