Archivo | marzo, 2012

La Soledat también existe

26 Mar
  • Los vecinos reclaman una apuesta definitiva por su rehabilitación

  • Su apertura a la Fachada Marítima está parada

A la calle de la Fe se le acaba la esperanza y una nevera abandonada se oxida frente al bar Quita Penas. Sobre el asfalto desgastado, una bolsa de unos conocidos grandes almacenes cruza la calle empujada por el viento, anunciando la entrada a una de las zonas tradicionalmente más olvidadas de la ciudad. Es la parte sur de La Soledat, punto de marginalidad y de venta de droga pero también lugar lleno de historia, belleza y posibilidades. Así coinciden en asegurarlo vecinos y comerciantes, que reclaman una apuesta decidida por su rehabilitación.

No es que no se haya hecho nada, pero las medidas siempre han sido puntuales y no han ahondado en los problemas del barrio. Basta con pasearse por la calle Fornaris –especialmente en su confluencia con Fe y Brotad– para verlo. Edificios de una planta abandonados y tapiados –con la tipología tradicional de las viviendas populares isleñas– se degradan a marchas forzadas. A través de una ventana es posible ver las vigas del techo y, más allá, el cielo.

Entrada a la calle Fornaris (Fotos: Jordi Avellà)

Barrio obrero por antonomasia, La Soledat creció a la sombra de las fábricas a finales del siglo XIX (sobre todo textiles, de calzado, hierro y madera). Los patronos potenciaron que sus obreros residieran cerca de su lugar de trabajo y fue así como se fueron levantando los edificios que aún pueden verse en la actualidad –sólo la fábrica de mantas de Can Ribas tenía 400 empleados y la mayor parte vivía en la zona–.

Dado que el barrio funcionaba como un pueblo separado de la ciudad, las calles que hoy constituyen el núcleo de su parte sur –la calle Manacor marca el límite entre el distrito norte y el sur– no se comunicaban con Palma, sino que morían en los huertos situados en la parte trasera de las viviendas –«cuando soplaba el embat, los molinos rodaban a gran velocidad y extraían agua para regar», relata Mateu, vecino de toda la vida–. Son estas mismas calles las que en la actualidad incomunican el barrio y constituyen un embudo: un circuito cerrado perfecto para los trapicheos y la degradación.

No es en absoluto un hecho desconocido: El Ayuntamiento lo sabe y el Plan Especial de Rehabilitación Interior (Peri) de La Soledat contempla la expropiación de viviendas y solares para esponjar este punto negro y comunicarlo con las calles que en estos momentos ya se están abriendo detrás de la Fachada Marítima –la idea es construir un eje que vaya desde Reyes Católicos hasta el mar a lo largo de la calle Brotad–. Sin embargo, el proyecto está paralizado.

Chimenea restaurada junto a una vivienda abandonada

«Hay otras prioridades». Así lo explicó ayer a este diario el concejal de Urbanismo, Jesús Valls, quien atribuyó la situación a la falta de dinero para inversiones. No sólo están paradas las expropiaciones, sino también la construcción de viviendas protegidas. «Estamos esperando una mejor ventura para impulsar un proyecto rentable que combine el modelo público y privado», añadió.

Anteriores administraciones, tanto del PP como del Pacte, impulsaron destacadas medidas puntuales como la rehabilitación de Can Ribas y la construcción de pisos para mayores de 65 años sin recursos. Sin embargo, el trabajo global de regeneración está a medio hacer, sin visos de culminar a corto plazo.

Tal y como explica Jesús M. González Pérez en su libro La pérdida de memoria y la degradación urbana, morfología y patrimonio de un antiguo barrio industrial: La Soledat, el deterioro de la zona empieza con «la desaparición de la actividad industrial en su interior». Así lo corrobora también Joan Mayol, propietario de una ferretería en la calle Manacor desde hace tres décadas y uno de los pocos comerciantes veteranos que sobreviven.

La actividad industrial en el barrio se prolongó hasta mediados de los años 90 –ya en pleno boom turístico– con la consolidación de pequeños talleres de mecánica, torno y carpintería. Paralelamente, se instalaron comercios que vendían tanto a estas pequeñas industrias como a los inmigrantes de la península que se habían instalado en el barrio.

Fábrica de zapatos Gorila, situada en La Soledat

Con la paulatina desaparición de los talleres, en especial a partir del año 2000, empezó también el cierre de los comercios y el éxodo de vecinos, que se fueron buscando lugares con más posibilidades. La crisis económica, prosigue Mayol, no ha hecho más que rematar el barrio, que se transforma a pasos de gigante hacia un estado poco alentador. Es en este contexto que se han instalado en él un gran número de inmigrantes, cuyo consumo es, en general, limitado, ya que es de subsistencia.

Sin embargo, a pesar de lamentar grandes carencias –ni polideportivo, ni centro de salud, ni biblioteca– la Asociación de Vecinos ve con cierto optimismo el futuro y las medidas puntuales de descongestión del tráfico que ya se están tomando. Además, su presidente, Joan Monserrat, destaca la gran cantidad de entidades ciudadanas y las posibilidades de un barrio «bonito y con mucha historia». Las casas vacías, las chimeneas y las antiguas fábricas esperan.

Más información, en el blog Alta Mar

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De barrio marinero a ‘soho’ urbano

21 Mar
  • Santa Catalina se pone cada vez más de moda y cambia su tejido tradicional por nuevos comercios y vecinos
  • Los extranjeros de la UE pasan del 5 al 12% en seis años
  • En sus calles hay más actividad económica pero los precios de alquileres y productos suben

Once de la mañana. Santa Catalina. Dos mujeres se sientan en una terraza en el arranque primaveral. Nada demasiado excepcional si no fuera porque una de ellas lleva una cabra de una correa. Sí, una cabra. Como si fuera un perro. La mascota se llama Fondant. «Como el chocolate», aclara su dueña.

El paseante difícilmente podrá encontrar algo parecido en otra zona de Palma. Santa Catalina, tradicional barrio marinero con una personalidad muy característica, se está convirtiendo a pasos agigantados en otra cosa. Un barrio mestizo y de moda donde señoras mallorquinas con carro de la compra se cruzan con suecas modernas vestidas a la última. Las fachadas se embellecen, los bares y restaurantes se multiplican, los comercios tradicionales desaparecen y cada vez son más los que dicen que Santa Catalina es el soho de Palma. ¿Lo es?

La terraza de El Perrito, bar regentado por suecos, es un ejemplo de la transformación del barrio (Fotos: Pep Vicens)

Ahmet Senoglu cree que va camino de serlo. Este turco afincado en Santa Catalina desde hace diez años regenta junto a su mujer, que es sueca, la inmobiliaria Mallorca Fastigheter, responsable de una parte importante de la rehabilitación y compraventa de viviendas en la barriada. Para él, Santa Catalina es un lugar lleno de posibilidades para el negocio inmobiliario. En sólo una década, un ático ha pasado de valer 200.000 euros a un millón. Vende sobre todo a extranjeros (suecos y alemanes), aunque entre sus clientes también hay mallorquines jóvenes.

«Es un lugar con mucho mestizaje, donde puedes encontrar artistas y marineros australianos, mucho más abierto que el casco antiguo y con un mercado que ejerce de corazón o núcleo», explica. Y concluye: «Nuestra idea es hacer del barrio un soho como el de Nueva York».

Una clienta de un bar pasea una cabra con correa

La transformación de Santa Catalina recuerda mucho a un fenómeno que viene produciéndose en las últimas décadas en muchas ciudades de Europa y que se conoce como gentrificación (del inglés gentrification). Barrios tradicionalmente populares y trabajadores se ponen de moda, se rehabilitan y cambian a sus antiguos residentes –que no pueden asumir los elevados alquileres y el encarecimiento de la vida– por nuevos vecinos de clases medias y altas, fundamentalmente jóvenes. Por el momento, los andamios ya pueblan Santa Catalina, dejando una estela de bellas fachadas multicolor. Y es una zona que está, indiscutiblemente, de moda –ahí están para demostrarlo los restaurantes multiculturales de la calle fábrica o las tiendas de ropa vintage–.En cuanto al éxodo del vecindario tradicional, aún no se ha producido de forma masiva.

Lo que sí se ha dado, en cualquier caso, es la llegada de nuevos residentes. Santa Catalina siempre ha sido un lugar de acogida, pero en los últimos años se está incrementando de manera significativa el desembarco de habitantes de la Unión Europea, especialmente italianos y alemanes. Así lo demuestran los datos del censo municipal: mientras que en 2006 los residentes comunitarios representaban el 4,9% del total de habitantes en el barrio, en 2012 ya son el 12,1%.

Andamios en una fachada en proceso de rehabilitación

La transformación de Santa Catalina estimula sin lugar a dudas la economía en época de crisis –19 inmobiliarias trabajan en la zona, algunas con locales en el propio barrio, muchos extranjeros invierten en propiedades y negocios y la rehabilitación de fachadas supone una salida para el maltrecho sector construcción–, pero también tiene su cara b. Su lado oscuro. Sólo en el último año han cerrado tres comercios tradicionales, que han sido sustituidos por locales de restauración. Otros tres están a punto de bajar definitivamente la barrera.

Así lo explica Albert Herranz, escritor, historiador y cataliner hasta la médula. «Está muy bien que Santa Catalina sea valorada y que mucha gente apoye su conservación, pero para mí se está vaciando el barrio de contenido», explica, para añadir que «estaría bien que la gente que se llena la boca diciendo que Santa Catalina es el soho de Palma fuera un poco más allá de las postales e identidades falsas que da la modernidad y se fijara en lo que realmente es: algo más que un lugar donde salir de marcha». Según su punto de vista, los dueños del barrio acabarán siendo como aquellos que «compran un caballo por el color pero que no saben ni su nombre, ni cuánto corre».

Ahmet Senoglu regenta una inmobiliaria en el barrio

Nicky nació en Ciudad del Cabo (Sudáfrica) pero lleva diez años en Santa Catalina, donde regenta una librería de segunda mano. Asegura que hay «mucho movimiento» y se queja de la desaparición de comercios tradicionales, así como de la subida del precio de los alquileres. Muy cerca de su tienda, el mercado está repleto de gente. Maria, catalinera de toda la vida, afirma que «la vida está carísima» y da gracias de residir más allá de la calle Fábrica, donde no llega el «bullicio». Sin embargo, las inmobiliarias ya empiezan a trabajar en la parte alta del barrio, extendiendo la nueva Santa Catalina. Para lo bueno y para lo malo.

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/03/18/baleares/1332067160.html

Margalida: 106 años de historia viva

17 Mar
  • Es la persona más mayor de Baleares
  • Vivió la popularización de la electricidad, la aviación y el coche
  • Fue una mujer emprendedora pero también supo llevar una vida tranquila

Quería casarse más joven, pero tuvo que guardar tres años de luto por su padre, que murió tras regresar muy enfermo de la guerra de Cuba. Suena a historia lejana, pero Margalida Palmer Riutort la cuenta en primera persona y de viva voz. No en vano, es la persona más mayor de Baleares: el pasado día 2 cumplió 106 años.

A lo largo de su vida se han sucedido dos monarquías, dos dictaduras y una república, hasta llegar a la actual época democrática. Margalida las ha visto pasar todas apenas sin moverse de Mallorca, desde su plácida vida como propietaria, junto a su marido, de un café en Son Rapinya y, después, de un colmado en Son Serra. Trabajó «muchísimo», pero sin perder nunca la calma –ni siquiera la guerra rompió eso–. Puede que ahí esté el secreto.

Margalida junto a su única hija en el piso que tienen en la calle Antillón de Palma (Alberto Vera)

Los enormes cambios tecnológicos del último siglo tampoco parecen haberla sorprendido ni agitado demasiado. «La corriente», asegura, cuando se le pregunta cuál es el invento que más le llamó la atención. A lo largo de su existencia, se popularizaron no sólo la electricidad, sino también el coche, el avión, la radiodifusión, la televisión y, ya más recientemente, los ordenadores y el mundo de los bits.

¿Lo mejor que le ha pasado? Casarse con su marido, que fue «un ángel de Dios». Y luego añade, bromeando, que «siempre la dejó mandar». Y que eso era lo importante. Margalida tiene la mente clara y derrocha simpatía. También conserva una buena vista.

«Uuuuuy, fíjate…», exclama cuando su única hija, Magdalena, le muestra dos fotos del día en que se casó. «Llevaba un collar que me había regalado mi marido para aquel día». Se llamaba Macià Noguera. Un ángel de Dios que falleció hace ya 26 años, los mismos que tenía Margalida cuando se casó.

Y eso que su madre no deseaba esa boda bajo ningún concepto. Ella quería que Margalida se quedara soltera para cuidarla, una costumbre muy extendida en la época. Pero su hija era extrovertida, simpática y le gustaba ir a bailar, con sus tías, a un salón situado en lo que hoy es Can Torrat. A los pretendientes, su madre los ahuyentaba. Hasta que llegó Macià, con el que no pudo. Desde aquel momento, la relación con su familia se enfrió.

Margalida junto a Macià, su marido, el día de su boda, en 1932

En la fotografía, que apenas mide diez centímetros de largo –y que este blog reproduce junto a estas líneas–, se ve a una joven Margalida vestida de negro –tanto el traje como el velo son de este color–, tal y como era habitual en la época. Sólo las chicas muy adineradas se casaban de blanco. No se fueron de viaje de novios: en la Mallorca de aquella época no se estilaba.

A Margalida y Macià nunca les faltó el dinero, pero se lo ganaron con esfuerzo, dedicación y mucho trabajo. Aun hoy, es ella quien administra sus cuentas –«el que guarda siempre tiene», asegura, aleccionadora–. Vive con su hija, de 78 años, que se dedica en cuerpo y alma a cuidarla.

Nació en Llucmajor, pero desde muy pequeña se fue a vivir a Son Sardina. Allí conoció a su futuro marido, que regentaba una barbería en Sa Garriga. Se casaron y abrieron un café enSon Rapinya, en el que Macià también cortaba el pelo y afeitaba –en la época era constumbre que el bar y la barbería estuvieran juntos–. Pasaron los años, nació Magdalena y llegó el momento de cambiar de tercio. No estaba bien visto que una niña andara revoloteando por un café lleno de hombres. Fue entonces cuando se hicieron con Can Matas, un colmado situado en Son Serra. Allí Margalida demostró sus buenas dotes para el comercio: «Uno vale para una cosa y otro, para otra», es su conclusión.

Partida clandestina

«Me han pasado muchas cosas en estos años». Margalida tiene clavado el día en que la Guardia Civil se llevó a su marido por haber organizado en el bar una partida de set i mig, juego de cartas prohibido durante el franquismo. Las ganancias no eran grandes, sólo se utilizaban para comprar una baraja nueva, pero aun así no se podía. Otro día, durante la guerra, también se habían presentado unos agentes creyendo que escondían a un rojo en el bar. No encontraron a nadie.

Margalida muestra una cartulina con su edad (A. Vera)

«Margalida, si no estuviera casada, yo me casaría con usted». Esta frase la pronunció un tal Pedro. Y ella lo recuerda con nitidez. «Claro, era un poco más guapa», bromea. Como también recupera de la memoria a la matancera que acudía a su casa para sacrificar al cerdo y hacer botifarrons, llonganisses, sobrassada y todos los productos de las tradicionales matances, que luego se vendían en el colmado. La nodriza que la amamantaba también acude a su mente. Todo fue porque tenía un hermano gemelo:Gaspar.

Pese a su largo paso por el mundo, Margalida no tiene una gran descendencia. Magdalena es su única hija, que a su vez tiene dos hijos y dos nietos. De momento, no hay tataranietos a la vista.

A sus 106 años, la padrina de Baleares sigue leyendo el periódico y comiendo de todo. Duerme mucho y reserva fuerzas. Y no se cansa de vivir: «Ojalá pudiera volver atrás».

La chatarra: última salida

14 Mar
  • La venta de metales se ha convertido en un recurso para familias en paro

  • Recolectan en vertederos para sacar unos pocos euros

Siempre queda el recurso de la chatarra, aunque puede que no por mucho tiempo. La venta de metales se ha convertido en los últimos tres años en una salida económica de auténtica supervivencia para familias en paro y al borde del abismo. Se pasan el día rebuscando en los cubos de basura y los vertederos y luego venden lo que han conseguido por unos pocos euros. Cada vez son más, pero el material se vuelve, día a día, peor. Con una legión inspeccionando cada descampado de la isla, la consecuencia es lógica: la chatarra se está agotando.

«Vienen en su propio coche, cargado hasta los topes y con los niños en el asiento de atrás», explica Antonio Pérez, propietario de una de las empresas de reciclaje de metales más importantes de Palma. «A veces piensan que han conseguido algo muy valioso, pero luego resulta que es hierro», añade. Los nuevos clientes no son muy duchos en la materia. Para conseguir una cantidad importante con el hierro haría falta recolectar una tonelada de material. Imposible.

Un empleado barre en el interior de una chatarrería (Fotos: Pep Vicens)

A las once de la mañana, la nave industrial de Antonio bulle ya de actividad. Pequeñas furgonetas de la construcción y, sobre todo, particulares se arremolinan frente a la puerta. Si hace unos años la inmensa mayoría de clientes era empresario, hoy el 80% es gente de a pie que está en el paro. Hay inmigrantes, pero sobre todo son personas nacidas en las Islas. Así lo explica Antonio.

Una montaña de chatarra preside la nave industrial. Cables, radiadores de frigoríficos, ejes de maquinaria y bidones de obra –de esos en los que un mendigo hubiera hecho una hoguera en una película norteamericana–. En otro extremo, centenares de cubiertos de aluminio –de alguien que habrá vendido su cubertería por necesidad–. Y más allá, kilos y kilos de cobre, a veces en tubo y otras en hilo, procedente de cables de electricidad. En un rincón, una clásica tina de zinc, en la que tal vez bañaron a algún niño hace décadas.

Cuando los clientes entran en la nave, lo primero que se hace es separar los materiales y pesarlos en una gran báscula. Cada uno tiene su precio, que oscila según los movimientos de la bolsa. Lo más valioso –de ahí las numerosas noticias acerca de su robo– es el cobre. Entre 4,5 y cinco euros el kilo. Le siguen el latón y el aluminio.

Una vez establecido el peso, un empleado entrega un tique al vendedor, que se dirige a una ventanilla cercana. Puede que él no lo sepa, pero en el mismo instante en que está haciendo cola una cámara ya le está grabando.

Cobre preparado para fundir

Las medidas de seguridad se han incrementado a medida que aumentaban los robos de metales, en especial de cobre. Sin ir más lejos, este periódico se hacía eco el pasado miércoles de la detención de un hombre que fue pillado in fraganti enLlucmajor manipulando una instalación eléctrica. En el interior de su furgoneta se hallaron más de 30 metros de cable de cobre y una farola que acababa de sustraer en las inmediaciones de un instituto.

Metales Pérez escanea el DNI de cada una de las personas que acude a vender. Los datos son remitidos diariamente a la policía. Y en caso de que los agentes se interesen por algún caso en concreto, les facilitan toda la información necesaria.

El tique que el cliente entrega en la ventanilla incluye una referencia que, introducida en el ordenador, indica la cantidad a pagar. Las cifras ponen los pelos de punta. Hay algún que otro importe contundente, pero lo que más abundan son cantidades irrisorias. Diez euros con sesenta céntimos, catorce euros, cuatro euros y medio… «Ayer le dimos a un chico 66 céntimos», explica la hija de Antonio, destinada a la oficina.

Los bajos importes son un claro indicativo de la desesperación de buena parte de los vendedores, que no pueden esperar a acumular algo más de material porque necesitan el dinero –lo que sea– inmediatamente. Los empresarios, por su parte, han dejado de regalar el metal a los chatarreros o a sus peones. Ahora lo llevan a reciclar ellos mismos. «La cosa está muy fea», resume Antonio.

El cliente se marcha a su casa, pero el proceso no ha hecho más que empezar. La empresa de reciclaje tiene un importante trabajo por delante consistente en separar y clasificar la chatarra, prensarla –se forman pequeños cubos de metales retorcidos– y embalarla para enviarla a la península, donde una fundición la retornará a su estado original.

Trabajadores pesan el metal traído por un cliente

La chatarra ha sido un negocio pujante durante los últimos años. Metales Pérez hace 250 compras al día y, después de seis años de actividad, tiene tres naves más haciéndole la competencia en el Polígono de Son Castelló –en total, hay seis empresas desempeñando este trabajo en Mallorca, alguna «semiclandestina», asegura Antonio–. Sin embargo, la compraventa de chatarra «ya va a la baja».

Los grandes tesoros del metal pertenecen al pasado. Las tuberías de los cables eléctricos de cobre se encuentran en instalaciones antiguas. Las casas abandonadas del casco antiguo están ya peladas. Y los vertederos se agotan. Es por ello que algunos ya han decidido empuñar la pala y dirigirse a viejas canteras, esperando encontrar jugosas reliquias enterradas en el polvo.

Dos décadas sin el bar Güell

10 Mar
  • Se cumple el veinte aniversario de su cierre

  • Durante 70 años fue un centro de actividades sociales, deportivas y culturales

No fue la crisis de los 90 ni el relevo generacional. Tampoco la falta de entendimiento con un hipotético propietario o, puestos a imaginar, los conflictos con unos vecinos protestones. Ni siquiera el cambio de era que ha arrastrado a tantos bares históricos de Palma. No, el bar Güell cerró por otros motivos. Mucho más dramáticos. La hija de Tolo Güell, su carismático propietario, se apagaba víctima de la leucemia y hacía falta mucho dinero para pagarle un tratamiento en Estados Unidos. Se llamaba Rita y estaba en la flor de la vida. Corría el mes de marzo del año 1992, del que ahora se cumple el veinte aniversario. «No salió bien».

Verano de 1974. Una niña traviesa corretea entre las mesas de la terraza del bar Güell, salpicando –y refrescando– a la clientela con un sifón. Se llama Rita. De repente, da un traspiés, se cae y el sifón le explota en el pecho. Susto mayúsculo, pero sale ilesa. «¡Es un milagro! ¡Tendremos que ir hasta Lluc a pie!», exclama un cliente. Dicho y hecho, una treintena de personas se cita en el bar dos semanas después y sale rumbo al monasterio, dando lugar a una tradición que a día de hoy no sólo sigue existiendo, sino que es todo un éxito. Sólo seis llegaron a su destino aquel año; hoy lo hacen a miles.

Tolo Güell, bajo el cartel de la plaza a la que dio nombre con su bar

«Buscábamos cualquier excusa para hacer cosas». Tolo Güell explica la historia del bar y las anécdotas nunca se acaban. Normal, es un sentimental. O por lo menos así lo asegura él mismo: «Soy un golfo, un débil y un sentimental de lágrima viva».

En 70 años de existencia, el bar Güell, situado en la esquina entre la calles Aragó y Torcuato Luca de Tena, se convirtió en un auténtico núcleo social, un centro neurálgico irrepetible en el que se impulsaron actividades deportivas, culturales y lúdicas de toda índole. Donde estuvieron sus mesas, hoy hay una impersonal sucursal del Banco Santander, pero los vecinos, que se paran a saludar por decenas a Tolo cuando le ven por la calle, siguen refiriéndose a esta esquina como es bar Güell. La plaza ha tomado oficialmente su nombre y el rincón está lleno de placas que recuerdan lo que significó. Y, por supuesto, sigue siendo el punto de partida anual del Lluc a peu.

Tertulias culturales y políticas, partidos de fútbol de solteros contra casados, competiciones de póquer, punto de reunión de picadores, beneïdes de Sant Antoni, diada ciclista, peña mallorquinista, desfile de Sa Rua, una asociación de vecinos… Tolo Güell promovió desde el bar montones de actividades y entidades, muchas de ellas vigentes hoy en día. A pesar de la enorme cantidad de clientela que tenía –artistas, periodistas, músicos, vecinos del barrio y hasta monjas, procedentes del vecino colegio de Santa Mònica–, el local nunca fue un negocio. Las botellas, los cafés y la comida corrían de mesa en mesa y no siempre se pagaban. «Otro se hubiera hecho millonario, yo hice país».

Tal vez lo que mejor caracterizó el espíritu del bar fueron las tertulias, moderadas por Joan Pla y que durante más de tres años reunieron a todas las personalidades de la isla. «Sacábamos el vino y los carajillos y, claro, la gente tenía muchas ganas de hablar», explica, nostálgico, Tolo. Y luego suelta una de las frases que, probablemente, mejor definen el carácter del lugar:«Cuanta más gente venía, más dinero perdía».

Pero la historia del bar Güell trasciende su propia trayectoria y habla también de la Palma de principios de siglo, cuando la ciudad crecía desordenada entre possessions y tierras que poco a poco perdían su carácter rural. El padre de Tolo vendía los solares de Son Canals y Cas Serrador a duro el metro cuadrado. Ambas fincas pertenecían a los Guasp Perelló, que regentaban una óptica.

Tiempo más tarde, todos los niños de Palma acudían a un descampado de la zona a la caza de un preciado tesoro: uno de los centenares de cristales defectuosos que allí se amontonaban. La moda consistía en encenderse cigarrillos con uno de esos vidrios de aumento. O quemar en el trasero a alguna niña desprevenida. «Yo nací en el bar, cuando todo esto era campo; si te subías al tejado podías ver desde S’Aranjassa hasta Llucmajor», explica Tolo.

Un verano cualquiera de los años 60. Los picadores habituales regresan al bar Güell desde Son Amar, convenientemente acompañados de suecas. Tolo Güell sirve bebidas y les hace de intérprete. El bar no cerrará esa noche. Ni la siguiente. Ni ninguna otra.

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Ganarse el pan con el grafiti

4 Mar
  • Un joven mallorquín crea una empresa de pinturas a espray por encargo

  • Empezó su carrera haciendo murales en las calles

Diego Rivera hacía murales para explicar al pueblo mexicano la historia de su país. Las pinturas, de gran tamaño, solían situarse en lugares públicos, de manera que el arte fuera accesible para todos, independientemente de su condición económica o social. Un siglo más tarde, en cierta manera –atendiendo a su carácter público–, el muralismo mexicano tiene un heredero en las calles de occidente: el grafiti.

Enrique del Río ha estado varias veces en México, haciendo exhibiciones de grafiti y pintura con espray. Se formó artísticamente en las calles de Palma, como tantos otros chavales que deciden empuñar un aerosol para expresarse y dar color a las paredes abandonadas de la ciudad. En su caso, además, ha hecho de su afición toda una profesión. Desde hace cuatro años –y de manera especialmente intensa en los últimos seis meses–, se dedica a hacer pinturas con espray por encargo. Barreras de comercios, interiores de cafeterías, habitaciones para niños, furgonetas… Cualquier soporte es válido para este joven de 27 años, a quien no le falta el trabajo. «A día de hoy me puedo ganar el pan», explica.

Enrique del Río, junto a su creación para Can Frasquet (Fotos: Cati Cladera)

«El arte mural se valora poco», asegura Enrique, que destaca la complejidad de este tipo de pintura, sobre todo teniendo en cuenta los grandes tamaños con que trabaja. Además, también resalta el hecho de que sea un arte «cercano a la gente» y cuya contemplación es «gratis». Desde su «humilde posición», intenta quitar las connotaciones negativas de la pintura con aerosol. «Una pared tiene mucho más valor si le das color; si es algo agresivo, siempre puedes pintar encima», afirma, al tiempo que aclara que «nunca lo haría sobre piedra».

No siempre puede expresarse con total libertad. Lo suyo no deja de ser un trabajo y, como tal, muchas veces está sujeto a la voluntad de la persona que le hace el encargo. Sin embargo, en ocasiones le dejan a sus anchas y es entonces cuando surgen las mejores obras. Es el caso de la barrera de la histórica pastelería palmesana de Can Frasquet, situada en la Plaça del Mercat, en la que Enrique ilustró con llamativas gamas de verde la recolección del cacao.

De hecho, esta pintura fue todo un revulsivo para su carrera. La hizo en junio del año pasado y, desde entonces, su empresa (aerosolwork.com) ha ido cada vez a más. El pub La suite, Multiópticas, la guardería Sol Solet y el velódromo PalmaArena son algunos de los espacios que le han hecho encargos en los últimos tiempos.

Enrique recoge ahora los frutos después de haberse esforzado mucho en darse a conocer por internet y puerta por puerta. Por ejemplo, en el caso de Can Frasquet, entró un día en la tienda ofreciendo sus servicios. «A los propietarios normalmente no se les pasa por la cabeza esta posibilidad, y si se les pasa no saben dónde buscar», aclara.

Obra en una cafetería

¿Qué es lo que persiguen los comercios que deciden pintar sus barreras? De un lado, hacer publicidad en las horas en que el local está cerrado, ya que pocas veces el paseante repara en el letrero; del otro –y no es menos importante–, evitar que grafiteros con mal gusto ensucien las vallas. Una vez bautizadas, es más complicado que alguien pinte encima.

El trabajo publicitario no se para y hoy, igual que antes, Enrique sigue enviando montones de e-mails, participando en exhibiciones y haciendo contactos. «Si no te mueves, es imposible», aclara. Como fruto de esta dedicación, la semana que viene tiene un importante encargo en Madrid. «Será de unas dimensiones parecidas a las de Can Frasquet», avanza. Con anterioridad, el joven artista viajó a Málaga y Lanzarote para trabajar.

Como todo empresario, nota la crisis, pero es optimista. «Hay mucha gente que te dice que no porque no tiene dinero, pero yo creo que siempre hay personas con posibilidades».

El día del reportaje –ayer– es sábado y un músico callejero habitual toca temas de Bob Dylan junto a Can Frasquet. Tal vez los mismos que un vecino difundía por la ventana cuando Enrique pintaba el mural de la pastelería.

“Cuando vas despacio piensas más”

3 Mar
  • Domiciano Brezmes fabrica bicicletas a partir de piezas antiguas que compra en los rastros e internet

  • Augura que con la subida de la gasolina las dos ruedas irán «a más»

Ha llegado a fabricar una bicicleta porque un pedal le inspiraba. Domiciano Brezmes trabaja en el mundo de la publicidad, pero en su tiempo libre tiene otra pasión.Desde hace cuatro años, confecciona bicicletas. Y no bicicletas vulgares y corrientes. Lo suyo son ciclos de diseño, ligeros como una pluma y con un valor añadido muy particular: son obras de arte elaboradas a partir de piezas de bicicletas de segunda mano, habitualmente antiguas.

El arte está en el objeto en sí y también en el proceso. El procedimiento no empieza hasta que surge una idea, ya sea a partir de una pieza o de una sensación. Luego, el embrión va evolucionando –estudio de color, elección de los componentes, selección de los complementos…– hasta fructificar en una bicicleta totalmente única. La fase final es la venta –a través de internet o exponiéndolas en algunas tiendas, bajo la marca Domibrez–, aunque el negocio no es el motor de Domiciano. Para él, hacer ciclos es una manera de aunar pintura y escultura.

Dociciano Brezmes, en su taller de bicicletas (Fotos: Jordi Avellà)

Lo suyo es toda una filosofía que nace de su propia experiencia como ciclista. Cada día, llueva o truene, va hasta el trabajo en su caballo de dos ruedas. «Cuando vas despacio piensas más», asegura este leonés afincado en Mallorca desde hace años.

Todo empezó el día en que, harto del coche –y de los gastos que le comportaba–, decidió probar qué tal le iba ir hasta la oficina con bicicleta. Partió desde su casa en Son Sardina y cuál fue su sorpresa cuando descubrió que en sólo veinte minutos estaba ya en el centro de Palma.

También se le revelaron otras cosas, como la relajación que comporta moverse en bicicleta. Y cuando llega el buen tiempo, cada mañana hace una parada previa en el Portitxol, para bañarse en el mar. «Todo esto me lo da la bicicleta», destaca.Con la gran subida del precio de la gasolina, augura, el fenómeno de la bici cada vez irá «a más». «Es un fenómeno aún por descubrir».

Diez de la mañana. Domiciano abre las puertas de su taller, situado en su casa de Son Sardina, y muestra a este periódico las nuevas obras en que está trabajando. Por el momento ya tiene elegidos los cuerpos y el color que van a tener. El primero es negro; el segundo tiene un cromatismo más impreciso, que ha surgido después de rascar la pintura original, dando lugar a un conjunto de tonalidades rojas y cobrizas.

Su meta no es que las bicicletas parezcan nuevas. Más bien al contrario, las marcas del uso son un valor añadido para él, lo que no significa que sus creaciones adquieran un aspecto descuidado –todo lo contrario, tienen un diseño exquisito y todos los detalles están muy pensados–.

¿Cómo empieza todo el proceso? Domiciano recorre los rastros, mercados de segunda mano e internet a la búsqueda de piezas interesantes –por ejemplo, ha llegado a comprar una bicicleta entera porque le interesaba el manillar–. Le atraen sobre todo los componentes italianos de los 70 y los 80, de los que habla maravillas. Luego, lo fotografía todo y lo guarda en un almacén, en el que a día de hoy tiene material suficiente como para fabricar 50 bicicletas. Hasta que surge la inspiración.

Pedales y martillo en la mesa de trabajo

A veces son por encargo y otras simplemente por el placer artístico. Para Domiciano, fabricar bicicletas es una afición que le ocupa innumerables horas cada semana y que le supone toda una válvula de escape.

Siempre ha sido un manitas, pero no se inició en la confección de bicicletas hasta hace cuatro años. Fue algo bastante fortuito. Cuando ya estaba acostumbrado a desplazarse con normalidad en dos ruedas, un buen día le robaron su corcel de 900 euros. Era viernes y no podía concebir llegar al lunes sin recuperarlo o comprarse otro. Así que se fue al rastro para ver si encontraba su propia bicicleta. No la halló, pero sí descubrió la gran cantidad de ofertas que había. Ese fin de semana ya se fabricó una.Escarbando aún más en los orígenes, Domiciano cuenta que su padre nunca le compró una bicicleta. No es que fuera una frustración para él, pero soñaba con ellas y se dedicaba a arreglar las de sus amigos, que a cambio le dejaban dar una vuelta. Lo primero que hizo con su primer dinero fue comprarse una.

En sólo cuatro años, hacer bicicletas es una parte muy importante de su vida. Ha llegado a estar hasta un año dándole vueltas a un proyecto, hasta que ha fructificado. Muchas veces, se inspira en quien la va a usar: «Es muy bonito hacer una bicicleta pensando en alguien».