La matrona del módulo 8

11 Ene
  • Aurora es una jubilada que de forma voluntaria da charlas de anticoncepción y prevención a las presas de la cárcel de Palma

Es momento para el tiempo libre y las presas se entretienen jugando a cartas, coloreando dibujos y charlando en los bancos, las unas sentadas, las otras tumbadas sobre los muslos de sus compañeras. De repente se arma un buen alboroto: alguien ha entrado en la sala.

La escena se repite desde hace 14 años, a razón de una o dos veces por semana. Aurora recoge su identificación en el primer control, deja el móvil y las llaves del coche en una pequeña taquilla, atraviesa una docena de puertas blindadas, recorre varios patios de cemento y gravilla y entonces, al final del camino, entra en el módulo 8, provocando un gran bullicio. Las mujeres se levantan para recibirla, la abrazan y le comentan las últimas novedades.

Aurora resuelve las dudas de las presas (Reportaje gráfico: Jordi Avellà)

Ella es la matrona de las mujeres de la cárcel de Palma, una labor que lleva haciendo de manera voluntaria desde hace 14 años. En los inicios, cuando las embarazadas residían aún en la prisión, las preparaba para el parto, las acompañaba al ginecólogo e, incluso, las atendía el día del alumbramiento; hoy, sin embargo, con la apertura de la Unidad de Madres en un centro diferente, su labor es básicamente educativa. Aurora resuelve dudas y da charlas sobre métodos anticonceptivos, prevención de enfermedades de transmisión sexual y menopausia, entre otras cuestiones. Después de tanto tiempo, se ha convertido en toda una institución en la cárcel.

«Una persona privada de libertad debe tener las mismas prestaciones que todo el mundo», considera esta matrona jubilada hace ya una década, cuya complicidad con las presas se basa en una relación de respeto mutuo en que las muestras de afecto no están proscritas. «No tengo por qué despreciarlas», asegura, al tiempo que deja claro que, cuando habla con ellas, siempre se centra en asuntos relacionados con su profesión: «Lo que hayan hecho no es asunto mío, ni lo pregunto ni me importa». En 14 años, ha llegado a conocer a tres generaciones de presas de una misma familia.

«Aurora, te voy a cantar una canción». Quien habla ahora es Sonia –todos los nombres de las presas son figurados–, una joven rubia oxigenada con piercings en los labios y un desparpajo especial. Moviendo el cuerpo al ritmo de las palmas, recita una letra que bien podría ser el rap de la anticoncepción, cantando las alabanzas y utilidades del preservativo. Irreproducible por no ser apta para menores de edad, la canción es desternillante. «¿A que mola?», «¿es tuya?», «la aprendí por ahí».

Aurora atiende a un total de 130 mujeres, a las que se suman una veintena más de la Unidad de Madres, a la que también acude para hacer preparación al parto. Su labor en la cárcel varía según el día: a veces da charlas en el auditorio, otras responde a dudas individuales y otras pasa consulta con el ginecólogo, en la enfermería de la prisión.

Aurora posa frente al módulo 8 de la cárcel

La oportunidad se la brindaron cuando sólo le faltaban cuatro años para jubilarse. Le ofrecieron ejercer de comadrona de la prisión a cambio de reducirle algunas horas de su jornada laboral, un reto que aceptó. Luego, cuando tocó el momento del retiro, estaba tan a gusto que decidió continuar.

El día del reportaje las presas se han reunido en una aula que hay al otro lado del patio para plantearle sus dudas. Rosalva, calzada con unas llamativas pantuflas rosa peluche, quiere saber qué riesgo tiene de padecer cáncer de útero, ya que su hermana está teniendo problemas relacionados con esta patología. Alba, por su parte, le pide una charla sobre métodos anticonceptivos, al tiempo que le muestra una hoja en la que se explican las conductas de riesgo para contraer el VIH.

«Tú y yo tenemos que hablar», le dice, ya a la salida, Aurora a Carmen, cuando esta última le dice que quiere volver a ser madre. Ya tiene un hijo, del que la separaron cuando ingresó en prisión.

A día de hoy, las presas ingresan en la Unidad de Madres cuando están embarazadas de entre 20 y 30 semanas. Allí pasan todo el proceso, con las visitas al centro de salud que sean necesarias y luego el parto en el hospital correspondiente. El niño crece con ellas hasta que tiene tres o cuatro años, aunque lo más común es que en ese tiempo ya hayan salido de la prisión.

Aurora quiere seguir desarrollando su labor durante muchos años, aunque también espera que algún día surja el sucesor: «¡A ver si alguien se anima!».

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